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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1990

IDENTIDAD NACIONAL E IDEOLOGÍAS JUSTIFICATORIAS EN PAÍSES DEL TERCER MUNDO

Author: H.C.F. Mansilla [Nota 1]


Es indudable que todas las sociedades organizadas han tenido fuertes inclinaciones al instrumentalismo y al pensamiento pragmatizado en sus aparatos estatales, pero recién la moderna civilización industrial ha desplazado radicalmente los momentos religiosos, metafísicos, atávicos y no-materiales tanto del aparto burocrático como de la esfera productiva general, imponiendo la dictadura del principio de rendimiento. En América Latina, el activo proceso de modernización a partir de la Segunda Guerra Mundial también ha significado el retroceso de aspectos metafísicos y especulativos de la conciencia colectiva y la propensión a las normas utilitaristas de la cultura metropolitana. La formación de una nueva identidad ha tenido lugar, sin embargo, dentro de un marco muy complejo y a través de una evolución multifacética.

La redefinición del contenido mismo de identidad en el mundo industrializado de la actualidad está básicamente determinada por la reproducción de la acumulación primaria de capital, por la edificación de un aparato estatal eficiente y por la extensión de los sistemas de racionalidad instrumental a la sociedad en su totalidad es decir, por el éxito en repetir el modelo originalmente metropolitano. El ensayo de adquirir las cualidades decisivas de la civilización industrial está vinculado, sin embargo, al intento de preservar un mínimo del carácter autóctono primigenio: hay que superar la calidad de periférico, sin dejar de salvar elementos de identidad genuina. La dicotomía centro/periferia, creada por la intelectualidad de los países latinoamericanos, indica, en el fondo, la dirección de la nueva identidad: en un período de crisis y cambio social se toma conciencia de pertenecer a los subprivilegiados de este mundo; simultáneamente, se trata de establecer una unidad temporal y de ocasión en ocasión entre ellos (como, por ejemplo, en la formación de carteles de países productores de las mismas materias primas) para conseguir el rango y las ventajas de los privilegiados (las metrópolis). En último término, la intención es la de disolver la dicotomía centro/periferia, pero según los parámetros que han establecido los centros a lo largo de una evolución exitosa En la intelectualidad del Tercer Mundo se ha difundido la noción de que los dominados deben insistir en subrayar la similitud con los dominantes durante la lucha de liberación, para poder tomar parte en el nivel civilizatorio ya alcanzado a escala mundial y ser así por fin reconocidos por todos como iguales.

La formación de la nueva identidad se encuentra, por lo tanto, en un terreno complejo y ambivalente, lleno de fenómenos contradictorios y difíciles de captar según los conceptos tradicionales de las ciencias sociales. Los dos polos de la nueva identidad de las naciones latinoamericanas son: la preservación de elementos de autonomismo provenientes de la época preindustrial y la adaptación de los logros de la civilización industrial metropolitana. Los primeros son, en su mayor parte, disfuncionales o irrelevantes para el desarrollo moderno; los segundos son vitales para éste, pero no pueden ser calificados de productos autónomos de la cultura latinoamericana. Debido a que los segundos poseen una importancia evidentemente mayor para los objetivos actuales de cada país, la nueva identidad se va formando en base a éstos, desplazando lentamente a los valores y las normas tradicionales, o poniendo a algunas de éstas en servicio de los nuevos paradigmas. El núcleo, pues, de la identidad de las naciones periféricas en la actualidad consiste en adaptar los modelos metropolitanos de desarrollo en las esferas económico-tecnológica y estatal-administrativa como criterios de progreso, pero conservando al mismo tiempo importantes elementos de la tradición autóctona en los terrenos cultural, político y en el de las pautas del comportamiento individual y familiar, y poniendo algunos de ellos al servicio de los ideales modernos. La adopción de metas normativas de una esfera exógena, especialmente en lo relativo a los valores de orientación a largo plazo, requiere de una ideología justificatoria, que haga aparecer aquel proceso como enteramente legítimo y aceptable. En resumen, se pueden constatar dos grandes tendencias básicas del pensamiento contemporáneo que han sido concebidas por la conciencia intelectual latinoamericana para justificar las metas normativas, que ya han adquirido paulatinamente la autoridad indudable de las pautas propias de un preconsciente colectivo:

1) El progreso tecnológico-económico sería un proceso universal, inmanente a todas las culturas y, por ende, una especie de ley de la naturaleza. A causa de este concepto quedan las vinculaciones de aquel progreso con el desenvolvimiento de los centros metropolitanos occidentales fuera del marco analítico, como también el cuestionamiento del origen, costos y circunstancias de las innovaciones tecnológicas. Consecuentemente, algunos temas de primordial importancia son desplazados de la atención científica, como las posibles desventajas derivadas de la constitución geográfico-física de cada país y de su dotación con recursos naturales. Simultáneamente hace irrupción una creencia algo ingenua acerca de la omnipotencia de la tecnología "universal" de la cual se espera la solución de todos los problemas de desarrollo.[Nota 1]

2) El renacimiento de aspectos pretendidamente progresistas de las genuinas tradiciones latinoamericanas, especialmente en el campo de la cultura política y de algunas normas de comportamiento, está dirigido a reforzar y modernizar las ideologías de desarrollo de corte neoconservador, reformista y nacionalista, no estando excluida la corriente socialista. Son las tendencias que predican una vía autóctona de desarrollo, que debe basarse en las tradiciones y valores de las antiguas culturas indígenas, de la época colonial ibérica y del período republicano independiente, una vía que debe rechazar severamente el modelo de desarrollo liberal-burgués y de influencia anglo-sajona. Lo notable es que estas tendencias se han limitado a subrayar las pautas tradicionales de comportamiento y los valores correspondientes de orientación, así como a hacer la apología de los elementos autoritarios y centralistas de la tradición ibero-católica al determinar los momentos autóctonos de su modelo de desarrollo. Justamente estos fenómenos son los que juegan un papel importante en la formación de concepciones históricas de corte revolucionario y radical socialista.[Nota 2] Al ex-presidente argentino Juan D. Perón le corresponde el mérito de haber sido uno de los primeros en postular un modelo de desarrollo nacionalista-reformista, que unía el objetivo de modernización e industrialización aceleradas con el renacimiento de los valores hispano-católicos y con el rechazo de los ideales liberal- democráticos.[Nota 3]

En cuanto a la concepción sobre la universalidad del progreso, una parte importante de las diversas opiniones políticas cree que el proceso de modernización representa, en realidad, una regeneración de la herencia histórica propia; la industrialización y todos sus fenómenos complementarios son vistos, entonces, como la realización esperada durante tan largo tiempo de las tendencias genuinas de evolución que se hallan en el interior de cada pueblo. Las distintas variantes de la Teoría de la Dependencia parten M principio tan obvio como no demostrado de que la modernización regenerativa significaría un adelanto cualitativo para la vía autónoma de desarrollo, la cual se encontraría aún en estado latente a causa de la penetración imperialista y del subdesarrollo inducido desde afuera. Después de la "liberación" o luego del establecimiento de un régimen social-político "adecuado" desaparecerían la deformación socio-económica impuesta desde el exterior y el ritmo lento de crecimiento dictado por el imperialismo. Todo esto ayudaría a restablecer el camino "genuino" y "orgánico" en dirección a la industrialización total [Nota 4] lo cual conducirla al "modelo autocentrado" de desarrollo postulado por Samir Amin, modelo que, como él mismo reconoce, ha sido anticipado por los centros metropolitanos.[Nota 5]

Uwe Simson, en su estudio sobre el área cultural árabe, sostiene que la regeneración de la herencia histórica árabe -un postulado de las fuerzas progresistas que conforma una parte esencial de la redefinición de aquella cultura en la época contemporánea- significa la europeización de los terrenos socio-económicos y la adopción de los modernos standards metropolitanos y la reactivación de elementos autóctonos en los campos político y cultural y en la esfera de la vida privada. Las corrientes propulsoras de la regeneración se adhieren explícitamente a objetivos como fundiciones de acero, reactores atómicos y bibliotecas públicas, como si las modernas plantas siderúrgicas y las centrales nucleares fueran una prolongación del pasado árabe, en el sentido de llevar a cabo por fin posibilidades latentes de la civilización árabe, impedidas de realizarse por la presión perversa M imperialismo occidental.[Nota 6]

Otra de las concepciones fundamentales del pensamiento colectivo en sociedades periféricas es la creencia de que ha existido una igualdad primigenia entre todas las naciones con respecto a la repartición de recursos natural" y habilidades intelectuales, la que habría sido distorsionada recién con la penetración europea. Debido a ello las perspectivas actuales del Tercer Mundo se verían en desventaja en relación a las sociedades del Norte, pues la pobreza contemporánea de las periferias mundiales sólo debería ser interpretada como la expropiación secular de sus riquezas por parte de las metrópolis. Según esta concepción, muy extendida entre diferentes ideologías políticas latinoamericanas, el subdesarrollo de la propia región está en una relación causal con el superdesarrollo de los países occidentales. [Nota 7] Complementando esta suposición se halla muy difundida la creencia de que el potencial de cada país en recursos económicos es básicamente suficiente para llevar a cabo y finalizar exitosamente proyectos de industrialización masiva y de diversificación económica. La perseverancia y extensión de este topos acerca de la riqueza natural han servido para convertirlo en una verdad obvia e indisputable, que como tal no necesita de ninguna demostración. A este modo de pensar le es totalmente ajena la idea de que podrían existir obstáculos naturales al desarrollo, [Nota 8]como una dotación deficiente de materias primas, una base energética mediocre, una situación geográfica desfavorable, un régimen climático extremo, unos suelos agrarios pobres, etc., factores que podrían determinar negativamente la situación de arranque y la ejecución de programas de desarrollo de gran aliento. Tanto los teóricos de la dependencia como la mayoría de los intelectuales y los políticos profesionales no le prestan la debida atención y concentran toda su crítica sobre aquellos factores de procedencia externa que aparentemente son los únicos responsables para la continuación del subdesarrollo. La teoría de la Dependencia pasa por alto generalmente todos los elementos de origen extra-social (como los geográficos) y crea la justificación intelectual para la restauración de una vía autóctona hacia la industrialización total -Interrumpida por la acción del imperialismo-, produciendo así una legitimación ideológica para una decisión política, cuya fundamentación científica aún no ha sido elaborada. En este sentido, la Teoría de la Dependencia representa una ideología de la industrialización, que se obliga a interpretar todos los hechos de una problemática muy compleja en un sólo sentido, para justificar hábilmente ante las audiencias públicas las metas adoptadas de manera decisionista. No sin razón José Luis de Imaz ha reprochado a esta teoría un externalismo fundamental, en el cual recae la tarea de imputar a la penetración imperialista todos los momentos deficientes de la evolución latinoamericana, sin hacer mayores distinciones, componiendo así una excusa tan brillante como plausible y con una función exculpativa para la conciencia colectiva intelectual.[Nota 9] Teorías de contenido y objetivos paralelos han surgido igualmente en Asia y Africa. (Permanece como un problema aún poco estudiado por las ciencias sociales la relación entre los recursos naturales y las perspectivas de desarrollo a largo plazo, así como la interpretación de la influencia que puede tener la dotación con recursos sobre la elaboración de los programas de los partidos políticos.)

Con respecto al renacimiento de los valores tradicionales durante el proceso de modernización acelerada, se podría afirmar que una revitalización parcial de ellos se hace sentir paulatinamente junto al proceso de la toma generalizada de conciencia sobre problema históricos y de la consolidación de la identidad nacional; las referencias continuas a aquellos valores tienden a intensificarse de oportunidad en oportunidad y a conformar, por lo menos en algunas áreas y en ciertos espacios de tiempo, un nuevo núcleo supra-ideológico en las concepciones más populares sobre política del desarrollo. Las pautas y valores vinculados a la tradición parecen brindar una ayuda muy efectiva para la ejecución de las metas generales de desarrollo, por lo menos a corto plazo y dentro de una constelación histórica muy específica, pues ellos tienden a reducir costos adicionales y a fomentar otros factores importantes para el progreso material. Concretamente, el renacimiento de paradigmas tradicionales contribuye a un crecimiento acelerado de la población y a descuidar las medidas de protección ambiental con la conciencia tranquila, en ambos casa por medio de la secularización de elementos de la herencia iberocatólica.

El mantener los valores tradicionales de orientación en la esfera cultural y política sugiere además la posesión de un modelo realmente autóctono de desarrollo y facilita de este modo la adopción de concepciones de procedencia no-autóctona en el campo económico-tecnológico. La revitalización de valores tradicionales precisamente en nombre de un proceso acelerado de desarrollo establece una especie de correspondencia con los prejuicios profundamente arraigados en la instancia del preconsciente colectivo y contribuye a preservar los fragmentos de una identidad nacional y de una creación cultural autónoma. Por lo demás, los factores de la cultura política son los eslabones más débiles en los vínculos que unen los centros metropolitanos con las periferias meridionales: aquí es donde el rechazo de normas y paradigmas "extranjero" se hace más fácil y donde la ilusión de un modelo autóctono parece más verosímil. También los intentos socialistas en el Tercer Mundo denotan un aprovechamiento sintomático de estos elementos de la cultura política tradicional al reordenar las esferas extraeconómicas: sus logros en este sentido se han reducido a establecer un sistema más intensificado de centralización, el cual favorece la cohesión social y la lealtad hacia el Estado por medio de normas colectivistas preliberales, pautas autoritarias de comportamiento y principios convencionales.

Como se había afirmado, la adopción de metas de desarrollo exógenas tiene lugar en un contexto que protege a la identidad en peligro, aún cuando esta defensa se limite en realidad a levantar un mundo bastante artificial en el terreno de la cultura que no está en una relación íntima con la modernización tecnológica, sino que sirve exclusivamente como material de descargo moral y de ornamento según las modas de la época. Entre los países latinoamericanos se pueden constatar notables diferencias durante este proceso paralelo a la modernización: en la Argentina, por ejemplo, parece muy difícil crear una tradición de sabor autoctonista y es más probable el acercamiento cultural a las metrópolis europeas, con todo lo que esto significa para la conformación de las pautas generales de comportamiento, desde la política hasta el crecimiento demográfico. En las naciones andinas, en cambio, hay una tendencia relativamente mayor contraria a la aproximación a la cultura metropolitana, la que refleja al mismo tiempo las ansias de alcanzar una identidad nacional genuinamente propia. Debido, sin embargo, al carácter secundario de la esfera cultural y a la naturaleza marginal de estos propósitos, estos intentos se agotan muchas veces en asuntos meramente folklóricos.

El complejo de la búsqueda de identidad y las ideologías justificatorias anexas están actualmente dominadas por una corriente autonomista de contenido anticapitalista. Las características de la cultura política tradicional (caudillismo, formas cuasi-medievales de colectivismo, ninguna validez de derechos políticos y humanos, resolución violenta de conflictos sociales, pocas normas de comportamiento, pero todas ellas severas y fácilmente comprensibles, etc.) exhiben elementos provenientes de una fase civilizatoria preindustrial, premoderna y no-burguesa, que paradójicamente son revitalizados para que puedan ser usados instrumentalmente en un proceso modernizador acelerado y dictado desde arriba. Es por ello que concepciones de desarrollo revolucionarias y radical-socialistas convergen con estrategias conservadoras y tecnocráticas en la inclinación común hacia los elementos centralistas y autoritarios de la tradición ibero-católica y en el rechazo de iniciativas individualistas y de pautas sociales que amenazan con trascender el marco de referencia fijado de antemano. Esta preferencia por un sistema que favorece abiertamente a las instancias rectoras de arriba y desconfía de las iniciativas individuales se explica también por algunas necesidades socio-psicológicas que surgen a lo largo de la modernización, que es también un proceso de rápidos e importantes cambios sociales: nostalgia por una sociedad ordenada jerárquicamente y con una estructura sencilla y fácilmente perceptible, desconfianza hacia formas complejas de organización, máxime si están ligadas con el extranjero, e identificación de la penetración imperialista con todas las formas, políticas influidas por el pensamiento liberaldemocrático. El Partido Revolucionario Institucional de México ha representado, en las etapas primeras de la modernización en ese país, la instancia gubernamental que tomó a su cargo el control de las masas de la población de un modo autoritario y paternalista y con marcadas tendencias a una ideología nacionalista y autoctonista, suponiendo que tal tarea era totalmente legítima en una situación de fragmentación y discordia nacionales.[Nota 10]

El fortalecimiento de la identidad nacional se opera, en casi todos los casos, mediante el procedimiento de distanciarse del "enemigo nacional" o de fijar una parte importante de la esencia misma de la sociedad en diferenciarse de los centros metropolitanos; en todo caso, la búsqueda de la identidad de los jóvenes países está referida al marco de vinculaciones con el mundo metropolitano, aunque sea a menudo en forma negativa; el núcleo de tal identidad adquiere por ello un fuerte matiz de derivación. Los esfuerzos por la regeneración nacional y la búsqueda de la identidad respectiva proceden de forma muy selectiva: obviamente no todos los aspectos de la tradición van a ser salvados y puestos a disposición de la nueva conciencia nacional, sino solamente aquellos que parecen cumplir una misión instrumental con respecto a los designios modernizadores. Este procedimiento, aunque no libre de arbitrariedades, posee un grado elevado de efectividad práctica: por un lado recuerda la altura y bondades de la cultura propia en contraste con la civilización decadente y superficial de Europa, por otro lado sugiere el enraizamiento profundo de instituciones y principios modernos en la tradición propia.

Generalizando se podría afirmar que el rechazo riguroso de las normas "extranjeras" en el terreno de la cultura política implica la negación de uno de los pocos momentos positivos de la civilización occidental: la conexión entre la industrialización y la formación del Estado Nacional, por una parte, y el pluralismo político, el pensamiento liberal-democrático y el proceso de secularización, por otra. En los países latinoamericanos se puede observar, por lo menos en varios de ellos y durante largos períodos de tiempo, el resultado de la modernización periférica: modernidad económico-tecnológica unida a autoritarismo político-cultural. A través de las fronteras ideológicas se percibe una corriente bastante fuerte en dirección a un sistema de elevado centralismo y fuerte anti-pluralismo, que persigue el progreso por medio de la movilización total, de la población. No es, entonces, una casualidad que los movimientos reivindicatorios en América Latina se declaren sólo verbalmente en favor de la democracia y que rehusen simultáneamente todas las formas de la democracia liberal; esta última se halla, dentro de la conciencia colectiva, demasiado enlazada con la penetración imperialista. Por otra parte, parece hoy en día como improbable el hacer funcionar un proceso genuinamente democrático para la toma de decisiones sin la validez irrestricta y la utilización de los derechos políticos de origen liberal. La democracia presupone la discusión, y ésta a su vez la libertad a disentir, mientras que la mayoría de los movimientos populares y socialistas en América Latina entienden por democracia la cohesión de la sociedad en pleno y la movilización de las masas para los objetivos dictados desde arriba. Se retorna así un aspecto que ya hizo su aparición en la época del caudillismo clásico en América Latina (siglo XIX): la confusión nada casual entre entusiasmo y conciencia política y la identificación de marchas multitudinarias con la participación activa de la población en asuntos políticos. La libertad de los individuos corre peligro de verse convertida en la libertad de identificarse con las metas y las acciones del Estado.

Esta constelación tiene que ver con la forma bajo la cual la cultura metropolitana ha influido al resto del mundo. Los efectos de demostración se decantaron primeramente en el campo del consumo de masas, pero han despertado paulatinamente un interés colectivo en la consecución de los standards metropolitanos que se encuentran detrás del alto nivel de consumo masivo: crecimiento continuado, principios como rentabilidad y eficiencia, procedimientos administrativos modernos y éxito material, es decir, cualidades, cuya escasez es notoria en el Tercer Mundo. Fascinada por estos logros la conciencia colectiva no sólo se ha permitido la desatención de las tareas político-democráticas, sino que también se ha concentrado en la adopción de prácticas, modelos y procedimientos de naturaleza instrumental y tecnocrática, lo que paradójicamente ha facilitado el acercamiento a los modelos de desarrollo presididos por el socialismo de Estado. Seymour Martin Lipset señaló con respecto a intentos de modernización en América Latina que el socialismo es vinculado simbólicamente con un crecimiento económico rápido y adelantamiento o igualidad sociales, mientras que el capitalismo es equiparado con tradicionalidad y crecimiento lento.[Nota 11]

Provisoriamente se puede llegar a la conclusión que los diversos intentos de redefinir la identidad nacional y de fundamentar una vía autónoma de desarrollo en las sociedades periféricas no han podido producir una alternativa genuina que se diferente cualitativamente del paradigma metropolitano en puntos decisivos y no solamente en aspectos secundarios. Esta sobrevaloración de la racionalidad instrumentalista para la determinación de progreso y desarrollo contiene algunas implicaciones adicionales, que recién en los últimos años han llamado la atención pública. Todas las hipótesis de trabajo y las teorías sobre el futuro de las sociedades periféricas se han originado en un período, en el cual los recursos naturales eran considerados como ilimitados o, por lo menos, como obviamente suficientes para la evolución de las naciones subdesarrolladas. Hasta hace poco, la discusión se centraba en torno a la cuestión de cómo usar esos recursos y a los problemas relativos a la tecnología adecuada y a la solución política correcta, pero no incluía la elucidación de la posibilidad (o de la probabilidad, como hoy sabemos) de que la acción combinada de la crisis ecológica con el agotamiento de recursos que ya se perfila y con la explosión demográfica pudiesen impedir una industrialización de gran estilo o un incremento sustancial en el nivel de vida de todos los países Por sobre las fronteras ideológicas predomina en Latinoamérica la opinión de que los procesos de industrialización y modernización tienen una prioridad absoluta sobre medidas de protección ambiental y limitaciones de producción.

La voluntad política en las periferias parece indicar que las sociedades meridionales están determinadas a alcanzar los niveles y las ventajas de que gozan actualmente las naciones más desarrolladas del planeta. Pero en vista de sus tasas más elevadas de crecimiento y de su magnitud poblacional mucho mayor, el monto total de energía que requeriría el Tercer Mundo para tal designio es muchísimo mayor que el consumo actual de energía de Europa Occidental y surgen, por lo tanto, serias dudas de que existan reservas de materias primas para suministrar tales cantidades de energías y de que el equilibrio climatológico y ecológico global del planeta pueda soportar tal uso de energía sin entrar en un colapso irreparable. [Nota 12] Reflexiones de esta índole no han enturbiado todavía el optimismo profesional de las corrientes de opinión más importantes de América Latina.


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