©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1989

5. El legado de 1789


El 4 de agosto de 1789 la Asamblea Constituyente francesa votó la supresión de los derechos feudales y de las justicias señoriales, la redención de los diezmos y tributos a los señores, la abolición de todos los privilegios, el establecimiento de la justicia gratuita y la admisión de todos los franceses a todos los empleos. Ese fue el final del Antiguo Régimen social en Francia. La Asambléa pudo entonces reconstruir la sociedad sobre nuevas bases. Decidió colocar a la cabeza de la Constitución una exposición de los principios generales sobre los cuales se fundaría el nuevo orden. Esta fue la célebre Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, votada el 26 de agosto de 1789. Se compone de diez y siete artículos y fue puesta "bajo los auspicios del Ser Supremo". Quedaban así establecidas las garantias individuales apoyadas por un gobierno constitucional. Pero esta Declaración fue también el advenimiento de la igualdad ante la ley, sin la cual la libertad no sería sino un privilegio más de los, poderosos. Para los franceses de 1789 libertad e igualdad eran inseparables: dos palabras para una sola idea.

La nación quedaba, por así decirlo, fundada de nuevo, apoyada en la libertad de sus habitantes y en la igualdad de sus derechos. Por consenso voluntario de sus ciudadanos la nación francesa se proclamaba una e indivisible. El 14 de julio de 1790 se declaraba un estado federado en el cual sus habitantes eran libres y autónomos para elegir su destino. Ésta fue una de las más originales aportaciones de la Revolución.

Por otra parte, los hombres de 1789 nunca pretendieron que su idea de los derechos del hombre y del ciudadano quedara reservada sólo para los franceses. Los revolucionarios concibieron la libertad y la igualdad como derechos naturales de la humanidad. Imaginaron que todos los pueblos emularían su ejemplo e incluso soñaron con el momento en que todas las naciones, ya liberadas, podrían reconciliarse las unas con las otras en una paz universal.

La Declaración de los Derechos del Hombre es la encarnación de toda la Revolución. El largo conflicto que sacudió a Francia desde 1789 hasta 1830 fue en esencia un largo debate sobre ese documento fundamental que es el resumen de todo el movimiento ideológico francés del siglo XVIII. Muchos de los ilustrados participaron en su elaboración a pesar de haber ya desaparecido del escenario cuando se levantó el telón del drama revolucionario. En ese documento convergieron los ideales de varias generaciones y en su momento y, aún ahora, representa el sumario de los anhelos de la civilización occidental.

A través de los siglos el mundo de Occidente, configurado por la herencia grecorromana y por el judeocristianismo había canalizado sus esfuerzos, en medio de múltiples vicisitudes, hacia la liberación de la persona humana. El cristianismo apoyó la libertad del individuo para que éste pudiera trabajar en paz por la salvación de su alma. Sin embargo, de los siglos XVI al XVIII muchos pensadores dirigieron su mirada a problemas más terrenales. El humanismo y el racionalismo impulsaron al hombre a deshacerse de las cadenas que lo ataban al más allá y a convertirse en el señor de la naturaleza. Por diferente y aún opuesta que nos pueda parecer esta doctrina con respecto a la del cristianismo, es evidente que ambas promulgaban la dignidad de la persona y exigían respeto por ella, ya que le reconocían al hombre derechos naturales que no podían nunca prescribir, y le asignaban a la autoridad del Estado la única finalidad de proteger esos derechos y a hacer de la persona humana un sujeto digno de ellos. El cristianismo había prometido la salvación para todos sin distinción de raza, idioma o nación. La filosofia occidental posterior al Renacimiento reconoció esta unidad de la humanidad; mantuvo viva la idea, unicamente la secularizó. Estos principios llegaron hasta la Declaración de los Derechos del Hombre donde se establece que el individuo libre y autónomo es el fin supremo de toda organización social y del estado, y que no deben existir distinciones entre las razas, humanas.

A lo largo de doscientos años la Declaración ha sido objeto de diversas críticas y objeciones. Se la ha acusado sobre todo de ser una mera abstracción alejada de la vida real, pues algunos de los derechos que proclama son un ideal dificilmente alcanzable. Además no toma en cuenta las circunstancias particulares de cada país, sus hábitos, costumbres y tradiciones, así como las situaciones de crisis económica o política, e incluso de guerra, situación extrema en la que el estado debe limitar por la fuerza los derechos individuales.

Todas estas críticas carecen de valor ya que la Declaración no es un código legal, sino un principio moral. Su naturaleza es ética no jurídica pues no está pensada ni organizada de acuerdo con los principios de la legislación positiva. La regla fundamental que la anima es no hacer a otro lo que no desearíamos que otro nos hiciera; y éste es un principio moral que delega en la ley, que puede variar con las circunstancias la tarea de determinar en cada caso particular la aplicación de esa norma moral. Esto lo percibieron con claridad los revolucionarios de 1789, pues en el mes anterior a la proclamación de la Declaración de los derechos del hombre debatieron los alcances y el significado de lo que sabían bien que no era un código legal sino un ideal a ser realizado, es decir una directriz ética aplicable a todos los pueblos.

Otro tipo de crítica que le ha sido hecha a la Declaración, sobre todo en nuestros días, es la de que favoreció a una clase, la burguesía, a expensas de las otras, lo que ha conducido inevitablemente a conflictos sociales. En efecto, la Declaración enumera la propiedad entre los derechos del hombre. Más aún, aunque no está mencionada explícitamente, la libertad económica se deduce del espíritu de algunos de sus principios, lo que ha permitido que se le acuse de alentar sin control el desarrollo del capitalismo y favorecer la lucha de clases entre los dueños del capital, es decir de la propiedad, y el proletariado.

Aquí debemos señalar que los constituyentes de 1789 tenían ante sus ojos a una sociedad en los albores del capitalismo moderno y en la cual el incremento en la capacidad productiva aparecía como el correctivo esencial e imperativo para aliviar la pobreza y la carestía. Los pobres y los marginados aparecen una y otra vez en los debates de la Asamblea y a ellos estuvieron dirigidas muchas de las reformas, pues representaban la prueba palpable de la sociedad injusta que había sido cancelada. Algunos miembros de la Asamblea afirmaron, en la línea de Juan Jacobo, Rousseau, que la democracia no es compatible con una excesiva desigualdad económica, y que era el deber de la comunidad señalar esas diferencias y corregirlas por medio de la ley. De esta forma la libertad económica proclamada por los Derechos del Hombre no es la libertad concedida a unos pocos para explotar a la mayoría, sino la expresión clara de que es la ley la que debe restringir los derechos de los propietarios en favor de las clases pobres.

Esto nos conduce a un punto esencial para comprender los alcances de la Declaración: el de las diversas interpretaciones que es posible hacer de ella y que pueden justificar actos incompatibles con su espíritu. Los hombres de 1789 señalaron con claridad que los ciudadanos investidos con el poder de gobernar deben enfrentar sus responsabilidades y procurar el bienestar social suprimiendo los abusos por medio de la ley.

Nada revela mejor el profundo carácter moral de la Declaración que el hecho de que exige del ciudadano y del legislador conducta íntegra, espíritu crítico, patriotismo en el más. estricto sentido del término, respeto a los derechos de los demás y un profundo apego a la comunidad, es decir, espíritu cívico. "El alma de la República -escribió Robespierre en 1792- es la virtud, amor al país y el más amplio espíritu de generosidad que permita sacrificar todos los intereses particulares al interés general".

De esta forma, ese magno documento que es la Declaración de los Derechos del Hombre proclama la libertad pero no lo hace como una invitación a la indiferencia o al ejercicio irresponsable del poder, y tampoco promete el bienestar sin esfuerzo. Su simple lectura nos permite ver los altos designios que los constituyentes de 1789 se propusieron difundir entre todos los hombres; designios que exigen, en alto grado, espíritu cívico y espíritu de sacrificio, ambos destinados a lograr una sociedad más humana.

La Declaración de los Derechos del Hombre nos hace compreader que es más dificil vivir como hombres libres que como esclavos; lo que explica que desde hace dos siglos muchos hombres hayan preferido abdicar de su libertad antes de afrontar los deberes y las responsabilidades que entraña ser un ciudadano íntegro de un país libre.

Y es que la libertad y la igualdad proclamadas por la Revolución Francesa en su gran momento son, aún en la actualidad, dos ideales a alcanzar. El año de 1789 ha adquirido en el mundo entero el valor de un inmenso símbolo, capaz de rejuvenecerse en cada generación, ya que el código moral que surgió en esos primeros momentos de entusiasmo revolucionario es y será una de las más grandes expresiones de la historia del espíritu humano.


Inicio del artículoAnteriorRegresosiguiente