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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1989

RESPUESTA A JOSÉ MANUEL OROZCO Y JAVIER RABASA EN TORNO AL PROBLEMA MORAL DEL ABORTO

Author: Rodolfo Vázquez [Nota 1]


En los números 15 y 17 de ESTUDIOS, José Manuel Orozco y Javier Rabasa critican algunos planteami entos expuestos en mi artículo "La noción de persona y el problema moral del aborto". El primero desde una ética constructivista y el segundo desde una antropología y ética cristianas. Con el fin de guardar cierto orden en el desarrollo de las ideas comenzaré por aclarar los aspectos que me distancian de una Posición aparentemente más afin como es la de Rabasa para pasar luego a comentar algunas ideas de Orozco que me parecen especialmente oportunas para enriquecer, y de alguna forma, replantear mi postura inicial.

Con respecto a Rabasa me parece necesario señalar, de entrada, que su crítica se inscribe en un marco teológico y no filosófico pese a la buena intención del autor (p. 122). De esta forma, si la materia embrionaria humana -argumenta Rabasagoza de un privilegio especial se debe, a fin de cuentas, a que tal embrión es "de la misma especie y materia indistinta en la que se encarnó el Verbo de Dios. Así, toda la materia de la creación está subordinada, desde la sabiduría infinitamente libre y eficaz de Dios, a la encarnación del Verbo; encarnación y victoria radical de la vida sobre la muerte que ya tuvo lugar entre nosotros ,en la plenitud de los tiempos', encarnación habida por la acción del Espíritu Santo en las entrañas de la única mujer posible que por ello y para ello fue privilegiada por la plenitud de la gracia desde el momento mismo de su concepción en el tiempo ... " (p. 126). Lejos de querer desacreditar el valor de la Teología, hay que distinguir, sin embargo, entre el tipo de argumentación teológica que parte de premisas reveladas y el tipo de argumentación propio de la filosofía que parte de premisas racionales. Esta aclaración me parece pertienente para entender no sólo algunas ideas que aparecen en su texto y en el mío sino el ánimo general con el cual fueron escritos.

Deslindado los campos, y situándonos en un terreno filosófico, creo que Rabasa no tendría dificultad en aceptar la siguiente premisa: "Toda vida humana, desde el momento de la concepción, es inviolable y constituye un valor intrínseco para el individuo y para la comunidad de la cual éste forma parte.* A partir de esta premisa, no resulta complicado compartir con el autor su defensa -reiterada y emotiva- del privilegio de la materia embrionaria humana por encima del resto de la materia unviersal no sólo por ser "el único material posible de la prosecución de la acción creadora de Dios" (p. 132), sino también, y no menos importante, por ser el efecto del impulso radical del acto humano de generación. Ahora bien, compatir esta idea no contradice la afirmación de que el embrión humano pasa por sucesivas transformaciones, en las cuales el mismo supuesto pierde en un momento dado la forma que lo animaba y deja su lugar a una forma superior que para el caso del alma racional, exige una disposición de la materia muy particular. A partir de la teoría hylemórfica se comprende que la materia debe estar proporcionada a la forma y, por lo mismo, sólo es posible hablar de persona cuando el embrión ha alcanzado un desarrollo orgánico adecuado. De lo que se sigue que no es lo mismo vida humana que persona, distinción que Rabasa no quiere aceptar. La primera, se encuentra asegurada por hechos psico-biológicos como son el correspondiente código y mensaje genéticos que hacen del embrión un ser individual perteneciente a la especie humana e independiente del organismo materno; la segunda, se explica cuando la materia se une a la forma racional creada libremente por Dios, es decir, sin subordinación a las causas segundas.

Si se acepta lo anterior, el problema se reduce, entonces, a conocer el momento en el que se reúnen los mínimos necesarios para que la materia se halle en disposición para el alma racional. En este punto, pienso con L. Wayne Sumner [Nota 1] que la sensibilidad -la capacidad de sentir placer o dolor-, por mínima que sea, constituye un criterio suficiente para comenzar a hablar en sí misma de moralidad.[Nota 2] Por lo que hace al momento de su aparición, vale la pena citar a Farrell en la sín tesis que presenta del pensamiento de Sumner: "El período normal de gestación para nuestra especie, recuerda Sumner, es de 280 días, contados desde el comienzo del último período menstrual hasta el nacimiento. Esta duración es dividida usualmente en tres trimestres iguales, de aproximadamente trece semanas,, cada uno. Un cigoto no tiene sistema nervioso central de ningún tipo. La médula espinal hace su primera aparición temporalmente en el período embrionario (tercera semana), y las divisiones mayores entre telencéfalo, mecencéfalo y tronco cerebral son evidentes sólo al concluir la octava semana. Al concluir el primer trimestre pueden ser diferenciados virtualmente todos los principales componentes neurológicos y es detectable la actividad EEG. Los meses que siguen están caracterizados principalmente por el crecimiento y elaboración de los hemisferios cerebrales, especialmente la corteza (cortex) ... Es dificultoso ubicar con exactitud la etapa en la cual la sensibilidad emerge primeramente en el desarrollo fetal. La estructura del cerebro fetal, incluida la corteza queda establecida al final del segundo trimestre. Pero hay razón para esperar que las partes más primitivas y antiguas de ese cerebro funcionen antes que las restantes ... De estos datos biológicos Sumner extrae importantes consecuencias morales. Durante el primer trimestre, los fetos, claramente, no son todavía sensibles. En el tercer trimestre, los fetos poseen probablemente algún grado de sensibilidad, bien que mínima. El umbral de la sensibilidad, entonces, parece aparecer en el segundo trimestre. Lo mejor que podemos esperar es ubicar un umbral, o período, en el segundo trimestre; no es claro, en el momento actual, en qué momento del trimestre ocurre esta etapa"[Nota 3]. En mi artículo opté por las 8 semanas a partir de la conformación cerebral y quizás por una cautela excesiva pero no veo inconveniente para abrir un arco de tiempo hasta los 90 días o las 12 semanas, es decir, en la conclusión del primer trimestre y el inicio del segundo.

Pues bien, lo que más me separa de Rabasa, partiendo de los su puestos antropológicos antes señalados, es que la premisa general sentada más arriba, aunque válida en lo general, está sujeta al juicio preferencial ante conflicto de valores que se [Nota 4] presentan en la realidad, en muchas ocasiones, bajo situaciones límite. Por lo tanto, sin que desconozcamos los valores de una ética con pretensiones universalistas que responda a las exigencias de la naturaleza humana, es necesario confrontarla con las exigencias de una realidad conflictiva y dinámica. Sacralizar el orden natural --corno se desprende de la nota de Rabasa- o postular ideales ajenos a las demandas de las comunidades histórica y culturalmente situadas, conduce, irremediablemente, a dogmatismos que por definición, son incompatibles con los valores de cualquier sociedad medianamente libre.

Por otra parte, de la premisa general se desprende que el problema del aborto no se resuelve, con exclusividad, en el fuero de la conciencia particular. La vida humana es un bien que la comunidad no sólo debe respetar por una necesidad obvia de sobrevivencia, sino que debe también proteger activamente para favorecer su desarrollo integral. De esta forma, si bien entre la conciencia moral y el Derecho como instrumento de la comunidad no existe incompatibilidad sino complementación, no cabe duda, que la justicia de cualquier ordenamiento jurídico se mide, principalmente, por la cercania o alejamiento con respecto al bien común mientras que la moral se mide, principalmente, por los dictámenes de la conciencia particular. Así, ante una realidad conflictiva que atente contra el bienestar de la comunidad en su conjunto o en un sector de ella puede presentarse la necesidad de crear e instrumentar un conjunto de normas jurídicas que lejos de prohibir u ordenar determinados comportamientos, los toleren, directamente, a través de normas permisivas, o indirectamente, como sucede en el ámbito penal, destipificando o despenalizando. Se trata, entonces, de permitir o despenalizar, en situaciones conflictivas, un mal menor para evitar un mal mayor. De aquí que haya sugerido en mi artículo, siguiendo por un lado el espíritu de algunas legislaciones contemporáneas y por otro los supuestos antropológicos y éticos que consideré necesarios y que he tratado de matizar un poco más en esta respuesta, algunos casos de despenalización que, por supuesto, no tienen lugar en un esquema rígido como el que presenta Rabasa.

Orozco critica la ética personalista (ontológica) desde una ética constructivista (deontológica). Si esquematizamos un poco ambas posturas tendríamos que para la primera -ética personalista- se parte de ciertas propiedades fácticas que caracterizan a la persona, que a su vez sirven de base para el enunciado de principios morales fundamentales, de los cuales se derivan derechos básicos:

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Para la segunda -ética constructivista- se parte del enunciado de principios rnorales (en modo subjuntivo) de los cuales se derivan los derechos básicos para luego definir las propiedades que son factualmente necesarias para ejercitar esos derechos:

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Así por ejemplo, y siguiendo a Carlos Nino, para una ética constructivista se parte de un principio como el de la autonomía de la persona del cual se deriva el derecho a la libre elección y materialización de los planes de vida, que sólo puede ser gozado por aquellos individuos que son capaces de elegir. A la inversa, para una ética personalista se parte de la capacidad de elección que fundamenta el principio de autonomía del cual deriva el derecho a la libre elección y materialización de los planes de vida.

Antes de responder a algunas críticas de Orozco al esquema personalista quiero insistir en el señalamiento de al menos dos aspectos débiles del constructivismo. Me parece que el punto de partida trascendental, aun cuando se formule en modo subjuntivo, corre el peligro de operar en círculo y cerrarse en un subjetivismo si no existe algún dato independiente y objetivo que sirva de test para la adecuación que hagamos entre los principios generales y los juicios morales particulares, como quiere Rawls, para lograr la situación de equilibrio reflexivo. La posición de Orozco se une a la línea dura del constructivismo eludiendo las descripciones posibles de cómo son las personas según los aportes de la biología y de la psicología, y de su situación histórico-cultural concreta.

Por otra parte, y aceptando que el ejemplo usado para el criterio de autonomía no es muy afortunado, queda en pie la objeción de Vinit Haksar por cuanto según este autor, el constructivismo fracasa en su intento de fundamentar una ética liberal prescidiendo de presupuestos perfeccionistas. Estos se introducen por la puerta de atrás porque la idea de que una vida autónoma es parte esencial del bienestar humano, como sostiene esa teoría, es una especie de perfeccionismo. Es un valor racional, intrínseco y objetivo, y, por lo tanto, un punto de vista simple de la identidad personal, contra la opinión de Derek Parfit. No se puede partir de un principio como el de autonomía sin suponer a éste como un "valor básico". En otros términos, cualquier formulación de un principio moral responde a una exigencia básica aunque aún no se explicite formalmente. Los "valores básicos" pasan a ser entonces, la materia, el contenido, de los principios morales enunciados de forma universal.

Si se acepta lo anterior, se introduce una dosis de realismo que nos inclina hacia un constructivismo que, a reserva de darle un nombre más apropiado, llamaremos material por oposición al constructivismo trascendental o formal. Por lo demás, no necesitamos salir del mismo Kant para plantear el esquema de un constructivismo material. Quizás el abuso en la interpretación de la ética kantiana a partir de la Crítica de la Razón Práctica nos ha hecho perder de vista otras obras que suavizan su posición trascendentalista corno es la Critica del Juicio, pero muy especialmente la Segunda Parte de su Metafísica de Ias Costumbres que lleva por título Metafísica de la Virtud publicada en 1797. En todo caso, sirva este comentario como una invitación a Orozco para repasar, conjuntamente, la ética kantiana desde sus obras tardías.

Con respecto a la ética personalista, Orozco cuestiona sobre la posibilidad de reconocer las capacidades racionales inherentes al feto. A esta objeción epistemológica respondo que en un primer momento basta con los datos que proporcionan las ciencias en cuanto a la constitución biológica y genética del feto para hablar de una vida humana distinta a una vida animal. No existiendo una situación de conflicto de valores, vgr., vida de la madre o vida del feto, esos datos son suficientes para preferir la vida del feto a su muerte. En un estadio posterior, por lo que hace a su ser como persona, ya hemos señalado la importancia moral de la aparición de la sensibilidad en el feto, pero también reafirmamos la definición de persona como un supuesto que, por poseer existencia racional, es capaz de autonciencia y libre decisión. El feto posee una existencia racional en acto y en condiciones normales ejercitára su capacidad de autoconsciencia y libre decisión. Es precisamente a través de este ejercicio, actualizado tiempo después, en él o en sus semejantes, como inferimos la posesión de una existencia racional si es cierto aquello de que todo efecto responde a una causa proporcionada. Así pues, la posesión o "primera actualidad" se infiere del ejercicio o "segunda actualidad" el orden psicológico se explica por el orden ontológico.

De acuerdo con lo anterior, no veo por qué Orozco me reprocha el caer en una explicación psicológica, "que inento eludir" (p. 117), cuando me refiero al aborto terapeútico. Si se lee con cuidado la p. 51 de mi artículo lo que afirmo es que al no existir conflicto de valores a nivel ontológico puesto que reconocemos que tanto la mujer embarazada como el feto son personas, el conflicto se plantea en el orden psicológico, entre el ejercicio actual de las capacidades del feto y el ejercicio actual de las capacidades de la madre. Estas últimas tienen un desarrollo en acto y un campo de acción familiar que ciertamente no tienen las del feto. El criterio psicológico, que de ninguna forma excluyo, suple, en este caso, al criterio ontológico.

Quizás una crítica más radical a la ética personalista, que salta a la vista y que está latente en los comentarios de Orozco, sea la de que es ilícito el tránsito de las propiedades fácticas del individuo al enunciado de, los principios morales que se siguen de las mismas. En otros términos, la ética personalista incurre en la llamada falacia naturalista. Pienso que ante esta objeción, que considero válida, debe intentarse un replanteamiento que hiciera de la noción de persona la explicación de la actividad moral pero no su justificación. Posición que nos acercaría a lo que hemos llamado más arriba un constructivismo material: partir de principios morales que respondan a un conjunto de "necesidades", "bienes" o "valores básicos" que nos permitan, luego, inferir las propiedades fácticas del individuo. Sin embargo, pese al interés personal sobre este tema, creo que es conveniente dejar para otra ocasión su desarrollo q ue rebasa con mucho, los propósitos iniciales de esta, nota.


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