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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1990

EDGAR MORIN, PENSAR EUROPA

Author: Alberto Sauret


Edgar Morin, Pensar Europa, 1988, Barcelona, Gedisa ed., 192pp. ISBN 84-7432-300-2.

A L.E., que comienza la lectura por el final.

"En 1945, sobre el cadáver de Alemania, dos Europas salen a la luz" Y esta Europa divida y arruinada, que 10 años después se convertirá en la del auge económico, será al mismo tiempo la Europa de la decadencia política: La guerra fría consumará su desmembramiento.

Europa se conformó como noción geográfica a consecuencia de constituirse en una noción miticohistorica, y nunca ha existido como organización superior a sus componentes, dice Morin, sino que a la manera de un ecosistema se ha mantenido en medio de la anarquía organizadora.

La apremiante exigencia vital de una nueva metamorfosis que salvaguarde sus singularidades tropieza con un hábito mental inveterado en virtud del cual "Europa se disuelve tan pronto como se quiere pensar en ella de manera clara y distinta (y) se divide tan pronto como se quiere reconocer como unidad".

Conducidos a las puertas del nihilismo por la filosofía y de la aniquilación por la ciencia, se impone reconocer aberraciones engendradas por una razón automitificada, pretenciosa de una armonía absoluta entre lo racional y lo real y entender -razonablemente- adecuaciones múltiples, parciales y perfectibles.

Es preciso comprender entonces que la originalidad profunda de la cultura europea no radica solamente en haber emancipado y autonomizado a la razón, sino en haber hecho posible la dialógica, por la que aquélla mantiene intercambios y conflictos fecundos no sólo con lo irracionalizado sino también con lo irracionalizable: la existencia, la experiencia, la fe...

El primer y último carácter de esta cultura habría sido la problematización, en cuya dinámica las ideas se niegan recíprocamente sin cesar. Pero "la duda europea es tanto más vivificante cuanto que asocia el escepticismo a algo que a su vez lo niega", constituyendo no sólo el envés de la reflexión filosófica sino la sustancia misma de las principales figuras de su literatura.

Mientras el mundo burgués, capitalista y científico celebra sus éxitos más estruendosos mediante la utilización de teorías realistas, dice Kundera, dice Morin nacen los, típicamente europeos, "antihéroes cuya debilidad es grandeza". Don Quijote, Fausto y Don Juan son los héroes del fracaso porque sus ansias de lo sublime y lo absoluto no acomodan al principio de realidad.

El espíritu universalista de la cultura europea no arraiga simplemente en la racionalización científica sino en la racionalidad critica, que admite en su seno también la discusión de las razones de coeur, del fervor y la fe, y en este sentido es sucesor legítimo del cristianismo, opina Morin. "Se trata de reelegir conscientemente nuestros valores, se trata de abrir un diálogo con nuestros propios mitos, reconocer en nuestra fe un desafío y no la certidumbre absoluta." Otro humanismo, heredero de aquél, es posible: "la dialógica debe proseguir".

Pensar Europa es un llamado a esclarecer, componer y abrazar una comunidad de disignio europeo partiendo de la conciencia de la igualdad de destino en ciernes desde el desenlace de la guerra y conformada de hecho durante las últimas décadas.

Como otros antes, observa el autor que la convicción de una comunidad de destino plasma o se fortalece ante la amenaza de un enemigo. Hoy el peligro existe, pero con caracteres muy distintos de los antagonismos tradicionales; estadio supremo de la barbarie civilizada, el enemigo es el espectro de la nada bajo la doble acechanza del totalitarismo y el exterminio. La determinación de este propósito de congregación debe cimentarse en la firmeza de no morir, no sólo zoológicamente, sino tampoco intelectual, espiritual, políticamente de luchar contra el aniquilamiento de las libertades y las diversidades culturales: "Contra la nada se puede regenerar la fuente de la voluntad de vivir."

Cree percibir Morin la manifestación de "una demanda silenciosa y profunda de Europa en los pueblos europeos" y reclama de los intelectuales la expresión de una nueva conciencia de identidad pluralista y destino común, con la que restablecerían una secular tradición de los clérigos medievales, "europeos por naturaleza". Pero, bajo el régimen de superespecialización y presiones de índole múltiple, el olvido de los grandes problemas esteriliza la función primordial del Intelectual, que debería consistir en plantear pública y abiertamente las cuestiones fundamentales de la cultura, sobre todo en su dimensión ética.

Prescribe Morin la necesidad de reaprender a meditar como única alternativa de situación ante los verdaderos problemas, como "medio para acceder a la contemplación del mundo inaudito que la ciencia nos revela,... de comunicarnos con el misterio de lo que llamamos lo real". El dolor, problema de problemas, que crece precisamente al amapro de la prosperidad y la comodidad, exige una urgente reforma de esta civilización, "que profundice y revolucione el sentido de aquello que el cristianismo había denominado caridad y el humanismo humanitarismo".

La expiración obligada -de profunda inspiración popperiana- de esta, reflexión sobre la necesidad y posibilidades de renovación de Europa, que ve en la dialógica su razón constitutiva es una exhortación al compromiso militante que exige la democracia, cuya esencia consiste en la conjugación de una armonía de tipo heracilteana, no resultante de la ausencia de antagonismos y conflictos, sino del dinamismo estimulante de sus confrontación "Aquello que debemos sacralizar de la democracia es su ausencia de verdad, es decir la regla que permite el enfrentamiento de las diferentes verdades."

Este ensayo es parte dejos sordos rumores que últimamente han agrietado muros; pero los estruendosos derrumbamientos obedecen a otras fuerzas, otras aspiraciones, otras pasiones, otras invenciones aglutinantes, mas no justamente solidarias, aptas asimismo para erigir nuevas construcciones menos grotescas que las de mampostería, y más efectivas.

El léxico acusa connivencias sintomáticas, diría un espectador malicioso. Ese dominante interés compuesto por el afianzamiento de mercados comunes me suena ante todo delator de afanes de comunes mercaderes; los mismos que embarcaron a sus euroabuelos en las más implacables aventuras colonialistas y empujaron al desembarco de millones de americanos adoptivos. La historia no se repite, pero los mitos retornan...

Como nos ha hecho ver don Edmundo O'Gorman, más que de un descubrimiento de América corresponde hablar de su invención, de sucesivas invenciones, y no precisamente las de Colón, los Sabios de Salamanca, Pigafetta o Vespucio.

Las invenciones de América han implicado necesariamente correlatos, autoinvenciones de sus inventores. Sin duda en los albores de una conciencia de entidad europea superadora de las diversidades regionales fue decisivo el trastocante hallazgo de esta tierra ignota, lo otro.

A estas alturas a estas latitudes aún continuamos cultivando la cómoda incomodante costumbre de que nos sigan pensando, inventando: somos -y lo somos cabalmente porque aceptamos de palabra y de hecho serio- la otredad, la contraparte, el revés pasivo tras el tramado de los actores, el objeto alterado tras la realización de los sujetos históricos: "Tercer Mundo", "subdesarrollo", y menos teórica y más vulgarmente -y más sinceramente también ("lo que sea de cada quien")-patio trasero.

Hoy que los europeos se disponen explícitamente a repensarse, me parece no sería de paranoicos adivinar la correlativa invención implícita que nos habrá de corresponder. Interpreto que este, por muchas razones, interesante libro puede recibirse también como una involuntaria advertencia, otra invitación a recapacitar sobre la reiterada experiencia de que quien no se asume con cuerpo y alma como proyecto habrá de continuar el destino -que no está escrito, pero que otros redactan- de que le sigan inventando un futuro que no será azaroso porvenir sino la previsible y determinada sucesión de momentos por llegar.

Creo que las utopías demasiado elaboradas incuban gérmenes totalitarios, pero me parece indispensable pensar con rigor y actuar en consecuencia con mayor rigor aún contra antiutopías; por lo menos imaginar nuevos capítulos de una historia indeseable y posible para resistir vivirlos, para no volver a protagonizarlos bajo renovados rigores. Posiblemente sea ingenuo pensar que la historia se repite, seguramente es irresponsable no prever reediciones corregidas y aumentadas.

ALBERTO SAURET

Departamento Académico de Estudios Generales, ITAM


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