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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1990

TOCQUEVILLE Y LA REVOLUCIÓN FRANCESA**

Author: François Furet [Nota 1]


**Traducción de Tatiana Sule, El Colegio de México.

Cuando comienza a trabajar en lo que llegará a ser El Antiguo Y Régimen y la Revolución, en 1852, Tocqueville ya tiene tras de sí una doble carrera de escritor político y hombre público. Desde muy joven triunfó en su vida literaria, dado que el primer volumen de La Democracia en América (1835) lo hizo famoso a los treinta años. El segundo, más general, más abstracto, no tuvo el mismo éxito cinco años después, no obstante que consolida su imagen de "Montesquieu del siglo XIX", pues pronto le abre las puertas de la Academia Francesa (1841).

Sin embargo, este autor consagrado, admirado, requerido, fue también un político solitario, poco dado a las simplificaciones inseparables de la vida pública y menos aún a los compromisos necesarios para la conquista del poder. Pese a que se eligiera diputado de Valognes, la circunscripción del castillo familiar, en 1839, jamás encontró un lugar conveniente en los partidos o en las agrupaciones del régimen de julio; ya sea porque le repelía ser el segundo sin tener temperamento de líder; o porque su filosofía política casi no se prestaba a los trabajos prácticos: era demasiado aristócrata y demasiado demócrata a la vez como para que le gustara la oligarquía burguesa de julio; tampoco le gustaba la Revolución lo suficiente como para sentirse a gusto dentro de la oposición republicana. Febrero de 1848 lo libera de Guizot, a quien detesta, pero trae nuevamente consigo el espectro revolucionario con su séquito de violencia y de ilusiones.

Se le reelige diputado sin gran esfuerzo, esta vez por medio del sufragio universal, en la Asamblea Constituyente que se reúne a principios de mayo y, frente al levantamiento parisino de junio, comparte la reacción general del partido del orden: sus Recuerdos dan testimonio suficiente de que el miedo social, tan característico de la política francesa del siglo XIX, no perdona a los grandes espíritus. Después de junio se abre el período en que Tocqueville encuentra por fin un papel nacional, primero como miembro del Comité de Constitución, que elabora las nuevas instituciones; y luego, en la primavera del 49, después de la elección de Louis-Napoléon Bonaparte como presidente de la República, como ministro de relaciones exteriores del príncipe-presidente, en el gabinete de Odilon Barrot. Esta República parlamentaria de notables, cuya existencia aún no amenaza el sobrino Bonaparte recién electo por cuatro años, es a fin de cuentas el régimen en el que tocqueville se sintió menos a disgusto; breve paréntesis antes que presintiera el comienzo del inevitable conflicto entre la Asamblea y el Presidente y la libertad otra vez en peligro.

El golpe de Estado del dos de diciembre de 1851 lo devuelve a sus estudios. Tocqueville vivirá el tiempo que le queda (muere en 1859) en un exilio político interior. Por lo menos la desdicha de aquellos tiempos le permite reanudar algunos años consagrados por completo al trabajo espiritual. Inclusive le suministra el tema, puesto que el segundo bonapartismo, a continuación de una segunda República, acababa de desplegar de nuevo el curso de la Revolución Francesa a mitad del siglo XIX, más de cincuenta años después de la inauguración del modelo. Los franceses volvieron a jugar, o a atravesar la Gironda, la Montaña, los Jacobinos y el Termidor, para encontrar al final un segundo Bonaparte. Esta vez ya no pueden invocar la excusa de las circunstancias, la guerra civil, la guerra externa; la segunda República conoció las angustias de la primera y, del mismo modo, termina en el despotismo. El primer déspota había tenido el encanto incomparable del genio. El segundo, por su propia mediocridad, pone en evidencia el manejo de un mecanismo independiente de los hombres. Descubre el lado secreto que une en la historia moderna de Francia al fenómeno revolucionario y al Estado administrativo centralizado. Cuando comienza a trabajar sobre este problema, Tocqueville tiene por lo demás en mente la idea de escribir una historia del primer Imperio; es la manera de centrar su curiosidad en el descenso de la Revolución, el momento en que aparece el carácter espectacularmente paradójico de su balance, el Estado tentacular construido sobre la igualdad de los ciudadanos.

No obstante, Tocqueville escribiría un libro sobre el ascenso de la Revolución. Seguramente lo impulsó la lógica de cualquier trabajo histórico que consiste en remontar el tiempo en la búsqueda de los orígenes. Pero también es porque el fracaso de la Segunda República lo devolvió al problema de su juventud que, a su vez, constituye el cuestionamiento de toda su vida: si este fracaso puso de manifiesto la permanencia y el predominio de una tradición despótica en la vida pública francesa, la Revolución sólo es un episodio cuyas fuentes deben buscarse más allá de ella.

En efecto, es una idea cuyos primeros elementos de elaboración pueden encontrarse en el segundo volumen de La Democracia en América, en aquellos últimos capítulos en los que el autor opone el legado absolutista de la historia de Francia al espíritu de la libertad, fundador de la historia americana por ser el espíritu de la historia inglesa (II, 4a. parte, capítulo IV). La Revolución manifiesta en Francia la explosión de la idea de igualdad dentro de un país que no conoció o que desde hacía mucho tiempo se había olvidado de la libertad política, de manera que sobrepone sus efectos a los de la época que la precedió reforzando la propensión al despotismo del Estado.

Sin embargo, en esa época la idea de la continuidad Antiguo Régimen Revolución francesa no va más allá del simple hecho de poner en relación cronológica a la tradición absolutista y al Estado napoléonico. Pese a haber recuperado la igualdad por la Revolución, los franceses del siglo XIX son tanto menos dados a la libertad cuanto que, bajo el Antiguo Régimen, no sólo se había desacostumbrado a ella sino que ni siquiera la recordaban. Lo que cambia con el Antiguo Régimen, quince años después, es la naturaleza de la relación entre las dos épocas; esta última deja de ser una simple sucesión para volverse una relación causal, de manera que el Antiguo Régimen francés constituye la condición de existencia de la Revolución francesa. Lejos de ser ésta una ruptura -y menos aún una ruptura absoluta- con la época precedente, encuentra ahí, por el contrario, tanto sus causas como la explicación de su carácter. La Revolución Francesa adopta sus rasgos del Antiguo Régimen. El radicalismo democrático, que marca a sus actores y su desarrollo, se fundamenta en el Antiguo Régimen, así como el estado napoleónico que señala su fin tiene su principio en la monarquía absoluta.

En el fondo, Tocqueville toda su vida se hizo las mismas preguntas y las que trata en el Antiguo Régimen no son en absoluto diferentes de aquellas cuya respuesta fue a buscar a los Estados Unidos, aun cuando las aborde desde otro ángulo. No es tanto el sentido de la Revolución francesa lo que le interesa, puesto que éste se inscribe dentro de una ley más general que el propio acontecimiento: la marcha del mundo moderno hacia la igualdad de condiciones. Esta "evidencia", sustraída como tal para la demostración, sólo es un punto de partida de su pensamiento, que trata de limitar el carácter específico de la democracia francesa tal como se cristaliza en la Revolución. De allí la perspectiva sistemáticamente comparativa que explica y nutre, desde el principio, el viaje americano: Tocqueville quiere comparar una democracia que no encontró adversarios, como la República de Estados Unidos, con una democracia que tuvo que revertir todo un mundo, como la Revolución francesa. Al hacerlo pretende comprender lo que tanto una como otra recibieron de sus diferentes historias respectivamente y, así, aislar lo que la tradición democrática francesa debe a sus orígenes revolucionarios.

Con el libro de 1856 la referencia americana ya no tiene sentido, puesto que se trata de analizar el origen de estos orígenes, una época que por definición no existe dentro de la historia del Nuevo Mundo. Sin embargo, Tocqueville conserva la misma ambición de explicar el carácter de la Revolución francesa más que su fondo. Se interesa mucho más en el cómo que en el porqué: para él la historia es el conocimiento de las modalidades de un acontecimiento, la reconstitución de las vías múltiples que ha pedido prestadas para ocurrir. Ahora bien, la Revolución opera no simplemente la destrucción del Antiguo Régimen, puesto que aquella de todas manera habría tenido lugar; sino su destrucción brutal, radical, llevada a cabo por el pueblo fuera de las leyes, en nombre de los intereses de la humanidad. Destrucción que no se produjo de esta forma en las otras regiones de Europa, aunque en la mayoría de ellas, como en Alemania, las instituciones características del Antiguo Régimen hayan conservado más vigor que en Francia. Tocqueville retoma el método comparativo para exponer su paradoja inicial: el Antiguo Régimen fue derrotado por una revolución democrática radical en el país donde estaba más deteriorado y era más impopular. Así, sugiere que antes de la Revolución se ejerció una fuerza diferente, pero comparable en sus efectos, en la misma dirección y le preparó el camino tanto en los hechos como en las mentalidades; y que hubo en Francia una primera subversión del Antiguo Régimen, más fundamental que la de la Revolución, dado que ésta última sólo fue la convulsión final.

La idea es tan esencial y al mismo tiempo tan contraria al conocimiento sobre 1789, que Tocqueville opta por volver a ilustrarla en las últimas líneas de su libro I, por medio del contrasentido de uno de sus más grandes predecesores: Burke. ¡Qué -había dicho a los franceses el parlamentario Whig ante el espectáculo de su Antiguo Régimen- para escapar las ilusiones de la tabula rasa democrática habría bastado con mejorar la Constitución de su monarquía, o incluso con pedir prestada la common law inglesa! "Burke -replica Tocqueville-- no se percata de que lo que tiene ante los ojos es la Revolución, que precisamente debe terminar con esa antigua ley común de Europa; no discierne que de lo que se trata es de esto y no de otra cosa." Nueva manera de decir que la Revolución tuvo lugar antes de la Revolución y que lo que ella llamó el Antiguo Régimen oculta el trabajo de la subversión tras la fachada de una tradición.

¿Cuál subversión? La que el Estado monárquico opera en la vieja sociedad. Lo que es propiamente "antiguo", para Tocqueville, en el Antiguo Régimen, es aquella sociedad anterior al crecimiento del Estado centralizado y que él llama indistintamente "feudal" o "aristocrática", para decir que se caracterizó por lazos de dependencia jerárquica entre los hombres y los grupos sociales que forman. Allí el poder político no es distinto de la superioridad social y se encuentra repartido a lo largo de toda la pirámide de clases. Ahora bien, el desarrollo del Estado absolutista es inseparable de la concentración del poder político en un solo lugar, en manos del Rey y, por lo tanto, del desposeimiento de los particulares bajo esta relación: la aristocracia es la primera víctima, aunque no la única, puesto que todo el orden social se encuentra trastornado.

Esta idea del desposeimiento político de la sociedad por el Estado, clave del análisis, se manifiesta desde la apertura del libro II, donde nos conmueve profundamente a propósito de la relación entre campesinos y nobles. Relación que dejó de ser política puesto que el campesino, emancipado de la servidumbre desde hacia mucho tiempo y cada vez más propietario del suelo, ya no depende del gobierno de su señor y, sin embargo, sigue siendo socialmente opresiva, por las rentas señoriales que ya no corresponden a ninguna reciprocidad de obligaciones. Con respecto a estos derechos feudales su impopularidad particular en Francia no obedece a un peso específico, sino por el contrario a su semi-desaparición y a su carácter residual:

El feudalismo seguía siendo la más grande de todas nuestras instituciones civiles pese a haber dejado de ser una institución política. Y aun reducida a este punto continuaba provocando odios y, con justa razón, podemos decir que al destruir una parte de las instituciones de la Edad Media lo que permanecía se volvía cien veces más odioso.

Desde un principio el Antiguo Régimen francés se caracteriza como un estado social bastardo que ya no es verdaderamente aristocrático y que todavía no es democrático. Lo que Tocqueville sabe del período anterior lo aprendió de Guizot y de los historiadores de la Restauración. Se sirve de esto para oponer a la edad del absolutismo esas instituciones de la "edad media", que habían organizado la solidaridad de los hombres a través de una cadena vertical de dependencias, con la ausencia de una autoridad central y dejando libre curso al ejercicio de una libertad aristocrática. Ni a Guizot ni a Thierry les gustaba esa época medieval tan dura para el campesino, sujeta a las arbitrariedades privadas del señor e ignorante del principio de la autoridad pública. Tocqueville la vuelve a imaginar de un modo un poco idílico como un intercambio, útil para las dos partes, entre el hombre de la tierra y el del castillo. La sociedad aristocrática está hecha de esta dependencia secular, recíproca, desigual que da, al menos a los amos, la completa soberanía de sí mismos: una libertad distinta a la antigua libertad, puesto que la Ciudad ya no existe, pero también una verdadera libertad. Ahora bien, desaparece poco a poco con las instituciones de la Edad Media a través de la usurpación progresiva de todas las funciones políticas y administrativas por medio del Estado; mecanismo que funciona en todo el cuerpo social y que termina por transformar su naturaleza.

Todos los grandes historiadores del siglo XIX fueron sensibles a la revolución del absolutismo. Madame de Staël y luego Guizot la vieron como una época de la historia europea entre el feudalismo y el gobierno representativo. Michelet profundizó en la idea de la encarnación de la nación en la persona del rey de Francia, misterio de usurpación que cercena la Revolución y que vuelve a poner al pueblo en lugar del rey. No obstante, Tocqueville es el único autor que hará del absolutismo un fenómeno sociológico y, como a la Revolución, antes de la Revolución, un instrumento de subversión de la trama de relaciones sociales. Aplica su pensamiento más a las usurpaciones metódicas del Estado sobre la sociedad, que al derecho divino de los reyes o a la unidad nacional construida bajo su autoridad.

Sin embargo, no se interesa en los orígenes de este fenómeno. Los capítulos 2 a 7 del libro II, dedicados al desarrollo de la centralización administrativa, no dicen nada sobre las razones que pueden dar cuenta de ello: ni una palabra sobre las continuas guerras de los Borbones con los Habsburgo por la preponderancia europea, nada sobre el tema, clásico a partir de Guizot, del equilibrio de las clases como factor del poder absoluto de los reyes, nada o casi nada sobre el siglo XVII, Richelieu, el reino de Luis XVI, las causas, ni siquiera las etapas esenciales de esta evolución. Tocqueville cede una vez más a una de las inclinaciones de su genio que lo llevó a explorar más las consecuencias que los orígenes de un gran hecho histórico. Esto es lo que hizo con la idea democrática en La Democracia en América. De igual manera, en El Antiguo Régimen toma la centralización administrativa como uno de los datos fundamentales de la historia de Francia y para ello basta con medir su impacto sobre la sociedad. Por lo demás, para hacerlo rechaza toda investigación de segunda mano y trabaja con los archivos de las administraciones M siglo XVIII y explora sistemáticamente los de la intendencia de Tours.

Por este motivo los dos capítulos centrales El Antiguo Régimen son probablemente los capítulos 8 y 9 M libro II, en los cuales analiza la naturaleza del nuevo estado social que nace con, o más bien de, la monarquía administrativa. (Cap. 8:)

Que Francia era el país donde los hombres se habían vuelto más semejantes entre ellos. (Cap. 9:) Cómo estos hombres tan semejantes estaban más separados que nunca en pequeños grupos extraños e indiferentes unos a otros.

¿Qué quiere decir? Por una parte, que los franceses del siglo XVIII, por lo menos los de las clases superiores, actúan y piensan cada vez más de la misma manera, con el aumento de las riquezas, los progresos de la igualdad material, el retroceso de los partícularismos, la acción uniformadora de la legislación y, por otra, que como consecuencia del control ejercido por el Estado sobre la sociedad, están cada vez más separados en grupos rivales y hostiles, obsesionados por sus intereses particulares. En pocas palabras, que la sociedad del Antiguo Régimen es una sociedad tendenciosamente democrática y patológicamente aristocrática.

Este segundo contenido del análisis de Tocqueville es el más admirablemente detallado y, con frecuencia, los comentarios lo ignoran. El Antiguo Régimen es una corrupción del principio aristocrático. Tocqueville quiere decir que la estructura de la sociedad francesa de esa época se explica ante todo a través de la acción constante del Estado central de remodelar el pasado feudal. Al salir del feudalismo la sociedad heredó una estructura vertical de cuerpos jerarquizados que, en consecuencia, continúan configurando lo social. No obstante, el desarrollo del Estado administrativo centralizado despoja a estos cuerpos de sus atribuciones políticas y de sus poderes y se adueña de ellos. Mejor aún, tiende a hacer de su inutilidad social una regla espectacular, puesto que no deja de vender al mejor postor la entrada en los cuerpos que dan a sus miembros prestigio, por mínimo que sea. A partir de ese momento, éstos se transforman en compradores de status social y de privilegios concedidos por el rey. Pues el Estado, siempre escaso de dinero, es el que saca partido de las condiciones para entrar, el que fija y, por otra parte, modifica, según su conveniencia, las ventajas particulares para cada uno de los cuerpos, empezando por la nobleza. De manera que el propio crecimiento de la máquina adminsitrativa se efectúa al precio de la "castificación" de la sociedad, en cuerpos separados a su vez unos de otros y de cualquier idea del interés general; el motor psicológico del sistema es la pasión egoísta del rango y de los puestos. Mirabeau encontrará una frase que lo resume todo: la antigua sociedad francesa era "una cascada de desprecio".

El símbolo por excelencia de esta situación es la posición que da la monarquía a la nobleza, cuerpo entre los cuerpos, principal "orden" del reino. La nobleza perdió al mismo tiempo su principio, la sangre, y su función, el servicio público. Dejó de ser una aristocracia para convertirse en una casta. Con esto Tocqueville no quiere decir que ya no se pueda entrar, sino que por el contrario, al llegar a ella por medio del dinero sólo se adquieren garantías de privilegios; de ahí una obsesión por la diferencia y una pasión celosa por la separación que transforma en ghetto el orden en la nación. El Antiguo Régimen francés destruye e idolatra al mismo tiempo a la nobleza, cuya evolución Tocqueville opone a la de su homólogo inglés, que permanece abierta a la burguesía, independiente del Estado, inseparable de un verdadero papel político y social. Páginas famosas, cuyos principales elementos se encuentran ya en las Consideraciones de Madame de Staël, pero a los cuales Tocqueville da el resplandor y la melancolía de una mirada sobre el medio en que nació, al tiempo que regresa a ciertas ideas de su juventud. El autor de La Democracia en América no creyó en el futuro de esa sobrevivencia de la aristocracia que era la libertad inglesa. Sin embargo, el autor El Antiguo Régimen regresa a la historia inglesa como si la antigua sociedad francesa hubiese perdido su oportunidad.

El Antiguo Régimen es pues, según Tocqueville, un sistema operado por una dinámica paradójica. El Estado centralizado no deja de destruir la realidad de aquello cuya ilusión reconstruye sin cesar. Despoja a la nobleza de sus poderes políticos, pero cada día crea nuevos nobles. Instaura su tutela sobre las asambleas municipales, pero vende desvergonzadamente puestos de regidores y de cónsules. A lo largo de toda la escala social deja sin contenido a la antigua sociedad aristocrática, que ya sólo es una fachada meticulosamente mantenida y que se retorna y se adorna con nuevos elementos a cada momento, pero cuyos motivos no corresponden ya a otra función más que la de aportar dinero al Tesoro real.

La utilización y la transformación constante de esta vieja estructura crean tensiones interminables e irreductibles en el interior del sistema absolutista. Para ocupar todo el espacio de la autoridad pública, la monarquía absoluta debe obtener de sus súbditos una misma obediencia: es la condición de la uniformidad de sus leyes. Su acción tiende así a nivelar la sociedad en el mismo momento en que, por razones financieras, se las ingenia para multiplicar con dinero en efectivo las mínimas diferencias de status. Así como estas últimas tienen cada vez menos contenido real, en términos de poder, también tienen cada vez más valor simbólico, en términos de amor propio. Están sobrevaluadas en proporción a lo que ofrecen a sus beneficiarios de superioridad ilusoria dentro de la sumisión general. Asimismo, por esta razón, todos los otros súbditos del rey las aborrecen.

De esta manera la monarquía vuelve a crear sin cesar la igualdad y la desigualdad y fortalece cada una de las dos pasiones por lo que da a la otra. El Antiguo Régimen de Tocqueville está hecho de una patología de la desigualdad y de un aborto de la igualdad. Deshonró a la aristocracia sin dar el menor espacio a la democracia. Así se explica lo que Burke no comprendió: que la antigua monarquía no tiene nada que legar a la Revolución, nada más que la negación de lo que fue. La propia tabla rasa de 1789 es producto de esta triste historia.

A partir de estos hechos "antiguos y generales" que prepararon la Revolución Francesa, el libro III tiene por objeto pintar las circunstancias más particulares de la crisis. Tocqueville nunca se inclina hacia la interpretación monocausal, sino que jerarquiza los factores explicativos en términos de antigüedad y de generalidad. En efecto, los que trata en la tercera parte de su obra toman algo de su carácter y de su importancia de los anteriores. Por ejemplo, el papel tan espectacular de los literatos del siglo XVIII, inseparable del carácter literario o filosófico de la Revolución. Tocqueville retoma aquí un tema clásico de la historiografía, muy anterior a él, puesto que se le encuentra en todas partes desde fines del siglo XVIII o principios del XIX, en Mallet, Du Pan, Mounier, Rivarol, Portalis por dar algunos ejemplos. El aporte de Tocqueville es la manera como lo liga a la economía general de su análisis. Si en la Francia del siglo XVIII los intelectuales desempeñaron un papel tan excesivo fue como consecuencia de la doble tabula rasa que creó la monarquía absoluta. A través del espectáculo que diera de tantos privilegios abusivos o ridículos ya había destruido el debido respeto a la jerarquía social y había llevado las mentalidades a la idea-milagro de la igualdad natural. Con el acaparamiento de las funciones administrativas había despojado a los franceses, particularmente a los de las clases superiores, de toda experiencia práctica, y así había creado esa especie de propensión nacional, tanto en los autores como en el público, a las teorías abstractas en materia de gobierno. Entonces, como la monarquía no permitió la constitución de una clase política, fue precisamente en este espacio vacante donde los literatos instalaron la realeza sustitutiva de las ideas puras.

También por allí se produce la ruptura de la opinión pública con el catolicismo. Como muchos de los autores del siglo XIX, Tocqueville ve en esta ruptura uno de los rasgos más profundos de la Revolución Francesa. Sin embargo, Michelet había celebrado este hecho como una indispensable extirpación del pasado y Tocqueville lo consideró un riesgo peligroso para más adelante. Según él la idea democrática nació del cristianismo y la experiencia americana es la demostración de que esta filiación puede coexistir en armonía. Mientras que en Francia, por el contrario, tanto la revolución política como la sociedad aristocrática quisieron desarraigar el fondo de las creencias religiosas, y de allí su carácter excepcional, su vértigo por las promesas, la violencia de las pasiones que suscitó y su duración.

Ahora bien, de este rasgo particular de la tradición democrática francesa, el hecho de ser antirreligiosa, Tocqueville no responsabiliza a la Iglesia católica del Antiguo Régimen; tampoco la cree coresponsable. No se refiere al papel que desempeñó en la erradicación violenta del protestantismo en el siglo XVII, ni a la estrecha alianza que selló con la monarquía absoluta bajo Luis XIV y que la exponía a compartir sus desdichas. Fiel a su sistema de análisis, Tocqueville inculpa al Estado monárquico, lo culpa de haber llevado a las clases superiores a la irresponsabilidad tanto intelectual como social y a la opinión pública a las abstracciones de la filosofía. No es que piense que esta filosofía carezca de valor, Tocqueville no pertenece a aquella familia tan numerosa en el siglo XIX de los que desprecian al XVIII. Muy por el contrario, la generación de 1789 fue en realidad la que formó a una generación de hombres, notable por su patriotismo, por su desinterés, por su "verdadera grandeza". No obstante, al querer reemplazar a la religión le quitó todo punto de anclaje al espíritu y abrió también el camino a una revolución que marchó a la deriva.

Aún así, aquí (capítulo III del libro 3) aparece la idea de una Revolución Francesa que no estaba condenada a caminar para siempre a la deriva y que, en otras circunstancias, habría podido tomar otro rumbo. Porque lo que a Tocqueville le gusta de 1789 -y eso hasta las grandes jornadas de octubre que detesta, al igual que Burke- es el advenimiento de la libertad dentro de la unanimidad nacional. Sin embargo, para que las cosas hayan salido mal tan rápidamente fue preciso que la actitud general de los franceses lo propiciara. Ahora bien, para Tocqueville la ambigüedad de los acontecimientos revolucionarios ya está presente en la Filosofía de las Luces a la francesa, donde la idea de la reforma global en nombre de la racionalidad administrativa con frecuencia se ve más que la de la libertad política, y los Fisiócratas son tal vez más típicos que Montesquieu. Esta idea puede encarnarse por igual en el despotismo de una sola persona como en la soberanía del pueblo, puesto que en este último caso se trata solamente de sustituir al rey por la nación en cuerpo, sin cambiar nada en la dependencia administrativa del ciudadano.

El Antiguo Régimen le da al radicalismo democrático al mismo tiempo el instrumento para una subversión total de la autoridad, a través del Estado centralizado, y la pedagogía para esta subversión, a través de la alineación del cuerpo social dentro de las ideas. A estos materiales de por sí inflamables las circunstancias agregan el fulgor de la prosperidad económica que electriza los intereses de los particulares, las expectativas del público y la acción del gobierno, pero al mismo tiempo acelera la dislocación de un sistema rígido, desacreditado y detestado por el hecho de servir de chivo expiatorio. Las torpezas y los errores de los ministros de Luis XVI harán el resto. La reforma, que subordina a los intendentes a Asambleas provinciales elegidas, da el tiro de gracia en 1787. El Antiguo Régimen muere por su propia mano antes de que la Revolución firme el acta de defunción.

Tocqueville murió antes de comenzar la redacción del texto que iba a constituir el segundo volumen de su trabajo y que trataría sobre la Revolución como tal. No obstante, dejó algunos materiales preparatorios en forma de capítulos, partes de capítulos o párrafos ya escritos, en fin, numerosas notas de lectura o reflexiones cortas para ser desarrolladas. Esencialmente trata sobre los inicios de la Revolución, desde 1787 hasta la Asamblea constituyente, de modo que resulta más fácil reconstituir el pensamiento de Tocqueville sobre este período que sobre la dictadura jacobina o sobre el Terror.

A partir de su análisis del Antiguo Régimen, el problema es el del sentido que se le debe dar a la Revolución: ¿ruptura o continuidad? En efecto, Tocqueville no ve en el Antiguo Régimen los pródromos o la preparación de la Revolución, sino que diagnostica la Revolución en funcionamiento y ya consumada antes del 1789. Es la gran diferencia con los historiadores liberales de la Restauración, a quienes leyó mucho. Ellos, que creen mucho más que 61 en la fatalidad del acontecimiento, sitúan y celebran su término en 1789 con la rebelión del Tercer Estado. La constitución de los Estados Generales en Asamblea nacional y los decretos del 4 al 11 de agosto revelan y cristalizan el trabajo de siglos y, en primer lugar, del último, el XVIII. Mientras que para Tocqueville este trabajo se terminó desde antes de 1789, de otra manera, y conllevó otros resultados. No es la promoción del Tercer Estado contra la nobleza a la sombra de la monarquía; es el doble efecto de la centralización y de las ideas nuevas.

Los dos fenómenos están relacionados porque el carácter abstracto de esas ideas ya está ampliamente determinado por el hecho de que la monarquía administrativa mantiene a los franceses alejados de sus asuntos y, a cambio, su difusión dentro de las clases instruidas crea una opinión pública uniforme, condición para un poder cada vez más centralizado. Ahora bien, por otra parte, ambos fenómenos son anteriores a la Revolución: la monarquía absoluta fue el instrumento del primero, la "filosofía" del segundo. Y los franceses del siglo XVIII constituyen ya un pueblo democrático, sociedad de individuos víctimas de la pasión igualitaria y dominados por una administración centralizada. Tocqueville dice, por ejemplo, a propósito de la oposición de los Parlamentos, que moviliza ya a una nación homogénea:

Esto no probaba que una gran revolución estuviera cercana, sino que ya se había hecho una gran revolución. (Y en otra parte:) Encontramos muy a menudo en los autores que escriben antes de 1788 estas palabras: así sucedían las cosas antes de la revolución. Esto nos sorprende, no estamos acostumbrados a oir hablar de revolución antes de 1789... En efecto, era pues una revolución muy grande, pero que debía perderse muy pronto en la inmensidad de la que iba a venir y así desaparecer ante las miradas de la historia.

¿Cómo se articula esta "primera revolución", según la propia expresión de Tocqueville, con la que sigue? Al darle su carácter particular, que la convirtió en un "acontecimiento diferente a todos los de la misma especie que hayan tenido lugar hasta nuestros días en el mundo". Con esta fórmula Tocqueville retoma la idea central de su primer volumen, es decir que la Revolución operada por el absolutismo condiciona a la otra, la siguiente. No obstante, como tiene un juicio y un análisis ambiguos acerca de este acontecimiento único, jamás visto, no es fácil comprender lo que quiere decir.

En su opinión, la Revolución Francesa propiamente dicha, la que empieza en 1789 tiene dos partes, de duración muy desigual y de diferente naturaleza. La primera está circunscrita a 1789 e incluso concluye a más tardar con las jornadas de octubre: es la revolución de la libertad, llevada a cabo por la nación en contra del despotismo. Culmina con la reunión de los Estados Generales, el nacimiento de un espíritu público nacional y la Declaración de los Derechos del Hombre. A Tocqueville le gusta y la describe como un espectáculo de una belleza incomparable. En cuanto a la segunda, es todo lo contrario, ya que es la revolución del odio entre las clases y de la igualdad, que se ejercen en detrimento de la libertad. Cubre un período incomparablemente más largo, del otoño de 89 (¿o mediados del verano?) al otoño de 1799. El golpe de Estado del 18 Brumario ofrece su lúgubre iluminación al conjunto, que también comprende la dictadura del año II

Tocqueville, al hacer esto, encuentra nuevamente una distinción clásica de la historiografía universal entre las dos partes de la Revolución, una fundadora y otra destructora de la libertad. No obstante, él modifica su cronología sí pensamos por ejemplo en la obra clásica de Mígnet que sitúa el comienzo de la primera revolución el 10 de agosto. Con respecto a este punto Tocqueville está más cerca de Madame de Stuël, o aun más de su padre Necker y de les Monarchiens. Sin embargo, lo que lo hace singular en comparación con sus predecesores (a quienes nunca cita, según la costumbre del siglo XIX) es su tipo de análisis. Para los historiadores de la Restauración, la Revolución es el teatro de la lucha de clases, el triunfo de la burguesía, portadora de la libertad, sobre la nobleza ligada al absolutismo; y si la dictadura precede por algún tiempo al gobierno representativo, también la burguesía, acosada por las circunstancias, transmite sus poderes a las clases inferiores sedientas de represión. Ahora bien, Tocqueville no comparte ni con Mignet ni con Guizot ninguno de estos elementos de interpretación.

Según él, la democracia es irreversible puesto que constituye el sentido de la historia moderna, pero puede o no estar ligada a la división de la sociedad en clases y a la victoria de la clase media sobre la aristocracia. El ejemplo francés presenta los dos casos: en 1789 la democracia es obra de toda la nación reunida en contra del despotismo, ya que la libertad aristocrática conjuga sus efectos con la libertad democrática para aclimatar y unificar la explosión revolucionaria. Pero lo que sigue deja ver el desquite de la conciencia de clase y es el fin de la libertad. Desquite, porque la Revolución, al nutrirse de la igualdad por oposición a la libertad, vuelve a encontrar la tradición de la monarquía del Antiguo Régimen, que había dividido a los franceses para reinar.

En su concepción acerca del papel de las clases sociales en relación con el desarrollo de las ideas y de las pasiones, Tocqueville siempre es ambiguo y resulta difícil, si no imposible, reconciliar los distintos tipos de interpretación que presenta. No obstante, al leer sus notas sobre la Revolución por lo menos podemos medir los problemas a los que él mismo se enfrentaba en vísperas de la redacción de su segundo volumen. Entre ellos, el principal es el de dar cuenta de la doble naturaleza de la Revolución o, aún más, lo que representa una forma más cercana a la suya de plantear la pregunta, comprender porqué el eslabonamiento trágico pero natural entre la igualdad de Antiguo Régimen y la igualdad revolucionaria se había roto durante un tiempo por el surgimiento de la libertad. En este sentido, el problema de Tocqueville es contrario al de Guizot. Para Guizot la monarquía debilita a la aristocracia, pero en beneficio de la unidad nacional, de la igualdad y finalmente de la libertad; 1789 es el término y el coronamiento de este largo trabajo. De manera que lo oscuro en todo esto, en el interior de esta visión, no es 1789 sino la derrota del gobierno libre y la dictadura de Bonaparte. Si la clase media victoriosa en 89 trae consigo la libertad, ¿por qué el retorno-agravado-del despotismo? Pregunta que también se hará Marx aunque de otra forma y alrededor de la cual giran los historiadores de la Restauración sin vencerla.

Para Tocqueville, por el contrario, dentro de las tres revoluciones sucesivas que se dieron en el siglo XVIII, la primera y la tercera se ajustan bien. La monarquía absoluta le quitó a la aristocracia su sustancia y centralizó la dominación política y administrativa. Para destruir la libertad aristocrática se apoyó en las pasiones igualitarias y, finalmente, se convirtió en el instrumento de una cultura o de una opinión pública democrática pero sin afán de libertad. Los Jacobinos, luego Robespierre y al final Bonaparte actuarán del mismo modo. Es la parte de continuidad entre el Antiguo Régimen y la Revolución; pero ¿1788 6 1789? ¿Pero aquellos meses o aquellos dos años durante los cuales el reino se quema y arde en contra del despotismo administrativo? Guizot se apoya en 1793, Tocqueville hace de 1789 un misterio.

En efecto, dentro de su sistema de interpretación la degeneración, en 1789, de la libertad en la igualdad se explica más fácilmente que la divina sorpresa de 1789. El primer fenómeno ilustra aquella verdad general, que elabora en la segunda parte de La Democracia en América, en cuanto a que la pasión por la igualdad es más fácilmente accesible y, por lo demás, más universal que la pasión por la libertad. Asimismo, manifiesta aquel hecho particular representado por la pasión dominante de los franceses bajo el Antiguo Régimen, favorecida por la centralización y el movimiento de las ideas, y esa fuente, ampliada, fortalecida, nutre aún el curso de la Revolución Francesa, revelando la misma indiferencia por la libertad. A medida que "la verdadera pasión-madre de la Revolución, la pasión de las clases tomaba su paso" los franceses volvían a encontrar, como es natural, el camino de la servidumbre política.

No obstante, de repente lo que se vuelve difícil de comprender es la ruptura de 1789. El hecho de que la libertad sólo tenga raíces frágiles y recientes, mientras que el odio a la desigualdad es tan antiguo como el ocaso de la sociedad de los órdenes, puede explicar la fragilidad de 1789, más no su advenimiento. Así como en Tocqueville existe un misterio filosófico de la libertad, dentro de su visión de la historia de Francia está también el enigma histórico de su surgimiento provisional. Es una pregunta que se puede plantear más que resolver, puesto que Tocqueville murió antes de desenredar sus elementos y porque es probable que, aun en el relato terminado, hubiese dejado un cierto número de esas contradicciones que son familiares a su genio. Las últimas cartas a sus amigos dan testimonio de una especie de sorpresa en parte admirada y en parte horrorizada ante el fenómeno revolucionario francés, cuyo análisis no logró reducir la fuerza emotiva. Además, jamás pensó que la historia le permitiría un día resolver completamente su misterio.

Bibliografía

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