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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1989

4. El debate sobre la Revolución


Una de las características de los primeros días de la Revolución Francesa fue el optimismo ilimitado que despertó en una gran parte de la nación francesa. Incluso algunos intelectuales afirmaron que en lo sucesivo ya no habría historia pues la meta ya había sido alcanzada. El pasado era el penoso camino, sembrado de luchas y de sufrimientos, que habla culminado con una toma de conciencia generalizada tendiente a cambiar la sociedad y a crear aquí el paraíso; y, corno es obvio, el paraíso no tiene historia. De alguna manera el pasado con sus horrores había sido vencido y sólo pertenecía al recuerdo. En una célebre página el ilustre marqués de Condorcet, uno de los apóstoles de la idea del progreso, resumió este optimismo generalizado con las siguientes palabras que merecen ser transcritas:

Todo lo que nos rodea proclama que hemos llegado a una de las mayores revoluciones de la especie humana. ¿Hay algo más idóneo para iluminarnos sobre lo que debemos esperar de esa revolución, para procurarnos una guía segura en medio de estos movimientos, que un estudio de las revoluciones que precedieron y prepararon ésta? El estado actual de la ilustración humana nos garantiza que esta revolución será una revolución feliz.

A los pocos meses de haber escrito esto, Condorcet, acosado por los radicales, moría en una prisión de las afueras de París. La Revolución había dado un vuelco y comenzaban algunas de las páginas más negras de la historia de Francia. "La mesa de un largo festín que terminó en patíbulo", escribió Victor Hugo medio siglo más tarde. Fue el momento en que la razón ilustrada pareció abandonar a la Revolución. con sus turbulencias políticas y sociales Mando, en su lugar a las pasiones, a los resentimientos y a las venganzas, en suma a la irracionalidad. ¿Cómo conciliar las ideas de tolerancia, benevolencia y humanidad de los ilustrados con las matanzas de campesinos vandeanos, con las masacres de septiembre o con la época del Terror? Desde hace dos siglos los franceses han polemizado en torno a este fenómeno histórico, prueba evidente de que la Revolución Francesa sigue siendo un asunto vivo y controvertible, que contrasta notablemente con otros sucesos históricos semejantes que han sido ya investidos con la veneración indiferente que se otorga al pasado muerto y enterrado.

Uno de los primeros en señalar la influencia de las ideas ilustradas en la crisis social que afectaba a Francia fue un inglés, Edmund Burke, quien en 1790 publicó su célebre obra titulada Reflexiones sobre la Revolución en Francia, en la cual mostró con elocuencia el abismo que separaba a las ideas que habían provocado la revolución de los actos que ésta perpetraba contra la dignidadad humana. Las ruinas de Francia, afirmó en esa obra, con el monumento "triste pero instructivo" de las ideas temerarias y devastadoras surgidas de un período de paz y tolerancia. El sombrío cuadro que pintaba de la Revolución era la prueba evidente de que ésta ya había entrado en colisión con el mundo europeo y que sus anhelos de reforma no iban a quedar ceñidos a las fronteras de Francia. Pero además, abrió el debate sobre la influencia de las ideas ilustradas sobre la Revolución, debate que perdura hasta hoy. Así, desde los primeros decenios del siglo XIX historiadores como Joseph de Maistre, Louis de Bonald, Tocqueville, Taine, Renán y Maurrás, y filósofos- como Augusto Comte, se mostraron hostiles al "espíritu de 1789" o al menos a las consecuencias que surgieron de ese espíritu. Su argumentación contra la Revolución tenía como apoyo tres elementos básicos: 1o. La Revolución fue dañina para Francia. Fue de hecho, por sus resultados, un fracaso histórico. 2o. La Revolución fue el producto de las ideas corruptoras de los ilustrados franceses que se habían dejado influir por las teorías de autores extranjeros como Locke, Rousseau o los deístas ingleses. 3o. El espíritu revolucionario estaba envenenado por las utópicas teorías de los filósofos que pensaban que el mismo tipo de normas que se utilizaban en las ciencias se podía aplicar a -la sociedad, lo que era manifiestamente erróneo.

A lo largo de los años estos argumentos surgidos básicamente de los círculos conservadores y revisionistas que han querido ver en la Revolución Francesa un fracaso, han sido desmentidos por la investigación histórica. La Revolución fue de origen puramente francés y la influencia que se ha querido ver de autores extranjeros ignora que el espíritu crítico es una de las más profundas características del alma francesa. En efecto, desde Montaigne hasta Voltaire, pasando por Pierre Bayle, Fontenelle y muchos otros, el escepticismo racionalista fue siempre uno de los elementos constitutivos del pensamiento filosófico de los dos siglos que anteceden a la Revolución. Por otra parte no fue privativo de Francia aplicar el método científico a los problemas económicos, sociales y aun políticos. El Siglo de las Luces está lleno de tentativas de este tipo, sólo que siempre provinieron de arriba, es decir fueron obra del Despotismo ilustrado.

A la Revolución Francesa no hay que juzgarla, hay que coprenderla. Para los espectadores del siglo XVIII fue una obra titánica por el sacudimiento social que provocó; para nosotros fue ciertamente un momento estelar de la historia humana que, visto a la luz de los sucesos revolucionarios de los siglos XIX y XX, adquiere otras dimensiones. Sin embargo, sea cual fuere la opinión que tengamos de ella, es evidente que representó el fin de una época. La Revolución debe ser medida tanto por lo que logró como por las resistencias extraordinarias que abatió. El Antiguo Régimen de Francia no hubiera sido nunca transformado únicamente por las reformas jurídicas que se propusieron en los Estados Generales. Era un edificio demasiado imponente, poderoso y cerrado y, además, dueño de la fuerza, como para ser modificado a fondo sólo con argumentos legales. En esto estriba la discordancia, percibida por los críticos de la Revolución, entre la benevolencia de las ideas ilustradas y la brutalidad de los hechos revolucionarios. Y es que los filósofos franceses del siglo XVIII no vieron que sus ideas pondrían en marcha una maquinaria de tal naturaleza que permitiría desafiar la fuerza de la monarquía francesa y liquidarla, sustituyéndola por otro tipo de poder.


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