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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1990

ÁNGEL CALDERÓN DE LA BARCA, DIPLOMÁTICO ESPAÑOL (1790-1861). NOTAS BIOGRÁFICAS

Author: Raúl Figueroa[Nota 1]


Era un hombre preparado, conocía el francés, el inglés y el alemán. Ingresó en el Ministerio de Estado en 1819 como agregado de Archivo. En 1820 pasó como secretario segundo a la Legación de España en Rusia, regresó a España en 1824, y después de largos trámites, fue "purificado" pues no se había separado de su cargo diplomático durante el trienio liberal, sino hasta el momento en que a consecuencia de¡ Congreso de Verona fue despedida de Rusia la Legación de España. Se reincorporó al ministerio en 1824; en este año aún no concluido su expediente de purificación y por recomendación de don Francisco de Zea Bermúdez, actuó corno agregado diplomático en Londres y a partir de esta fecha hasta 1835, siguió todos los grados del escalafón.[Nota 1]

No es la personalidad de don Ángel Calderón de la Barca de ésas que desde un principio atraen, como la del brillante diplomático don Salvador Bermúdez de Castro, ministro de Espada en México de 1845 a 1847; tampoco es el hombre práctico plenamente inmerso en la transformación burguesa de la sociedad ochocentista como sería el caso de don Pedro Pascual de Oliver, también ministro de España en nuestro país de 1841 a 1845. No, Calderón es un hombre lleno de prejuicios, de añagazas, se refiere a los políticos norteamericanos con desprecio: "estos republicanos...". [Nota 2] Había en términos virulentos de la facción extrema del Partido Demócrata, seguidores del expansionista senador Lewis Cass, los llamados "locofocos", partidarios aunque parezca un tanto paradójico- de la revolución francesa de 1848 y de la absorción de todo México. [Nota 3]

A través del estudio de su correspondencia tanto de la generada como ministro en México entre 1839 y 1841, como la que analizamos más detalladamente siendo ministro en los Estados Unidos de 1844 a 1848, podemos espigar el mundo de ideas en que se movía Ángel Calderón de la Barca.

Resulta muy significativo el hecho de que se negase a jurar en 1836, la Constitución de 1812.

V.E. [José María Calatraval me comunica, en su citado oficio, el decreto de S.M. mandando se observe la Constitución de 1812 interín la nación reunida en Cortes decide cuál es la forma de gobierno que más le conviene; me manda quejurey hagajurar dicha Constitución a los empleados y súbditos de S.M. en estos Estados y me ordena que, para inspirar confianza, asegure que esta grave medida en nada alterará, sino por el contrario consolidará las amistosas relaciones que subsisten entre España y la Unión.

Para cumplir con la primera parte de esta disposición pasé, sin demora, a los cónsules y a mis subalternos el competente aviso. Adjuntos remitiré a V.E. las contestaciones que de ellos reciba.

En desempeño del segundo cargo dirigí a este Gobierno una nota a la que aún no he tenido respuesta. Si me la dan antes de la salida del paquete irá también inclusa.

En cuanto a producir la persuasión que se desea, confieso que el empeño excede a mi capacidad, y en mi sentir, a otras más superiores. Los hombres de Estado con quienes he hablado acerca de esta materia opinan que aquel código redactado en circunstancias especiales y para ellas, no es en manera alguna aplicable a la práctica y que además de ésta y otras nulidades, adolece de la esencialísima de ser el mayor obstáculo al establecimiento de la libertad misma que, por su medio, se pretende cimentar. Los que no son afectos esperan que sólo habrá sido aceptado como punto de momentáneo apoyo, y desean que las Cortes le reemplacen con una ley fundamental adaptada a los antecedentes, estado actual y necesidades de la mayoría del desventurado pueblo español.

Tales son igualmente mis opiniones, mis esperanzas y mis deseos; tales también imagino que serán los sentimientos de un ministro que, como V.E. goza del concepto general del patriotismo e ilustración y mi íntimo es mi convencimiento Excmo. Sr., y poderosa la voz de la conciencia que me impele a expresarlo cuando, al hacerlos así no se me oculta que me expongo a perder el fruto de largos, laboriosos y honrados servicios, yo que carezco de bienes de fortuna y no soy ya joven.

Después de lo que acabo de verme precisado a escribir ningún valor tendría mi juramento. Sería considerado por V.E. y con razón, como una sacrílega hipocresía para conservar mi destino. Sería un acto superfluo y aun anacronismo; porque cuando llegue a sus manos este despacho ya habrá sido y estará muy próximo a ser sancionado un nuevo y más adecuado sistema. Si tal fuese la gloria reservada al Ministerio que V.E. preside nada por cierto me lisonjearía más que el merecer ser asociado de ella.[Nota 4]

En consonancia con sus ideas es separado de la representanción que tenía en los Estados Unidos el 14 de mayo de 1837; pocos meses después jura la Constitución de 1837 "obra de los progresistas templados",[Nota 5] a juicio de Francisco Cánovas Sánchez.[Nota 6] En 1844, al ser nombrado por segunda vez ministro de España en los Estados Unidos, en comunicación enviada en el transcurso del viaje a su destino y remitida desde París al muy conservador marqués de Viluma explaya su conducta en aquella ocasión: "Neguéme a reconocer el funestísimo atentado de la Granja y fui separado de mi destino y despojado de las condecoraciones que habfa debido a la merced del Sr. don Fernando VII; y son las únicas que aún llevo y he obtenido."[Nota 7]

Es pues, sin duda, un hombre conservador. Estudiando actos como el citado y sus opiniones, a fuerza de esquematizar un poco lo hemos considerado un "conservador isabelino". Don Vicente Palacio Atard elucida las distintas facciones dentro del Partido Moderado, pues estas "significan una tendencia de espectro bastante amplio, en la que cabe una variedad de grupos no siempre bien avenidos entre sí".[Nota 8] Si nos remitirnos a la clasificación que de las diferentes facciones del Partido Moderado realizó Cánovas Sánchez, se le puede considerar como un miembro, si bien no de primera fila de la tendencia centrista del partido.[Nota 9] Por otra parte, el mismo Cánovas Sánchez al estudiar los distintos subgrupos en sus bases sociales, precisa muy bien el pa poi del fu ncionario "inserto en u n sistema racionalizado y jerarquizado, que exige trabajos minuciosos, objetivos y documentados"; en este subgrupo cabe perfectamente Calderón de la Barca.[Nota 10] Don José María Jover al estudiar los distintos segmentos de la sociedad isabelina, se detiene para hacer un análisis del funcionario en el estrato superior y realiza un cuadro que retrata cabalmente a Calderón de la Barca.

Por lo demás, ni la oratoria brillante ni la habilidad periodística necesarias al político para concitarse el favor de la opinión pública serán exigidas al burócrata, por elevada que sea su jerarquía; la prevalencia de la minuciosidad sobre la brillantez retórica en un procedimiento tradicionalmente escrito, no público y montado sobre el engranaje de una estructura jerarquizada, es tan característica del funcionario isabelino como lo fuera del clásico consejero de Castilla o del ministro de Audiencia en el Antiguo Régimen.11[Nota 11]

Ahora pasemos a referirnos a la misión de Calderón de la Barca en México, de 1839 a 1841. Aun cuando fue el primer ministro acreditado formalmente ante nuestro gobierno, se resiste a aceptar la independencia de México de España y ve en ella toda la causa de sus desgracias. Comenta con mucho desprecio las sencillas, casi pueblerinas fiestas del aniversario de la independencia en 1840 en la ciudad de México: el grupo le parecía "una procesión de aldea". Aprovecha una indisposición física para no acudir y afirma que el próximo año no piensa asistir alegando parecidas razones, "porque creo que sería una inútil hipocresía autorizar con mi presencia una fiesta llena de recuerdos de sangre y consagrada a celebrar un hecho que no podemos aprobar".[Nota 12] Se comprende que le duela mucho el hecho de que la posición, los intereses, el comercio, la importancia en suma, no sólo económica sino también política de España sobre México haya menguado grandemente en los últimos años.

A pour del estado de penuria en que vive su país, su posición como ministro de España en México le obliga a realizar gastos excesivos. La situación le molesta; por eso, no es de extrañar que envidie los grandes medios económicos de que disponen Im representantes de Inglaterra y de Francia. Especialmente el primero, que contaba con un sueldo de 47,000 pesos, además de un correo extraordinario destinado con 6,000 duros de salario, para traerle y llevarle la correspondencia. Esa posición y los frecuentes banquetes que ofrecía -a juicio de Calderón de la Barca- le hablan granjeado a Richard Pakenham el afecto y la estimación de las autoridades de México. Tenía franca entrada en los ministerios, "se hacía despachar prontamente y adquiere sin dificultad las noticias que le convienen . [Nota 13]

Si por una parte, España empobrecida, con dificultades le proveía de fondos, que constantemente le recomendaba economizar,[Nota 14] por la otra algunos habitantes de México pensaban que debía llevar el tren de vida de un virrey.

Empeñáronse en que un primer ministro de España, recibido como yo lo fui traía el sueldo de un virrey, ypor más que pedía con instancia la economía, mis primeros gastos no dirigidos por mí, ascendieron enormemente. Fue preciso sin embargo devolver los muchos obsequios recibidos, celebrar debidamente con una fiesta los primeros días de cumpleaños de nuestra Augusta Reina y abrir mi casa. V.E. [Joaquín María Ferrer] que ha estado en estos países sabe que en ellos la hospitalidad es dispendiosa y casi costumbre nacional. Creía que mi misión requería estos dispendios para formar como se me mandaba, relaciones de familia y obtener la reconciliación y amalgamación que era mi anhelo al par que mi encargo restablecer, y a la que creo poder lisonjearme de haber contribuido.[Nota 15]

Evoca las expulsiones de los españoles en 1827 y en 1833, pero calla las causas que las ocasionaron. Juzga a don Valentín Gómez Farías el principal instigador de las graves medidas contra los peninsulares. Lanza los más duros ataques contra don Valentín a quien califica como "demagogo, demócrata furibundo en su lenguaje y tirano execrable en todos sus actos... En 1833 persiguió como a judíos a los españoles y funda gran parte de su popularidad en su encono contra ellos".16[Nota 16]

Hombre lleno de nostalgias por los tiempos idos, consideraba que México bajo el dominio de España estuvo regido por leyes protectoras y benéficas, que en el tiempo en que ejercía su misión o habían sido abolidas o caído en el desuso, otras habían sido sustituidas por uno de los males de este país, la lucha de los partidos "que después de su prematura emancipación te han despedazado".[Nota 17]

Insistimos, tiene su esfera mental puesta en el pasado: las leyes de la Nueva España, la protección paternalista dispensada por éstas a los indios. Sin embargo en otras comunicaciones reconoce lo inevitable de la emancipación. Así se refiere no sólo a México sino a toda la América española. "Independiente ya y reconocida como tal por la madre patria, sólo le resta para completar su destino el establecer el orden y el unirse tan sinceramente a España como España se une a ella."[Nota 18]

Al hablar del daño que han sufrido los españoles residentes en México a consecuencia de la política de las logias masónicas, comenta que la logia escocesa, "la establecieron los oficiales del general O'Donojú que trajeron consigo esta pestilencia". [Nota 19]

En comunicación al ministro de Estado, dándole cuenta de los aciagos días por los que pasaba México, no duda en calificar el sistema de caudillos como una "anarquía militar". Considera a este país tan desorganizado, poco propicio para la emigración de los españoles, que propone se les disuada de la idea de poder adquirir, "como en tiempos más felices" inmensas riquezas, pues sólo encontrarían disgustos e incertidumbres. "No es aún llegado el tiempo en que estos países puedan ofrecer un asilo tranquilo al europeo; y es de temer que si siguen destrozándose así, retrocederán a su primitiva barbarie."[Nota 20]

En julio de 1840, presenció Calderón de la Barca uno de los típicos cuartelazos tan comunes en México en la primera mitad del siglo XIX, únicamente que en esta ocasión pudo ser sometido por el ejército leal al gobierno establecido. Para conocer sus ideas nos interesan las reflexiones que realiza una vez terminado este episodio. Considera al pueblo mexicano como expectante ante los hechos que le ha tocado presenciar "ni aun en el semblante deja entrever la más ligera opinión ni en favor ni en contra". No critica esa actitud pero le parece absurda "la idea de llamar república a un país donde el pueblo ninguna parte ni interés toma en la cosa pública". Llama la atención por otra parte sobre la facilidad con que abandonaban sus puestos "las autoridades llamadas republicanas". Las causas de este abatimiento, de esta anarquía es el "funesto y desmoralizador efecto de la democracia, cuyos dos caracteres distintos son aquí como en los decantados Estados Unidos: la envidia y el implacable espíritu de partido".[Nota 21]

Por el tono injurioso que siempre le atribuye al concepto de democracia, cabe preguntarse, ¿qué es para Calderón de la Barca esta categoría política, sobre todo cuando la emplea refiriéndose a los grupos de los Estados Unidos? Aparte del testimonio citado, veía la democracia norteamericana asimilándola con la forma de gobierno republicana; con el sufragio universal, con los actos tumultuarios y manifestaciones populares; con el sistema federal, en fin con todo lo que jamás un conservador español deseaba para su país.

Por mucho que un historiador no comparta las ideas de los hombres y sus actitudes que el estudio del pasado conlleva, no debe ahorrarse el esfuerzo de intentar al menos su comprensión. En el caso de Calderón de la Barca no es tan difícil explicarlo: era un criollo, había nacido en Buenos Aires, en 1790, donde contribuyó a la defensa de este puerto contra la invasión de los ingleses en 1806. Se traslada a la península y durante la guerra de la independencia española, cayó prisionero de los franceses. Adoptó como patria la que había sido la de sus padres. Tal vez por haber luchado contra la invasión francesa, por vivir la emancipación hispanoamericana, --la tierra donde había nacido-, la descalificación internacional que para Espada supuso el Congreso de Viena, el avance imparable de otras naciones europeas y de los jóvenes Estados Unidos crearon en su ánimo un sentimiento patriótico, de un nacionalismo doliente y exasperado ante la pérdida del imperio colonial que sufrió España y que él presenció y vivió en carne propia.

Cuando iniciamos el estudio de su correpondencia, las características de la misma nos producían cierta desesperación. A menudo confuso en sus despachos, mezcla temas, carece con frecuencia de enlace paragrafal, agrega apostillas. Tal vez ya era un hombre cansado. ¡Cómo contrasta con el estilo y las formas de Bemúdez de Castro! Éste era un modelo de orden en su correspondencia, de una inteligencia nada común, muy dotado para la intriga, ante las formas amables y burocráticas de Calderón de la Barca. Era hasta cierto punto natural: hacia 1846 don Ángel contaba con 56 años, había sufrido muchos desengaños, habfa sido tratado sin consideración por la administración esparterista. En cambio Bermúdez de Castro era un ejemplar de esa "juventud dorada", semillero de los moderados. Contaba en 1846 con escasos 29 arios, era protegido del general Narváez, tenía grandes contactos en Madrid. Calderón de la Barca en cambio era un hombre que, a base de años y de esfuerzos, habfa ascendido lentamente todo el escalafón de la carrera diplomática. Posee una cierta inercia. Con frecuencia excede su prudencia, ante decisiones importantes se muestra lleno de dudas. En más de una ocasión recibe amables reconvenciones del Ministerio de Estado de Madrid.

Su actitud ante la administración Polk es a la vez tímida e, impresionable. En otras ocasiones sale a la luz herido su orgullo hispánico ante el expansionismo angloamericano. Mezcla amor, desprecio, indignación ante los destinos del "malhadado México", "nuestros hermanos".

Calderón de la Barca es un hombre bondadoso, un tanto ingenuo, fácil presa de la malevolencia angloamericana que en cierta forma lo utilizó de la manera más cínica. Veamos, si no, los duros juicios que el encargado de negocios interino, Thomas Caute Reynolds -que no ministro como anota Frank Sanders-[Nota 22] de los Estados Unidos en España, emitía en 1847 sobre don Ángel, contribuyendo a la patraña de su supuesta destitución como ministro de España en México en 1841.

Sin atender al manifiesto interés de España de cultivar relaciones amistosas con esa anarquía orgánica [México], ni a la política de su gobierno en atraer a la antigua colonia hacia un trato cordial, sirvió [Calderón de la Barcal tan concienzuda y activamente al ministro británico [Pakenham], actuando como instrumento de sus intrigas, que México exigió su destitución. Había sido cogido en un doble juego, y aunque era un enredador consumado y muy apto para el engaño, se pensó que no ejercitaría estos talentos, que podrían ser útiles para Inglaterra para dañarla. [Nota 23]

Quien con tan duros términos se expresaba así de Calderón de la Barca y de México, tenía pleno conocimiento que la gestión que realizaba por aquellos días don Angel en Washington contaba con todo el beneplácito del secretario de Estado James Buchanan, quien a través del propio Reynolds habfa expresado dos meses antes que sentiría mucho que el gobierno de España trasladase a Calderón a Madrid para ocupar el cargo de senador del reino.[Nota 24] Incluso el presidente Polk se refiere a Calderón de la Barca como "un caballero simpático".[Nota 25] Y cómo no le iba a resultar "simpático" un diplomático español, cuya culta esposa escocesa daba lustre y brillo a los círculos de Washington. Por otra parte, no dudamos de la caballerosidad y buenas maneras de don Ángel. Buchanan se habría inquietado si Calderón al recibir la distinción de senador del reino, hubiese tenido que partir a Madrid. Por eso comisionaba al poco discreto Reynolds para que mediase sus buenos oficios en Madrid. La administración Polk estaba feliz de que España tuviese en Washington una representación inocua.

En otro orden de cosas sobre la misión de Calderón de la Barca en los Estados Unidos, merece destacarse el hecho de haber sido considerado, dentro de los diplomáticos que hasta esa época habían representado a España en Washington, corno el primer "hombre de letras", predecesor de insignes literatos como Gabriel García de Tassara y Juan Valera. [Nota 26]

La actitud de Calderón de la Barca ante la invasión filibustera de Narciso López contra Cuba le valió la calificación de impasibley apático en las Cortes Españolas, nada menos por parte de Salvador Bermúdez de Castro el 4 de enero de 185 1. Este último declaraba haber examinado la correspondencia de Calderón de la Barca con la secretaría de Estado norteamericana.

Yo he examinado esa triste correspondencia; yo he visto perderse mucho tiempo antes de empezarse las reclamaciones, y entablarse en tono tal, tan modesto, tan indiferente, tan humilde, como si no se tratase de la agresión más injustificable de los intereses más vitales de una nación. Yo he buscado en vano las notas apremiantes, llenas de razón y de energía, que debió escribir el Ministro de la Reina en Washington cuando eran más públicos y formidables los preparativos de la expedición; yo no he encontrado otra cosa que protestas tímidas o el más injustificable silencio. Cuando del Norte al Oeste no se habla más que de este negocio; cuando era el tema diario de los periódicos de los Estados Unidos, pasaban días y semanas, y meses, señores sin que en nombre del derecho de gentes, de la buena fe de las naciones, del texto y del espíritu de los tratados, se exigiese la disolución de esas cuadrillas de piratas que se aprestaban a invadir a Cuba y a despojarnos de nuestro territorio. El Sr. Ministro de Estado se cruzaba de brazos, y el representante en Washington de su política, obedeciendo, como era natural, sus instrucciones, acomodaba a este sistema su conducta. [Nota 27]

Tomando en cuenta estas características personales e ideológicas del ministro de Espada en Washington durante la guerra entre Estados Unidos y México, podemos llegar a la conclusión que si bien es insostenible como afirmó Carlos Rama que "actuó siempre en forma hostil a la república de México", [Nota 28] su actitud se acerca más bien a una cierta conmiseración; constantemente encontramos en sus despachos la expresión "el malhadado México". Le duelen las desventuras por las qué pasa ese país, por más que la impotencia de España por realizar algo positivo en el caso lo ofusque, lo exaspere.

Al estudiar, la actitud de España durante la guerra entre México y los Estados Unidos, tanto a través de los informes de Calderón de la Barca como en los de los diversos diplomáticos españoles, no nos interesó tanto relatar y recomponer con ellos las batallas, los avances de las fuerzas angloamericanas en México, aunque estudiando una guerra nos tengamos que servir de ello, sino destacar con mayor insistencia las opiniones emitidas por los representantes de España acerca de las repúblicas en pugna.

La redacción de Calderón es mediocre, a veces pésima. Quizás su larga permanencia en Washington y el hecho de que su esposa fuera anglófona habían producido una mezcla en su lenguaje. Los anglicismos en él son constantes: en lugar del término "documentos oficiales" utiliza el de "papeles públicos". A veces el lenguaje utilizado se presta a confusiones, como es el caso del término "papeles" que utiliza en lugar de periódicos. Si Buchanan, decía que el ministro de los Estados Unidos en Madrid, Romulus M. Saunders, "asesinaba" la lengua inglesa, otro tanto podría decirse de Calderón de la Barca respecto al castellano.

Don Ángel permaneció en Washington como ministro de España hasta agosto de 1853. Fue llamado por el ministerio del general Francisco Lersundi para ocupar el cargo de ministro de Estado. Con poco entusiasmo, pues no le eran ajenas las dificultades políticas por las que atravesaban los moderados, se traslada, siempre junto con su esposa Fanny Calderón a Madrid. Al llegar a esta capital ya había caído el ministerio Lersundi y el nuevo presidente del Consejo de Ministros, José Luis Sartorius, conde de San Luis, ratificó el nombramiento. Meses más tarde, Calderón de la Barca será honrado con el título de senador vitalicio. [Nota 29]

La revolución de julio de 1854 lo obliga a dimitir y a refugiarse en las legaciones de Austria y Dinamarca. Disfrazado cruza la frontera francesa, poco después lo sigue la señora Calderón. Dos años más tarde, durante el llamado "bienio moderado", Calderón de la Barca exhibe su larga hoja de servicios ante el Ministerio de Estado para gestionar y obtener su pensión como ex-ministro. Este ingreso, aunado al cargo de senador permiten a los Calderón de la Barca vivir con tranquilidad en una quinta-casa que construyen en Zarauz, en la costa del País Vasco. Don Angel fallece en San Sebastián el 31 de mayo de 1861. Su esposa, quien sería la institutriz de la Infanta Isabel y en 1876 recibiría de Alfonso XII el título de marquesa de Calderón de la Barca, murió en el Palacio Real de Madrid el 6 de febrero de 1882.[Nota 30]

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