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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1989

GRAMÁTICA DEL SILENCIO*

Author: Ignacio Díaz de la Serna[Nota 1]


*La versión inicial de este texto fue leída en la mesa redonda sobre la obra de Ramón Xirau, dentro del ciclo "Poesía y Filosofía organizada por el INBA en la Casa Universitaria del Libro, en febrero de 1988.

Para R. X.

La literatura es creación. Es poesía en el sentido del término griego póiesis del cual deriva. Mas también existe como sistema firmemente establecido; un sistema meticulosamente elaborado de géneros, estilos, de procedimientos.

Cuando la continuidad viva de la tradición perece, dicho sistema gana su propio derecho. Admite entonces con gusto dejarse explotar por una retahíla interminable de nuevos escritores. Sin embargo, cada uno de ellos no alcanza la celebridad más que perfeccionando un detalle cualquiera, contribuyendo así a colmar el enorme engranaje de la literatura con una pequefia rueda, por cierto inútil, que es la suya. Una vez rota la continuidad, ya no se trata de ser uno mismo, de estar en comunión constante con los otros. Por el contrario, se trata aquí de distinguirse, de diferir tanto como sea posible de los demás, con el propósito de lograr un día que lo reconozcan.

Conformarse con la tradición o innovar. Díficil disyuntiva. Apenas hemos caído en la cuenta de que estas dos nociones, estas dos actitudes, son complementarias. Cuando Víctor Hugo alababa a Baudelaire por haber inventado un nouveau frisson, cuesta trabajo creer que pensaba en una auténtica invención, pues ello hubiese exigido que existiera una clasificación analítica de todos los estremecimientos anteriores.

En un mundo como el nuestro, en el que cada cual aspira a instituirse heredero universal de éste o de aquél, nos topamos con que sólo hay afinidades electivas. No existe otro tipo de filiación que no sea la búsqueda terca y aferrada de un parentesco. El pasado, y esto lo sabe bien Ramón Xirau, ya no se encuentra en nosotros, sino delante de nosotros, tal como lo está el presente, pues siempre edificamos el futuro con el pasado. Pero ese pasado -de la única manera en que nos es dado vivrlo - está catalogado; cada elemento suyo se sitúa a una distancia invariable de nosotros.

No es preciso, por consiguiente, esforzarse en añadir algún procedimiento inédito a otros tantos que, en el loco transcurrir del tiempo, se han revelado ineficaces. Para el escritor invadido por el fantasma de la originalidad, el acto de escribir se convierte en una tarea demasiado seria. Sin duda, corre el riesgo de perder contacto con lo real, de comprometerse en la fabricación de un laberinto literario del que ya no podrá escapar. Muy distinto ocurre con Xirau. Él es un autor que no está obligado a nada. Quien tenga la curiosidad de recorrer su obra, hallará en ella un fondo sorprendente: la búsqueda de obligaciones arbitrarias, de obligaciones ficticias. Esto no debe extrañarnos. Recordemos que, desde Valéry, más de un escritor ha reconocido sin ambages la necesidad de tener, para crear, una ordenanza proveniente del interior, no importa cuál. Ramón Xirau, a mi entender, ha sabido escuchar con atención la voz de su demiurgo. En cada uno de sus libros persiste el sentimiento de su responsabilidad como hombre frente a los hombres. En cada instante se ha rebelado en contra de sus certezas más preciadas. El hombre se yergue contra el escritor en lo más hondo de la conciencia creadora, en lo más secreto de una obra siempre inacabada que se realiza paso a paso, ajena a recetas de cualquier índole.

Quizás el mayor error de los escritores hasta el siglo pasado fue suponer que si se partía de cualquier experiencia de la realidad se desembocaría por fuerza en una obra maestra. Un buen número de poetas y novelistas lo atestiguan. En contrapartida, durante este siglo, poco a poco se ha ido descubriendo que ciertas formas de la esperanza, de la religiosidad, de la desesperación, pueden expresarse tan sólo mediante obras imperfectas. A esto se reduce el famoso problema, del compromiso. Hay autores que escogen comprometerse con su tiempo; los hay también que están comprometidos con todas las épocas, con todos los tiempos. Tal es el caso de Xirau.

Ciertamente a través de uno mismo no se llega a nada. Es imposible poseerse a sí mismo como también es imposible poseer ninguna cosa por insignificante que sea su existencia. En cada criatura habita el misterio inefable de su ser. Quién pudiera asir la existencia de la criatura más despreciable del mundo, penetraría de hecho en todo el mundo. Por supuesto, nadie ha conseguido llevar a cabo semejante hazaña. Empero, el poeta ha sabido desde siempre que no es posible poseer el mundo, tampoco poseerse a sí mismo. Debajo de esta tentativa queda lo que los filósofos han denominado ser oculto, ignorando que el olvido de sí significa despertar en lo que el poeta ha creado, en lo que a todos nos sustenta. Porque todo hombre vive preso entre dos horizontes: el que envuelve y determina las cosas que lo rodean, esas cosas compañeras y extrañas a cuyo encuentro nos arrojamos desde el sueño primero; otro, aquel horizonte que permanece agazapado detrás del olvido. En verdad, la palabra del poeta, contraria a la del filósofo, es un balbuceo perdido entre las cosas. La metáfora, un torpe artificio del que se vale para renquear hacia lo indecible.

Dirá Xirau en su texto Palabra y Silencio: "Existe un silencio que los músicos llaman pausa, Intervalo entre palabra y palabra, frase y frase, gesto y gesto, este silencio no es aún silencio esencia, aun cuando puede llegar a ser expresión de un silencio esencial. Y no lo es porque la pausa deriva de un silencio que está encarnado en la palabra misma, La pausa expresa el silencio, pero no es la carne del silencio."

¿Cuál es, pues, esa carne del silencio?

La poesía siempre ha estado abierta a las cosas, arrojada entre ellas, arrojada hasta la perdición, hasta el olvido de sí del poeta. Justamente por este olvido de sí, un milagro surge en plenitud cuando en los momentos de gracia él ha encontrado las cosas, las cosas en su peculiaridad y en su virginidad sobre el telón último: las cosas renacidas desde su raíz. Entonces el hombre es voz que canta y manifiesta el ser de las cosas. Ha olvidado ser sí mismo, por lo que su palabra viene a ser la luz de tantas infinitudes que cercan la vida humana. La palabra de la filosofía persigue a toda costa la seguridad, se afana en alcanzar la precisión, y con ella, traza un camino que no puede atravesar en medio de la inagotable riqueza que le sale al encuentro. En cambio, la palabra irracional de la poesía, por guardar fidelidad a lo hallado, a lo prometido, no se aventura a trazar camino alguno. Va extraviada. No pretende ser verdad, sino solamente dibujar un sueño, pero sobre todo, compartirlo. Es palabra, en suma, que anhela la apertura total de una vida, de un ser vivo a quien su cuerpo, su carne, incluso su pensamiento, le sirven para extenderse entre las cosas y penetrar en la oscuridad de lo inexpresable. Es, asimismo, esa música de la que habla el poema L'anyell; música apenas audible, pero a cada segundo presente:

La música del món, matabec, matamort,

canta el fullam de les galàxies,

canten a prop, i lluny campanades campanes,

les bestioles en les herbes verdes,

les escumes en el goig de la mar,

cantaflor, canta neu, canta pau

cantadament tot viu en els grans, les espigues

el vent antic del món.

(La música del mundo, matamuerte,

matapico, el follaje y sus galaxias,

cantan lejos y cerca las campanas,

las bestezuelas en la yerba verde,

las espumas en el gozo del mar,

cantaflor, cantanieve, cantapaz,

cantadamente todo vive en los granos, las espigas v

iento antiguo del mundo).

¿Qué más podría añadirse a lo ya dicho? ¿Qué más podría comentarse sobre un hombre cuya obra tiene el mérito de desbordarse más allá de sus límites? Sólo nos resta responder a la invitación que nos ha hecho desde siempre: oir juntos cómo palpita la carne del silencio.


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