©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1990

DIEZ AÑOS QUE APACIGUARON AL MUNDO

Author: Julián Meza[Nota 1]


Somos hijos del tiempo y el tiempo es esperanza.

Octavio Paz

I

Hay décadas que estremecen al mundo. Hay otras que no lo sacuden, pero lo cambian. La revuelta estudiantil de los años 60 fue una onda expansiva que propagó ilusiones anticonsumistas y antiautoritarias en Occidente, antisoviéticas en Europa central y democratizadoras o socializantes en América Latina. Algunas de estas ilusiones parecían tan próximas a volverse realidad que gobernantes autoritarios y aun democráticos se prepararon para la guerra, o hicieron la guerra. Los ejércitos del Pacto de Varsovia entraron a saco en Praga y el gobierno mexicano asesinó estudiantes. La Guardia Nacional disparó en la Universidad de Kent y el mismo De Gaulle pasó revista a sus tanques.

A la vuelta de la década cesó esa agitación y sobrevino el desaliento, o la desesperación. Los años 70 fueron de ilusiones perdidas y de intolerancia: nihilismo y terrorismo. Los disidentes rusos destaparon el basurero de la historia oficial soviética e hicieron notar la presencia de grandes nubarrones en el porvenir radiante. En algunos casos la incertidumbre así surgida acarreó la apatía, el conformismo. En otros casos derivó en la recuperación de la idea de conformismo. En otros casos derivó en la recuperación de la idea de democracia como proceso, siempre susceptible de perfección, pese a la inestabilidad económica provocada en parte por la crisis energética. El marxismo dejó de ser moda en Europa y sólo sobrevivió la violencia minoritaria de la Banda de Bader, el IRA, la ETA y las Brigadas Rojas. Para Europa occidental fue la clausura de la lucha final. En América Latina se inició un recorrido en sentido contrario: los marxistas se armaron de creencias e ideologizaron las universidades, la prensa, el sexo. Los integristas de Oriente, Oriente Medio, África, América Latina pasaron a la ofensiva, pusieron bombas e instauraron o abrieron el camino a gobiernos militares. En medio de esta confusión planetaria llegaron los años 80.

La década que ha terminado se abrió brecha presa del torbellino: intervención rusa en Afganistán, nacimiento de Solidarnosc en Polonia, endurecimiento del gobierno sandinista en Nicaragua, primera ofensiva final en El Salvador, presencia miltar cubana en Angola y Etiopía, control vietnamita de Camboya, profundización de la crisis económica, recalentamiento de la guerra fría, auge de los verdes en Europa occidental, triunfos de los socialistas y parcial abandono de la crítica (debido quizá a que los intelectuales anularon la distancia que los separaba del Príncipe) en Francia y en España, retorno a la democracia en América del Sur, devaluación, nacionalización de la banca y reforma electoral en México.

En sus comienzos los años 80 parecen una prolongación de la década anterior, pero hacia 1985 empiezan a producirse acontecimientos que tal vez constituyen el principio del fin de una postguerra que ha durado casi medio siglo.

Mijaíl Gorbachov provoca un vuelco decisivo en la rutina del totalítarsmo y de la guerra fría con el lanzamiento de la perestroika. Al principo casi nadie da crédito a lo que lee o a lo que oye, y se arma la desconfianza: patrañas, se dice. Aun cuando cree que las insituciones totalitarias se derrumbarán, todavía en 1987 Kolakowski duda de que Gorbachov pueda cambiar el sistema soviético y piensa que la perestroika es sólo para impresionar a la crédula opinón pública occidental. Poco a poco, sin embargo, los acontecimentos en la URSS empiezan a ser dignos de atención y aun de crédito. No sin resistencias se producen ahí cambios que, pocos años antes, habrían sido impensables. La vieja guardia es desplazada; Gromyko jubilado. La necesidad de transparencia informativa o glasnost, decidida desde arriba, empieza a tener numerosos adeptos, sobre todo entre escritores, artistas y periodistas, pese a los obstáculos de la burocracia. Gorbachov imprime un giro a la política exterior y da los primeros pasos hacia lo que podría ser la era del desarme. Ciertamente, todas estas reformas no se producen sin su contraparte burocrática, económica, étnica y social, pero aún es demasiado pronto para vislumbrar cuáles serán sus alcances y sus límites.

A las reformas en la URSS han seguido otros cambios, no menos notables y pacíficos, en Polonia, Hungría, Bulgaria, la RDA, Checoslovaquia y, con su dosis de violencia, Rumania. Sería erróneo pensar que estos cambios son el efecto mecánico de la perestroika, pues en cada uno de estos países hay una historia que los posibilita; pero tampoco se puede pensar que habrían sido factibles en el contexto totalitario que prevalecía hasta la llegada de Gorbachov al poder.

Las transformaciones en la URSS y en Europa central han sido percibidas de diferentes maneras en Europa occidental, Norteamérica y México. Para algunos observadores es preciso no ser demasiado crédulos, pues no es posible saber ni lo que hay detrás de todo esto ni que son irreversibles, como lo demuestran las pasadas experencias en Hungría, Polonia, Checoslovaquia y aun en la propia URSS (en tiempos de Jruschov). Para otros observadores es preciso, en cambio, apoyar desde Occidente los cambios en Europa central y del Este. ideológicamente hay, como de costumbre, dos posiciones: la de quienes creen que cuanto ahí ocurre es la puesta en marcha del verdadero socialismo, y la de quienes ven, en cambio, el triunfo del capitalismo. Curiosamente, de esta segunda postura participan algunos anticomunistas y comunistas como Castro.

Lo que ocurre en la URSS es tal vez un proceso inédito en la historia de las sociedades modernas, que no puede ser medido con la vieja vara del liberalismo, con las pesas y medidas del leninismo o con los parámetros de una sociedad que, como la mexicana, está tan necesitada de reformas como la soviética.

II

Aun cuando nada definitivo se ha producido en el interior del vasto espacio en donde Mijaíl Gorbachov ha puesto en marcha la perestroika, la era del mundo dividido en dos bloques políticos antagónicos parece encaminarse a su fin.

No se ha producido nada definitivo porque la perestroika apenas se inicia y nadie puede asegurar que se trata de un proceso irreversible. Tanto en la URSS como en los países de Europa central, donde la nueva política del Kremlin posibilita procesos inéditos de democracia, hay numerosos intereses creados que se oponen al proceso y es demasiado pronto para pensar que serán fácilmente abolidos.

Además de estas burocracias políticas y miltares que no quieren perder sus privilegios, se oponen a la perestroika los altos mandos de las regiones menos occidentales de la URSS y los satélites que han perdido su órbita marxista-leninista: Cuba y Albanía.

Fuera de este universo, China inició, antes que la URSS, un proceso que, desde otra perspectiva, también parecía orientado a dejar atrás la antigua división geopolítica del mundo. Pero a diferencia de los comportamientos políticos, en China los cambios parecen orientados a cambiar únicamente los criterios económicos. Así, en la URSS la perestroika sólo producirá hechos definitivos cuando las reformas se apliquen a la economía; y en China cuando también abarquen la política, cosa por ahora remota dados los sangrientos episodios de Tiananmen y sus terribles consecuencias.

¿Qué decidirá el resultado de estos procesos?

Sólo a un loco podría ocurrírsele que el desenlace depende de las masas, del proletariado, de los campesinos, de la pequeña burguesía o de alguna otra histórica multitud.

Pero el provenir ahí tampoco será obra de los intelectuales, de la burocracia, de los militares o, menos aún, de míticas posiciones de derecha o de izquierda, pues no están en juego ni el socialismo ni el capitalismo.

De manera análoga a como ocurre en Occidente, el resultado dependerá del grupo que, desarmado de creencias, triunfe sobre sus rivales, pues la era de las ideologías ha pasado a la historia.

En el mundo de hoy las ideologías ya no cuentan. Sólo prevalecen los intereses particulares de individuos y de grupos de individuos que tienen el poder o aspiran a tener el poder político y económico mediante recursos tanto lícitos como ilícitos. Los individuos con inciativa forman pandillas que se hacen del poder y desde éste actúan como mafias.

Hay, sin embargo, de mafias a mafias. Y algunas resultan menos infames que otras. Las más favorables a los hombres son la que menos se oponen a éstos como personas y como individuos que integran sociedades. Son las que, pese a todos sus errores, respetan los derechos del hombre, las que no atentan contra las obras del espíritu, las que se comportan más democráticamente en economía y en política.

Son también aquéllas que legítimamente han alcanzado el poder mediante procesos electorales irreprochables (pese a que hoy el abstencionismo es arrollador en casi todo el mundo), aunque en ocasiones no quieren abandonarlo so pretexto de que son las únicas capaces de gobernar las sociedades actuales. Y esto aun cuando su actuación como gobernantes se reduzca al cobro incrementado de impuestos y al derroche.

También tienen el poder las mafias que, al filo de la democracia, lo han conquistado con trampas descaradas o enmascaradas y, en consecuencia, su actuación como gobernantes es por lo menos cuestionable. Éste es el caso de algunos gobiernos latinoamericanos.

Pero también tienen el poder y lo ejercen arrolladoramente los grupos de narcotraficantes que, en numerosos países y a escala internacional, gozan de protección bancaria, política, jurídica y policíaca.

Todo esto nos habla por lo tanto de la existencia de sociedades, por lo menos, injustas.

III

Si algo explica guerras y conquistas, resistencias e insumisiones no es la lucha por el progreso ni la defensa de la tradición. Primitivas o modernas, pacíficas o violentas, las sociedades siempre han buscado seguridad. El miedo a la inseguridad explica, aun cuando no sea en forma exhaustiva, conflictos bélicos y rebeliones.

El control de un territorio es para el hombre primitivo su manera de vivir a salvo. Esparta persigue la misma seguridad que Atenas; la meta es la misma para Roma, los bárbaros y los primeros cristianos (no para el Cristo que, al igual que Sócrates, vive una ética imposible para los demás).

La inseguridad es el primer enemigo de los hombres cuando el feudo es su universo. Desde el Renacimiento hasta nuestros días el blanco de todas las sociedades es la seguridad. O más explícitamente: la propia seguridad -,casi siempre lograda a expensas de la inseguridad ajena. La defensa de la revolución francesa se convierte en inseguridad para el resto de Europa, en particular durante las guerras napoleónicas. La seguridad para los bolcheviques es el terror para numerosas sociedades. Pero también ocurre que la propia inseguridad ceda el paso al horror cuando se considera una amenaza la seguridad ajena. La inseguridad alemana desencadena la Segunda Guerra Mundial. Las cacerías de brujas del Santo Oficio, de los comunsitas y de McCarthy son consecuencia de sus propias inseguridades.

En todos los casos la búsqueda de la seguridad es análoga. Difiere, ciertamente, según se trate de una polis o de un imperio, pero su valor intrínseco es siempre el mismo. Algo semejante ocurre con las satisfacciones y las comodidades.

Desde el punto de vista propio de cada época y, más aún, de cada sociedad se puede cuestionar la validez de los recursos empleados por los otros para alcanzar su propia seguridad, su satisfacción y su comodidad, pero esto no anula el valor intrínseco de su búsqueda. Más cuestionables son, en cambio, los resultados. ¿En qué desembocó la búsqueda de la seguridad emprendida por Esparta, Roma, Constantinopla, Londres, Moscú o Berlín? ¿Vivieron con mayor seguridad, satisfacción y comodidad sus descendientes? Y, a la vuelta de los siglos, ¿son seguras, satisfactorias y cómodas las sociedades de hoy?

Aunque hay guerras parecen haber disminuido en los últimos tiempos, prevalece la inseguridad entre sociedades y, sobre todo, en el interior de cada sociedad. El Oriente Medio sigue siendo el mayor exponente de inseguridad territorial, pero numerosas regiones de Asia, África y América latina no le van a la zaga.

La inseguridad interior no es exclusiva de Líbano, Irlanda, la URRS y aun España. Además del terrorismo, los nacionalismos y la violencia social, la inseguridad ciudadana que convierte en ghettos los barrios de los más y aun de los menos cómodos y satisgfechos ciudadanos es el denominador común, tanto de ls sociedades pobres como de las sociedades ricas. ciertamente, se puede afirmar que la inseguridad difiere de una sociedad a otra, pero este tipo de comparación es improcedente, pues a los habitantes de Londres o de París no les importa que la inseguridad sea mayor en México o en Río de Janeiro. La realidad, para ellos, es que sus ciudadess son inseguras. Además, no son necesariamente las ciudades de las sociedades pobres las más inseguras. Nueva York y Washington anularían cualquier generalización en este sentido.

Resulta difícil negar que la inseguridad es la cosa más compartida del mundo. El temor a los atracos, las violaciones y los homicidios del ya no son exclusivos de la noche en Calcuta, Madrid, Kenia, Los Ángeles o Bogotá.

Menos compartida que la inseguridad podría parecer la insatisfacción. No es así. En las sociedades pobres es evidente. Y no sólo debido a sus carencias materiales. También es patente debido a la miseria espiritual, intelectual, ética y sexual que prevalece. En las sociedades ricas da la impresión de no existir, pero se trata de un espejismo. Es verdad que la insatisfacción material es mucho menor. No es menor la pobreza espiritual, intelectual y ética. La indigencia sexual parecía abolida, pero el Sida y el Papa se han encargado de restaurarla.

Superficialidad, ignorancia y ausencia de parámetros éticos, estéticos y políticos son, pues, el denominador común en las sociedades de hoy. Y no sólo por el hecho de hallarse sometidas al indigente poderío de los medios de comunicación. La miseria medática reina en el desierto filosófico, intelectual, ético y político. Los filósofos son repetidores o merolicos. Los intelectuales vegetan a la sombra de los Estados en flor. La ética es un cursillo en las facultades de filosofía. En las sociedades ricas la polis es abstencionismo electoral y ciudadano. Con excepción de las dictaduras, nunca gobernaron tantos con tan pocos votos. La saludable muerte de las ideologías se convirtió, por desgracia, en la muerte de lo político o reflexión sobre la política.

En las sociedades pobres amanece para la política, pero no para lo político, y para colmo, en muchos casos aún prevalece la ideología. La política es aquí la aspiración al pasado del proceso democrático que se halla empantanado en el abstencionismo de las sociedades ricas. Lo político es trivialidad cuando no ignorancia. Salvo notables excepciones individuales, cuando no se empeña en el ritornelo de las ideologías sin asiento en la realidad, la inteligencia remeda la aridez de las sociedades ricas. La filosofía es apta para subnormales.

Las satisfacciones y las comodidades de las élites en las sociedades pobres pueden ser aún mayores que en las sociedades ricas, pero el costo es vivir la inseguridad a la N potencia: ¿cuándo se producirá un estallido social?, ¿cuántos regimientos motorizados serán necesarios para apagarlo?

Inseguridad, insatisfacción e incomodidad hacen, pues, de las sociedades de hoy sociedades fáusticas.

¿A qué se debe esta paradoja del progreso que pareció sustraer al hombre de la inseguridad territorial, la carencia de satisfactores y las incomodidades propias de otras épocas? ¿A causa del capitalismo o del fracaso del comunismo? ¿Debido a la existencia de ricos y de pobres?

Más que simplistas, parecerían tontas las respuestas que apuntaran en esta dirección.

Pese a que hace ya décadas las sociedades llamadas socialistas demostraron (a quienes así lo quisieron ver) que eran inseguras, incómodas e insatisfactorias, los progresistas de las sociedades ricas y pobres de occidente se empeñaron en ver en ellas la alternativa a las inseguridades, insatisfacciones e incomodidades propias de las sociedades occidentales, orientales y africanas.

Gracias a la disidencia, primero, y a la perestroika, más tarde, cayó el mito de la alternativa comunista y las aguas parecen haber vuelto al cauce de la normalidad occidental. Creer esto es un error. La monstruosidad comunista no debería permitir que se maquillaran las deformidades occidentales.

Por diferentes causas, la inseguridad es propia tanto de las sociedades sovietizadas como de las de Occidente. En cambio, es indiscutible que en las sociedades ricas de occidente hay más comodidad y satisfacción, excepto en lo espiritual (evidente, por el contrario, en los disidentes de los países del Este) y en lo ético (pues allá prevalece la solidaridad humana que aquí ya no halla acomodo). La ventaja es, pues, relativa, sobre todo en las condiciones actuales.

En ciertos aspectos las sociedades pobres de Occidente son mejores que las socialistas (libertades), pero en otros son iguales (miseria material) y aún peores (indigencia espiritual).

La inseguridad, la insatisfacción y la incomodidad no son el resultado de los sistemas económicos y políticos, sino el horizonte de civilización dentro del cual se inscriben éstos. Es decir de la ausencia de ideas que permite el extravío de los hombres; de la carencia de espiritualidad que prevalece en las sociedades; de la insolidaridad humana; de la falta de criterios que necesitan para orientarse los animales políticos; de la incapacidad del bípedo implume para alcanzar cierto grado de seguridad, satisfacción y comodidad en convivencia con el otro.

Inficionadas por los clérigos de la modernidad y del progreso, las sociedades del siglo XX han guerreado a muerte por doctrinas que sólo se han convertido en tumbas propias y ajenas. Estas guerras todavía no han concluido del todo y sus efectos han sido aún más devastadores que ellas mismas. Su más terrible consecuencia: el explicable descreimiento generalizado (jemanfoustisme en Francia, pasotismo en España, valemadrismo en México) que prescinde de la espiritualidad, la inteligencia, la creatividad y la polis, y sólo da lugar a la infelicidad -sabida o ignorada, pues todavía hay quienes aseguran ser felices en el piélago de la inseguridad ambiental, la insatisfacción material y/o espiritual y la incomodidad urbana.

¿Cómo vive el hombre de los últimos años del siglo XX?

Su territorio es la inseguridad. Una nube radiactiva pesa sobre su cabeza. Respira contaminación por todos los poros. Desayuna plomo. Come ozono. Cena carbono. Su sueño y su vigilia son acribillados por el ruido. Cuando no es promiscuo ocupante de una barraca, vive hacinado en edificios donde la intimidad se ve, se oye, se huele. Cuando es un privilegiado vive oculto en confortables ghettos de donde sólo sale por necesidad. Uno y otro viven aterrados de la delincuencia, prisioneros del sensacionalismo de los medios de comunicación. La mayoría es víctima de abusos, atropellos; es perseguida por la inflación, la especulación, el desempleo. No vive; zozobra. Su provenir no es radiante.

Extraviadas, las sociedades actuales desbordan todo marco conceptualizador. Su falta de ideas y de espíritu impide su definición.

Desmesuradas, son inabarcables. Es imposible observar todo aquello que, sin fines, acontece en ellas. Sus objetivos provisionales no son, es obvio, metas. Por esto mismo son inaccesibles para la lógica que en otros tiempos las pensaba estructuradas sobre bases sólidas y articuladas en proyectos realizables a mediano y a largo plazo. Y de aquí el desánimo del pensamiento que ha echado anclas en la provisionalidad. Lógica desesperación de los lógicos que, al igual que el ciudadano, en el mejor de los casos suplen el talento con dudoso ingenio- las sociedades de hoy son sólo vituperables.

Pero, ¿de dónde procede este estado de cosas?

Las sociedades actuales han sido modeladas con notable incoherencia e incapacidad. Se hicieron para demostrar que eran mejores que las del pasado. Bajo el común denominador del progreso, eligieron dos vías: la de la igualdad y la de la libertad. La de la igualdad se reveló, al cabo terriblemente desigual y carcelaria. La de la libertad es menos desigual, pero su libertad está condicionada por un porvenir incierto.

La inferioridad material (de ninguna manera moral en numerosos casos personales) del mundo socialista frente al Occidente central (de ningún modo frente al periférico: América latina y África) es evidente hasta para las especies izquierdistas en extinción. Pero esta inferioridad no debería llevar a embellecer la fealdad de Occidente. Aquello es fatal, pero esto no es inmejorable. Las sociedades del equilibrio entre la libertad y la justicia aún están lejos de los hombres.

El totalitarismo parece en vías de ser derrotado, pero el capitalismo no ha triunfado. Sólo el tiempo decidirá el destino de los hombres.

Enero de 1990.


Inicio del artículoRegreso