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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1991

SADAM REY, SADAM EN COLONA*

Author: Ghessan Salame [Nota 1]


* Tomado de Libération. Traducción de Nilda Ibarguren.

"Destruí en 1979, el PC iraquí y diezmé a sus dirigentes.

Condené, como nadie lo hizo, la invasión soviética a Afganistán y suministré armas a los mujaidines.

Hice volver por la fuerza a Egipto dentro de la familia árabe, después de años de ostracismo debidos a los acuerdos de Campo David.

Hice la paz con vuestro amigo el Sha en 1975 y la guerra a vuestro enemigo el Ayatollah a partir de 1980.

Siempre estuve a favor de los precios petroleros bajos y lo he probado, desde 1973 hasta nuestros días.

Expulsé a Abu Nidal de Bagdad para apartarme del terrorismo y bajé el tono con Israel durante todos los años de guerra con Irán.

Sostuve firmemente al rey Hussein de Jordania, vuestro hombre y aliado.

Firmé dos acuerdos de no-agresión (en 1980 y de nuevo en 1989) con vuestro protegido saudí y en diez años no hice nada para perturbar su seguridad.

Hice todo esto porque pensé que podía ser vuestro mejor amigo en la región; más aceptable que el Sha para mi población, menos minoritario que Assad, no otaniano como los turcos, más poderoso que los saudíes, menos aislado que Israel. Esto es lo que soy. Creí que lo habíais comprendido cuando se organizó conjuntamente, en la primavera de 1988, el aplastamiento de Irán, yo rechazándolo de la península de Fao y ustedes castigándolo en el mar: yo enviando mis misiles sobre Teherán y ustedes, manipulando subrepticiamente las resoluciones en la ONU. A Irán lo contuvimos juntos, y os perdoné vuestro desliz del Irangate

Pero después que esta guerra terminó y que el Ayatollah murió, la Voice of America me compara con Ceaucescu. US News me llama en su portada 'el hombre más peligroso de la tierra', y es suficiente que yo importe una pieza de cañón o un pequeño encendedor de reactor para que me encuentre con vuestros servicios especiales y vuestros periodistas en la puerta, pisándome los talones. Vuestra complacencia bancaria se agotó y perseguís a los bancos que todavía me prestan, como la filial de la BNL, italiana de Atlanta. A decir verdad, una vez contenido Irán ya no habéis tenido necesidad de mí; vuestro viejo aliado israelí os excita contra mí; vosotros incitáis a los kuwaitíes a privarme de su ayuda. Entonces os voy a dar una lección, y a ver qué hacéis."

No es que la Historia pueda reducirse a una historia de amor, pero en el conflicto irako-americano, tal vez de eso se trate. Meses antes de la invasión a Kuwait, Sadam se sentía un amante rechazado, abandonado, condenado incluso. De donde provienen una serie de endechas, destiladas a sus visitantes americanos y que se han resumido y reunido más arriba.

Pero hasta que la ONU no nos hiciera saber, en medio de la noche, que la guerra había comenzado, se podía pensar que ésta era evitable. Queda por saber por qué no lo fue.

Faltaba, desde luego, que Sadam se decidiera a retirarse de Kuwait. No lo hizo. No por quedarse con Kuwait, o sus riquezas. No porque el nacionalismo árabe, estilo prusiano trasnochado, lo cegara. No porque los palestinos no hubieran obtenido nada en cinco meses de tratativas. Si Sadam no retiró sus tropas fue porque pensó que, por más que hiciera, los americanos querían su pellejo. Más valía por ello intentar lo imposible, cambiar radicalmente o, al menos, y ya que Washington había decidido su fin, encontrar una salida.

El sentir que se quería acabar con él es una idea de Sadam que precedió a Kuwait. Toda la conversación sostenida con la embajadora americana, April Glaspie, lo confirma.

Ya abierta la crisis, Sadam comprende que, a los ojos de Bush, él representaba a "Hitler, peor incluso que Hitler", una condena que cerraba todas las vías de salida. Si Sadam era Hitler, Washington se comprometía a liberar al mundo de su presencia. Sadam lo entendió como una condena sin vuelta. No estaba errado al pensarlo. Al comparar al señor de Bagdad con el Führer, quedaba vedado Munich, y en lo sucesivo todo acuerdo podía parecerlo. Y por lo tanto, se impedía todo acuerdo.

El rechazo americano de las propuestas francesas en la ONU, tan poco apremiantes para los americanos, acabó seguramente por convencer a Sadam de que no se le quería dejar espacio para ninguna puerta de salida. Norteamericanos cercanos a la administración nos lo repetían desde mediados de octubre, por lo menos. Su papel había terminado para Washington. Él era el testigo molesto de una época pasada, cuando se logró seapararlo de Moscú y luego lanzarlo contra el Ayatollah.

Por esto, hay en la trayectoria de Sadam un verdadero sentido trágico. Siendo un huérfano de padre, se había labrado un nombre, si no un apellido, a costa de mil aventuras, de mil golpes de mano, abusos de autoridad, golpes de Estado, de mil fechorías. Desde 1979, había eliminado sin ceremonias inútiles a su padre político, el viejo mariscal Bakr, y lo había remplazado en la conducción del Estado. Faltaba ahora que pudiera gobernar. Afectado por la hybris de los mal nacidos convertidos en potentados, tuvo el realismo de volverse útil a Occidente al día siguiente de la caída del Sha. Para su desgracia, y para la de su pueblo, sacó muy rápidamente de ello la intuición de un gran destino para sí, para su país, para los árabes.

Pero otros veían en él al instrumento expletivo antes que al jefe irremplazable. Los norteamericanos se acomodaban mal a sus ambiciones, la URSS de Gorbachov no lo quería, Francia le recordaba sus retrasos en los pagos, Gran Bretaña lo condenaba después del asunto Bazoft. En el nuevo contexto internacional, él resultaba a la vez arcaico y molesto. Buscó explicarse, pero los dictadores acorralados raramente son escuchados. Magro consuelo, presidió dos o tres cumbres árabes donde hizo una demostración de su fuerza, y de su serenidad. Sus pares lo aplaudieron soñando con su caída. Su "fuerza tranquila" ya no tranquilizaba a nadie.

Entonces, seguro de sus regimientos, y consciente de su destino, marchó hacia Kuwait la muerte, más como Edipo resignado y sereno que como musulmán creyente y fatalista. Y para los Sadam de esta clase, los pueblos cuentan muy poco. Arrastró al suyo, y también a otros pueblos, no porque se hubiera vuelto súbitamente carismático, sino porque hablaba, al fin, un lenguje comprendido. No era un Nasser, con el cual había identificación por más que se dijera, sino un jefe que lograba, si no vencer, convencer. De la arrogancia de las gentes del Golfo, del poder inigualado de Israel y, especialmente, de la duplicidad norteamericana, él estaba convencido, porque ya era víctima de esos "males".

Sadam, el táctico hábil, el realista, el astuto, se ha transformado en Sadam el héroe de la tragedia; todavía astuto en la elección de los arbitrios cotidianos pero resignado ya en el desenlace final. Ya no intentó nada, liberó a los rehenes, concentró sus fuerzas y esperó los primeros obuses norteamericanos. Luego, juega a ganar tiempo para sí y a fatigar a sus enemigos, mezcla de la paciencia del hombre de las estepas y de la astucia del levantino. Si muere, es como héroe. Si sobrevive, es para ser un presidente "normalizado". Nada indica que esté dispuesto a esta nueva mutación.

Hasta aquí, Sadam se había mostrado como un táctico hábil, más bien útil a la gran estrategia regional de los Estados Unidos. El hundimiento de sus cálculos eleva paradójicamente a este hijo sin padre a la dimensión de un héroe de la tragedia árabe.


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