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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Primavera 1991

De una Guerra Mundial a la otra


La Primera Guerra Mundial enfrenta dos bloques: Gran Bretaña, Francia, Rusia, Italia, Japón y los Estados Unidos, por una parte; Alemania, Austria-Hungría, Turquía, por la otra. Alrededor de ambos ejes giran países menores, arrastrados más o menos voluntariamente al conflicto. La "Grande Guerra" sacude al sistema capitalista, lo corroe y vuelve más vulnerable, debilita su prestigio y consenso, marca el fin de un período y el comienzo de otro. La guerra determina la interrupción del desarrollo capitalista mundial, que hasta entonces parecía sin límites: transfiere la riqueza y el poder en su seno, entre naciones y clases; arruina a una parte de la burguesía mundial y refuerza a otra.[Nota 4]

La expansión de Europa, campo de batalla, se debilita y detiene. Los países que combaten, vencedores o vencidos, sufren enormes pérdidas humanas y materiales, se debilitan y empobrecen, y con ellos el capitalismo europeo en su conjunto.[Nota 5]

Los beligerantes deben liquidar parte importante de sus activos en el extranjero, especialmente en los Estados Unidos y en América Latina, y obtienen menores ingresos que el resto. Sus exportaciones de capitales no recuperan el nivel de preguerra. El arreglo de las astronómicas deudas de guerra contribuye a la inflación y los problemas cambiarios. La estabilización monetaria internacional se restablece precariamente hasta 1930. Los países desarrollados recurren al proteccionismo para preservar el equilibrio de su balanza de pagos, que traba el libre movimiento internacional de mercancías, capitales y personas. El mercado mundial tiende a retraerse y fraccionarse. La configuración general del comercio internacional se modifica. El intercambio crece más lentamente que la producción mundial.

Entre 1913 y 1926, la participación del comercio mundial entre los continentes se redistribuye. El comercio mundial deja de ser válvula de seguridad para la superproducción capitalista. La recuperación limitada y frágil se cumple además mediante la racionalización, la concentración, el inflacionismo, que tienden a producir más con menos hombres: redistribuyen la renta nacional reducida en beneficio del gran capital y en desmedro de capas medias y proletarias, polarizan la sociedad, crean un estado casi permanente de conflictividad social y política.

Otras circunstancias contribuyen a socavar la posición de Europa como centro del capitalismo mundial. La Europa oriental y sudoriental, hasta 1914 válvula de escape para Gran Bretaña, Francia y Alemania, es subdividida en un gran número de unidades nacionales medianas y pequeñas, con escasa viabilidad nacional para el desarrollo interno, e incapaces de seguir funcionando como espacio para la expansión capitalista de los países euroccidentales.

Los cambios limitativos y disruptivos más importantes ocurren fuera de Europa Occidental: el ascenso del Japón y de los Estados Unidos, la Revolución Rusa, la rebelión colonial.

Japón interviene en la Primera Guerra Mundial a favor de quienes resultarán vencedores, sin grandes costos ni riesgos, y ve favorecido su propio desarrollo por el conflicto. Hace oír su voz internacionalmente, se sienta junto a los vencedores en la negociación del Tratado de Versalles. Deja de ser zona de reserva para la expansión europea, y tiende a operar como gran productor y exportador industrial, y como inversor extranjero. Extiende su zona de influencia, con la recepción de antiguas colonias alemanas, la posesión de bases estratégicas en China, la instalación en Corea (1905), en Manchuria (en proceso de industrialización), en las Islas Sakhalin, en el Sudeste asiático. Sin embargo, no pasa de ser todavía una potencia de segunda categoría.

Los Estados Unidos intervienen en la Primera Guerra en 1917, por el peso de sus lazos económicos y financieros con Gran Bretaña y Francia, y como reacción ante la creciente agresividad del imperialismo alemán. Su intervención vuelca la balanza, rompe el equilibrio hacia el triunfo de sus aliados, y con pérdidas insignificantes en hombres y recursos son los principales beneficiarios de la Gran Guerra. Su participación representa el decisivo punto de flexión, de la era europea a la era de la política mundial.

Los Estados Unidos emergen del conflicto como el más poderoso país industrial, dominante en el mercado internacional, acreedor y principal exportador de capitales, sucesor de Europa en el goce de la hegemonía dentro del sistema capitalista, confiado en su capacidad para el rechazo del viejo orden europeo y mundial y para la imposición de otro nuevo, el acorde con sus intereses e ideologías oficial. A partir de 1918, los Estados Unidos aceleran su expansión en Europa y, sobre todo, en Canadá, América Latina, China y la Cuenca del Pacífico.

La Revolución Rusa amputa al capitalismo un país-contiente, que cesa como mercado, fuente de materias primas, zona de inversiones, para las naciones desarrolladas de Occidente, y se repliega sobre sí mismo en un esfuerzo de desarrollo autónomo y acelerado. El mundo se fractura, estremecido por una guerra ideológica planetaria. Se postula la existencia de una nueva alternativa de desarrollo y de organización de la economía, la sociedad y el sistema político, y se esgrimen las ventajas del Estado fuerte y centralizado, de la planificación autoritaria, del gran espacio continental. Junto con los Estados Unidos, la Unión Soviética flanquea al viejo centro europeo, lo limita y debilita, contribuye a la desaparición de las áreas de libre maniobra y a la congelación de las posiciones de poder en el mundo. El experimento soviético comienza a ejercer casi de inmediato una influencia en la periferia dependiente y colonial de Asia, África y América Latina y, por consiguiente, en la Cuenca del Pacífico.

La retracción del ámbito externo para la recuperación y la nueva expansión de los países capitalistas desarrollados es reforzada por el comienzo de la crisis colonial Las semillas del cambio y la rebelión han sido sembradas desde antes de 1914. La Gran Guerra moviliza a pueblos coloniales para la lucha, proveedores de soldados, mano de obra, recursos y productos. Los combatientes de color son actores y testigos de la masacre entre los civilizados blancos colonizadores, revelados como vulnerables y capaces de suprema barbarie. Las potencias beligerantes estimulan el nacionalismo en las colonias enemigas, y en ellas y en las propias diseminan como propaganda las ideas de democracia, independencia nacional y autogobierno. Deben además hacer concesiones a los súbditos nativos, cuyo posterior incumplimiento desprestigia y alimenta el descontento. La guerra determina interrupciones y cambios de dirección en el comercio, las inversiones internacionales y las actividades productivas y estimula un cierto desarrollo de la industria y la valorización de recursos en los países dependientes y coloniales, contribuyendo al aumento de las capas medias, entre las que comienza a surgir la motivación de la independencia. La Revolución Rusa refuerza el despertar social y nacional; da un ejemplo de revolución posible en un país que desafía a las potencias occidentales y propone nuevas fórmulas para superar la dependencia y el atraso.

Bajo el impacto de estos factores, los movimientos nacionalistas toman impulso en las dependencias y colonias desde las postrimerías de la Primera Guerra. Europa conserva en conjunto la esfera colonial de que dispone en 1914, pero su expansión se detiene y comienza a ser cuestionada.

Entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial las principales potencias y naciones desarrolladas intentan dar solución al problema no definitivamente resuelto de la hegemonía mundial. Parte crucial de ello es la lucha entre los Estados Unidos y el Japón por la Cuenca del Pacífico. La rivalidad nipo-americana en el Pacífico se perfila claramente desde 1922, en la Conferencia de Washington que limita la flota de guerra japonesa. Japón es al mismo tiempo forzado por las potencias occidentales al abandono de sus posiciones de Chan-tong, China. En 1927, con la llegada al poder del ministerio Tanaka, los grupos militares comienzan a disponer de una influencia creciente. [Nota 6]

Con la crisis de 1929, y el consiguiente cierre de numerosos países a los productos nipones, la conquista de nuevos mercados y territorios ricos en recursos agropecuarios y de materias primas se vuelve imperativo vital para Japón. Desde 1931 Japón entra virtualmente en un proceso bélico ininterrumpido hasta 1945, a través de la ocupación militar de Manchuria y la creación del Estado satélite de Manchukuo (1932), y de la guerra con China Gulio 1937). Japón abandona la Sociedad de las Naciones en 1933, y se acerca a la Alemania nazi, con el tratado tripartito de septiembre de 1940. Las dificultades con China, sin embargo, impiden que Japón entre en guerra contra la Unión Soviética.

El descontento del gobierno japonés con el pacto germano-soviético de agosto de 1939 dará el pretexto para la neutralidad. El aprovechamiento de la situación desesperada en que se halla Inglaterra después de las victorias alemanas de 1940/41 permite al imperialismo japonés lanzarse a los mares del sur y al sudeste asiático. En septiembre de 1940 las fuerzas japonesas obtienen del gobierno de Vichy el derecho de estacionamiento en la Indochina francesa. En septiembre de 1941 el ejército derriba al príncipe Konoye, que busca un arreglo pacífico con Estados Unidos, y da el gobierno al general Tojo. Japón ha intensificado durante 10 años el esfuerzo de sus astilleros navales, y posee en 1941 una formidable flota de guerra, y una considerable flota mercante (tercera del mundo).

La destrucción de gran parte de la flota norteamericana del Pacífico por el ataque a la base de Pearl Harbor, Hawai, el 7 de diciembre de 1941, y el hundimiento tres días después en la Malasia de dos acorazados británicos, aseguran al Japón por mucho tiempo el dominio del mar. Una guerra relámpago de seis meses le da el dominio de un inmenso territorio, rico en alimentos y materias primas (caucho, estaño, petróleo): Con la toma de Hong-Kong, Singapur, y la conquista desde la Indochina francesa de Tailandia y Birmania, el Imperio Británico se derrumba. En el Pacífico, Japón va conquistando Guam y Wake, Borneo y las Celebes, las Molucas, Sumatra, Bali, Timor, Java y las Filipinas, y (con los desembarcos en Nueva Guinea y las Islas Salomón) se coloca en las puertas de Australia y hasta de América (desembarco en las Islas Aleutianas). Estos éxitos extraordinarios, debidos en gran parte a la sorpresa inicial, no compensan por largo tiempo la inferioridad del potencial de guerra japonés frente al de los Estados Unidos ni destruye la moral de éste que, abandonando el aislacionismo se lanza totalmente a la guerra.

Desde fines de la primavera de 1942 se va desplegando la contra-ofensiva de Estados Unidos y sus aliados mediante su supremacía naval y aérea. Desde junio de 1943, el avance norteamericano se va desarrollando de archipiélago en archipiélago. A principios de 1945, los centros industriales del Japón son atacados por las fortalezas volantes B-29. El lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki fuerza la capitulación del Japón el 2 de septiembre de 1945.

Con la derrota, Japón pierde sus posesiones exteriores. Ello va acompañado por un inmenso trastorno en el Pacífico, y las evidencias de un golpe fatal asestado a la dominación europea en toda la región. La guerra y la acción japonesa han suscitado en los territorios conquistados un sentimiento de independencia asiática ante el cual los vencedores deben inclinarse. Occidente en general ha sufrido una irreparable pérdida de prestigio. La descolonización comienza, en India, Indonesia, Filipinas, Indochina. A resultas de la combinación de la guerra internacional con la guerra civil, China triunfa sobre Japón, y la variedad maoísta del comunismo sobre el nacionalismo de Chiang-Kai-Shek. Una dinámica de cambio estremece la Cuenca del Pacífico a partir y a través de la Segunda Guerra Mundial, y su principal consecuencia es el ascenso de ésta a la posición de nuevo eje mundial para el presente y para el siglo XXI.


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