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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1990

Ramón Zorrilla, Chesterton y la Teología del capitalismo

Author: Rafael Landerreche[Nota 1]


Recuerdo al maestro Ramón Zorrilla como seguramente lo hace a mayoría de sus amigos: en sabrosas e interminables conversaciones alrededor de una buena mesa, con un tarro de cerveza o, simplemente, en horas y circunstancias que no permitían explayarse en los placeres de un vaso de bon vino, con una taza de café y una cajetilla de cigarros. Sus temas de conversación eran amplios y variados: muchas veces recurrentes pues, para decirlo con palabras de uno de los escritores cuyo amor compartíamos, son los viejos de corazón los que se cansan de repetir una misma cosa: los niños, de quienes es el reino de los cielos, cuando les gusta una historia, siempre dicen cuéntamela otra vez. En mi caso las fijaciones temáticas agradablemente compartidas con Ramón Zorrilla, eran la historia de México, el periodismo, la literatura y la política, donde mis conocimientos más bien generales, ubicados en un paisaje de grandes lagunas, eran completados y corregidos por su, al parecer, ubicuo saber y siempre enriquecidos con alguna anécdota que ponía la chispa y el color, ahí donde yo sólo tenía los grandes trazos de las siluetas y los perfiles. Yo, como sociólogo, pertenezco a ese deplorable sector cuyo conocimiento comienza con libros y con teorías y sólo trabajosamente se va abriendo paso (si es que lo hace) para empaparse de realidades y concreciones. Ramón Zorrilla, como hombre y como periodista, tenía en un grado admirable el conocimiento de lo particular, mientras que su formación histórica y filosófica impedía que este saber se quedara en lo superficial. Era capaz de pasar de la anécdota de la petite histoire a la reflexión profunda, a la frase brillante y reveladora.

Dos escritores admirábamos y amábamos de una manera muy especial: podíamos pasarnos horas recordando pasajes y discutiendo su relevancia, su aplicación, sus intuiciones: Ramón López Velarde y Gilbert K. Chesterton. Sobre su tocayo, el poeta mexicano, Ramón Zorrilla escribió un ensayo que hace poco se publicó.[Nota 1] Yo comencé a escribir otro ensayo que no se ha publicado, pero tuve tiempo de leer el suyo y comentarle el, mío. Coincidimos en la gran relevancia actual de una lección lopezvelardiana. Su visión de la Suave Patria no es estática como suele pensarse y como lo sugiere aquella frase, sé siempre igual fiel a tu espejo diario. No fue insensible en su momento a las exigencias de la modernización o, para decirlo más poética -y verazmente- con sus propias palabras, a la nueva delicia que acomoda/sus hipnotismos de color de tango/al figurín y al precio de la moda. Pero, ¡ay de la Patria, que en vez de suave será triste si se deja seducir por la moda (que eso es literalmente la modernización) al grado de olvidarse de su propio ser, castellano y morisco, rayado de azteca! Se ha dicho mil veces, pero como indiqué hace unos párrafos, sólo los viejos de corazón se cansan de repetir las grandes verdades: los veneros de petróleo escriturados por el diablo, deben encontrar su contraparte en el establo, herencia del Niño Dios.

Podría seguir hablando de este tema por muchas horas, como de hecho lo hice con el maestro Zorrilla en repetidas ocasiones, pero más bien quiero extenderme sobre el otro autor que admirábamos. Creo que no exagero si digo que Gilbert Chesterton aparecía por lo menos en el ochenta por ciento de nuestras conversaciones: el recuerdo de un poema, de un personaje, de una frase epigramática o de un cuento del padre Brown. Hé de decir que en recordar las tramas policíacas yo le llevaba ventaja, pero él me superaba con creces en recordar de memoria estrofas enteras de sus poemas. Por esta razón, por la constancia de nuestra manía chestertoniana y por el cariño con que compartíamos todo lo que al escritor inglés se refería, cuando mi hermano me entregó los primeros diez volúmenes de un espléndido regalo - las obras completas de Chesterton editadas por primera vez - mi primera y casi instintiva reacción fue: tengo que mostrárselas al maestro Zorrilla ¡el gusto que le va a dar! Pero ¡ay! apenas se estaba formando en mi mente este pensamiento, cuando ya lo corregía el choque de la dura realidad: Hacía exactamente tres días que Ramón Zorrilla había partido, dejando solos a sus amigos y a su familia, para irse a reunir con nuestros otros amigos, creadores de poemas y con Alguien más, creador de poetas. Sin embargo, hasta la coincidencia de la llegada de los libros de Chesterton con la partida de Ramón, a la vez que una tristeza contenía un consuelo. Recordé una de las frases chestertonianas que mejor podían aplicarse a las circunstancias: ya tendremos tiempo de conversar de ésa y otras muchas cosas en la taberna del fin del mundo.

Al comenzar a hojear con avidez mi recién adquirido tesoro, de pronto hubo algo que volvió a traer a mi memoria el recuerdo de Ramón Zorrilla, pero ahora era un recuerdo con otros tonos y sobretonos. Era algo mucho más específico y, en cierto modo, hasta violento. Ya no era, ojalá estuviera aquí el maestro Zorrilla para poder conversar largamente sino, debería estar aquí para poner los puntos sobre las ies. Si el primer sentimiento tenía algo de frustración y de nostalgia, el segundo contenía una frustración de una especie muy diferente. Era una frustración mezclada con cólera, porque los editores de Chesterton habían hecho algo que sólo podía calificarse como una magna estupidez, y si había alguien que podía criticarla contundentemente con conocimiento de causa, ese alguien era Ramón Zorrilla. Los editores de Chesterton habían puesto a que prolongara el volumen sobre sus ideas sociopolíticas, a un señor llamado Michael Novak.

Aunque no lo creo probable, existe la remota posibilidad de que para alguno de los lectores de Estudios esta escueta información no sea suficiente para comprender ni la sutileza de mis sentimientos, ni la atrocidad del desaguisado cometido por los editores, ni el por qué Ramón Zorrilla era la persona más indicada para desfacer el entuerto. Quizá no puedo pretender que toda persona medianamente bien informada salte de indignación a la mera mención de Michael Novak como prologuista de Chesterton y piense instintivamente Ramón Zorrilla era el hombre justo para responder a eso. Quizá los contradictorios sentimientos que se asocian con cada uno de estos nombres, no sea tan del dominio público como lo serían si alguien dijera que los simpatizantes de Carlos Marx escogieron a Margaret Thatcher para escribir un esclarecedor prólogo a la nueva edición de El Capital; entonces sería natural que se pensara que alguien como Joan Robinson hubiera podido aclarar el malentendido a los ingleses. O, para tomar un ejemplo más cercano, como si los buenos jacobinos mexicanos escogieran a monseñor Prigione para prolongar un tomito muy actual sobre la obra y el pensamiento de Benito Juárez; no harían falta muchas explicaciones para comprender la reacción de quien pensara, lástima que Jesús Reyes Heroles ya haya muerto, él podría haber dicho una o dos palabras interesantes al respecto.

Dado que la cuestión puede no ser tan evidente en el caso que nos ocupa, tendré que explicarla con alguna amplitud. Pero como, a pesar de las influencias chestertonianas, no pretendo escribir una novela policial, no dejaré al lector con la impresión de un misterio que se resuelve hasta el final. Daré la solución del enigma antes que el análisis de los detalles. El motivo de mis encontrados sentimientos es que Chesterton fue uno de los críticos más lúcidos y más feroces del capitalismo, mientras que Novak es un apologista declarado y descarado del capitalismo y Ramón Zorrilla, gran admirador de Chesterton, había leído a Novak y escribió una reseña crítica titulada "¿Una teología del capitalismo?", que publicó Estudios en su número 2, correspondiente a la primavera de 1985.

De hecho, fue Ramón Zorrilla quien me dió a conocer, con gran indignación, la existencia de Michael Novak y de su libro El espíritu del capitalismo democrático. Él me mostró y me comentó la reseña mencionada antes de que se publicara. Me consta que hizo un gran esfuerzo para moderar su indignación y conservar la ecuanimidad, pero aún así, aquella se transluce en los párrafos que escribió. Cuando nos refiere que Novak pretende defender al capitalismo, no sólo con argumentos filosóficos y económicos, sino hasta teológicos, se pregunta cuál sería la opinión de Novak - que presumía de estar muy versado en textos bíblicos - sobre aquel pasaje famoso en que Cristo increpa (algunos dirían que no muy ecuánimemente) a los mercaderes del templo por haber convertido la casa de su Padre en una cueva de ladrones. Extendiendo al máximo su propia ecuanimidad, el maestro Zorrilla afirmaba que la "más contemporizadora tradición hermenéutica parece entender que Jesús, más que al comercio o a la banca en sí atacaba -en el único acto en el que muestra violencia- la mezcla de negocios y religión que se patentizaba en los vendedores del templo". (Estudios no. 2. pág. 219); insinuando sutilmente que eso es lo que resulta imperdonable en Novak.

Como Ramón Zorrilla, he cumplido repetidas veces la agradable tarea de leer a Chesterton; a diferencia de él, no he tenido la paciencia para cumplir la más penosa tarea de leer a Novak. La vida le ahorró la no muy agradable experiencia de leer a Novak comentando a Chesterton; a mí me tocó hacerlo. Es él quien debía haber desbaratado ese Imposible binomio" (son las palabras que el maestro Zorrilla aplicaba a la confusa combinación de capitalismo y teología cristiana y que yo aplico al análogo binomio Chesterton-Novak). En su ausencia, no encuentro mejor homenaje para rendirle que escribir estas líneas y dedicárselas, en el entendido de que, como dicen los Acknowledgements de los libros gringos, la inspiración en buena medida viene del maestro Zorrilla, pero sólo yo soy responsable del contenido. Como diría Chesterton, dos amigos pueden estar de acuerdo en todo aunque difieran en sus opiniones. Con frecuencia discrepábamos aun sobre lo que amábamos juntos; si él viviera, seguramente no estaría de acuerdo con mucho de lo que voy a decir. Donde se encuentra ahora, entiende mejor que yo los misterios de la historia. Como el hombre que sabía demasiado de una novela de Chesterton, ahora él sabe lo único que vale la pena saber.

Empezaré por la naturaleza de la crítica chestertoniana al capitalismo, comentando de paso que, hasta donde yo sé, el pensamiento socioeconómico de Chesterton es el aspecto menos conocido por sus lectores hispanoparlantes. Durante su vida y hasta los años cincuenta, aproximadamente (murió en 1936) fue bastante conocido (y con frecuencia malinterpretado) en América Latina como un ortodoxo escritor católico. Borges quiso rescatarlo de lo que le parecía un empobrecimiento, subrayando su lado gótico; con este fin acentuó lo que tenía en común su terror metafísico con el de Kafka y Poe. Tradujo también un extenso poema titulado Balada de Lepanto, pero sospecho que las simpatías de Borges están -en contradicción con las de Chesterton- más del lado de los arcángeles negros de Mahoma que del espíritu caballeresco de Don Juan de Austria y Don Quijote. Conozco pocas traducciones al español de la poesía de Chesterton, una de ellas es precisamente de Ramón Zorrilla. Lo demás que se conoce en español son sus novelas y cuentos policíacos, especialmente El hombre que fue Jueves y Las aventuras del Padre Brown. Pero las novelas donde se contienen especialmente sus ideas socioeconómicas, como El regreso de Don Quijote y El Napoleón de Notting Hill, no son apreciadas por este elemento y el libro de ensayos donde expresamente expone estas ideas, The Outline of Sanity, fue traducido hace muchos años en Argentina como El perfil de la cordura, pero parece que tanto la traducción como las ideas fueron rápidamente olvidadas. Es precisamente este libro el que prologó Novak en la nueva edición norteamericana de las obras de Chesterton.

Las críticas de Chesterton al capitalismo (y, en general sus ideas socioeconómicas) adquieren hoy en día un muy especial interés, entre otras razones porque, ante la crisis radical del populismo estatista en los países pobres, del Estado de Bienestar en los países ricos y de la economía centralizada en los países socialistas, parecería que ya no hay nada que oponerle al sistema que pone al capital por encima del ser humano. Pero la crítica chestertoniana al capitalismo, aunque tiene puntos de coincidencia con las críticas avanzadas por el marxismo y el socialismo tradicional, no se identifica con ellas. Su naturaleza y su dirección son diferentes, al grado de que alcanza también al socialismo centralista. De hecho Chesterton es de los pocos pensadores cuyas posiciones tienen hoy en día no sólo la consistencia intelectual, sino la autoridad moral para criticar las aberraciones deshumanizantes de los sistemas, tanto del Este como del Occidente. Ante el colapso del socialismo centralista de Europa Oriental y la URSS, gentes como Octavio Paz han dicho que los pensadores de izquierda deberían hacer una severa autocrítica de su pasado, por el silencio (aunque sea relativo) que guardaron ante las aberraciones y hasta los crímenes del socialismo real, que ahora son expuestos a la vista de todo el mundo. Esta es verdad, pero aunque parezca simple reflejo del ojo por ojo, no está fuera de lugar responder que gentes como Octavio Paz tendrían que hacer una severa autocrítica, no sólo de su pasado, sino también de su presente, por haber sido tan certeros y anticipados críticos de las aberraciones de Polonia y Checoeslovaquia, mientras mantienen silencio (aunque sea relativo) frente a los crímenes que se perpetran bajo sus narices en América Latina a nombre del capitalismo y la libertad.

Siendo un filósofo de veras y no un ciego seguidor de las modas del momento, Chesterton no tenía simpatía por expresiones como un pensador que se adelantó a su época. Pero, pidiéndole disculpas por aplicarle una expresión que no le gustaba, la verdad es que Chesterton se adelantó a su época (sería más exacto decir: se adelantó al menos medio siglo a intelectuales que sólo piensan con la moda de la época) previendo, mucho antes de que fueran moda periodística, problemas que hoy tenemos sobre nosotros.

Al día siguiente de la revolución rusa, en plena guerra mundial, Chesterton defendió en su periódico las radicales transformaciones del nuevo régimen. Casi al mismo tiempo que Zapata, pero desde la industrializada Inglaterra, justificaba la conveniencia de que la tierra fuera de quien la trabajase. Incluso llegó a soñar (¡en pleno siglo XX, como se dice en estos casos) en una revolución agraria en su propio país, bajo el lema de "tres acres de tierra y una vaca" para todos los campesinos (véase su obra Los cuentos del arco largo). Pero al otro día estaba criticando con la misma firmeza y lucidez la política de los bolcheviques que -según vió con toda claridad - iba a distorsionar una revolución en todo punto necesaria, conduciéndola a la burocratización y a un nuevo y más absorbente despotismo.

Pero si se adelantó a la izquierda marxista al advertir que el socialismo centralista llevaría a la abolición de la democracia, también se adelantó a la derecha capitalista al prever que su industrialismo produciría ciudades deshumanizantes y destruiría la naturaleza (hoy la palabra ecología se conoce hasta en las escuelas primarias; en aquel tiempo, hasta los especialistas parecían desconocerla); su sistema financiero, basado en la usura, produciría la crisis de la deuda externa de los países más pobres y su supuesta libre competencia produciría la virtual omnipotencia de las corporaciones transnacionales sin rostro humano. También -parecería una simple coincidencia de aquellas en que la realidad imita al arte, pero a mí me sobrecoge la posibilidad de que la coincidencia sea una profecía- en 1904 escribió una novela futurista, situada ochenta años más tarde (sí, según parece otro inglés, George Orwell, recogió de aquí la sugerencia para su propia novela 1984) en la que un pequeño país de Centroamérica, llamado Nicaragua, era el último minúsculo reducto donde resistía la libertad antes de ser absorbida por el imperialismo mundial.

¿Cuáles son los principios de donde Chesterton parte para avisorar escollos a izquierda y derecha, con la mirada sagaz de un viejo lobo de mar de su natal Inglaterra? Michael Novak no se equivoca al citar como uno de ellos (aunque sea en una nota al pie de página) el siguiente pasaje. Sólo que Novak se las arregla para sacar de aquí sus propias conclusiones apologistas y no las conclusiones críticas que Chesterton naturalmente deduce. He aquí el texto en cuestión: "Un carterista es obviamente un campeón de la empresa privada. Pero tal vez parecería un tanto exagerado decir que un carterista es un campeón de la propiedad privada. La cuestión sobre el Capitalismo y el Comercialismo, tal como a últimas fechas se conducen, es que en realidad han predicado la extensión de los negocios, más que la preservación de las pertenencias; y, en el mejor de los casos, han tratado de disfrazar al carterista cubriéndolo con algunas de las virtudes del pirata" (The Outline of Sanity).

Para quienes no están familiarizados con el estilo chestertoniano, estas palabras pueden parecer tan sólo un chiste ingenioso y malo. Pero, aunque Chesterton mismo aceptaba que, quizá alguna vez algo le pareció chistoso sólo porque él lo dijo, por otro lado, afirmaba con toda sinceridad que nunca dijo algo sólo porque le pareciera chistoso. En otras palabras, Chesterton sostiene con toda seriedad lo que dice en este párrafo. Y lo explica con ejemplos concretos. Afirma que, aunque personajes como el duque de Northumberland y el señor Rockefeller suelan ser considerados como los grandes defensores de la propiedad privada, en realidad son sus grandes enemigos, porque acaparando negocios o tierras destruyen la propiedad de los demás y lo que ellos tienen no llena ninguna de las condiciones de lo que Chesterton entiende por propiedad privada. Lo que hacen estos acaparadores de bienes ajenos no es defender la propiedad privada, sino la libertad de empresa, entendida por ellos como la libertad del más fuerte por extender sus pertenencias a costa de las de los demás.

Por lo tanto -argumenta Chesterton - el capitalismo es opuesto al principio de la propiedad privada como garante de la libertad individual. Décadas antes de que la Iglesia Católica de América Latina definiera la opción preferencial por los pobres, como condición sine qua non para comprender y vivir adecuadamente el Evangelio, este católico europeo asumió esta misma perspectiva, para entender que la defensa de la propiedad privada sólo tenía sentido cuando se hacía desde el punto de vista de los desposeídos. Para acentuar esta perspectiva y disipar cualquier duda, sus seguidores trataron de instituir la Liga de la Propiedad Perdida; defendían, no el derecho de los ricos de conservar lo que tenían, sino el de los pobres de adquirir lo que no tenían. Es claro que para Chesterton el capitalismo es la negación de la propiedad privada porque acumula los bienes en manos de unos pocos capitalistas. El socialismo centralista no es más que la continuación de esta tendencia, en tanto que lo que estaba en manos de unos pocos particulares, lo pone en manos de uno solo: el Estado.

No así, argumenta por su parte Michael Novak. Chesterton critica al capitalismo, pero critica aún más fuertemente el socialismo (lo cual sencillamente no es verdad). Si distingue la propiedad privada del capitalismo, es solamente porque despreciaba a los Estados Unidos (lo cual es una vil calumnia). Si admiraba a Don Juan de Austria y no a John D. Rockefeller, es porque era un romántico admirador del feudalismo y no comprendía el romance del capitán de empresa capitalista (sic). Por tanto concluye Novak- yo puedo apropiarme de la defensa poética de la propiedad que hace Chesterton para mi propia defensa pragmática del capitalismo. Y terminaré diciendo que el ideal de Chesterton está vivo en el país que él tanto criticó y que esta es una paradoja chestertoniana que a él le daría mucha risa.

Me abstengo de pensar siquiera qué clase de risa le hubiera dado a Chesterton esta forma de argumentar. Sólo recuerdo que él escribió que era perfectamente tolerable que un crítico no estuviera de acuerdo con uno, pero que había una forma imperdonable de traición: cuando el crítico lo hacía a uno estar de acuerdo con él. En cuanto a mayores comentarios sobre el valor intelectual y moral de los argumentos de Novak, remito al lector al ensayito de Ramón Zorrilla publicado en Estudios.

No es posible aquí, ni es mi intención, dar una visión amplia de la filosofía social chestertoniana. Sólo quisiera, antes de terminar, recalcar una vez más la casi dolorosa relevancia de su posición para las diversas crisis actuales. Ante las transformaciones de Europa Oriental, Chesterton es de los pocos que pueden decir: Enhorabuena que se den cuenta de que el centralismo estatal coarta la libertad, pero no caigan en la trampa de creer que esta libertad va a ser asegurada por el capitalismo voraz de las transnacionales y los financieros. Abandonen el sistema socialista, pero no abandonen los sueños de igualdad y de justicia. Ya expropiaron -como Marx dijo- a los expropiadores capitalistas, ahora expropien una vez más a los expropiadores socialistas y distribuyan los medios de producción entre el pueblo. Está bien que rechacen la manía de nacionalizar todo, pero no caigan en ésa, que no es menos maniática, de desnacionalizar todo.

A los países pobres - o del Tercer Mundo - Chesterton les diría: ya vieron que la solución de sus males no está sencillamente en recurrir cada vez más al Estado. Pero no vayan a creer con esto que la solución está en recurrir cada vez más a los capitalistas. No se dejen que los embarquen con el cuento de que la iniciativa privada somos todos; más bien asegúrense de que la propiedad privada la tengan todos y se tomen medidas para evitar que unos pocos sean los acaparadores. Sean flexibles para combinar la auténtica pequeña propiedad con la propiedad comunal e, incluso, con las nacionalizaciones. Desconfíen (como Cristo) de los mercaderes, pero no le tengan miedo al mercado cuando está controlado no por los oligopolios y las corporaciones, sino por una sociedad democrática. Ante todo, no tengan miedo de controlar el mercado antes de que él los controle a ustedes. Sé que les dirán que esto no es posible porque existen unas férreas leyes económicas. Pero igual existe la ley de la gravedad y no obstante los aviones vuelan y las casas se mantienen de pie. Sé que para distribuir la propiedad, neutralizar el poder de las transnacionales y escapar del yugo de los bancos, necesitan una auténtica revolución. Yo en mi época desarrollé en mis novelas una serie de hipótesis fantásticas tratando de imaginar cómo podría triunfar una revolución en la vieja Inglaterra. Pero su caso es un tanto más difícil. Ya me temía que el poder combinado del dinero, los gobiernos y la ciencia moderna produjera un militarismo con un poder casi diabólico de destrucción. Nunca me gustó el pacifismo y menos aún cuando es resultado del miedo a los armamentos. Siempre preferí una buena guerra a una mala paz. Pero el caso de ustedes es extremo y me parece que su parangón son los primeros cristianos, desnudos frente a los leones. Así es que les deseo buena suerte. Y cuando la sangre de sus mártires sacrificados por el nuevo Mammón haga germinar el promisorio árbol de una sociedad más justa, donde reine la auténtica libertad, no lo echen a perder como los bolcheviques, con su desprecio de los campesinos, su soberbia de intelectuales y su infernal burocracia seudo científica. Recuerden que habrá momentos en que parezcan unas pobres moscas atrapadas entre los gigantescos engranajes del capitalismo industrial. Pero las moscas tienen vida; las máquinas, no. De modo que las moscas tienen esta innegable superioridad: pueden sentir y pueden morir.

Si estas líneas hubieran sido escritas por Ramón Zorrilla, no me cabe duda de que hubieran sido más chestertonianas. Él, enmedio de la indignación, era capaz de conservar el sentido del humor, como para comentar que una teología que hacía la defensa del capitalismo de EU, sin siquiera rozar el problema de los enormes déficits que afronta ese país, era un tanto deficitaria teológicamente. Aquí hay auténtica vena chestertoniana: un mal chiste que nos hace sonreír, pero que además es estrictamente verdadero. Yo confío en que estos dos grandes hombres, cuyo perfil era el de la cordura (cualquier leve confusión fonética, que se le impute a que me encuentro bajo su influencia), magnánimamente sonreirán por esta líneas desde la taberna en que se encuentran. Desde ahí comprenderán -o se empaparán- mejor en el misterio de la gravedad de lo leve y la levedad de lo grave, para decirlo más o menos a la moda. Yo, que no acabo de comprenderlo, voy a terminar con una nota más bien grave que, aunque por otros caminos, no deja de tener relación con todo lo anterior.

Cuando hace unos años los EU invadieron una islita olvidada en el mapa del Caribe, de la cual nos enteramos entonces que se llamaba Granada, Ramón Zorrilla me recordó un pasaje de Chesterton que yo había olvidado. Ahora que el gran imperio ha invadido Panamá y se siente orgulloso de su hazaña, me he estado acordando de ese pasaje y del maestro Zorrilla. Lo transcribo sin ningún comentario. Ciertamente no lo necesita: "Podríamos decir con bastante precisión que hay tres etapas en la vida de un pueblo fuerte. Primero es una potencia pequeña y lucha contra potencias pequeñas. Después, es una gran potencia y lucha contra grandes potencias. Después es una gran potencia y lucha contra pequeñas potencias, pero pretende que son grandes potencias, para avivar las cenizas de su emoción y su vanidad antiguas. Después de eso, el siguiente paso es convertirse ella misma en una pequeña potencia... (los EU de) América exhibieron ese síntoma de la manera más aguda y absurda en la guerra contra España, en el contraste entre la descuidada elección de una línea fuerte y la muy cuidadosa elección de un enemigo débil. A todos sus otros elementos romanos o bizantinos tardíos, le añadieron el del triunfo estilo Caracala, el triunfo sobre un enemigo inexistente" (de The Fallacy of the Young Nation, escrito en 1905)

Con esta cita que recuerda los tan frecuentemente atinados comentarios de Ramón Zorrilla, doy término a estas líneas que se quedan cortas de sus dos objetivos originales: salir en defensa de la verdad y rendir homenaje a un amigo. Aristóteles tuvo que pasar por la amar- ga experiencia de que esas dos cosas se opusieran. Yo tengo la suerte de poderlas reunir en una sola. Y que eso sea posible es en sí mismo lo mejor que se puede decir del maestro Zorrilla.

De periodistas inveterados y orgullosos del oficio como Gilbert Chesterton y Ramón Zorrilla, difícilmente se puede decir que descansen en paz. Después del último artículo, entregado a medianoche, en el último momento antes de que cerrara la edición (por lo menos en esto puedo decir que me les parezco), todavía les aguardaba la cerveza o el café, en Fleet Street o en Bucareli, para discutir con los colegas hasta avanzadas horas de la madrugada. Ahora nos esperan en aquella otra taberna donde, acompañados de un vino insuperable, la única noticia que se comenta es la Buena Nueva. Así sea.


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