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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1990

Lo novohispano


La Conquista y la Evangelización son dos caras inseparables en el choque cultural del XVI. Para el indígena se derrumba su mundo, su gobierno, su sistema mercantil, su religión, en fin -se dice - la totalidad de sus valores establecidos.

¿Realmente la totalidad? Mucho está por estudiarse y discutirse hasta qué puntos los valores indígenas, como lo es esa búsqueda de coincidencia de corazón y rostro, pueden haber subsistido; así también, el fatalismo pudo haber sido bautizado, como ciertamente lo fueron la idea de trascendencia y el considerar secundarios los bienes materiales despreciables muchas veces-. La Evangelización es primordialmente franciscana, y la modalidad de un cristianismo pasado por Asís, que predica desasimiento de las cosas terrenas, que santifica la pobreza y la mansedumbre, fue algo más que un paño de lágrimas para la parte mexicana indígena y, sobre todo, para el recién nacido mestizo (ese "hijo de la chingada" del que hace la exégesis Octavio Paz).[Nota 5]

Junto al indígena y el mestizo nacía el criollo -en él irían jugándose otros valores - más de formación jesuita que franciscana. Un tipo del criollo del XVI puede serlo el Felipe de Jesús de la leyenda dorada popular. Se vuelve un arquetipo, es pródigo, desaprensivo, irresponsable y muy remoto del olor de santidad. ("Cuando la higuera seca dé higos -decía la criada negra- Felipillo será un santo.") En un cierto momento de su vida el criollo Felipe toma la decisión de hacerse religioso, por el martirio eventual en el Japón llega al santoral y a la eterna beatitud.

A lo largo de tres siglos funcionarán en la Nueva España tres sistemas de valores que sólo coincidirán territorialmente: el indígena, el mestizo y el criollo.

En el primero de ellos -tan usualmente mal entendido e incluso calumniado por cronistas del tiempo - descubrirá Don Juan Palafox y Mendoza, tal prudencia, finura, buen trato, responsabilidad, sentido de la justicia, generosidad. etc. que le harán escribir el opúsculo Libro de las virtudes del Indio. [Nota 6]

Como antivalores algunos contemporáneos descubrirán vicio de pereza y otros. Es notable la disculpa recogida por Fr. Diego Durán cuando regañaba a un feligrés indígena que se había gastado en un día el producto de su trabajo de muchos meses: "Es que estamos nepantla." La expresión "nepantla" significa en náhuatl "el lugar intermedio" lo que está entre dos pueblos, entre dos ciudades, entre dos cerros, entre dos puntos de referencia cualesquiera. Quedarse nepantla era para el indígena que se disculpaba, el estar entre su perdido mundo y el no haber llegado (¿aún?) al del cristianismo.

La zona intermedia, el mestizo, las castas que se van multiplicando y en la que llega también a mezclar se la sangre negra, serán por mucho tiempo la de los nepantla -los que no están en uno ni en otro lugar-. No pertenecen al mundo hispánico donde los criollos todavía durante siglos habrán de considerarse el origen de toda excelencia, ni al indígena que cada vez se irá separando y encerrándose en sí mismo. Será a la larga ese mundo en torno al cual se moldeará México. ¿Su escala de valores? El mexicano buscará seguridad, preferirá el dinero fácil a la posición que da el trabajo constante, (movilidad e inconstancia irán unidas en él, paradójicamente con la búsqueda de lo permanente). Desde los cronistas del siglo XVII hasta la Marquesa Calderón de la Barca, se habla de un conjunto de hombres malvestidos que duermen a la intemperie carecen de domicilio fijo y viven a la buena de Dios. El mestizo rechaza la adustez y desprecia la vida material del antepasado indígena Envidiará la vida del criollo y tomará de él los valores exteriores. Unos pocos entre ellos irán, a través del comercio o las artesanías, logrando posiciones hacia fines del siglo XVIII. Una polaridad positiva será la amistad, el cuate, el compradre, preferibles incluso a la familia.

La vida del criollo será distinta. Felipe de Jesús podía ser el arquetipo del XVI. Hacia fines del siglo XVIII hay una aristocracia criolla ya de muchas generaciones. Poseen la propiedad territorial, desprecian el comercio y la actividad lucrativa, desprecian también profundamente el trabajo manual. Los mejores han estudiado o en la Universidad o con los jesuitas. Forman el clero culto. Hidalgo sería uno de ellos. De la clase criolla arraigada en el campo, espléndida, derrochadora, afinada en las ciudades, nacerá a fines del XVIII la idea de la nacionalidad mexicana. Son los más cultos - los expulsados jesuitas Clavijero, Alegre, Abad - quienes comienzan a hablar ya de México y no de Nueva España.

Por ese tiempo, Villarroel publica La enfermedad política de N.E. con valoraciones muy distintas sobre su población: indios, castas, criollos. Los indígenas llegan ciertamente a alterarlo:

Carácter de los indios difícil de creerse.

El carácter del indio es precisamente el de ser enemigo mortal de las demás castas; es desidioso y nada hace de su propia voluntad, a no ser a fuerza de rigor; es extremadamente malicioso, enemigo de la verdad, desconfiado, amigo de novedades, disturbios y alborotos; nada adicto a la. religión católica y demasiadamente entregado a la superstición, a la idolatría y a otros vicios detestables; inhumanos, vengativos y crueles aun entre sí mismos, y su vida es la de estar sumergidos en los vicios de la ebriedad, del latrocinio, del robo, de los homicidios, estupros, incestos y otras innumerables maldades. Ellos se presentan a los superiores con un aspecto de humildad aparente, con que les engañan y les hacen creer que los alcaldes mayores los vejan y molestan (no se duda que habrá algunos), y como los ministros no tienen el suficiente conocimiento de ellos, en breve consiguen la compasión a que los juzgan acreedores en lugar de corregirles sus vicios y procurar evitar la indecencia, haciendo que cubriesen sus carnes y que no fuesen el espectáculo de la liviandad, de la lujuria, del horror y de la borrachera, en medio de una ciudad tan aplaudida.

La piedad mal entendida y menos premeditada de algunos ministros presta a los indios unos esfuerzos poderosos para mover pleitos ruidosos a los alcaldes mayores, a los curas y a otros vecinos hacendados de los pueblos con que los consumen y aniquilan en los tribunales. Esta propensión de los indios a las disensiones y a los pleitos (rara vez justos), auxiliada del influjo de los curas o sus vicarios para incomodar a los alcaldes mayores (de que son enemigos declarados) es el verdadero origen de los pleitos de capítulos, que se radican injustamente en el juzgado general contra el espíritu de las leyes ya citadas.[Nota 7]


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