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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1990

Encuentro en la arena


"¿Usted colecciona actualmente recortes de la prensa cómica, semejantes a los que figuran en Los años de aprendizaje de Augusto el Simple?", me preguntó en 1981 un reportero en una entrevista destinada a dicha prensa, que iba a escandalizar durante meses a esa misma prensa romana. Dije en el curso de la entrevista que "el artista no puede rendir a la oficialidad lbs honores de una negación solemne porque sería tomarla demasiado en serio y reforzar involuntaríamente su autoridad, lo cual es de alguna manera acreditarla. Merced a la intercesión de lo grotesco, él pone de relieve lo irrisorio para obtener un incremento de sentido. En nuestra sociedad actual, donde todo se mezcla, se confunde y se anula, lo irrisorio amenaza con burlarse de todo -hasta del arte- y el artista, sindicalizado incluso en calidad de bufón, trata de asumir la ambigüedad de esta función, de colocarse, mediante, un balanceo desigual y pueril, sobre curvas fluidas, fragmentarias, y transformar lo que está perdido en un éxito diferido para más tarde, lo que está vacío en una espera, una promesa indecisa y peregrina..."

¿Dónde queda entonces el ideal orgulloso y romántico del Arte? La situación del artista en el mundo es la de un Augusto el Simple, der arme August, como el padre de Hans Hartung llamaba gentilmente a su hijo, mediante un paralelo que testimonia una perfecta intuición, que no vuelve a ofrecerse sin embargo ni en la vida ni en la obra del pintor. Thomas Mann, escritor tan riguroso, grave y ético como posible, ha visto a los artistas como "excéntricos espíritus del ridículo", "brillantes monjes del absurdo", "sospechosos" y "acróbatas".. Como dice de Félix Krull, ese personaje no era "ni femenino ni masculino y tampoco entonces humano"; y que el llamaba "un ángel serio de la loca audacia ... bajo el techo de lona, en lo alto, por encima de la muchedumbre", es decir tomado en el balanceo aéreo del gran circo del mundo.

No es sólo desde el punto de vista de la nulidad y de lo inútil que todo lo humano parece irrisorio (y por esta razón igual). Visto desde el corazón mismo de la frenética circulación cotidiana, el espectáculo siempre distinta e idénticamente repetido del hormiguero humano proyecta, al mismo tiempo que los rostros del sufrimiento, de la gloria y de la alegría, la imagen caricaturesca de lo efímero Considerado desde muy lejos o desde muy cerca, pareciera que ya no es posible distinguir con claridad entre componentes vecinos, incluso entre componentes irreconciliables. En el circo del mundo, el poeta tiene la silueta de un caballero de la triste figura, de un Augusto el Simple, inadaptado a las prácticas de esta vida corriente de que hacen honor sus semejantes al ofrecer y recibir, según sus esfuerzos, sus oportunidades y sus astucias, porciones de concreto comestible. Este curioso aguafiestas sueña, él, con otros cambios, otras evaluaciones y otras recompensas, y busca compensaciones solitarias para este papel que se le ha asignado sin consultar su parecer.

Los fragmentos de su orgulloso proyecto muestran a menudo, por otra parte, un sorprendente -porque profundo- conocimiento de sus conciudadanos, con los cuales no parece comunicarse sino superficialmente y de quienes toma muestras, para restituírselas luego en una suerte de magia tan elaborada como instantánea; secuencias que ellos pueden reconocer, incluso aunque las encuentren misteriosas y no siempre las comprendan del todo. Su debilidad parece bruscamente una fuerza no convencional y desviada, y su soledad una más profunda solidaridad; su imaginación se vuelve el camino más corto hacia la realidad. Se diría que su rostro se refleja, de pronto, en todas las imágenes de la naturaleza que lo rodea. El espejo gira rápido, rápido. En un momento dado, un choque breve. Un instante de estupefacción para el personaje y una fracción de segundo de estupor en las arenas del circo.

¿Cómo? ¿El tirano forma parte también de la compañía de saltimbanquis? ¿El frágil vagabundo (y cultivado hombre de letras) podría reconocerse hasta en ese rostro desfigurado donde los ojos ven aparecer no el bien, la verdad, lo bello, sino sus contrarios? Esto es pues un tirano. alguien que manipula, ordena, hace imperar la disciplina, castiga y recompensa según las leyes sádicas y soberanas del mal, de la fealdad y de la mentira, bajo sus innumerables disfraces pérfidos de rictus satisfechos, con uniformes fastuosos y ridículos, con histerias manifestadas tan pronto por gritos agudos y bestiales como por gemidos lastimeros y asustados de niños, ya por embestidas y pataleos de machos cabríos furiosos, ya por la glacial inmovilidad del vampiro.

Si, se creería que él ya lo ha visto en sus pesadillas, o durante sus tribulaciones. Se creería que en un momento o en otro, alguna parte de este mundo ya ha soportado sus caprichos y su odio. Sí él recuerda ahora, espantado, sus catástrofes. Sí, sí, sin duda, es también un rostro humano, incluso oculto bajo capas agrietadas de pintura y de espesas cremas coloreadas. Sí, sí, el pobre... un vanidoso fanático, esclavizado por la quimera del poder, un pobre hombre, un solitario enfermizo que presenta su debilidad como la autoridad, su miedo como la seguridad, sus enfermedades como la fuerza y la provocación.

Ahí están. Augusto el Simple encuentra en la brillante arena al payaso del poder. Sus miradas se cruzan. ¿El breve relámpago concentra toda la tragicomedia humana? ¿Es un atractivo por repulsión, una catálisis energética provocada por la aproximación de los contrarios? ¿Pueden compararse uno junto al otro, estos actores cuyos papeles difieren a tal punto en el argumento cifrado que se llama: "el paso por la Tierra"? únicamente si se mira este espectáculo desde la Luna o bien si, cegado por la distancia demasiado corta que nos separa de él, no se distinguen ya los contrastes en esta enorme y rápida mascarada.

El artista que ha vivido bajo la tiranía (y hasta el que no la ha conocido) no puede aceptar ignorar la barrera moral infranqueable que separa las dos opciones. Y sin embargo, él, que es capaz de observar el espectáculo desde una distancia cósmica, aunque asumiéndolo hasta identificarse totalmente con él, ¿no puede atravesarla con el fin de escrutar a su contrario con toda la curiosidad, la fantasía y la exactitud que exigen las premisas de su proyecto?

¡El Payaso blanco! ¿El artista sería un Augusto el Simple y el tirano un Payaso blanco? ¿Hitler un Payaso blanco y Charlot el payaso, que lo ha imitado con una ironía pueril, un Augusto el Simple tradicional? ¿Esta relación humana sería la confluencia de la verdad en el interior del gran circo del mundo?


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