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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1990

Una lectura de Fellini


Un curioso centenario ha venido a recordar al mundo entero el nacimiento de dos hombres que comprendieron y explotaron, cada cual a su manera, la sed de la muchedumbre y su vulnerable maleabilidad.

Era un vagabundo de gran ciudad que tenía por único sitio de reposo un banco del parque. Llevaba un bombín negro usado y, sobre sus hombros, una levita; dos esfuerzos que denotaban un deseo de respetabilidad. Sin tierra, sin familia y ningún amigo. Sus conocidos lo veían entrar en crisis extañas, y lo consideraban un payaso. Lo que llegó a ser más tarde: un payaso carismátíco, centro de un espectáculo que llevó a la perfección, y donde él tenía no sólo el papel de actor principal, sino también el de autor, escenógrafo, productor y argumentista.

Cuando su pequeño bigote se hizo emblemático, cuando comenzó a figurar en el ideal de millones de gentes, una de las más grandes estrellas de Hollywood dijo de él que era "el mayor actor de todos nosotros". Se llamaba Adolfo Hitler. Nacido hace exactamente cien años, el 20 de abril de 1989. (F. Monton, New York Times.)

La estrella de Hollywood, fascinada por las dotes de actor de Hitler no era otra que Charles Chaplin, nacido también él hace cien años, una centena de horas antes que Hitler. Igualmente un marginal en sus comienzos, lo peor de la sociedad: su padre era alcohólico y su madre vagaba de un hospital a otro; el dormía en las estaciones ferroviarias o en los parques, refractario a la amistad, difícil de carácter, pero capaz, como después se vería, de conmover instantáneamente a las multitudes.

Chaplin interpreta el papel del dictador en el filme del mismo, nombre, donde se halla la famosa escena en que el héroe, en un acceso de júbilo frenético, juega con un balón que figura el globo terráqueo. El actor pone de relieve lo grotesco de la esquizofrenia infantil del tirano. Y hay en su actuación tal "interiorización" de demencia lúdica que llega a dar la impresión de una complicidad ambigua. La composición apela a un arte ingenuo, pero la máscara se desgarra rápidamente en una mueca de fealdad demoníaca. Hítler pudo ser el más destructor de todos los genios de la historia; su fórmula no deja por ello de contener elementos comunes con la de Chaplin. Ambos han sacado su fuerza de la necesidad de aceptación del marginado.


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