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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1989

LA FUERZA DE LAS IDEAS

Author: Juan Manuel Silva[Nota 1]


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Sin ideas no se puede vivir. Y hay ideas que nos cuestan la vida. Así, es muy lógico el pensar que existe un vínculo demasiado íntimo entre las ideas y la vida; así, nos parece enteramente evidente el sentido de expresiones tales como "vivir para las ideas" o "ideas para vivir mejor". El mundo de las ideas tiene más que ver con el mundo real de lo que estamos dispuestos a aceptar; éros y pólemos dan vida a las ideas: por eso se las puede amar y se puede luchar por ellas.

¿Quién no estaría dispuesto a luchar por ideas para vivir mejor? Pero, ¿quién quisiera dedicarse tanto a las ideas que ya no tuviera tiempo para vivir? Nadie quisiera vivir como aquél que por ir aumentando paulatinamente las horas y los minutos que dedica a consignar los hechos de su vida llega al momento en que, ocupado todo el día en la descripción de tales eventos, ya no tiene tiempo para vivir. Ya saben lo que le pasa: después de haber renunciado a muchas ocupaciones inútiles o triviales, a muchos quehaceres y ratos de ocio con el fin de disponer de todo el tiempo posible para platicarle cosas a su diario, resulta que ya no tiene nada real que pueda contar a su interlocutor de papel, y entonces recurre a la fuente inagotable del pensamiento y la fantasía, y solamente le quedan ideas que son sólo eso: meras ideas.

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Otra cosa es vivir la vida dedicado al cultivo de las ideas, como quien vive la suya entregado al cultivo del campo. Porque las ideas se pueden cultivar: es posible sembrarlas -lo saben bien los maestros- y es posible cosecharlas -lo sabemos bien todos-. Los filósofos son hombres de ideas, buscadores de la verdad que crean ideas para entender bien, para comprender bien las ideas, el cosmos, la vida. En el mundo de los negocios también hay hombres de ideas; y los hay en la política y en todas partes, que inventan ideas y las usan. Las ideologías, por ejemplo, ponen a disposición de los usuarios ideas para compartir ideas y hechos en relación con el poder; y los sofistas las ponen en venta para quienes quieren convencer mejor, pronto y provechosamente. Los diccionarios de la lengua y los de especialidades están llenos de ideas, y también pueden encontrarse ideas en los periódicos.

El mundo está repleto de ideas. Y sin embargo, pocas ideas bastan para vivir, y de esas pocas, sólo algunas son necesarias para vivir bien. No hay que tomar en serio las explicaciones de los biólogos que quieren dar razón de la vida en términos de estímulos y reacciones. La nuestra se vive con ideas; y cuando está bien vivida se vive mediante ideas que solemos llamar principios.

Pero las ideas que más circulan son aquéllas que pueden usarse más fácilmente. Porque las ideas, en efecto, pueden usarse, como se usan las bicicletas o los trastes para cocinar. Y algunas caen en desuso después de que han pasado de moda. Sí, las ideas se ponen de moda cuando sirven para vestir bien nuestras conversaciones o para ser bienvenido en los lugares de moda para la intelectualidad. Una idea démodée es la que ya no sirve para el compromiso (engagé) actual; una oldfashioned idea es una idea tan antigua que sólo le hace gracia a los anticuarios de las ideas. Pero así como hay modas que vuelven a estar de moda, del mismo modo hay ideas que, a pesar de ser muy viejas, quienes las usan dan la impresión de haberlas inventado hace tres o cuatro minutos. Hay las grandes ideas y las pequeñas, las muy finas y las de presentación económica. Porque hay ideas que se cotizan muy alto en el mercado de las cosas pensadas, siempre y cuando al venderlas no se traiga a cuento aquello del "patrimonio universal de los hombres". Y también hay ideas para coleccionistas (porque las ideas se pueden coleccionar, como en los diccionarios, o en las mentes eruditas).

Las ideas también pueden tenerse o abandonarse, conquistarse o perderse. Pero no se es más simplemente por tener muchas ideas. Y tampoco se es necesariamente mejor cuando se tienen las mejores ideas. No nace un filósofo cuando alguien se aprende de memoria un diccionario de filosofía, como no hay modo de que un ser humano se convierta en un verdadero hombre de fe al memorizar mecánicamente algunos o todos los versículos de la Biblia. No se vive mejor cuando se han leído muchas teorías acerca de la vida, y en modo alguno se ama de veras porque se hayan leído las mejores novelas de amor o la mayoría de los poemas eróticos. Es cosa, pues, de darse cuenta de que no siempre las ideas se dejan de usar. Por esa razón, no se es necesariamente sabio cuando se sabe muy bien lo que está escrito en las enciclopedias, o cuando se está muy al tanto de las publicaciones recientes.

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Cualquiera nos podría hacer esta pregunta: "usted, ¿qué puede hacer con sus ideas?" Y a pesar de que no dejaríamos de experimentar cierta sorpresa, nos las arreglaríamos para contestar algo más o menos coherente o ingenioso. Pero la situación sería muy distinta si nos plantearan cuestiones como éstas: "usted, que seguramente se ha formado una idea de sí mismo, ¿qué puede hacer con ella? ¿cuál es la idea que tiene usted de su propia vida? ¿acaso le sirve para vivir mejor?"

Las ideas sirven para hacer cosas, o para comprenderlas. Para inventarlas o para hacer algo con ellas. También son útiles para formarnos una idea de nosotros mismos; y sin ésta no podríamos vivir. Esto es lo que conviene no perder de vista: que no podemos vivir sin una idea de lo que somos, de quiénes y cómo somos. Sócrates descubrió desde hace mucho tiempo que la vida no vale la pena de ser vivida sin una constante reflexión acerca de lo que son las cosas, y sobre todo, acerca de lo que somos nosotros mismos. Las ideas, pues, pueden ser algo de mucha utilidad.

La gente puede pasarse toda la vida sin imaginarse siquiera de qué modo responden los filósofos cuando se plantea la pregunta: "¿qué es el hombre?" Pero no pueden vivir sin tener una idea de lo que son. Las piedras y los animales, las cosas en general, están ahí o allá, sin experimentar jamás una necesidad semejante. Ser hombre consiste, entre otras cosas, en ser alguien que tiene, por necesidad, una idea de sí mismo. No hay elección posible: si se es un ser humano se tiene que tener una idea de lo que significa ser hombre, y especialmente, del significado y sentido de la propia existencia. Y sin embargo, muy a menudo gastamos más energía espiritual en averiguar lo que son las cosas que en mirar detenidamente lo que somos nosotros mismos. Así son las cosas, ¿O más bien así son las ideas a las que nos liemos acostumbrado?

Tal vez no acostumbramos preguntarnos frecuentemente por lo que somos porque eso ya lo sabemos todos. 0 cuando menos, creemos que lo sabemos. Pero es cierto: no nos interrogamos a nosotros mismos acerca de lo que somos porque eso es algo evidente. Veámoslo así; es obvio lo que yo soy, lo que es él, lo que somos todos. Lo que siempre resta por averiguar es quién es ese que ya sabemos lo que es.

¿Y quién soy yo, que ya sé lo que soy? Pues para empezar, alguien que necesita saberlo. Necesito saber quién soy para vivir, no digamos ya que para vivir realmente como soy, sino cuando menos para vivir como alguien. Nosotros somos seres a los que les es menester vivir como alguien. Tengo que formarme la idea de quién es ese que soy yo mismo, de quién es -y cómo es- ese alguien que necesito ser para ser lo que soy, o sea, un hombre. Y a la idea de quién es ese alguien que soy, y sobre todo, de quién es ese que quiero llegar a ser (mi ideal de hombre) y todavía no soy, hay que agregarle la de lo que ya he sido. Son, pues, muchas ideas -y muchos esfuerzos vitales- las que es preciso tener para vivir.

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Hay idea s sencillas y las hay muy complejas. A veces hay muchas y a veces hay muy pocas. En ocasiones se trata de una sola idea de composición muy compleja. Pero en todo caso la idea que expresa lo que somos, y a la vez, hace posible que seamos lo que somos, es una idea muy peculiar. Idea que es más bien un acto, acción que se convierte en ideal. Con ideas y actos expresamos lo que somos. Una idea es la representación que en el pensamiento nos formamos acerca de algo. Y de acuerdo con esto parecería que las ideas son algo exterior a nosotros mismos, que la idea que nos formamos de nosotros mismos y la que los demás tienen acerca de nuestro propio ser serían algo muy independiente de lo que realmente somos. Y además, como creemos más en los actos que en las palabras (¿porque a éstas se las lleva el viento?), diríamos también que ellas, y el lenguaje en el que las comunicamos, no serían sino eso mismo: medios de comunicación. Sin embargo, estas aparentes evidencias de las ideas del sentido común pueden ponerse en cuestión... con otras ideas.

Y ya los griegos comenzaron a hacerlo. En uno de los diálogos de Platón ("Protágoras, o los sofistas"). Sócrates muestra a Hipócrates cómo los sofistas no son sino comerciantes o tenderos que venden ideas que supuestamente nutren el alma. Y le aconseja, además, que no se deje engañar por los elogios que los sofistas hacen de esa mercancía (mal llamada ciencia) a los clientes a quienes se la ofrecen: "...amigo mío, cuida mucho no vayas a jugarte a los dados el bien más preciado que tienes. El riesgo que se corre es mucho mayor cuando uno compra ciencia que cuando se compran alimentos. Porque lo que se come y lo que se bebe, al comprarlo al tendero o al comerciante, puede llevárselo uno en una vasija distinta y, antes de beberlo o de comerlo, puede uno dejarlo en casa, llamar a los conocedores de aquello, pedirles consejo y saber por ellos lo que es comestible y lo que no lo es, lo que es y lo que no es potable, en qué cantidades lo es y en qué momentos; de manera que esa compra importa pocos riesgos. Pero la ciencia no se la lleva uno en una vasija: una vez pagado su precio, es preciso llevársela en uno mismo, ponerla en la propia alma, y así, cuando uno se va, el bien o el mal están ya hechos." Las ideas -las científicas y las que no lo son- las llevamos en nosotros mismos; y sobre todo, las ponemos en nuestra propia alma, forman parte de ella, cuando se trata de las ideas de lo que somos, de nuestro propio ser. Podríamos decirlo así: dime cuál es la idea que. tienes de ti mismo y te diré quién eres. Todos los medios de expresión no son sino finos hilos del alma a través de los cuales decimos al otro, y a nosotros mismos, lo que somos. Y esto es posible justamente porque esos llamados -en verdad mal llamados- "medios", son más bien parte de lo que somos. Las ideas, pues, forman parte de nuestro ser.

Así, pues, se puede afirmar que el hombre vive su vida según las ideas que tiene, y por eso la psicología y la psiquiatría saben bien que la gente enferma en relación con las ideas que se forma de sí misma, en la medida en que sana cuando tiene ideas sanas acerca de su propia existencia. l,a curación por medio de la palabra es posible porque en ésta habitan las ideas de lo que somos. En y por la palabra somos lo que somos. Las ideas que nosotros hacemos acerca de nuestro ser son, a la vez, ideas que nos hacen ser lo que somos. Hay pues, ideas que sirven para ser. Y hay ideas que se pueden sentir: las ideas que tienen que ver con lo que somos se las puede sentir (entrañablemente).

5

Es cierto que la vida no puede sustituirse por una idea. La vida no puede ser sustituida por una teoría de la vida, como tampoco el amor puede ser sustituido por una teoría acerca del amor. Pero no hay vida posible sin ideas para vivir. Esto, naturalmente, es lo natural. Digámoslo mejor así: es lo normal.

Pero, ¿cuál es la conexión normal entre lo que pensamos, entre nuestras ideas -no nos complicaremos ahora pensado si son nuestras o no-, y la manera en que vivimos nuestra vida? Y como todo lo que tiene una norma presenta sus propias anomalías, ¿cuándo y bajo qué circunstancias podemos detectar una relación patológica, anormal, entre la vida y las ideas, entre nuestra vida y nuestras ideas? El peligro que hay que evitar a toda costa cuando hablamos de estas cosas es el de la simplificación y la falsa generalización, que nos liaría decir que toda nuestra existencia se puede reducir a un con unto de actos motivados por cierta dosis de ideas. Y en modo alguno es menor el peligro de exageración que consistiría en considerar que la realidad de nuestra vida no tiene nada que ver con la idealidad de esas cosas meramente pensadas que llamamos ideas.

En la frase a que liemos venidos a parar -"ideas para vivir"hay un punto que puede jugar el papel de un puente: el de la posesión. Lo que poseemos es lo que es nuestro. Lo abstracto de esa frase se torna entonces en algo concreto, pues se trata de la relación que pueda haber entre mi vida y mis ideas. Esa relación, normal o enferma, es la relación entre dos cosas que son de mi propiedad. Son de mi propiedad en un sentido parecido a ese en el que digo que mi alma y mi cuerpo son mi alma y mi cuerpo. Ahora bien, no vainos a entrar en la complicada cuestión del dualismo y en la alternativa propuesta por el monismo. Todos sabemos que cuando decimos mi alma y mi cuerpo podemos también usar otras expresiones para dar a entender que soy yo alma y soy cuerpo, sin que se altere en modo alguno lo que quiero decir, lo que deseo comunicar aunque se alteren las cuestiones filosóficas. Cuando en lugar de decir que me duele mi estómago digo que estoy enfermo del estómago; cuando a alguien que amo le digo que la quiero con toda mi alma en lugar de decirle que la quiero yo y la quiere mi alma, no pasa sustancialmente nada. Pues bien, tampoco pasa nada en el nivel de las esencias cuando dejo de pensar en mis ideas y en mi vida como algo que tengo y comienzo a pensarlas como algo que soy yo mismo.

No debemos pensar que, además de nuestro ser, tenemos las ideas que nos liemos formado acerca de nosotros mismos, y en una desconexión tal que a estas últimas pudiéramos usarlas y cambiarlas más o menos caprichosamente. Eduardo Nicol ha dicho que somos lo que expresamos. Y también somos lo que pensamos que somos en nuestras ideas acerca de nuestro propio ser, independientemente de la corrección o incorrección en la representación. Cuando no sé decir exactamente lo que soy, también ese "no saber decir exactamente lo que se es" forma parte de lo que soy. Por eso no podemos derrochar siempre nuestras ideas sin correr el riesgo de malbaratar nuestra vida.

6

Hubo entre los paganos la creencia de que la suerte de los individuos se debía a unas palabras que pronunciaban los dioses (las parcas) en el momento en que nacía el niño o la nifia. Los dicta (las "cosas dichas") se convirtieron así en el fatum ("hado", que es un participio de fari ("decir, hablar") en el sentido de suerte o destino. Por otro lado, con el psicoanálisis nació la creencia de que lo que pasa al individuo en los primeros años de vida decidirá en gran medida lo que le pasará en su vida futura. Pues bien, si mitológicamente el nacimiento es destino, y con Freud la infancia es destino igualmente, ¿por qué no podríamos creer también que en gran parte la dicha ("suerte feliz") depende de nuestras ideas para vivir y de nuestros ideales de vida? ¿Y por qué no podríamos decir que las ideas para vivir bien son siempre bellas ideas, aunque no siempre podamos disfrutar de una bella versión de ellas, como cuando aparecen bellamente dichas? La belleza y el bien de algún modo van juntos. Lo que no muestra armonía alguna es el uso de ideas para la manipulación de la gente.

Ni las personas ni las ideas para la vida pueden usarse simplemente como meros "medios para" sin que ocurran cosas graves en nuestra existencia. Las ideas son fuerzas vivas que forman parte de nuestro ser, fuerzas para ser, y por ese motivo es preciso dedicar nuestros mejores esfuerzos a evitar, a toda costa, que podamos caer en la tentación de `jugar a los dados" -Fausto hablaría de vender el alma- nuestro bien más preciado (adoptando ideas frívolas acerca de nuestra propia vida, compartiendo ideas acerca de la vida que no corresponden a lo que somos y queremos llegar a ser, haciendo nuestras las ideas de moda que no expresan en modo alguno nuestros ideales de vida, dejándonos vivir sin ideas propias --como lo exige la propiedad de nuestro ser o nuestra individualidad-, conformándonos con una vida sin ideas, viviendo más de acuerdo con las ajenas que con las propias, viviendo más en consonancia con la idea que los demás se han formado acerca de nosotros mismos que en concordancia con nuestra propia idea de lo que somos...).

Vivir por vivir, simplemente subsistir o ir pasando la vida (nada más dejarla pasar), sin hacer nada por vivirla de acuerdo con la idea que tengamos de una vida que vale la pena ser vivida, es estar más cerca de la muerte que de la vida. La relación normal entre la vida y las ideas para vivirla es la que se establece bajo el signo de la vida; por el contrario, cualquier relación entre las ideas para vivir y la vida coloreada por el tono gris de la muerte o la destrucción no es sino enfermedad de la vida, anomalía vital. El gusto por la vida hay que pagarlo con repugnancia por la muerte, la agresión y la destrucción. La fuerza de las ideas, que es la fuerza de nuestro propio ser, con la que podemos construir la vida misma, se vuelve sólo poder de destrucción cuando está al servicio de la muerte. La vida es Eros, y como tal, tiene que despreciar y sentir hastío por Tánatos. La vida es fuerza, y la fuerza de las ideas, que es infinitamente mayor que la fuerza de nuestros puños o de las metralletas, se multiplica ilimitadamente cuando es el poder de las ideas que sirven para vivir. Y si esto fuera sólo una idea, una "mera" idea, entonces tendríamos que decir: ¡qué vivan las ideas!


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