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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1991

La desinformación sistémica


Oscilaré en estas reflexiones, con fines ilustrativos, entre dos extremos que al cabo, con deliberación o sin designio alguno, gestan y reproducen ignorancias colectivas.

Uno es la mentira compacta, o la verdad a medias, propaladas por los vehículos de información. Y otro es el mito, de franca intención apologética o interesadamente etiológica. (Excusará el lector estas inclemencias del lenguaje; son costos de una precisión ineludible.)

En cuanto al primer extremo: el engaño pertinaz, crónico, es una constante en sociedades donde el recurso informático se despliega piramidalmente, sin ensamblajes o dispositivos compensadores. El flujo de las noticias sobre actos y datos transcurre sin tropiezos ni censura. Nadie los escrutra. Este hecho ocurre tanto en países subdesarrollados, con sus tiranías perfectas o imperfectas, como en sociedades industriales totalitarias. En los primeros, el analfabetismo extendido, la imaginología (para invocar al nuevo señor K) que propagan los medios electrónicos -que a su vez generan otro tipo de analfabetismo- y el desaliento cultural que la estrechez económica engendra, facilita en las sociedades en desarrollo (desarrollo: ¿hacia dónde?, ¿para qué?) el registro torcido de la realidad; un Gutenberg nada podría hacer contra estas adversidades. Y en las otras, en los reinos de la burocracia total y de las rituales utopías, el terror interno organizado confiere fidelidad estricta a los informes especializados. No hay otros.

No se conjeture que los regímenes democráticos se eximen de la estampida imperfecta de conocimientos. Encuestas confiables que se efectuaron en estos contextos indican que un segmento muy delgado de cuidadanos se interesa vivamente por lo que en verdad ocurre, y pocos cultivan la pluralidad de interpretaciones, y las excepciones atienden los datos empíricos. Pero si se descarta la apatía personal, que se presenta en todos los recodos y rincones, aparte de insuficiencias estructurales que pesan en economías rezagadas, los miembros de estas sociedades poseen en principio recursos institucionales para discutir y consignar lealmente los hechos colectivos, con fina y depurada información.

En el otro extremo se encuentra el mito, creencia socialmente funcional e ingenua ignorancia, que los hechos descartan. A lo sumo, el mito los inventa, los prefigura o los tergiversa para ganar legitimidad, adictos y poderes de convicción. Forma parte de la metapolítica. Aunque la funcionalidad del mito se afinque en pecados o engaños primordiales, puede desempeñar sin embargo un papel positivo. Por ejemplo, en la formación de identidades nacionales y solidarias que se alimentan de una mitología didáctica, formativa. Hasta el momento inevitable en que, por el astuto canje de los tiempos e intereses, la historiografía crítica -para sagrada indignación de los defensores de simbologías y semióticas seculares- le levanta un tribunal equilibrado y revela la leve vacuidad del mito. Entonces se desbarranca, y con él la configuración social que fabuló y legitimó. Mordiente destino.

En varios países subdesarrollados se observa un tipo de ignorancia instantánea, que se difunde por obra de las insuficiencias ya apuntadas o por miedos organizados que los poderes dominantes abonan; en las economías industriales, la ignorancia es más holgada, reposa en sentimientos primitivos estrangulados y se desenvuelve con sofisticación. Su desarraigo -si y cuando ocurre- suele provocar el escándalo de los guardianes de la funcional ignorancia. De este modo, los expedientes del oscurantismo organizado se presentan con estructuras y estilos singulares, pero comparten rasgos que alientan a la indagación que aquí se pretende iluminar.


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