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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1989

PETER GRAY, FREUD, A LIFE FOR OUR TIME

Author: Joseph Hodara[Nota 1]


PETER GRAY, Freud, a life for our time, New York, W. W. Norton and Co., 1988, 810 pp.

Ciertamente, no hay "historias definitivas "de una época ni "biografías concluyentes". Pero se registran escritos memorables, síntesis creadoras, lecturas que apasionan. Peter Gay iluminó, con laboriosidad irreprochable, uno de estos escritos. En él esculpió a Freud en su amplio contexto cultural y científico, con sus méritos y con sus rencores. De esta manera Gay elevó a Freud por encima de la finita biología, más allá de la cenicienta fragilidad humana. Así, el -fundador del psicoanálisis se repara de la angustia de muerte que a menudo lo despolomó, angustia que fue uno de sus artilugios analíticos para explicar las ansiedades de sus agitados pacientes.

La prolija crónica del psicoanálisis le consintió a Gay la certera oportunidad de ejercer la psicohistoria, híbrida y provocadora especialidad que combina las estructuras de la personalidad con las exigencias objetivas. Freud crea y personifica este nuevo quehacer intelectual.

Consigna este biógrafo que Feud fue en efecto "el conquistado? (palabra que usó en español para autorretratase) de nuevos mundos; negó al fin de sus días que fue "un grande" aunque descubrió "grandes temas" (p. 637). Navegó en tres caudalosas corrientes: el racionalismo crítico, la cultura alemana y el judaísmo.

El racionalismo le estampó el impulso científico y el afán por las profundidades. Gay no deja de indicar la voracidad intelectual de Freud (p. 22) que lo llevó a leer el Quijote en el original. Sus estudios de medicina --que más tarde discutirá si un psicoanalista en verdad los precisa- forman parte de una indagación rigurosa, descarnada, de las bases corporales de esta curiosidad.

Por otra parte, la cultura alemana le facilitó un idioma científico dominante en su tiempo, aparte de la disciplina del quehacer universitario y el denso tráfico de ideas y conjeturas. Y también una jerarquización odiosa entre profesores y alumnos y la resistencia indefectible a nuevas hipótesis. Por ello Freud hallará en Inglaterra una anhelada calidad de vida (p. 31) y en la Francia de Charcot el juego esplendoroso de la especulación (p. 51). Sin embargo, abominó de los Estados Unidos por su presumible frivolidad consumista (p. 563), aunque alguna vez consideró, como muchos de sus coetáneos, la posibilidad de emigrar al Nuevo Mundo.

Y en fin, eljudaísmo es su orbe antropológico, por origen y por elección jamás lo denostó, en contraste con su odiado rival Adler o el díscolo alumno Rank, que escogieron religiones más seguras. La vida de Freud transcurrió entre judíos, hasta el punto de que el psicoanálisis parece constituir la criatura intratable, contradictoria, de los que abandonaron el guetto. Sólo de ellos, si bien Jung, el protestante ario, se entrometió en este círculo cerrado.

Freud protagonizó las tensiones del judío contemporáneo. Sus libros fueron quemados por los nazis en un encendido auto-de-fe (1933); sin embargo, irritó a sus correligionarios con su Moisés a quien le negó la calidad dejudío y se lo imaginó víctima de un parricidio.

La arquitectura de este libro es severa, como si quisiera traducir el rasgo saliente de su personaje. No es accidente que parta del fervoroso hambre de Freud por el saber científico. El siglo XIX con su pertinaz positivismo, y el resorte intelectual comprimido de los prisioneros del guetto disparan, en convergencia, la ambición de canjear tesis y mitos en el marco de las prescripciones baconianas. Y no es azar que a Freud le hallan llamado Sigmund, reminiscencia del venerado Wagner.

Con sólidos fundamentos, Gay repasa con ritmo lógico los pasos del psicoanálisis. No se desenvuelven, por cierto, en una senda puramente intelectual. La relación ambivalente de Freud con Fliss (p. 55); el amor convencional a su esposa Martha (p. 59); la atracción, compartida con Breuer, al célebre caso Ana O (p. 63); la trabazón oculta del sueño (p. 106); la controversia con Kraff-Ebbing sobre el papel de la fisiología nerviosa (p. 120): éstos son ladrillos desiguales que condujeron a un fantástico paradigma, que Martha condenará como "exceso pornográfico" (p. 61). A pesar de esta cercana objeción y del helado enojo de la audiencia alemana, Freud trabajó su profana creación. Así emitió un nuevo mensaje al mundo, otra visión, y una nomenclatura que invadirá tanto al arte como a la conversación liviana. Sus diagnósticos y metáforas son hoy difundidos artículos de fe y sustancia del diálogo corriente.

Como impulsor de un paradigma, Freud debe movilizar los ambivalentes recursos del político. Gay los examina con cuidado (p. 173). Freud no revela piedad en el análisis; sólo justicia. Las esótericas reuniones de los Miércoles tienen el propósito de gestar un círculo hermético de solidaridad, una secta que las ideas en gestación suelen exigir. Desde luego, la sociología de la ciencia no puede ignorar las estratagemas de Freud en la formación de su escuela. Algunas son benévolas y otras maquiavélicas. Las nuevas ideas no sólo deben resistir la refutación popperiana; también deben llegar al mercado.

Las indagaciones de Freud se apegan a las pautas del método científico. Trabajo empírico con sus pacientes (ocho horas al día, seis días a la semana); hondo y cruel autoanálisis; y el enunciado de generalizaciones con la ayuda de estos datos y de la imaginación misológica. Su terapia consiste en una forma de "pasividad alerta" (p. 293) y de su asociaciones que desafían el recto sentido. Así descubre una fresca causalidad en el espacio interior. Causalidad cargada de misterio sin ser caótica.

Gay examina cada libro y cada página de Freud: el mensaje medular, su contexto, las implicaciones. Y el biógrafo revela lo que Freud tal vez quiso ocultar: sus odios y preferencias, sus traumas indispensables y la recurrente depresión. También retrata el cariz de sus colaboradores, desde el inestable Ferenczi al mediocre Jones. Y en fin, el amor fervoroso por Ana, la hija que lo acompañó en sus últimos años y lo impuso definitivamente en el mundo anglosajón, el centro emergente del quehacer científico.

En la década del treinta, el espectro de Hitler y la irracionalidad colectiva estremecen a Freud hasta conducirlo a un amor-angustia de muerte. Freud no quiso abandonar a Viena, la ciudad donde vivió medio siglo, Pero sus amigos, los hijos, su propia inclinación a seguir escribiendo con habitual irreverencia, lo impulsaron a aceptar el traslado a Londres, que lo aceptó como era: un profeta iracundo y un anciano prudente. Los Woolf lo invitaron entonces a la inevitable hora del té. Dirá Leonard después del encuentro: "Freud no es sólo un genio; es un hombre agradable..." (p. 639) Peculiarjuicio británico. Virginia será más cauta pero no deja de impresionarse con "esos ojos encedidos".

El cáncer lo invade; destruye su boca. Emite fétidos olores; el sufrimiento pone a prueba su temple estoico. El l° de agosto de 1939 cierra -simbólicamente- su clínica: se despide de la vida. El 27 concluye su diario con elocuentes palabras: "Guerra. Pánico" (p. 649). Conforme a un tétrico acuerdo con su médico, éste le inyecta una dosis excesiva de morfina. El 23 de septiembre muere sin Dios, con sus demonios. Pero Dios le fue piadoso: Freud no llegó a saber el terrible final de sus hermanas en los crematorios de Theresienstadt y Auschwitz.

El libro de Gay no es sólo un examen prolijo del psicoanálisis ni un retrato fiel de su profeta. Ni se limita a un ejercicio magistral de psicohistoria ni a la evaluación crítica de una estación de la cultura alemana. Es todo esto y más: la reconstrucción de una teoría, el deslinde de los recursos que un conquistador intelectual debe reunir, el señalamiento del respeto a las reglas científicas y de la irreverencia a los hombres que un innovador debe adoptar.

El ensayo bibliográfico de Gay que rubrica su obra (p. 741 ss,) se refiere al psicoanálisis y a Freud; es un obsequio al lector que excede la más exigente expectativa. Reitero: no es la biografía definitiva pero es la indispensable. Hasta el próximo reflujo.

JOSEPH HODARA

Bar Ilan University, Israel.


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