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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1989

VIII. Hilemorfismo "accidental" e hilemorfismo "trascendental"


Las formas de la materia existen accidentalmente al formarse el compuesto por la acción permantente de las causas segundas, pero Sólo una de ellas entre todas es producida por la virtud del acto generador humano y del primer principio de éste, que trasciende todo el dinamismo de la naturaleza material en tanto ser espiritual. La teoría hilemórfica que ampara la producción de todas estas formas podría calificarlo de "accidental", a diferencia del "trascendental", que comprende exclusivamente la unidad animada del ser humano, y para lo cual está en vía la materia embrionaria. El hilemorfismo accidental comprende toda la producción evolutiva de la materia por las causas segundas; la trascendental sólo al hombre, que debe su ser inmediatamente a la causa primera, y a sus progenitores. Y al parecer es precisamente la confusión de estas dos especies de hilemorfismo donde radica el error que conduce al algunos a pretender justificar moralmente la muerte provocada del embrión humano, en circunstancias que pueden aceptarse a la conveniencia tan variada como se quieran interpretar los datos positivos de la embriología. Y esto es así porque los filósofos que no distinguen las dos especies de hilemorfismo que aquí propongo, entre quienes incluyo a Vázquez y a los filósofos modernos aludidos por Maritain en su artículo (p. 62,63 y 64), subordinan la creación del alma individual, y su infusión en la materia embrionaria, a determinado momento de la evolución de ésta. Pero la creación del alma espiritual, individual e inmortal, y su infusión en la materia embrionaria, son actos simultáneos, inmediatos, propios, inherentes e incondicionables de la perfecta y absoluta libertad de la sabiduría divina, creada en la infinita intemporalidad de la vida divina como principio rector de toda la creación visible y de la invisible; actos divinos a los que necesaria e inmediatamente aspira la materia embrionaria, humanizada por el principio actuante en ella desde que es materia gamética. Y es por aspirar la materia embrionaria a tal efecto de la creación divina por lo que es privilegiada esa materia; y lo es a partir de constituirse en cigoto. Por lo tanto, todo el movimiento evolutivo de la creación material alcanza plenitud óntica en cada embrión humano, desde su concepción e independientemente de que la animación tenga lugar en un momento anterior o en uno posterior bien distantes al atribuido por Vázquez, en un marco de referencia más bien mecánico y semántico que realmente científico.

Desde esta perspectiva no hay diferencia esencial entre los teólogos modernos y Vázquez respecto de la moralidad del aborto, pues "si bien es cierto (p. 50), que el cigoto lo es de un ser humano por la virtud del acto generador humano, y que este solo hecho distingue a esa substancia individual de cualquier otra criatura animal", ninguno de los dos alcanza a comprender que la materia embrionaria humana es privilegiada porque desde el principio de su constitución es el único vehículo material posible de la prosecución de la acción creadora de Dios, que creó de la nada el alma individual, que es la forma substancial de esa materia, y que evidentemente el hombre no puede producir, pero sí disponer para ello a la materia mediante el acto generador, en tanto causa segunda; mientras que el alma racional debe su ser a la causa primera, y de allí que su creación, como lo demostré en otra parte, sea necesariamente inmediata, y de que la materia embrionaria, desde el principio, aspire a ella y a su fin último de vida eterna, que es la visión de Dios. Tal es el múltiple privilegio de la materia embrionaria. Por lo tanto, es evidente que le repugne a la razón, en tanto acción moralmente mala, matar la vida de esa materia, animada o no, pues la vida humana tiene primacía sobre cualquier razón que pretenda matarla, en virtud de las razones ontológicas expuestas, y de que a la razón no le es dable conocer, ni el momento divino en el que Dios crea de la nada el alma racional, ni el momento simultáneo al anterior, en el que el alma es infundida en la materia embrionaria, porque son dos momentos intemporales reservados a la sabiduría divina, que no han sido ni serán revelados al hombre y, por lo mismo, de ellos sólo podemos opinar pero no concluir necesariamente, si es que aún respetamos a la metafísica.

Para los teólogos modernos, la creación divina del alma y su infusión en la materia se producen indistintamente en el momento mismo en que se termina de constituir el cigoto o, para algunos y cuando más, desde su implantación en el endometrio. Lo primero sucede aproximadamente dieciocho horas después de la fertilización, y lo segundo hacia el sexto día, cuando el cigoto está en su fase de blastocito. Y opinan que esto es en uno u otro momentos porque simplemente desprecian la materia embrionaria; sí señor, desprecian esa materia que tanto ama Dios, como en otra parte quedó demostrado. En efecto, para evitarse problemas que no han podido resolver, ni folosófica ni teológicamente, aseguran la muerte provocada de cualquier otro ser humano, porque, dicen ellos, el embrión es necesariamente animado desde el principio de su constitución, o desde que se implanta en el endometrio uterino. Y esta opinión, si no es necesariamente falsa, tampoco es necesariamente verdadera.

Vázquez, quien por no advertir en la materia embrionaria el privilegio óntico de que disfruta, también desprecia la materia embrionaria humana; y fundamentado en la especie de teoría hilemórfica que en otro párrafo denomino "accidental", simplemente desplaza el acto divino de la creación y de la infusión del alma a la octava semana de la gestación, apoyado en los dictámenes consensuales de quienes se ocupan de la embriología, aunque no proporciona la fuente del consenso referido en su trabajo (p. 52). Y desde la vaguedad intelectual que necesariamente resulta de opinar respecto de las diferencias de calidad y de cantidad en la materia embrionaria humana, consideradas durante el proceso continuo de su movivimiento evolutivo, Vázquez infiere que puede matarse al embrión si se producen las condiciones que él considera, sin que ese crimen repugne a la razón, lo que evidentemente es falso y opuesto a un filósofo serio. Y si de ordinario, en opinión de Vázquez, la materia embrionaria no alcanza nunca la disposición última para recibir el alma racional antes de la octava semana de la gestación, añade que hay casos en que no alcanza jamás, y que puede provocarse, por lo tanto y cuando se quiera el aborto, sin que tal crimen constituya una especie moralmente mala. En efecto, opina Vázquez, "si por razones hereditarias (?) o congénitas se descubre en el feto alguna malformación irreversible, imposible de compensar (por las técnicas actuales) y se presume (luego no hay certeza) que su estado impedirá en el futuro alguna manifestación de autoconsciencia y libre decisión, por mínima que ésta sea (restricción del concepto de persona a la temporalidad). En estos casos, desde la teoría hilemórfica ('accidentalista,'), pensamos que la materia no ha alcanzado (temor a usar el tiempo adecuado del verbo alcanzar) su disposición última para recibir el alma racional". (Los paréntesis son míos.) Pero ¿acaso puede alguien alegar poseer la autoridad suficiente para determinar inequívocamente que estos accidentados individuos monstruosos de la especie humana no tienen alma espiritual? ¿Acaso ignora Vázquez que estos accidentes de la materia son permitidos por Dios para que más bien se acreciente nuestra caridad mediante ellos? ¿Acaso pretende Vázquez olvidar que el amor es el más vigoroso antídoto del crimen y de la intolerancia? Aquí me viene a la memoria la siguiente reflexión de Marciano Vidal, publicada en el volumen IX, 1987/3-4, p. 312, de la revista de ciencias morales Moralia.

"Al término de estas consideraciones sobre el valor de la vida en gestación conviene que advirtamos sobre el peligro de caer en la tentación en que tantas veces hemos sucumbido los humanos: cuando los hombres han querido 'deshacerse' de una raza, de un grupo, de un individuo, previamente lo han 'descalificado' en su mente (razonamientos filosóficos) y en su corazón (exclusión de la 'afección humanitaria')."


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