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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1990

El "resto" y el todo


El texto de Fellini me proporcionaba un verdadero placer de venganza, dirigida en una sola dirección. Lo he leído y releído, descifrándolo cada vez con verdadera urgencia. Fellini encasilla dentro de los Payasos blancos tanto a Hiltler como a Freud. Y ve la marca del Augusto en Picasso lo mismo que en Antonioni o Mussolini. Pero él no habla de Stalin, y yo me pregunto hasta qué punto se podría incluir en la tipología, incluso en la categoría Payaso blanco, a este tirano apasionado por los fríos juegos con la muerte, y que tenía la costumbre de pedir a sus colaboradores que lo "divirtieran" con verdaderos números de circo.

Yo abusaba de este texto y sacaba de él placeres secretos, y todavía ahora no puedo leerlo con una serenidad y un alejamiento completos. En un Estado totalitario, cada detalle cotidiano, la menor palabra o gesto, se carga de significados desviados, importantes, y descifrables únicamente por las gentes del lugar, los ciudadanos de los subterráneos. Su código no parece lunar ni fascinante más que a aquellos que viven en las sociedades más o menos normales de nuestra vieja Tierra. ¡El pobre ridículo! ¡El iletrado! ¡El advenedizo, el tartamudo, el macaco, el bufón! ¡La chusma, el orinado, la basura!

¿Payaso blanco?... Era demasiado oscuro, demasiado nulo, demasiado estúpido. En cuanto a meterlo en la tipología más humilde, pero incomparablemente superior, de Agusto el Simple... No, Augusto estaba demasiado cerca de mí, yo había estado durante mucho tiempo obsesionado por esta imagen del artista, del desafortunado. El texto de Fellini no estimulaba en mí otra cosa que no fueran las asociaciones y los inevitables placeres autorizados por la lectura, en momentos en que todo está prohibido.

Cientos de veces he releído el soberbio poema de Montale titulado "El Poeta".

Me quedan pocos días, pero espero tener la oportunidad

De dedicar mis versos a un tirano muy joven

Así comienza la confesión que Montale atribuye a un poeta.

Él querrá espontáneas alabanzas

Y las tendrá hasta saciarse

Repito haciendo gestos payasescos, remedando no sólo a los poetas, sino a los anónimos por millares, amedrentados y apiñados en la prisión del circo.

Yo podría igualmente

Dejar huellas duraderas

Me agradaba. Y los últimos versos del poema, yo me los recitaba en voz baja, delicadamente, y había que hacer un esfuerzo para entender su articulación límpida y regocijarse profundamente de esta exaltación que encontraba el arte en proclamar firmemente la verdad, y en parodiar, pérfido, su propio orgullo:

Lo que cuenta en poesía no es el contenido

Sino la forma.

"Aún agobiado por los problemas, más vale ser libre que el bufón de un bufón lamentable", me escribía un amigo. Era justamente el cumpleaños del bufón. Mi amigo me había enviado los periódicos que celebraban el homenaje. Cada año, este día estaba consagrado por gigantescas festividades, de una solemnidad pomposa que hacía reir hasta a los policías alineados por millares para suprimir toda risa o todo desorden en el pueblo.

Yo me encontraba entonces ya lejos de ese funesto carnaval. Abrí los periódicos. Se diría que estaban impresos en papel higiénico, a punto de romperse. la tinta, roja, verde y negra, manchaba las manos del lector imprudente. No pude leer más de tres frases. Los clichés de la mascarada se repetían de una manera demente y el aburrimiento llegaba rápido y mortal, Todos los sueños, todas las neurosis y los años pasados allá se retorcían bruscamente en esa ponzoña de la cual no lograban desprenderse.

Durante este mismo período de horrible tormento y de incierta convalescencia, tuve entre las manos un libro repugnante y útil a la vez, que había excitado el apetito de escándalo de la prensa occidental. Era repugnante por su tema (nuestro pequeño dictador tartamudo) y por su autor (un ex-general en jefe de la policía secreta del dictador, vuelto servidor de la "libertad", y de nuevos amos). útil, no obstante, por las revelaciones que un conocedor íntimo del clan de los advenedizos hacía sobre la grosería, el cinismo, la bajeza de la compañía de payasos en el poder. La venta de judíos y alemanes por divisas extranjeras, lo que se llamó "la libre emigración". La operaciones de espionaje y de desinformación para las cuales se servían de terroristas árabes tragasables y tragafuegos, o de hipnotizadores y domadores de la KGB. Las ocasiones en que nuestro "Führer" vomitaba injurias (cuando, por ejemplo, econtrándose de visita en Nueva York, no pudo impedir por vía oficial la manifestación dirigida contra él, y se enteró de que uno de sus hombres de confianza lo había traicionado). La crisis de histeria al ver al embajador americano: ¡un negro! (insoportable afrenta para el viejo internacionalista).

Tal vez no se deba totalmente al azar que en esos primeros meses difíciles, transcurridos entre la tiranía y el exilio, haya encontrado yo en una revista parisina las siguientes palabras, dirigidas a Julien Hervier por Ernst Jünger: "El hombre de las Musas" debe ubicar en el centro su pintura, su escultura, y el resto es ridículo. Es por ello que yo no podría criticar a un creador que se beneficiara con los favores de un tirano. Él no puede decir: "Espero a que derriben al tirano, porque éste puede durar diez años y entre tanto su poder creador se desvanecerá." ¿Hasta qué punto tenía razón el viejo Jünger? Desde luego, el resto es ridículo... Pero no se trata sólo de lo ridículo, está sobre todo el horror, la destrucción de los últimos enclaves de normalidad en el seno de la vida cotidiana, el peligro diario de muerte física y espiritual...

Es cuando la calamidad se vuelve evidente, cuando el odio por el tirano en verdad se generaliza, que ya no se puede hacer nada: para Hitler, ello se produjo al final de la guerra (cuando el desastre se volvió contra todo el pueblo alemán); para Stalin, después de su muerte (cuando el mito ya estaba podrido y el monstruo se había vuelto inofensivo). Nuestro ridículo Payaso nacional, ¿no era recibido, con todos los honores, en las grandes cortes ocidentales y orientales? Sus comienzos, de una confusión bien calculada, y donde él cabalgaba sobre el fantasma del bien, los encuentro tan repugnantes corno el último decenio siniestro. Y sin embargo, no podía uno contentarse considerando la mascarada como un simple "resto ridículo".

El ridículo demoníaco y animal multiplicaba sus garras y sus aullidos: no se podía escapar de él de ninguna manera. No, no se trataba de un "resto" que se podía ignorar, se había convertido en el TODO.


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