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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1990

Instantes de embotamiento


¿La quimera de la realidad sería más real que la realidad misma? Atormentado por los personajes, se apodera de sus catástrofes y estudia el abismo. El papel del tirano no puede estar ausente en ello. Se le encuentra tanto entre los niños como entre los directores de escuela. Se le encuentra a cada paso, en los amigos, los amantes, los padres, los abuelos, los colegas, los camaradas del servicio militar. Y más de una vez, desgraciadamente, encaramado sobre el "pedestal supremo", desde donde aterroriza a un país o un mundo, y desde donde vive ahora su papel sin darse cuenta incluso de ello. Paradójicamente, sólo el arte podría conferir a este desdichado una verosimilitud y un misterio.

Lo vi, no en la tele sino a dos pasos de mí esta vez. Acababa de llegar de la oficina de la milicia donde había conseguido mi permiso. No permiso para conducir, no: se trataba del permiso de posesión de una máquina de escribir. Para tener tal instrumento se necesita, según opinión del Payaso nacional, una "autorización". Para obtener dicha autorización, hay que llenar un formulario especial y pasar una prueba anual: el solicitante debe presentarse, provisto de su máquina infernal, en la oficina de su distrito, donde se corrobarará el formulario incialmente llenado y donde se volverán a probar los caracteres. (Pues -quién sabe- ha podido cambiar el trazo de una letra, o borrarse la coma y el signo de admiración, o quizá el objeto o su propietario hayan contraído alguna enfermedad contagiosa transmisible por los textos y susceptible de provocar perniciosas incubaciones colectivas, siendo los virus en nuestros días -ello es bien sabido- pérfidos, insumisos, solapados, terriblemente solapa dos, a menudo indetectables, pero no menos activos, extremadamente activos, imposibles de frenar una vez puestos en movimiento.)

Había esperado alrededor de una hora en la milicia mi turno para ser interrogado; después las cosas fueron bastante rápido. En la oficina 23, como estaba especificado en la citación, había no poca gente (los más impresionantes eran los ancianos, que arrastraban detrás suyo viejas y pesadas máquinas de escribir). Tres jóvenes funcionarios de civil -de aire muy afable y aburrido- hacían todo lo posible para abreviar las formalidades. Respondí pues, en primer término, a las preguntas habituales: si poseía un automóvil y, en caso afirmativo, qué modelo; si el departamento que habitaba me pertenecía, o bien era propiedad del Estado; quién habitaba este departamento además de mí; quién utilizaba la máquina de escribir; si tenía familia en el extranjero y si los había visitado; quiénes eran mis parientes en el país, y si entre ellos figuraban miembros del comité central del Partido o funcionarios del Ministerio del Interior. El formulario debía ser llenado a mano y firmado, ya conocía yo la regla. Las preguntas mismas yo no me chocaban; las respondí rápidamente, sin pensarlas demasiado. A continuación mecanografié, como lo exigían las disposiciones ("sin faltas", precisaba el decreto presidencial) la página de texto; luego, siempre dos veces, el teclado de la máquina. Y eso fue todo, yo estaba de nuevo en posesión de la AUTORIZACIÓN. Radiante, mijuguete maravilloso bajo el brazo, me apresuré a regresar.

Estaba en el elevador cuando escuché la sirena horadante, ensordecedora. Una vez en el departamento, corrí al balcón para ver lo que pasaba. La sirena continuaba bramando, anunciando el acontecimiento.

El cortejo no era muy largo. Su limusina. Luego la de su perro inevitable perro negro, enorme, el perro preferido. Luego el automóvil del alcalde. Después una ambulancia, luego tres carros de policía. En seguida tres automóviles disimulados -los del "personal técnico". Decididamente, en comparación con otras "visitas de trabajo", este cortejo era más bien modesto. Sin duda se trataba de una incursión relámpago, una de esas iniciativas fulgurantes que electrocutaban a veces al Bufón y aterrorizaban a la compañía desprevenida. Sí, una visita sorpresa, sin que las aceras estuvieran llenas de mujeres, de niños, de soldados y de funcionarios requisados para apaludir la aprición del Bufón.

Había venido a inspeccionar los trabajos del "palacio blanco". Había hecho demoler algunos de los más bellos barrios de la ciudad para construir el palacio y el bulevar del circo que desgarraban la metrópolis en dos: ¡paso a la gran arena presidencial, único edificio visiblel

Se había detenido cerca de un pequeño puente, bajo el cual se escucharían las aguas usadas de las cloacas. Quería que se Le mostrara la "perspectiva del porvenir". El grupo de subalternos, armado de mapas, de láminas, de porta-documentos, lo atendía solícitamente, ansioso por adivinar el rumbo que Él tomaría al instante y de descifrar sobre la marcha Su gesticulación cifrada. Señores dignos e inteligentes arquitectos, ingenieros, escultores, decoradores- brincaban frenéticamente a derecha y a izquierda, en una confusión de farfullas elogiosas, reverencias, pasos desordenados y rostros congestionados.

Había aparecido gente en los balcones de los inmuebles vecinos. Empleados de oficina, amas de casa, niños. No era el público habitual, debidamente formado por la policía antes de ser ubicado en los puntos especialmente elegidos sobre el recorrido triunfal del saltimbanqui. El espacio de un instante, la espera de la multitud prometía cualquier cosa. La sorpresa no se hizo esperar y, en efecto, no fue de las menores: algunos se pusieron a... aplaudir. No a gritar, a protestar, a llorar o a proferir injurias. No: apaludían, ¡aunque parezca imposible! Aplausos esporádicos, es cierto, simples tics, antiguos y latentes, de un ritual que traían en la sangre: el de las primeras representaciones del circo a las que habían sido llevados por las severas maestras de la escuela de párvulos. Aplausos de pura forma, sin duda, pero sin embargo espontáneos, fuera de la presencia policial habitual (a menos que fuesen dictados por el miedo del colega o del vecino).

Lo miré, pude verlo de cerca. El departamento de ropa de confección del circo había elegido, entre los 365 trajes del año, una especie de mono azul de seda gruesa y polvorienta. Una gorra blanda y arrugada había sido encasquetada sobre su cabeza, a la altura de las cejas.

No hacía grandes gestos. No vociferaba. Parecía calmo y paciente. Un pequeño almacenero. Anotaba en un cuadernillo de apuntes todo lo que se le decía. Todos los demás anotaban en cuadernillos de apuntes lo que se escuchaban decir. Él tenía un aire muy atento a las palabras de estos señores instruidos, elegantes y paralizados por el miedo.

El argumento del día quería que él los escuchara en silencio. En medio de los exaltados que lo rodeaban, era el único que parecía normal. El único que podía permitirse llevar la máscara de la normalidad. La histeria de esas eminencias serviles en sus papeles de comparsas y la tranquilidad ligeramente fatigada del saltimbanqui ritmaban un contraste conmovedor, aterrador.

El espectador no tiene derecho más que a unos instantes de embotamiento. No tarda en acordarse que este risible payaso ha destruido su vida, ha envenenado la existencia y el pensamiento de todos sus semejantes.

El espectador se siente, por espacio de un segundo, superior e inaccesible, a leguas de distancia de la salvaje mascarada. Momentáneamente ennoblecido, en cierto modo, por una saludable incompatibilidad.

¿Un aristócrata pues este indeseable, este "hombre de musas"? Él sabe que debe replantar su tienda lo más lejos posible de la grotesca y sangrienta arena.

Un solo segundo, no dura más que eso la última confrontación. Sacudís el cansancio de vuestros hombros y de vuestra cabeza y de todo vuestro cuerpo. Como para evacuar el veneno infiltrado en los menores recovecos.

Tiempo irreversible. Tiempo que no me restituirá ya ni mis libros, ni mis proyectos abandonados, ni mis amistades cortadas. Exactamente una última vibración, el arcoiris de la ilusión.


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