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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1991

La inocente perversidad de los expertos


La ingerencia -por no decir asalto- de los expertos en y al sector público y privado así como las influencias que disparan al conjunto comunitario pueden tomar la forma, deliberada o brumosa, de una monopolización petulante del saber.

Este influjo distorsionante no es nuevo. En la Edad Media escolástica, por ejemplo, proliferaron los signos de alianza entre hombres de poder Y hombres de contemplación. De hecho y por añadidura, la creación de las universidades -debidamente amparadas desde el siglo XI por bulas papales- fortaleció este entendimiento. Las instituciones de educación superior, levantadas algunas por la propia Iglesia con el designio de formar burócratas leales, y otras por iniciativa de estudiantes, más amantes de la irresponsabilidad festiva que de la grave sapiencia, forjaron recursos intelectuales de diverso jaez. Hoy, muchos de los hijos de estas instituciones constituyen una suerte de cartel cognitivo que con frecuencia apuntala, y a veces objeta, al Príncipe, y distorsiona por malicia o por ineptitud la reflexión social.

La clave de este poder sutil de los especialistas el peso creciente de la información en la sociedad moderna, además de la reverencia, entre ceremonial y genuina, que se le dispensa por la afinidad que exhiben con las tradiciones y papeles de los intelectuales.

Por vocación o por imperativo funcional, los políticos contemporáneos -con saber pertinente o con desinformación disimulada- deben asumir decisiones y presumiblemente dar cuentas por ellas y les es indispensable preservar la legitimidad de su ejercicio. Los estilos difieren en los variados países y regímenes. En cualquier caso, ocurre a menudo que los ciudadanos que, en los hechos o al calor de ilusiones, escogieron a estos políticos conocen con rezago y a través de ondas deformantes la sustancia de estas decisiones. O peor sufren las consecuencias de algún extravío que en verdad se incubó en la cúspide pero que ellos adjudican a la Providencia o al Destino -según la semiótica social de moda- por efectos de la ignorancia compartida.

Los especialistas -transfiguraciones, como se dijo, de genuinos o presuntos intelectuales- gozan en contraste de una situación algo más afortunada: dan consejos -inteligentes o disparatados con rendición sublimada o difusa, en el mejor de los casos, de cuentas y de responsabilidad por las consecuencias de estos consejos. Sin embargo, este ejercicio no es trivial. Los expertos son manipulados y lisiados por las fuentes de información de sus homólogos, o bien internalizan sin escrutinio los equívocos que la propia sociedad produce y consume. De este modo se gesta un ciclo de ignorancia dinámica que se autoalimenta y amplifica. Así, los expertos confieren legitimidad y sustento a las estrategias de la ignorancia pues el público -incluyendo políticos, empresarios y periodistas- dispensan a estos presuntos sabios un crédito abultado, por inercia o por irreflexión.

Naturalmente, en algún instante futuro y con razonable probabilidad, un maligno historiador, celoso de su oficio, descubrirá tal vez la gravitación ambivalente de estos especialistas que se acomodaron, con guiños codificados y discreta soberbia, detrás de tronos y micrófonos. En la generalidad de los casos, este maridaje entre expertos, por un lado, que dosifican información aconsejable y supuestamente fiable, y los políticos, por otro, que asumen con ardor decisiones y directrices, conviene a las partes. Así dividen el trabajo. Trabajo que efectúan con rigor o frívolamente, con sensatez o con desatinos, emitiendo informes genuinos o ceremoniales al público que los escogió o que los tolera. Reto formidable para el futuro analista: quién, cómo y por qué fabricó y se fabricaron estas ficciones que jamás fueron desmentidas por el discurso público (pues hay otro: el hablar codificado de la sabiduría popular) y cómo éste retroalimentó, a su vez, las estafas de la información.

Max Weber anticipó, ya se sabe, que una hipotética colisión de ethos, de inclinaciones estéticas y morales, lleva a una gradual incomunicación entre el saber y el poder, o al menos a una conflictiva alianza entre sus representantes de turno. Anticipación desbordada, a mi juicio.

Es cierto: fricciones suelen consignarse en el marco de una escisión solidaria de tareas que al cabo se transforma en mutua victimología. Pues los poseedores del saber se imaginan rehenes del poder, y, en contrapartida, los políticos deben apelar a expertos -que a menudo desprecian o consideran extraviados- a causa del diluvio informativo o por los imperativos de la modernidad.

Se trata de un matrimonio forzado y apenas democrático. Sin embargo, merced a la estampida de la ciencia en los corredores del poder (un ejemplo: la celebrada "pérdida de la virginidad" -según Oppenheimer- como resultado de la militarización tecnológica de la sociedad industrial) suele malograr los términos de este pacto conflictivo.

Así los especialistas toman amplios controles sociales, aunque permiten a los políticos la figuración pública y el registro narcisista en la Historia. Un riesgo bien tasado: si los hombres de poder aciertan, sus consejeros también serán evocados; y si yerran, la responsabilidad por el desatino será incompartible. No atendieron a los sabios de su corte. En todos los casos, la sociedad coetánea permanece en una densa o delgada --depende de los sistemas y regimenes- oscuridad informática. Apenas vislumbra o conjetura estas alianzas inconvenientes y esta inconveniente incomunicación. Pero como se verá, también la sociedad civil se beneficia de estos equívocos institucionalizados. Más: es víctima pero es cómplice.

Ciertamente, este proceso condujo y conduce a un severo desgajamiento de los sistemas parlamentarios en particular, y del andamiaje político en general. He aquí el germen de la esterilidad de robustos diputados. En práctica habitual, legislan y aprueban directrices con base en documentos confeccionados por escribas que apenas conocen. Y con frecuencia, los ilustrados representantes del público no aciertan a interpretar una realidad o a descifrar un documento (ejemplos: leer un mapa, examinar un balance, desembrollar un gráfico, medir los costos de una guerra o de un desliz en las tasas de interés o de la moneda) sin apoyarse en asesores que les traducen esas realidades tipografiadas conforme a "paradigmas", a intereses intelectuales, y a grados de sensatez y desatino que el Príncipe y sus augustos representantes ignoran.

En algunos casos, la connivencia entre el gobernante y el especialista es feliz: ilumina decisiones acertadas. Pero en muchos conduce a la catástrofe, pues la ignorancia se eleva al cuadrado: se multiplica y comparte por dos.

Este resultado no ocurre necesariamente por malicia. El esotérico lenguaje del conocimiento avanzado en el que se manifiestan gozosamente los especialistas suele procrear embrollos sintácticos y giros extraños. En estas circunstancias, pocos manipuladores de la cosa pública pueden descifrar este código, normado por una semiótica intrincada que interpreta o fábula asuntos como la hiperinflación, los juegos de suma cero, la carrera espacial, o las nuevas tendencias en las finanzas mundiales.

Claro: si la disparidad o el disentimiento lingüísticos se imponen, el político se despeña trágicamente en errores colosales. De cierta manera, esta atadura de los políticos con el error genuino o el acierto deformado guarda afinidad con el intrínseco enjaulamiento de expertos en sus paradigmas envejecidos. En cualquier caso, y con palabras más rigurosas y acaso de rigor en este tramo: decidir en una niebla cognitiva lleva a subidos costos sociales, así como a prenderse de un esquema científico conceptualmente agotado que entraña la parálisis epistemológica y la probabilidad bienhechora de una ulterior revolución intelectual.

Empero, esta neblina que distorsiona realidades no es por fuerza un expediente deliberado del experto para controlar con razonada fineza a los hombres de poder. También el especialista -ya se adelantó- es víctima de las desfiguraciones sustantivas y epistemológicas de los políticos, y ambos, de las torceduras heredadas. En todos los casos, la sociedad civil padece los resultados de esta sistémica ignorancia que emana, con ferviente holgura, desde la cúspide. Pero a su turno la reproduce. Y con holgura.

Conviene ahora atisbar desde otro ángulo cómo procede esta ilustrada sociología del oscurantismo que tiene, por supuesto, origen y resortes estructurales.


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