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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1990

IN MEMORIAM FERNANDO ROSENZWEIG

Author: Eduardo Turent [Nota 1]


Aunque sabía de él por su obra escrita -había leído como estudiante sus trabajos sobre la economía del Porfiriato, publicados en la Historia Moderna de México- no tuve la oportunidad de conocerlo hasta hace relativamente poco, en el Fondo de Cultura Económica. Llevaba años de formar parte del Consejo Editorial de Economía, el cual tiempo después pasó a presidir. En esta función cumplió una tarea de gran valía en favor de la literatura económica para los países de habla hispana.

Mi acercamiento con Fernando Rosenzweig fue fácil. Lo permitía, creo yo, su simpatía personal; quizás también su natural vena de maestro que congregaba, sin saberlo, discípulos. La motivación original fue mi interés de que escribiera una reseña para un trabajo que había yo publicado desde 1982. Nunca conseguí que redactara la prometida reseña; me beneficié en contrapartida de su amistad y de su erudición. De aquellos primeros contactos pronto surgió una relación que a pesar de la diferencia de edades prosperó con el tiempo. Más que todo recuerdo su jovialidad y su entusiasmo: (joi de vivre le llaman los franceses). Parecía un muchacho rebosante de proyectos intelectuales, de tesis que discutir, de opiniones que analizar.

Su muerte golpeó como un hachazo; imprevista, dolorosa. Teníamos una cita pendiente para tomar café. Me enteré de su hospitalización cuando llamé para confirmarla. Insistí días. después inquiriendo sobre su estado de salud cuando se me informó de su deceso. Acababa de ocurrir a escasas dos horas.

Tuvimos al menos cinco comidas, la primera de ellas en el Loredo de la Calle de Hamburgo de las que me queda un recuerdo muy grato. La conversación discurría ágilmente estimulada por su cultura y experiencia: por un conocimiento preciso y penetrante de personas y circunstancias del pasado económico de México. Entre otros, cultivó por años una relación cercana con Daniel Cosío Villegas, bajo cuya batuta escribió los excelentes capítulos de comercio exterior y moneda y banca en la Historia Moderna de México.

La evocación de esa experiencia despertó en mí un interés estimulante. Fue como una visita guiada al taller del historiador (o de los historiadores), la empresa intelectual en que se gestaron esos magníficos once tomazos cuya redacción se extendió por casi 23 años.

En el Trimestre fui testigo de un acontecimiento que pinta a Rosenzweig de cuerpo entero. En una actitud muy loable, desde hacía algún tiempo se estaba intentando manejar la revista con un criterio netamente institucional, a la usanza de las más importantes publicaciones económicas del mundo anglosajón. Esto es, con dictámenes externos anónimos para todos los artículos y un Comité Editorial que trabaja en forma colegiada con apego estricto a ciertas reglas de comportamiento. En una ocasión llegó a la revista un pomposo artículo enviado por uno de esos escritores que piensan que todas las publicaciones deben abrírseles sin excusa, con sólo el conjuro mágico de su nombre. Había que tratar el caso con mucha delicadeza y a la vez con la objetividad debida a todas las solicitudes. Después de discutido el caso, se eligió a Fernando Rosenzweig como dictaminador externo. Como era característico en él - cumplidor pero no necesariamente puntual - transcurrió algún tiempo antes de que llegara el dictamen, el más profundo, minucioso e implacable de cuantos conocí mientras estuve en la revista. Se envió en forma anónima al interesado, y no se volvió a saber de sus continuas y exigentes llamadas telefónicas. Comprendí entonces cuál era una de las encomiendas de Rosenzweig dentro de la revista, al fungir como instrumento de disuasión para los autores impertinentes.

En julio de 1986 tuve la oportunidad de participar en el coloquio "Pasado y presente de la deuda externa" celebrado en el Instituto de Investigaciones José María Luis Mora. Tocó en suerte que mi sesión fuera presidida por Fernando Rosenzweig. En él, al hablar de los trabajos ahí recopilados, hace un paréntesis y nos entrega una muestra de su cultura histórica y económica:

Viene a cuento recordar lo que Guillermo Prieto escribió en 1871 en sus Lecciones elementales de economía política (México, Imprenta del Gobierno en Palacio), refiriéndose a la azarosa historia de la deuda pública. La solvencia del país -decía- "depende muy inmediatamente de la estabilidad de los gobiernos: un gobierno de existencia efímera, un país entregado a los vaivenes revolucionarios, no puede disfrutar de crédito... cómo ha de ser primero pagar que subsistir?..." Aunque parezcan verdades de Pero Grullo los únicos medios de amortizar y garantizar las deudas son: pagar lo estipulado, procurándose el modo en las economías del presupuesto y no contraer nuevas deudas sin extrema necesidad.

El prólogo de Rosenzweig termina con una afirmación que sigue teniendo vigencia hoy en día:

Por ningún motivo debería sacrificarse el crecimiento del país en aras del pago de la deuda, cuya redención se volvería cada vez más problemática. Las lecciones del pasado son a este respecto elocuentes: los arreglos con los acreedores sólo han sido viables cuando las perspectivas de la economía nacional apuntan hacia un crecimiento sólido. De otra suerte cada intento de renegociación termina por acarrear nuevas complicaciones para el porvenir.

Es de señalarse, además la posibilidad de lograr un reajuste, en los términos de la deuda, incluyendo una quita sustancial en el principal y razonables reducciones en los intereses, dentro de una tónica de cooperación internacional en que los acreedores, ampliamente favorecidos en los buenos tiempos del reciclaje de los petrodólares, se corresponsabilicen con los deudores apoyándolos para encontrar la salida ahora que la deuda les impone cargas agobiantes.

Rosenzweig también escribió el prólogo para el libro de Carlos Bazdresch sobre Juan F. Noyola publicado en 1984. Era un candidato natural para esa tarea. Había sido amigo cercano de Noyola por muchos años, desde un principio tomó conciencia sobre la importancia que ese autor habría de adquirir para el desarrollo del pensamiento económico latinoamericano, ya que "poseía, ciertamente, dotes excepcionales y una formación rigurosa". Estaba, además, el factor generacional, Rosenzweig fue contemporáneo de Noyola y, por tanto, compartió muchas de las inquietudes intelectuales que preocuparon a ese grupo:

La generación a la que Noyola perteneció entra en el escenario de las responsabilidades profesionales durante la segunda mitad de la década de 1940. Acababa de terminar la guerra mundial y parecía abrirse, con la derrota de las potencias nazifascistas y la constitución de las Naciones Unidas, una etapa de cooperación internacional cargada de las más halagüeñas promesas de adelanto económico y social para los países atrasados. México iniciaba el período de la posguerra teniendo posibilidades de expansión industrial que parecían muy amplias, apoyadas en las nuevas estructuras y el conjunto de instituciones que el movimiento revolucionario iniciado en 1910 había permitido forjar. Y al enfocarse las perspectivas de la economía mexicana (concretadas en la fórmula del "desarrollo económico" que comenzaba a estar en boga) se les vinculaba con un ideal latinoamericanista; el conjunto de la región había de concertar sus esfuerzos, a fin de vencer las causas de atraso (el "subdesarrollo") que se venía acentuando desde las primeras décadas del siglo.

En dicho prólogo, Rosenzweig nos explica la idea central que animó todo el trabajo posterior de Noyola: la cuestión de "cómo mantener el fomento, a la vez que se evita el desequilibrio". Tres temas predominan en la obra de ese autor: la naturaleza de la inflación en los países latinoamericanos; la cuestión del desarrollo; y la Revolución Cubana. De los dos primeros surgió el concepto del "desequilibrio de fomento" que sufre la balanza de pagos de los países "durante el tránsito de una economía poco desarrollada hacia la fase industrial."

De ahí, Rosenzweig nos hace una explicación sintética acerca de las concepciones de Noyola sobre la inflación, de sus orígenes estructurales y de los mecanismos de difusión que operan en "una economía en desarrollo". En ese prólogo se pone de relieve una posición común a Noyola y Rosenzweig: aquella de rechazar las medidas de política que se orientan a paliar los síntomas en lugar de combatir el origen de los problemas económicos. Un caso típico era el de la devaluación como mecanismo para corregir los desequilibrios externos. Una medida de ese tipo sería del todo ineficaz si no era precedida y acompañada por acciones profundas, principalmente de saneamiento fiscal y también en procura de una elevación en la ineficacia operativa de la economía. Por lo tanto, los efectos positivos de una devaluación para contener la importación y propiciar las exportaciones se debilitan rápidamente, sin que puedan "llegar a contrarrestar los efectos negativos en cuanto a contracción de la demanda y concentración del ingreso". La devaluación, según se encargaría de confirmarlo la experiencia posterior del país, obstruye "tanto las importanciones útiles como las superfluas", lesiona el consumo y la inversión, propicia la fuga de capital, y "sobre todo y ésta es seguramente la expresión clave en ausencia de otras medidas se vuelve recurrente."

Desde sus primeras aportaciones, nos ilustra Rosenzweig, la obra de Noyola está preñada de implicaciones para la comprensión de nuestra problemática actual. Así, ya en la parte final del prólogo, y apelando al pensamiento de Noyola, Rosenzweig. hace una interpretación sobre la política económica que se aplicó en México de 1970 hasta 1982:

Cabría, para terminar, una breve reflexión, referente a la etapa iniciada durante la década de 1970, antecedente inmediato del actual estado de cosas, en que el país busca una salida para la crisis. Las políticas que entonces se aplicaron, en procura de la equidad en la distribución del ingreso, la generación del empleo y la dinamización de la actividad productiva, se apoyaron en instrumentos que Noyola habría desaconsejado: por encima del endeudamiento externo en constante avance, la expansión sorprendente del gasto deficitario del gobierno, teniendo en cuenta dos propósitos fundamentales (además de afrontar, en general, responsabilidades administrativas cada vez más amplias y de arrastrar el gigantesco lastre de la corrupción): contrapesar en algo la tendencia regresiva en la distribución del ingreso, sin actuar sobre sus causas profundas, y aliviar costos de la empresa privada, mixta y pública, sin corregir las causas de su ineficiencia.

Muy querido y respetado fue Rosenzweig entre la comunidad académica y en el gremio de los economistas y los historiadores. Destaca el caso de Víctor L. Urquidi con. quien cultivó por años una estrecha amistad. De las agradables charlas que recientemente he tenido con Urquidi, he podido obtener importantes datos para integrar esta semblanza. Por su conducto supe de la relevante labor periodística cumplida por Rosenzweig como colaborador de la revista Tiempo, fundada y dirigida, por Martín Luis Guzmán.

Decidido con toda amabilidad a hurgar entre sus papeles, Urquidi encontró tres documentos debidos a Rosenzweig. En ellos se nos muestra otra faceta de su personalidad; la del economista técnico ducho en el análisis y en la interpretación de los problemas económicos. El primero y más extenso de los documentos es una ponencia sin fecha intitulada "Algunas ideas sobre la planeación agropecuaria". Le sigue una nota periodística de agosto de 1965 sobre una conferencia acerca de "la Reforma Agraria y el desarrollo de la Comunidad". El tercero fechado enero de 1966 versa sobre el programa de trabajo de la Oficina de Proyecciones Agrícolas del Banco de México.

En "Algunas ideas sobre la planeación agropecuaria", Rosenzweig apunta que esta planeación es necesaria para procurar que no existan desfasamíentos de corto ni de largo plazo entre la oferta y la demanda de los productos de ese sector. En México, el origen de dichos desajustes era el carácter dual de nuestro sistema agrícola -con un sector moderno y otro atrasado- y el funcionamiento de las estrategias de precios y subsidios. Estos dos factores operando en mancuerna propiciaban que creciera el excedente no exportable en algunas líneas de producción, y que tendiera a ampliarse la brecha entre la producción y consumo en los rubros deficitarios.

Como solución, Rosenzweig proponía que se apelara en forma inteligente a la opción del sistema de mercado. Que preferentemente se dejara al sector agrícola operar en función de la oferta y la demanda y el mecanismo de precios, y que en caso de que fuera necesario intervenir con políticas específicas, se tuviera especial cuidado de que estos no resultaran contradictorios o inhibitorios de esos mecanismos.

Al parecer, el orden de consideración de estos problemas, con la mira de darles una salida, principia precisamente por el último: precios y mercados. Nunca se insistirá lo bastante en la idea de que el instrumento más poderoso para promover la transformación del sector agropecuario radica allí.

Así, y con fundamento en los lineamientos expuetos, el sector agrícola funcionaría en el sentido de propiciar los incrementos en productividad y una mejor asignación de los factores y recursos. Mediante estas estrategias tenderían a corregirse "las ofertas redundantes" y se incentivaría a los productores a que buscaran la explotación de sus ventajas comparativas.

Nuestras comidas se habían convertido en algo periódico, con una frecuencia aproximada de dos meses. En la última de ellas me confesó haber terminado la lectura del libro que le había yo pedido reseñar. Me presentó incluso un esquema preliminar de lo que pensaba escribir. Había visto en el trabajo el relato de una realidad trágica, un choque entre un conjunto de principios y quienes los encarnaban, con una vida económica, política y social que se regía por otra serie de resortes menos apolíneos. Como una evocación del mejor de, los libros de Luis González (Pueblo en vilo), pensaba titular a la nota "Banco en Vilo".

En respuesta a una de mis últimas llamadas me señaló la conveniencia de modificar lugar y hora para nuestros encuentros. De ahí surgió la costumbre del café vespertino. Por prescripción médica se le había aconsejado evitar el almuerzo en restaurantes. Nos citábamos en el Sanborn's de Palmas, a donde llegaba a pie, siempre en tiempo, ya que dicho "centro cultural" distaba unas cuantas cuadras de su casa de Tecamachalco.

Lo vi por última vez hacia principios de julio, después de un reciente viaje a España para visitar a su hijo. Pero de alguna manera ya no era el mismo. Se le notaba divagado y, hasta cierto punto, sin chispa. Quizás no entendí los ominosos signos. Probablemente no tuve la suficiente sensibilidad premonitoria.

Han perdido el ITAM, el Colmex así como el Colegio Mexiquense a uno de sus profesores más devotos. No volverán los estudiantes a escuchar al personaje venerable y cálido que Regaba a discurrir con pasión sobre Dublán, Matías Romero, Limantour, Luis Cabrera o Pani. No sabemos si la última de sus investigaciones en que pensaba exponer una visión del tiempo histórico largo (como lo ha señalado Octavio Paz) sobre los vaivenes económicos de México, verá algunas vez la luz público (El propio Rosenzweig me comentó tener ya 80 cuartillas revisadas que esperaba próximamente poder contrastar con el influyente libro recientemente publicado de Jean Francois Guerra). No aparecerá ya Rosenzweig en los programas docentes del ITAM para el próximo ciclo escolar, ni continuará dirigiendo con acierto el Comité de Economía del Fondo de Cultura Económica. Tampoco lo veremos más en el café charlando con animación sobre sus temas favoritos, pero en nuestra memoria y estimación Fernando Rosenzweig permanecerá siempre presente.


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