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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1991

JULIANA GONZÁLEZ, ÉTICA Y LIBERTAD

Author: José Manuel Orozco


JULIANA GONZÁLEZ , Ética y libertad, 1989, México, UNAM, Facultad de Filosofía y Letras, 323 p. IBSN 968-36-0961-9.

Todo comienza con el dualismo entre determinismo y libertad como derivado del corte entre alma y cuerpo. El asunto no es un juego porque tiene que ver con la dignidad del hombre; con esa peculiar suya de amar que lo eleva, afirma y humaniza. Y eso se vuelve imposible sin la libertad. la ética exige del hombre que reivindique su espiritualidad, y eso únicamente es imaginable cuando la autonomía del sujeto se reconcilia con la inmanencia del cuerpo, la ley natural y los cercos de toda clase que el medio impone. Nos dice la autora -muy al inicio del libro-que la integración de lo necesario en la libertad es tanto como saber qué tareas hay a futuro dentro del orden de la naturaleza, qué podemos elegir conviviendo y amando en medio de los determinismos, y así aprender a se por sí mismo en el marco definitivo de lo inmodificable. En otras palabras: una ética de la libertad afirma al hombre a ser por si mismo aceptando la necesidad natural que lo constriñe es tanto como saber qué tareas; y sobre todo, le permite abrevar en el pasado para que su memoria de devuelva esa capacidad -también humana, demasiado humana-de saberse diferente de los demás pero avocado a ellos: en el pasado reconozco la posibilidad de la alteridad que, en el presente, me sugiere la ubicación desde donde proyectar deseos, esperanzas, afanes. Somos semejantes a lo que fuimos, pero diferentes. La historicidad nos entrega la identidad para individualizar la no identidad de lo que ya no somos; y así convivir en el presente. Pero todo eso es vano si olvidamos que la ética no es una teoría de la razón iluminado el obrar, del modo como racionalizar los actos con apego a leyes. No olvidamos que no hay algo más: la fe, lo que se cree, el sentido existencial de vivir apuntando al futuro con esperanza. La razón orienta y la fe impulsa. Y ese impulso nos coloca en la dimensión de quien comprende. Por eso para la autora el sentido de la existencia que comprende es el de una razón que funda el acto mediando el reconocimiento en el pasado, y lo impulsa por la fe hacia adelante. Más allá del entendimiento que analiza y separa (diría Hegel) o de la razón que funda la voluntad para lograr conforme a la ley, existe la intuición, la emotividad y la imaginación. Los elementos, pues, de una sapiencia comunicativa conocedora del hombre y las pulsiones inconscientes, fijezas biológicas, cauces antropológicos, origen histórico y nexos sociales que fundan el significado de sus quehaceres. La filosofía moral no puede ni debe olvidar a las ciencias; y tampoco ha de prescindir del saber artístico que nos lega la metáfora, el estado místico, el extático mundo dinamizado en personajes y cuentos. La literatura debe dar a luz sobre quién es el hombre. Así, consecuentemente con la reconciliación entre autonomía (libertad) y determinismo (necesidad), la filosofía moral se levanta utilizando la información de ciencias y artes, y, entonces, permite comprender al hombre comunicativo desde la trama de su pasado humanizandose en presente para esperar sus potencialidades. Se trata de crear una ética crítica que nos permita saber qué podemos elegir humanamente con los otros, y de qué manera tenemos que responder a las determinaciones de nuestra naturaleza: así, la razón funda el obrar, la intuición crea los vínculos y el entendimiento reconoce las leyes naturales que nos cercan. Si pudiéramos hacer una dialéctica de las tres instancias tendríamos una nueva filosofía moral en nuestras manos. Dice Juliana González:

La reflexión ética, en suma, ha de ser en todo momento consciente de que el reino de la moralidad -ese reino cualitativo, plural, inventivo, siempre abierto y proteico-constituye uno de los horizontes más propios y definitorios de lo humano en cuanto tal. Y en ese sentido, la ética resulta inconcebible sin el "humanismo" (p.37).

La autora es consecuente con el trazo del pasado, y realiza su crítica de la ética para fundar la ética crítica. Primero estudia a Heráclito, y nos recuerda que el fragmento netamente ético del gran filósofo declara: Yo me he buscado a mí mismo, que por supuesto presupone la ignorancia socrática sobre uno mismo con la que inicia el gesto erótico del filosofar; y ahí el logos piensa sobre el pensar y sus leyes, fija límites al alma y la descubre honda y profunda -como el inconsciente freudiano--. En la medida que ahonda en su hondura el psiquismo crece, se enriquece. Y ésa es la ética: encontrar esa segunda naturaleza de ethos que se auto-conoce para crecer, madurar expresando sus facultades, pues si el mundo tiene medidas fijas, el hombre se fija en la hondura de sus posibilidades rebasando toda medida. Y entre el alma y el deseo (que es la tensión ética) hay lucha y "harmonía", movimiento que entegra los opuestos o los separa a vida o muerte, esto o lo otro, bien o mal, y se ve yendo de punto apunto como el fuego. Y acorde a la dinámica de la tensión el individuo se inserta en la masa de los sordos haciéndose colectivo; o se comunica con los otros individualizándose más que nunca. En el primer estado duerme, se aletarga; y en el segundo despierta, pues ontológicamente es un logos de los real, de la razón humana y de la palabra que identifica en la mediación donde el ethos se fortalece porque es uno en comunidad. Eso lleva a Sócrates, de quien la autora nos recuerda la idea de que el bien es sabiduría de un comprender concreto, no un saber abstracto; la ignorancia por la que obramos mal es cosa de la inteligencia, pero la interioridad es una dimensión nueva del ser que se examina a sí mismo y reflexiona sobre su naturaleza, para qué hace lo que hace y hacia dónde va su vida como movimiento con arreglo a fines, pues es ser en proceso. Por eso para Sócrates la vida se sabe medir dando luz, mayéuticamente y pariendo lo sabido de sí, proyectando, haciendo. No es un saber que se enseña; es una actitud virtuosa que se vive. Ignorando se busca, y encontrando vive, manteniendo vigente la pregunta crucial sobre cómo cuidar el alma para hacerla justa y buena. Y por más que indague tendrá empero un límite en la muerte, de la cual no hay saber. Por eso -dice Juliana González- ethos socrático es un arte de autarquía, cuando el hombre posee en sí mismo el principio del obrar por su autoconciencia, valentía, autodominio y justicia. Esa fuerza y seguridad de quien obra sabiendo que dudando ha llegado a conocerse en su decisión de hacer, de cara a los otros, buscando desde sí mismo el bien, la verdad y al justicia. Quien así vive, vive éticamente y de modo autosuficiente.

El libro sigue su recorrido a través de Platón, recordando esa misión erótica que concilia opuestos, particulariza universales, funde a uno en el otro desde el cuerpo porque las partes armonizan en lo sensible y en lo inteligible. Es vivir y estar vivos por el amor. Y la ética también es diálogo que acerca lo celeste a lo terrestre para el mito del deber se realice, y es locura de amor apasionado que se racionaliza porque logos y pathos deben simpatizar plenos de entusiasmo. Es también un ethos de la belleza que se muestra, se hace evidente y parece en este mundo, en el cuerpo sobre todo ha de ser cultivada para que encarne eróticamente. Y finalmente, ethos es unidad de contrarios que hace de lo sexual espíritu, y asocia las partes en ese todo ordenado de la justicia. La vida moral busca sintetizar opuestos, armando; y hace del amor entre los elementos un asidero para el orden virtuoso.

Spinoza ha invalidado el imperio de la libertad porque la Sustancia expresa sus modos bajo atributos de necesidad perfecta; y el orden matemático de la Sustancia como el pensamiento es si acaso un entendimiento que reconoce el orden mismo de esa Sustancia: es el hombre como modo pensante que piensa el orden lógico del Pensamiento de la misma Sustancia que lo expresa. Así, la necesidad natural es absoluta, y la libertad en engaño del hombre. Para Juliana González si hay ética no puede haber determinismo, y Spinoza tiene que ofrecernos un sentido de libertad para el hombre. Si bien la Sustancia es necesaria, y todo ser persevera en su ser, el impulso a vivir desde las pasiones unas veces asegura al hombre la alegría u otras la tristeza, porque el modo contingente de la Sustancia necesaria, experimenta pasiones que lo complacen o displacen y, en esa medida, la hacen libre: libre de sufrir o evitar el dolor. Es ahí donde ha de vivir, perseverando en su ser desde la buena pasión elegida, enmarcando en el reino de la necesidad.

Hegel involucró al hombre en la lucha por el reconocimiento, donde el amo expone su vida y el esclavo no; donde el riesgo es reconocido y el que no se arriesga no; y donde quien trabaja para otro no consume lo que produce. Pero la libertad labra la rupura de la dependencia, cuando en la lucha el hombre se reconoce a sí mismo en la ley y al margen del sometimiento que el amo le impone (el amo Señor o el amo de la Ley moral Kantiana); cuando hace de la sustancia de la ley algo deseado y vivido sin dualismos porque la naturaleza se sujeta desde sí misma al deber, pero para expresarlo según la necesidad y no reprimiéndola. Hegel cancela el formalismo de Kant y nos dice que la pasión de nuestras inclinaciones es el camino... un camino donde lo deseado es debido y donde el yo sabe de sí en el otro, se reconoce en comunidad porque el yo de la identidad (yo = yo) es no identidad (yo por el no yo) donde el nosotros es un yo y el yo es un nosotros; la ley se particulariza en comunidad. Ahí se sintetizan los deseos como deseantes deseados; y la realidad de los individuos se unifica en la ley del Estado, que es el ethos del grupo. Y la libertad mi es ruptura con el deber sino vida en comunidad desde la ley. Es una dialéctica muy abstracta sugiere la autora-, a la que le falta ese concreto de la alteridad, del movimiento donde la fusión hegeliaria del individuo en el ethos tiene que ir hacia otra figura, eventualmente entrar en conflicto con él, con el otro, con los demás. Vivir alterado es poder cometer parricidio, abismarse en las perspectivas de Nietzsche desdoblarse entre el debes y el quiero que denuncia el papel enajenante de la moral, y entonces, grita "Dios ha muerto" y todo está permitido, el espíritu es libre pero en crisis, crisis de la razón y escenario de la voluntad de poder. La ética se vuelve trágica y nos promete un hombre nuevo, que pudiera reconciliar la vida moral con su naturaleza, entre múltiples miradas que desdibujan perfiles de absoluto. Es cuestión de encontrar la libertad: logrando el orden socialista (Marx), siendo seres que somos lo que no somos y no somos lo que somos por cuanto somos seres para sí (Sartre), o cayendo a la Nada, totalizando nuestro estado de resueltos en tanto que seres que somos en el mundo, pro-yectando para la muerte yertos (Heidegger); no importa cómo se diga, la crisis llega a la literatura y en Dostoyevski encarna el dilema de los enfoques, donde soy culpable porque hago lo que quiero y no debo o hago lo que debo pero me miento a mí mismo. No nacemos moralizados, nos moralizan; a diario se nos expulsa del paraíso Somos vacíos y estamos indefinidos, yéndonos de por medio nuestro ser en cada elección a solas, en extrema soledad y dolidos, porque al elegir lo bueno algo malo se nos escapa y el reproche está pendiente siempre de recordarnos que la culpa es esencia nuestra.

Para Juliana González el hombre debe recobrar la dimensión de una ética dialéctica, en libertad y desde la crisis: identificar los contrarios y las incisivas diferencias y volverlos completementarios. ¿Cómo hacerlo? La lectura del libro nos da pistas y en la vocación de trabajo la autora, infatigable, sigue buscando.

JOSÉ MANUEL OROZCO

Departamento Académico de Estudios Generales, ITAM.


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