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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1990

Lo geográfico y lo étnico como primeros condicionantes


Para mi generación, una de las primeras aproximaciones a lo que podría llamarse estructura primigenia mexicana la dio el texto de un poeta muerto más de veinte años antes que llegáramos a la Universidad. Por esos años cuarenta difícilmente se superaba la vieja contienda histórica prerrevolucionaria entre indigenistas e hispanistas, entre liberales y conservadores, entre adoradores de Cuauhtémoc e incondicionales de Cortés, entre enaltecedores de Benito Juárez y sus detractores. De la Revolución misma -tan cercana entonces sobrevivían muchos de sus actores. Fallecidos de muerte violenta los grandes caudillos Villa, Carranza, Obregón, etc., sus epígonos ocupaban cargos públicos y disputaban mutuamente sobre las excelencias o los crímenes de los ilustres desaparecidos. Los llamados caudillos intelectuales de la Revolución andaban en su cincuentena. Los más destacados, Lombardo Toledano a la izquierda y Gómez Morín a la derecha, rara vez entraban -o más bien no lo hacían - en polémica. Vivían aún sus maestros, pero de Antonio Caso o de José Vasconcelos tampoco puede desprenderse una visión desapasionada y clara de la vida y la estructura social del país.

Contemporáneo de aquéllos y muy tempranamente fallecido, - a los 33 años el año de 1921 - Ramón López Velarde, abogado y poeta expresaba en poemas ese tiempo olvidado, insights y puntos de vista que tocaban muy hondo, antes que cualquier análisis, algunas fibras de los universitarios de entonces:

Vgr.

El Niño Dios te escrituró un establo

y los veneros del petróleo el Diablo.

O

... tu casa es todavía

tan grande que el tren va por la vía

como aguinaldo de juguetería.

Y

Tu barro suena a plata, y en tu puño

su sonora miseria es alcancía...

Contraste de riqueza de suelo y posibilidades y realidad cotidiana

de la mayoría, que se repetirá en la segunda parte del poema:

Como la sota moza, Patria mía

en piso de metal vive al día,

de milagro, como la lotería.

Entre la primera y la segunda parte del canto López Velarde más allá de hispanistas e indigenistas- encuentra a Cuauhtémoc en la estética como a un joven abuelo y al único héroe a la altura del blanco, a cuyo nopal se inclina el rosal, que imanta el idioma del blanco. Para los jóvenes de entonces -para la inmensa mayoría de ellos - lo poético era como una primera pista, una primera intuición para pensar al conjunto mexicano. En el tiempo más difícil del país (1920) el poeta da un consejo contundentemente conservador y tradicionalista:

... te doy de tu dicha la clave:

sé siempre igual, fiel a tu espejo diario...

En una pequeña prosa ("Novedad de la Patria") contemporánea del poema, López Velarde hablará de una vuelta a la nacionalidad "por amor y pobreza". Habla de una patria innominada e indefinible todavía, castellana y morisca, rayada de azteca, que raspada "la pintura de olla" ofrece "el café con leche de su piel".

Descubre también imprevisables las características del carácter mexicano: "¿Cómo interpretar a sangre fría nuestra urbanidad genuina sirviendo de fondo a la violencia...?" Todavía viajando en Landós las damas camarlengas de la Virgen y las familias que se alumbran con nativa palmatoria oyen hablar de Lenin. En los componentes de ese carácter se mezclan gracejo y solemnidad, heroísmo y apatía, desenfado y pulcritud, virtudes y vicios que templan inermes ante la amenaza extranjera, como en el paso del perro del mal.


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