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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1990

Más loco que el loco


Desde el comienzo preparé un plan de evacuación de la "zona de trabajo" -como se dice en las exhibiciones de fieras-, una zona que iba a convertirse en un lodazal para rinocerontes enseñados para nadar en la mierda y eliminar a su vecino. No se necesita una gran imaginación para fingir bastante asco, miedo, fatiga y depresión y retener así la atención de un psiquiatra. Naturalmente, el médico conoce la enfermedad de la sociedad en su conjunto. Sin embargo, los casos de "enfermedad" propiamente dicha se mantienen aislados, porque no son tomados en cuenta más que cuando se "autodenuncias".

Se toca aquí una de esas situaciones límite en que Augusto el Simple no solamente imita el equívoco, sino que lo vive, con el riesgo de no lograr ya separar lo real de la quimera. La "puesta en escena" llevada hasta un cierto punto -como el exagerar los síntomas sacados de los libros- puede terminar por "inducir" un desarreglo real (el cual está en germen, por otra parte, en una iniciativa semejante).

En el circo totalitario, donde a los médicos, incluso a los pacientes poco lúcidos, se les hace cada vez más difícil descubrir el artificio, los consultorios sobrecargados de los psiquiatras de vuelven verdaderos refugios, lugares de súplica y de simulación.

La represión psiquiátrica era utilizada de tal manera contra los que molestaban que ello se convertía en una verdadera provocación: volver contra el Estado su mejor arma. Y no obstante... al hacer cola en los consultorios médicos la víctima ha logrado su "liberación": ¡suspensión del trabajo por incapacidad! "El retiro anual necesitaba además una perseverancia extenuante. Pero la humillación periódica del examen médico evitaba tantas otras humillaciones... Si el verdadero enfermo que infectaba entonces al país se hubiera retirado (por enfermedad o simplemente a causa de su edad) yo habría podido sanar. Pero el enfermo era yo, y el retrato bufo, colgado en todas las esquinas de la calle, me obligaba a aumentar continuamente mi dosis de medicamentos.

¡Una suerte de lazo se había establecido finalmente entre nosotros dos! -débil y muy parcial imagen de la esquizofrenia impuesta por el enfermo a todo el país.

El emblema agrietado del artista (a veces también el del revolucionario o el del fiel) se justifica más claramente cuando el destino lo ubica en una colectividad prisionera. "La aparición de un Payaso blanco, el fascista, nos transformó, a la vez, en payasos blancos, cuando se terminó por responder, obedientes, con el saludo romano", recuerda Fellini. Tres demadiado serio, la imagen del Augusto no va contigo, eres demasiado digno, demasiado ético", me decía un amigo durante esos años cuando, contorsionado hasta los chirridos y hasta las muecas, Augusto se me presentaba sin embargo como una realidad... autobiográfica.

El comediante instalado en el poder había polarizado, poco a poco, el odio de un pueblo entero, acosado, devastado, impotente entre el horror y la somnolencia. El inmenso sollozo de risas y lágrimas que el artista acumula, al desafiar la realidad en la silueta humilde, orgullosa del Augusto, toma en semejante desesperación trágica y colectiva, una resonancia particular.

Durante el verano de 1988, yo seguía en Washington el circo de la elección presidencial americana, pensando en el otro payaso de allá. Pero por irritante que fuera la decepción, el pensamiento retornaba sin embargo, terco, allá. Uno recuerda, con la lectura de Fellini, esta gran satisfacción, infantil y negativa, de entonces. Recuerdo bruscamente que, mucho tiempo después de la muerte de Chaplin, se descubrió que su expediente en el FBI constaba de 1900 páginas. Contenía tantos absurdos que no se habría podido incluso hacer con él el más tonto vodevil. Entretanto, el brillante concurso de gags de la elección presidencial americana no me hacía pensar más que en el Payaso nacional. ¿No existe entre el tirano y la masa oprimida más que incompatibilidad? ¿No existe entre ellos una especie de inconsciente y recíproca estimulación? ¿La dinámica de las sociedades y de los campamentos no está condicionada por las energías comprimidas y las impulsiones confusas? ¿El dictador es sólo el enemigo de las masas?, ¿no es también su producto más ilustre?

Alienación y pertenencia en efectos turbulentos y desastrosos, que se concentran bruscamente en una patológica torsión para producir la efigie suprema de la bestia feroz, el poder.

¿El dictador es un "artista" aterrorizado por lo imposible? ¿Es el niño enfermo y fanático Calígula que se conduce como poeta al hacer nombrar ministro a su caballo? ¿El extremo de lo mórbido alcanza el inaccesible horizonte de lo absoluto, al que aspira la poesía? El déspota, ¿un caballero de la utopía? "El jefe de estación de mi filme era un Payaso blanco. Por ello todos nosotros nos convertimos en Augustos... Cuando se está enfrente de un Payaso blanco, se tiene la tentación de hacer el Augusto, e inversamente" dice Fellini. Pero agrega que "bastó que apareciera un Payaso blanco un poco más siniestro -el fascista- para que nos transformáramos en payasos blancos a nuestra vez, respondiendo, disciplinados, a su saludo romano". Él busca entonces definir su lugar en el circo del mundo: "Si imagino que soy también yo un payaso, !oh, bien! llego a creer que soy un Augusto... Creo que soy un Augusto, pero también un Payaso blanco... ¡o tal vez soy el director del circo, el doctor de locos vuelto loco a su vez!"


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