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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1989

MÉXICO PARA EXTRANJEROS

Author: Martha Elena Venier[Nota 1]


Francisco Gemelli, que anotó numerosas experiencias y consejos para el viajero en los varios volúmenes de su Giro del mondo[Nota 1] critica, antes de comenzar el diario de sus actividades en Nueva España, el "exceso de entusiasmo por las empresas nobles de los antiguos", de Homero en adelante, y el poco que había por los viajeros modernos, pasada la conmoción del descubrimiento de América: " ... es menester decir no ya que el mundo ha envejecido, ni que el valor se ha agotado, ni las demás virtudes han huido de la tierra, sino que él está en su mejor juventud, y que aquellas que llamamos virtudes han aumentado más que disminuido, pues cada día requiere el hombre conciencia de nuevas cosas, y sobre su propio ser más se eleva. Y si no vemos más hombres de aquellos tan celebrados por la antígüedad, ello acontece porque esas dotes del espíritu que siendo entonces más raras producían estupor en ajenos pechos, habiéndose hecho el día de hoy más comunes, no hay quien las estime de ser mencionadas" (p. 6).

Gemelli, que, viajero en la nao de China, llegaba entonces (1793) a la última etapa de su vuelta por el mundo, peroraba también en su favor, y no le faltaba razón. Había cubierto más que el camino de los Polo aunque con variantes también el de Magallanes- con más beneficio inmediato. Por lo demás, resarcía en algo a los viajeros anónimos de ese tiempo y tiempos futuros, quienes con no pocas dificultades hacían el camino a éstas y otras tierras, porque aun cuando había gran diferencia entre los precarios viajes del siglo XVI ("suficientes -dice Irving Leonard en Los libros del conquistador- para desanimar a los más audaces y pacientes) y los muy modernos de los siglos XVIII y XIX, el mar cobraba aún su cuota de penurias y ansiedad.

Al peregrino que llegaba a México por el Atlántico, se le ofrecía como puerta de acceso Veracruz, ciudad "melancólica% dice Gemelli, en donde "el aire es poco saludable, sobre todo en verano. Muy a menudo, cuando sopla la tramontana, a la cual está muy expuesta, quedan las casas medio sepultadas por las arenas de alrededor... A pesar de que allí vayan a atracar todas las flotas y las naves que vienen de Europa a Nueva España, la ciudad, con todo, en vez de ser grande y rica a la par de México, por las causas mencionadas, es bien pequeña y pobre" (p. 155). Aquejaba además a la ciudad el temido vómito negro (Humboldt lo describe por extenso[Nota 2]), que cobraba sin discriminar vidas de nacionales y extranjeros. De manera que quien no se veía en la necesidad de cuidar sus negocios salía de Veracruz a toda prisa y se internaba en la ruta hacia la capital, donde encontraba el viajero más que añadir a su experiencia, tanto por la naturaleza rica (pero áspera) del paisaje cuanto por ciertos peligros nada naturales que le salían al encuentro.

Salvados esos obstáculos, avistaba el viajero la capital, opulenta aún en sus años de decadencia. A todos, al parecer, atraía sin reticencias la ciudad y su valle. Aun el seco y poco imaginativo Gemelli (el texto que copié al principio delata, dice la editora, la mano de su generoso corrector de estilo) se aviene a echarle unas flores. Entre los que no escatiman elogios podemos escoger a Thomas Gage, que cruzó por aquí en 1625. Gage, futuro espía de Cromwell, era un fraile dominico inglés que pasó cinco meses en San Jacinto, donde los de su orden tenían casa para los misioneros cuyo destino final era Filipinas. En espera de un viaje que nunca concluyó, porque la perspectiva de padecer largos o inclementes días en el océano Pacífico le aconsejaron anclar en Guatemala, Gage recorría con frecuencia el breve camino entre San Jacinto y la capital, de la que dice en su entretenida crónica The English American. A new survey of the West India: "Nada, falta en México y sus alrededores para que sea una hermosa ciudad. Sin duda, los que han fatigado con sus plumas el territorio de Granada en España, el de Lombardía y Florencia en ItaHa, y los han comparado con el paraíso terrenal, corregirían sus impresiones si conocieran el Nuevo Mundo y México."[Nota 3]

En la capital encontraba el viajero la síntesis del rico compuesto de virtudes y defectos que hacían al mexicano y sus circunstancias. Explicarse ese compuesto no era para el extranjero en general y para el europeo en particular, nada sencillo. A muchos les costaba - al principio por lo menos - ubicar la experiencia de su historia milenaria y de su breve geografía en este territorio amplio, que por azares de la comparación vino a llamarse "nuevo". No todos llegaban por aquí con el espíritu humanista de Boturini, y muchos, sin otro acervo que sus dogmas, ignorancias o prejuicios, caían en la reprochable costumbre de criticar y aún vituperar. No sin razón se quejaba Altamirano con acrimonia, porque casi todos los viajeros que habían Hegado después de Humboldt se habían dedicado a la. calumnia aprovechando la curiosidad (malsana, supongo) del público. [Nota 4]

Después de Humboldt. Quizá la comparación entre Humboldt y los demás "cronistas" de México de éste y otros siglos sea poco generosa. Hay en su Ensayo político sobre el Reino de Nueva España una distancia material de muchas páginas, un acopio de información demasiado extenso, y cierta reflexiva serenidad para describir nuestra circunstancia que lo sitúan con pocas dificultades - de ahí el reconocimiento implícito de Altamirano- entre los que entendieron o procuraron entender a México.

No sé cuánto hayan encontrado los expertos de misceláneo en las cifras y censo - que abundan en el Ensayo político, o cuánto de lo que aparece con sello científico sean consejas o entusiasmo lírico; en todo caso, estas líneas presentan un espíritu abierto y bien intencionado: "Es preciso ser extremadamente circunspecto cuando se trata de decidir acerca de lo que se llaman disposiciones morales o intelectuales de los pueblos que están separados de nosotros por millares de obstáculos que nacen de la diferencia de idiomas, hábitos y costumbres... ¿Cómo, pues, un viajero con sólo haber arribado a una isla, con haber estado algún tiempo en un país remoto, puede arrogarse el derecho de sentenciar sobre la diversidad de las facultades del alma y la preponderancia de la raza, el ingenio y la imaginación de un pueblo?" (t. 2, p. 89).

Varios decenios después de Humboldt, llegó por aquí como miembro de la corte de Maximiliano, la condesa Pauta Kolomitz, que sufrió su odisea en un viaje transoceánico parecido (quitando matices y salvando la distancia de siglos) a los penosos del siglo XVI; desembarcó también en el puerto de Veracruz asolado por la peste y cruzó con no pocos temores e incomodidades la ruta hacia la capital. De su aventura dejó testimonio en un librito cuyo título no deja lugar a dudas: Un viaje a México en 1864.[Nota 5] Este es un informe ameno de su breve estancia en México, que se puede leer sin preocupaciones y algo de nostalgia, especialmente cuando encontramos descripciones de algunos sitios (San Angel, Tacubaya, Chapultepec, el Desierto de los Leones) que han perdido ya el esplandor de otros tiempos. Se puede leer también con intención algo crítica (demasiado crítica no tendría sentido), y extraer tres o cuatro temas de interés para nuestro amor propio siempre a flor de piel.

Empecé a leer el libro de la primera forma y terminé leyéndolo con ojo más avizor, porque está escrito con cierto tono dulce y bien intencionado, que esconde prejuicios de antigua data y unas cuantas críticas a las costumbres y problemas de estas tierras, que probablemente no quisieron ser tales, pero no por eso se dejan de resentir.

Aunque el texto mismo da pruebas de que Pauta Kolomitz leyó el Ensayo político, no parece haber asimilado muy bien el contenido del fragmento que copié arriba, y aunque no se "arroga el derecho de sentencia? sí se impacienta con lo que a sus ojos se descubre anómalo, incongruente, poco fino...

Como otros viajeros que llegaron por aquí, Paula Kolomitz se explaya entusiasmada en la contemplación de la naturaleza. Desde la casa donde se hospeda en Puebla, dice, "se domina la ciudad, la vastísima llanura y los magníficos montes que la circundan... El espectáculo es soberbio e impresionantísimo su belleza resalta por la admirable fuerza del aire que acerca las cosas más lejanas. Y aquello que estamos acostumbrados a llamar cielo, que en Europa aparece en realidad como una cubierta compacta, tiene aquí una transparencia que hace perceptible el concepto del infinito. Los ojos no tienen reposo, no encuentran confines, y el ánimo se levanta atónito adorando y admirando" (p. 78).

A menudo se extiende sin reticencias en descripciones parecidas, pero al volver los ojos a este bajo mundo se ensombrece. Por un lado, el ajetreo político del que participa a medias (observar, ubicarse son, al parecer, sus tareas principales) sólo presagia desastre; por otro, le cuesta -de hecho no consigue - esclarecer las contradicciones que cree descubrir en el carácter del mexicano: un pueblo rico, dominado por la abulia; aunque gentilísimo, proclive a la más dura autocrítica; anheloso de paz, pero en perpetuo conflicto; católico, pero con puntas y ribetes de idolatría y astuto bajo su, al parecer, genuina cubierta de humanidad.

Es probable que P. Kolomitz haya venido ilustrada por cierto tipo de lecturas, cuyo contenido no podernos sino conjeturar, ya que sólo menciona explícitamente el Ensayo político de Humboldt y la Conquista de México de William Prescott.[Nota 6] Hay, como sabemos, una copiosa literatura, secuela de crónicas de la conquista o producto de lucrubraciones científicas y filosóficas de europeos que trataron con terca fantasía el tema M aborigen o del criollo ladino con tendencia a la degeneración física, moral, etc., etc. [Nota 7] Sin buscar muy lejos -y para no salir de los textos citados aquí- Thomas Gage inaugura el relato de su aventura americana con un comentario sobre la falsedad de todo: falsa la carne que se ve gorda y no alimenta, falsa la fruta hermosa y dulcísima que no llena el estómago, falsos los hombres que esconden vicios y engaños bajo su exterior agradable.

Es probable, pues, que algunas lecturas le hayan hecho caer en esas opiniones que delatan no tanto ignorancia de nuestras cosas -loque es palpable - [Nota 8] cuanto confusión. Acosada quizá por una realidad que no articula con sus prejuicios muy europeos, llega a curiosas deducciones: "los indios son mucho más inteligentes que los negros y su carácter tiene un fondo más noble. En los últimos decenios ha habido entre ellos hombres distinguidos. Juárez, al cual sus mayores enemigos no pueden negar inteligencia y grandísima energía de carácter, es de pura sangre india."

Por un lado, no explica de qué negros se trata. Quizá aluda a la población caribeña de las colonias francesas con la que tuvo fugaz contacto y de la que no tiene opiniones muy generosas. Por otro, olvida que páginas antes se había extendido en el relato de los hechos de Netzahualcóyotl, a quien termina por comparar con el legendario Harum al Rashid (el de Las mil y una noches), por su original estilo de impartir justicia, pero que, a pesar de su realeza, no era menos indígena que Juárez.

Ejercitando y un poco más la contradicción, esta vez del lado opuesto, ubicándose en la corriente que atribuye al indígena ingenuidad de niño, deduce Kolomitz, desoyendo siglos de historia y ubicándose en el siglo XVI, que Ia leyenda de Quetzalcóatl, y tantas otras más que han permanecido en ellos a pesar de su aparente catolicismo, había dispuesto sus ánimos a favor del emperador, en el cual veían al hombre sabio que había cruzado los mares para traerles la felicidad y el esplendor, y sacarlos de su miserable condición. Por eso lo saludaban con la más íntima alegría" (p. 92).

Es probable que los indígenas, y también la mayoría de los capitalinos, se sumaran a la fiesta más por participar del alboroto o por curiosidad, que por fe política, sobre todo en una ciudad tantas veces engalanada para recibir al héroe en turno ("la capital -dice Luis González- era e y erta en recepciones suntuosas. La enloquecían los que ganaban").[Nota 9]

Quizá el deseo de encontrar signos positivos en la aventura que le tocaba vivir, dictaban a la condesa esas interpretaciones. Además, es menos difícil -entonces como ahora - caer en improvisaciones exóticas que escarbar en la razón última de los hechos. Aún Humboldt -mejor preparado que Kolomitz para la especulación antropológica- cree percibir en los aires indígenas cierto tono lúgubre y falta de alegría que imputa a siglos de sometimiento y esclavitud (t. 2, pp. 88-89).

La condesa encuentra al mexicano más proclive al laissez faire que al trabajo provechoso: "Toda la vida del mexicano lleva en sí el carácter del dolce far niente; jamás los vi correr de prisa por las calles, jamás aprovechar el tiempo" (como los europeos, por supuesto). Pero no dice qué clase de mexicano pierde el tiempo. Su visita a las minas de Real del Monte y el ajetreo diario de la vida capitalina le permitían sin duda, observar la ardua y laboriosa lucha por el pan diario del mexicano común, quien tenía, naturalmente, diferencias con el mexicano rico que frecuentaba, algo afrancesado y ostentoso.

Esas críticas, al parecer inocentes y de entrecasa, no carecen de sustento o tradición: el mexicano dejado y lánguido que extiende la mano para cosechar lo que le ofrece la naturaleza, en vez de procurarse el sustento con entusiasmo emprendedor (p. 137), descripción que se asocia fácilmente con otra, la del carácter encanijado en el ocultamiento y la falsedad.

P. Kolomitz confiesa que se le ha vuelto obsesión "la naturaleza suave, gentil, reservada, siempre sospechosa [astuta dice en otra parte] del mexicano", opinión que -sin detenernos en incontables páginas de prosapia científica- se encuentra también en el discreto Humboldt, a propósito del aborigen americano en general: "Avezados los indígenas en una larga esclavitud, tanto de la dominación de sus soberanos como aquélla de los primeros conquistadores, sufren con paciencia las vejaciones a que todavía se hallan sujetos... sin oponer sobre ellas sino la astucia encubierta bajo el velo de las apariencias más engañosas de la apatía y la estupidez" (t.2, cap. IV).

Estos hombres que nunca corren ni se afanan, que siempre fingen, son además pequeños, o por lo menos tienen la cabeza pequeña, o más pequeña que la de los europeos. Dispuesta a la compra de un sombrero, descubre que ninguno le acomoda (p. 110) y llega sin muchos problemas a confirmar una más de las tesis sobre la debilidad americana -más bien hispanoamericana pero no es de sorprender. Esto de la debilidad (o pequeñez) era un argumento sin pérdidas para disminuir el valor del objeto (pueblo en este caso) objeto de crítica. Quien se aventure hoy por unas Recollections of Mexico de Waddy Thompson (enviado de Estados Unidos por los años 42 y 43 del siglo pasado) encontrará unas líneas en las que el inefable ministro - quien, por lo que se lee, cojeaba mucho del pie del ultranacionalismo, no menos del puritanismo y tenía un humor rancio opone la fuerza, tamaño y agresivo empuje de sus apaches a la debilidad de los mexicanos de la frontera.[Nota 10]

No podía faltar aquí la. cosa política (mejor: cierta información que puede caer en ese rubro), que se deja clasificar fácilmente en dos temas mayores, la política del emperador y la de los mexicanos, y uno menor, la de los franceses. Trata a éstos sin miramientos; en general los considera torpes y poco discretos: "los franceses, a pesar de su capacidad racional, son en su mayor parte ignorantísimos..." (p. 138); " ... los oficiales de Francia-... hablaban del país y de sus habítantes con el más torpe desprecio; no tenían el mayor interés por la belleza de aquel cielo ni ojos para las muchas cosas nuevas que aquí se les ofrecían... Muchísimas quejas tenía el emperador en sus relaciones con los franceses porque ellos no jugaban limpio; pocos de los hombres venidos de Francia... tenían el discernimiento y la delicadeza de no recalcarle la dependencia del socorro y la ayuda francesa" (pp. 133-134).

En cuanto a los dos primeros, de más está decir en qué lado ve Kolomitz las buenas intenciones y las buenas obras. Es cierto que los descendientes de la vieja aristocracia, con quienes hace amistad, le merecen los más dulces elogios; que encomia brevemente a Mejía y Almonte (a Miramón se refiere dos veces con reticencia), pero, en general, los políticos mexicanos caen en un grupo informe y poco confiable.

Sus conclusiones sobre el estado de las cosas pasadas y presentes es, por decir lo menos, oscura: la historia del país está saturada de guerras, de lamentable ruina, destrucción, corrupción (p. 165), que no puede limpiarse sino con el nuevo expediente de la intervención y del imperio. Quizá por eso, aun cuando deja escapar líneas de signo ominoso para la aventura que compartía, en general, esos seis meses de servicio diplomático le inspiran comentarios entusiastas: "Y en verdad ahora las cosas parecían tan bien como nadie osaba esperarlas. La guerra en el norte de América se inclinaba a favor de los estados del sur, de los cuales México podía esperar el tratamiento de buen vecino. Muchos entre los disidentes se habían sometido al emperador. Las bandas de Juárez se hacían menos numerosas y más grandes y compactas las de Maximiliano. En general, todo su deseo era conciliar entre sí las diversas facciones. Muchos acercamientos ya se habían efectuado y parecía que la profunda necesidad de paz y legalidad que el país sentía había atraído hacia el emperadoy un gran número de hombres con la voluntad de unir sus esfuerzos y su trabajo a los del monarca, para hacer florecer nuevamente las inmensas riquezas del país y allanar los caminos hacia la prosperidad" (p. 169).

El resto de la historia se conoce lo suficiente. Es de lamentar que Paula Kolomitz haya cerrado su breve crónica antes de que se cerrara la del Segundo Imperio, porque cabe preguntarse qué líneas hubieran inspirado esos avatares de los que fue lejano, pero interesado testigo.


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