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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1989

VI. Una definición a la que le es inherente la moral y el fin último


Vázquez cita en su trabajo la definición de persona, de Boecio: "sustancia individual de naturaleza racional" (p. 40); y si para este autor la naturaleza de la persona es racional, necesariamente la persona es racional, necesariamente la persona está en potencia de autoconsciencia y de libre determinación; y si para Vázquez la persona es un supuesto que es capaz de autoconsciencia y libre decisión, por poseer existencia racional; para ambos los actos libres de la persona son necesariamente morales, y para ambos la persona tiene también por necesidad un fin trascendental. Para Vázquez, y asimismo para Boecio, la existencia de la naturaleza racional de este supuesto, ser subsistente o substancia primera, como quiera llamársele, "se explica por el principio que la hace posible, el alma racional, dotada de inteligencia y voluntad" (p. 4 l), que se une al cuerpo como la forma con la materia, o como el acto con la potencia.

Los actos libres de la persona son necesariamente morales por una relación per se, es decir, esencial, y no por una acción accidental, como sucede con las demás formas de la materia, que existe accidentalmente al formarse el compuesto; la relación esencial entre los actos libres de la persona y la moral se explica, en genuina doctrina hilermórfica, porque en los actos libres la moralidad es una forma que necesariamente requiere de su materia propia, que es el acto libre; de manera tal que si los seres humanos fuésemos incapaces de ejercitar acciones libres, la moralidad no existiría, como no existe en las acciones de los demás animales; la moralidad, por ello, tampoco existe en los niños, ni en ningún ser humano en el que está ausente la disposición última para razonar, porque la causa eficiente de los actos libres es la voluntad, informada por la razón, que, en sus circunstancias, considera la plenitud de ser que le es debida a los actos libres o, por el contrario, considera la deficiencia de plenitud de ser que le es debida a esos actos; a la primera especie pertenecen los actos moralmente buenos; a la segunda especie, los actos malos. Por ejemplo, moralmente es bueno promover y actualizar todo aquello que contribuye a que la materia embrionaria humana sea objeto nada menos que de un acto creador de Dios, que infunde esa alma para comunicar su ser propio a esa materia. Y es moralmente malo promover todo aquello que contribuye a que la materia embrionaria humana sea, en oposición del bien para el que está engendrada privilegiada, privada de ese acto divino en algún momento dado de su existencia.

La persona tiene también por necesidad un fin trascendental porque "el fin de una cosa corresponde a su principio; pues una cosa es perfecta cuando regresa a su primer principio, sea por semejanza, o de alguna otra manera. Y el fin del alma, así como su última perfección, es trascender todo el orden de las creaturas mediante el conocimiento y el amor, y volver a su primer principio, que es Dios. Luego de Dios tiene propiamente su origen y principio" (Santo Tomás, Suma contra los gentiles, L.11, Cap. LXXXVII, No. 5).


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