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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1990

INMINENCIA DE LA BATIFILOSOFÍA*

Author: Alberto Sauret[Nota 1]


*Ponencia elaborada para el II Simposio del pensamiento filosófico latinoamericano, celebrado en noviembre de 1989, en la Universidad Central de las Villas, Santa Clara, Cuba,

...del griego diabolos: aquello que desune.

(E.M.)

Todavía es tema de debate la posible existencia de una filosofía latinoamericana. Buscar el ser de nuestra filosofía me parece estéril, sin consecuencias filosóficas. Y menos aún, vitales.

Toda auténtica filosofía demanda su filósofo, el hombre concreto que filosofando expresa su singular visión de la vida.

Con diferente pericia, humor y consecuencia todo hombre inevitablemente filosofa; dejar de hacerlo equivale a poner en entredicho su condición humana misma.

Pregunta incansable sobre la totalidad inalcanzable, la filosofía es infinita y el infinitivo su modo de existir: Filosofar. Que es problematizar lo aparente, cuanto aparece en el horizonte de nuestra circunstancia.

El modo de existir de una filosofía latinoamericana es semejante al de la existencia de Latinoamérica. Latinoamérica somos los latinoamericanos. Y la filosofía latinoamericana existe en el filosofar de los latinoamericanos. Si no queremos conformarnos con meros nombres vacíos, debemos saber que la existencia tanto de Latinoamérica como de su filosofía demanda de nosotros, sus artífices, por sobre todo autenticidad.

Propio de los fenómenos vivos es dejar de ser lo que fueron.

Propio del fenómeno humano es que parte fundamental de su ser obedece a la idea que sobre sí mismo tiene.

Lo que Latinoamérica sea tampoco cabe en un concepto. Sabemos que es algo diferente de lo que fue ayer. Pero, antes que nada, debemos ser muy conscientes de que Latinoamérica será, en parte principal, lo que los latinoamericanos hagamos de ella. A cada instante sellamos nuestro destino. La suerte de Latinoamérica es la suerte del hombre latinoamericano. Nuestros extravíos serían su perdición. Nuestra consciencia su propia consistencia.

Debemos preocuparnos por calar hondo en nuestros problemas para ocuparnos con determinación superadora. Si procuramos una auténtica reflexión será filosófica, mientras que al carácter de originalidad latinoamericana lo adquirirá necesaria y naturalmente no como una limitación, sino por verdadera.

Vivimos humanamente, como sujetos, en tanto somos conscientes de lo que hacemos con nuestra vida, en cuanto somos libres para dominar nuestra acción, es decir, cuando elegimos e imprimimos un sentido a nuestros actos.

Así como lo latinoamericano vendrá por añadidura a nuestro auténtico filosofar, lo originalmente latinoamericano lo obtendremos nosotros, latinoamericanos por origen, en cuanto sujetos de nuestra historia, en tanto conscientes de lo que tenemos, de lo que queremos alcanzar y de lo que hagamos por lograrlo.

Transformar con sentido, es decir humanamente, requiere pensamiento previo, evaluación y proyecto. Por lo que es lícito suponer que los filósofos han resultado más transformadores de, lo que a veces la desesperación ante las urgencias vitales permite reconocer. Por lo que puede afirmarse también que lo que cambia sin sentido es antifilosófico, inercia.

Como ha sido sugerido en lo dicho, veo en "filosofía" una expresión multívoca. Filosofar "por oficio", "por profesión" (así, entre comillas) consiste en madurar, en radicalizar una actitud filosófica espontánea. Esta aserveración molesta menos a los oídos filosóficos cuando miramos fuera de nuestro momento. Seguramente hoy vemos a los verdugos de Sócrates, más socráticos de lo que ellos pudieron sospecharse.

La renovación, el cambio, la transformación y la supervivencia misma de un pueblo dependerán, en determinadas circunstancias, del sostenimiento vital de sus convicciones filosóficas.

Comenzamos a hacer filosofía mucho antes de escoger filosofar deliberadamente. Se puede filosofar "profesionalmente" por elección, pero no nos es dado decidir el tipo de filosofía que haremos. Los filósofos como los poetas abrevan donde su pueblo, sus sueños son los sueños de su gente; y nadie sueña con lo que no le interesa hondamente.

Estrictamente hablando no podemos liberar a otro (quizá tampoco privarlo enteramente de su libertad). Un modelo de liberación negaría su propia esencia a la libertad. A lo más que puede y debe aspirar una intención liberadora es a que existan hombres libres, interesados en elegir sus vidas.

Nada es lo que creíamos era. Y criticar es reconocer, indagar para entender lo que riesgosamente sobreentendemos. Lo que resulta liberador hoy podría convertirse en opresor mañana.

No podemos, y aunque pudiéramos no debiéramos prever los sueños de nuestros hijos, pero sí debemos anticiparnos a la pesadilla de sus vidas privadas del derecho de soñar.

La filosofía no posee un ecología propia sino que se hace cargo de las relaciones del hombre con su mundo. Pero nada es lo que era. El mundo en el que nos toca vivir es cada vez menos natural y más esa sobrenaturaleza de naturaleza tecnológica que especulaba Ortega. Las fronteras verdaderas no son las que continuamos coloreando en los mapas escolares. Y la soberanía, por tanto, también será otra cosa. Nuestras relaciones nos son cada vez más ajenas, menos humanas, más mediatizadas.

Hacia finales del siglo pasado, medio loco, vociferaba Nietzsche: "El desierto crece." Sin embargo aún no se iniciaba la gran ofensiva de devastación, la última. Por esos días también la potencia colonial ha extendido su dominio sobre el planeta. Pronto comenzará la otra industrialización, la de las imágenes y los sueños. Este dominio ya no es meramente extensivo, sino que penetra hasta el último y esencial reducto de la persona, su alma.

"La más hábil de las astucias del diablo consiste en convencernos de que no existe", decía Baudelaire. Con la satanización me parece opera una dialéctica simétricamente diabólica. ¿O no es acaso una endemoniada ironía la de los libros de Nietzsche, profeta de la muerte de Dios, convertidos en best-sellers al tiempo que no logran decirnos nada? Sus gritos son ahogados por montañas de mercancía chatarra.

Desde los años 60 también vienen siendo éxitos editoriales trabajos de denuncia sobre la función enajenante que ejercen los medios de comunicación de masas, sin embargo cada vez nos convertimos en fruidores mejor domesticados. ¿Es que creemos acaso que con el sortilegio de ponerlo nombre a un demonio basta para conjurarlo?

En los valles de las ciudades mexicanas brotan las antenas parabólicas, se multiplican como hongos. No queremos dilación para venerar lo que supuran los venéreos veneros. Infición de la que hacemos adictos precoces a nuestros hijos. La contaminación mental, desde luego, es la madre de las más lamentables subespecies contaminantes.

Von Humboldt nos ha hecho ver que toda lengua es una visión del mundo, un singular modo de valorar, concebir y conformar la inserción de nuestro ser en la realidad. Visión desde la que se afiance nuestra identidad, en la que habrá de enraizar nuestro filosofar.

En Ias escuelas mexicanas abundan alumnos disléxicos, cuyo síndrome frecuentemente acusa un b mo prematuro. Las dificultades de expresión son sintomáticas de problemas de percepción, de concepción, de adecuación.

Pero un desajuste neurótico mucho más grave es el que provocamos en nuestros hijos, que antes de su primer día de clase han sido receptores de miles de horas de televisión.

Los medios de comunicación masiva no transmiten ideología, son ideología. Ante nuestros ojos y a instancias nuestras va mutando un extraño ser, que sería sarcasmo llamar "hombre nuevo". Se trata de un esquizofrénico, cuya conformación mental no obedece a la experiencia de su realidad concreta.

Con la deplorable entrega a un fatalismo irresponsable continuamos dándonos cita en el acostumbrado lugar común del "imperialismo cultural", como si asistiésemos -y sólo en calidad de espectadores- a la puesta de otras versiones de un viejo fenómeno conocido y que, en tanto que familiar, inofensivo, neutralizado en sus efectos.

El imperialismo de la imagen electrónica no consiste en lo meramente informativo, sino que actúa como formador de mentalidad dado que se cuela hasta los estratos más elementales y profundos de la personalidad.

Más que ingenuo es temerario e inexcusable no ver que una fuerza sostenida y machacona está provocando malformaciones radicales en el momento preciso y precioso de formación y temple de un carácter, cuando el hombre en ciernes, ávido de experiencias se entrega al mundo que se le pone delante en la indefensión total. Y nosotros somos sus entregadores. Para ser padres de los herederos que queremos no basta con engendrarlos -en portugués, familiarmente, "hijo" es criança. (A la filosofía, por cierto, tampoco le alcanza para vivir la reducción al coto de los cursos escolares.)

Creo además que esa irrestricta ubicuidad de la pasiva teleparticipación mental mina, contamina y elimina el estímulo mismo del filosofar: la capacidad de asombro. El uniforme monólogo -invitado de piedra del moderno desierto sintético que avanza- acalla vocaciones originales. La filosofía muere por ayuno vital.

¿Acaso es sensato confiar en que vidas continuamente habitadas por presencias extrañas podrán ser exorcisadas mediante los silogismos de uno& cuantos pensadores de oficio -o peor aún, oficiales?

Nuestro mundo, nuestros hombres cambian aceleradamente por causas ajenas a nuestras energías y sin nuestros esfuerzos por contrarrestarlo, sino con nuestro compadrazgo;" como todo el mundo", podemos autodisculpamos complacidos. Nos están ganando la partida otra vez y ésta desde dentro de nuestros propios hogares y con nuestra entusiasta colaboración. Esta hipoteca es inconmesurable, la deuda externa una inocente parodia del "endrogamiento" insalvable al que estamos sometiendo a los que aún no nacen, nuestra eterna deuda interna, cáncer que aniquila las células y desbarata las capacidades de regeneración del tejido orgánico de nuestras culturas.

Cuando el negocio se apodera del ocio, el deporte muere, "deporte profesional" es una corrupción de la esencia de lo deportivo, una mentira más, otro robo. El deporte profesional prospera por los mismos intereses que nos quieren en calidad de meros espectadores de la vida toda montada tras la pantalla así, como espectáculo deportivo que nos deporta de lo que debe importarnos como inaplazable obligación moral: participación en la elección y construcción de nuesros destinos. Nuestro problema no merece distracción sino la más atenta concentración y compromiso.

No nos ocupamos de lo que debemos porque estamos ocupados, es decir invadidos, tomados por dentro, sacados de sí. El regocijo de apoltronarnos en calidad de espectadores nos hace cómplices de los tramoyistas. La ofensiva total que padecemos no admite blanduras sino temple, una firmeza moral que a la hora de la escuela es tarde adquirirla, sólo puede hacerse carne desde el biberón. El comportamiento cotidiano es el principal fundamento de la realidad humana concreta. Nuestros hijos lo son de nuestra sangre, de nuestra palabra, pero sobre todo de nuestros actos ejemplares.

En México cuando nos hallamos desorientados, decimos estar "norteados". Sin duda esta obcecación que nos embarga obedece a ondas que vienen del Norte. Nos encontramos extra-viados; si antes de que oscurezca totalmente no tomamos nuestro camino estaremos perdidos.

Ayer en la sesión plenaria inaugural de este Congreso se destacaba la superación antropológica que significaba el hecho de pasar a hablar de "el Hombre" a "los hombres". En la mentalidad de los medios masivos no tienen cabida uno ni otros, existen átomos de un mercado que a toda costa hay que empujar a crecer.

A propósito de "lugares comunes", comúnmente nos congregamos y mansamente aceptamos para nuestros pueblos la determinación suprema de "países subdesarrollado?. Sería algo más que ridículo pretender la superación de cualquier situación por el simple rechazo de su denominación, pero semejante rótulo antes que enrolarnos al "rollo" de un desarrollismo unívoco, me parece que debe provocarnos a la elemental tarea filosófica de llamar a las cosas por su nombre.

Subdesarrollo, abusivo término de una jerga de especialistas siervos del comercio, denuncia una deformación profesional aún mayor cuando se lo manipula despojado de la imprescindible especificación de "económico". La falta de desarrollo que se nos achaca es mistificadora por partida doble. Porque el concepto de subdesarrollo es comparativo y exige la alineación en un orden regido por quienes ordenan desde la cumbre. (Mas aquí, desde el llano, la historia inmediata deja ver otras cosas: antes que países desarrollados y subdesarrollados muestra pueblos arrollados por intereses arrolladores.) Pero básicamente porque una prepotencia pseudo científica, demasiado involucrada en prever necedades para ser capaz de proveer necesidades abusa con la extensión del término "bien económico" a cualquier porquería pergeñada bajo los avasallantes empeños de la compra-venta.

El desarrollo es histórico, el subdesarrollo también, y son correlativos en medio de un proceso durante el cual nuestra enorme abundancia de lo que elementalmente se nos ha definido como económicamente valioso, en manos de la alquimia financiera se transmuta en endeudamientos fantásticos, cargados a las espaldas de nuestros pueblos (falazmente llamados "pobres") emprobrecidos, despojados.

Las supuestas estrategias de desarrollo que se nos ofrecen en verdad son estratagemas que solapan prejuicios y pronto muestran sus perjuicios; prescripciones generales que nos proscriben de nuestros únicos desarrollos posibles y existencialmente necesarios.

Desde una idea del hombre que se ve a sí mismo cambiante y autor de su ser es congruente plantearse el desarrollo como problema vital, pero resulta aberrante aceptarlo como subordinación a cualquier proyecto ajeno. Esta dichosa y caprichosa palabra, a la esencial pregunta no revela transporte, copia sino extracción. Desarrollo nos dice en todo caso desenvolvimiento, desplegamiento, apertura y extensión de lo germinal, de lo larvado, latente, potencial que está llamado a ser. Entiendo que el único modelo de desarrollo concebible para un individuo como para un pueblo autodeterminado puede y debe ser el dictado por la vocación de su genuino genio: "llega a ser el que eres".

Nuestro subdesarrollo es complejo y paradójico, porque carencias primordiales con excesos de lo superfluo conforman la endemoniada conjugación que nos somete y deforma. La mercancía se nos adhiere como costra, desfigura y sepulta toda originalidad dejándonos idénticos a unos con otros. Junto con la escasez de lo incuestionablemente económico, un sumo consumo nos sume y consume nuestro ser y -lo que es peor- nuestras ganas de ser.

Nada es lo que era. El desierto es repetición infinita de un paisaje idéntico donde no pasa nada. Desertificación es vaciamiento, deserción es huida, abandono del lugar al que ciertamente nos debemos. El desierto crece porque descentrados, desconcertados desertamos de nuestras trincheras, de nuestros templos, de nuestros hogares, de nuestras cabezas y de nuestros corazones.

Creo que en Latinoamérica siempre hemos ejercitado la filosofía como disciplina indisolublemente consustanciada con la vida, con nuestra experiencia humana y social; el hombre en todo momento ha ocupado el centro de las meditaciones.

El filosofar ha sido cultivado entre nosotros, más que como una práctica teórica desinteresada, como la búsqueda de un saber que pueda revertirse con fines prácticos. Esto es manifiesto ya en el despuntar de la conciencia de nuestros pueblos. En del " Bello o Sarmiento, su quehacer literario político está permeado por una concepción filosófica con tales propósitos. También en la generación llamada de "los fundadores" vemos una intención claramente pedagógica, formativa, llena de interés en que la iluminación filosófica traspase las paredes de la investigación y la cátedra para encaminar a los hombres.

Creo que esto es parte esencial del más puro espíritu del filosofar latinoamericano. Y que continuaremos haciendo auténtica filosofía latinoamericana si continuamos fiel a 64 es decir, problematizando sobre la situación de nuestros hombres concretos. Situación que cambia y exige, en primer lugar, ser reconocida para afrontarla con criterio.

Las sociedades son seres vivos, en cambio, que se mueven adoptando o rechazando valores; y en el carácter de esta operación electiva entran en juego nada menos que las posibilidades de libertad. De modo semejante al individuo, toda sociedad tiene la comprometida obligación de re~ una acervo selectivo de cosas que habrán de servirle para el desarrollo de su proyecto, y en función de éste evaluadas como 'bienes".

Me parece que la premisa básica para preservarnos de que los objetos no cobren desproporciones sobre nuestra existencia debe ser aspirar a la plena consciencia de sus costos, lo que debemos dar a cambio de las ventajas que prometen, lo que efectivamente cuestan y dónde recaerá el débito. Nada es gratuito y el costo en metálico es de importancia menor para el caso, extravío "necio de confundir valor y precio", como dijera Machado. Las cosas cuestan socialmente, humanamente, y cuando quien las disfruta no es el que con responsabilidad se hace cargo, obligadamente otro padecerá su pasivo: el de al lado, el que aún no llega...

Cada cosa que tomo -o dejo de tomar- es una elección ética por la que me comprometo conmigo y con mi prójimo. Las elecciones específicamente filosóficas son también, y de un modo especial por sus posibilidades de fecundidad o esterilidad, elecciones éticas. Para elaborar una filosofía latinoamericana no alcanza con que divaguemos en este territorio. A una filosofía sin auténtica vocación de sabiduría, sin el interés de transfigurarse encarnada no le veo mayor valor que el de cualquier otra ingeniosa gimnasia.

Que la filosofía sobreviva será el síntoma de que aún estamos vivos. Pero la sobrevivencia de la filosofía, antes y más que de la adopción de una mera pose intelectual exige la prudencia de una postura ética vital sin escamoteos.

Si los griegos -o quienes se prefiera tomar por caso- han producido una elevada filosofía, un pensamiento ejemplar, no ha sido mérito solitario de sus filósofos "profesional" sino fundamentalmente del carácter de sus pueblos, sabios, cultores con su práctica vital de valores asimilados connatural y previamente por quienes los intelectualizaran pasando a la posteridad en calidad de celebrados maestros.

En vez de inquietarnos en la búsqueda del ser de una filosofía latinoamericana debemos ocuparnos de que se filosofe, es decir, estimular y garantizar las condiciones para una reflexión seria. La filosofía latinoamericana existirá mientras los latinoamericanos de filosofar nos ocupemos, y esto debe pre-ocuparnos: la amenaza de que entre nosotros la filosofía muera por inanición, por enrarecimiento del clima necesario para su nutrición y regeneración en nuestro sustrato vital.

Filosofar, problematizar, conocer con vistas a promover formas de vida más inteligentes y libres es labor que debemos re~ de modo urgente en América Latina, es impostergable tarea que manda el día. la búsqueda de principios morales superadores a los establecidos por la costumbre siempre ha constituido el principal impulso al verdadero progreso de una sociedad.

Como más o menos dijera ayer -si bien con otra intención- Marcelo Dascal en la sesión plenaria, la devastación de nuestras selvas "no es más que un detalle", miserable indicio de un arrasamiento feroz como jamás se vio. Nada es lo que era. Cuando el alma deserta, aunque parezcamos sobrevivientes habremos sido ganados por el vacío y el frío. "El desierto crece. Desdichado quien siembra desiertos." No estamos vendiendo el alma al diablo, se la regalamos...

Es imperioso continuar filosofándo a través de la brecha abierta por nuestros mayores y con su espíritu, con la entrega necesaria para que nuestras preocupaciones éticas se materialicen en indeclinable firmeza política. Nuestra actitud filosófica debe cuajar en actos. Nuestros actos deben convocar a la aventura filosófica. Necesitamos una filosofía de verdad, una filosofía viva que, no lo olvidemos, es la búsqueda de vivir sabiamente.

Rechazar lo que no queremos es buen inicio para una definición. No basta con individualizar al enemigo, es menester combatirlo sin tregua, y la mejor forma de comenzar a matarlo es con la paciente indiferencia. Debemos resistir, tomar distancia y repudiar lo que estorba, somete y posterga nuestra primigenio promesa de ser. Cerremos los postigos al espejismo postrante de esa maléfica ventana fosforescente, que una existencia auténtica nos demanda, por única vez en directo ¡y en vivo!

Para concluir, una anécdota con moraleja (por la que pido disculpas). Chicos y grandes tomados de la mano y boquiabiertos lo esperábamos del ciclo. El 12 de octubre, como largamente nos lo habían prometido los augures, llegó Batman a México -"y simultáneo?. Su negra figura sobrevuela nuestra América y, propiamente, no nos asombra, nos ensombrece.

Dicen que es el hombre murciélago, para mí que es otro vampiro que viene a chuparnos el seso.


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