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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1990

El maestro


Su clase era "Historia del Periodismo". Ramón hacía un viaje por la historia del papel impreso y situaba a los periodistas en su medio social, los analizaba en sus contradicciones humanas, en las fuerzas del tiempo que dominaban y que les dominaba. De pronto, se alejaba de los protagonistas para invitarnos a una reflexión personal mientras él iba hilvanando sus reflexiones a propósito y sobre las nuestras donde, sutilmente, expresaba su visión del hombre y de la historia. Ramón nunca corregía un punto de vista de sus alumnos que respondiese a una cosmovisión particular y sólo nos hacía reparar en errores objetivos.

Deseosos de un mayor contacto con él, algunos de sus alumnos le buscábamos en los lugares que frecuentaba: el diario Excélsior, la revista Señal, los bares Espléndido, Latino y el del hotel Francis; el restorán Sajonia los Sanborns de San Angel y San Jerónimo, el antiguo y ya inexistente café de Flore.

En esas reuniones con Ramón conocí a muchas gentes: periodistas, escritores, artistas y políticos cuya lista sería interminable. De esas reuniones salía fecundado, esto es, llena mi cabeza de libros y de autores, de desengaños y utopías pero, sobre todo, impregnado de vitalidad. ¿Debe pedírsele otra cosa a un maestro?

Sucedía, con frecuencia, que nos quedábamos solos. Me admiraba cómo Ramón había retenido mis intervenciones y mis silencios. Me interrogaba suavemente y yo pasaba de la seguridad insolente a que obliga la vida social, a la humildad agradecida de quien se sabe reconocido. Entonces le exponía mis miedos, mi inseguridad radical, mis preguntas más acuciosas e íntimas. Y Ramón conversaba sin dogmatizar nunca, sin arrogancia, sin falsas seguridades.

Ramón Zorrilla era un hombre religioso. Un católico hombre y no al revés. No negaba su querencia pero tampoco la exhibía. Descendiente de Santo Tomás de Aquino, traducía el pensamiento del Aquinatae en un lenguaje moderno, coloquial, y me hizo descubrir la enorme sapiencia del principio de analogía que tantos males ha evitado a la humanidad; muro de contención contra los racismos, los nacionalismos, los imperialismos y aun el elitismo.

Gracias, en fin, a Ramón leí a Chesterton y a Graham Greene, me hizo descubrir El cuarteto de Alejandría y ese libro maravilloso y olvidado: El epistolario de Fadrique Mendes, de Eça de Queirós. Por él estudié a Raymond Aron, a Sertillanges, a Proudhon y, sobre todo, un libro que me dejaría marcado para siempre: El hombre rebelde, de Albert Camus. De este libro comentaba Ramón que era el imprescindible para cualquier estudiante de comunicación.


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