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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1990

El amigo


Guardo de Ramón Zorrilla el recuerdo imborrable de alguien con quien conté siempre, que me oyó siempre. Yo formé parte de un grupo de alumnos suyos que fuimos, quizá, los últimos en pasar al círculo de sus amigos: Raúl Santoyo, Eduardo Maldonado, José María Pérez Gay, Luis Linares, Alberto Ulloa, Francisco Rodríguez Ezeta, Raúl Cremoux, Bruno Newman y Héctor Aguilar Camín. Me conmueve la alegría de Ramón por nuestras grandes y pequeñas realizaciones. El interés que mostraba por lo que hacíamos y lo que no hacíamos; por nuestras vidas personales. Cuando todos o casi todos estábamos bajo la influencia de un pensador rumano, Horia Tanasescu, se interesó en éste, le buscó, habló con él. Se limitó a hacemos ver que los puntos de vista de Tanasescu provenían del pensamiento de Croce y de Gentile y en sus coloquios con nosotros si bien festejaba nuestro entusiasmo intelectual delirante, con una ironía que nunca caía en el sarcarmo, ¡una ironía vital!, nos dejó caer la inquietud de cómo aquel modo de pensar conducía, inevitablemente, a actitudes fascistas. Luego Ramón reía candorosamente y pedía más vino, o cerveza o whisky para todos.

A veces, y ya con una buena dosis de alcohol compartido, evocaba Zorrilla versos de Machado, de Rilke, de Vallejo y de su gran amigo Ernesto Ortíz Paniagua.

Nunca le oí hablar mal de ninguno de sus amigos. Si yo criticaba negativamente a alguno, Ramón, a partir de esa crítica, reconstruía la personalidad del aludido hasta hacerme resaltar sus virtudes olvidadas. Lo importante eran los buenos momentos vividos juntos pero, sobre todo, hacer caer en la cuenta que parte de nosotros sólo podía explicarse por la relación que nos había unido.

Sí, para Ramón Zorrilla ninguna voz merecía silenciarse, pues el mundo y la verdad proceden de todas las voces auténticas. Era un liberal de corazón porque amaba la vida en sus manifestaciones más diversas y sabía, como Camus, que no hay que tener miedo ya que, finalmente, hay más cosas en el hombre para admirar que dignas de desprecio. Y, seguramente, socarronamente, se decía: "además, no es culpa mía si existe Dios".


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