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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1991

PORQUÉ LOS MAGREBÍES DE FRANCIA SE OPONEN A LA GUERRA DEL GOLFO...*

Author: Driss el Yazami [Nota 1]


* Tomado de Le nouvel observateur. Traducción de Nilda Ibarguren.

El choque de las armas aviva las pasiones y reactiva aquí y allá los viejos clichés, las fórmulas hechas, y somos conminados a tomar inmediatamente posición, sin matices ni estados de ánimo. En esta perspectiva, cada uno debe reintegrarse a su tribu, su "comunidad" de origen y declararse a favor de ella, callando críticas e interrogantes.

Este requerimiento de residencia comunitaria ha funcionado tanto mejor cuanto que, desde el comienzo de la guerra, hemos visto surgir por todas partes "llamados a la calma" lanzados a las comunidades supuestamente dispuestas a pelear, mientras otros se apresuraban a ir a tomar el pulso de ciertas mezquitas a la espera de no sé qué prédica encendida. La sospecha en lo relativo a la fidelidad y a la lealtad de las poblaciones de origen extranjero y particularmente magrebí, estaba aún más fortalecida porque tales llamados emanaban de responsables "comunitarios" que deben saber, se dice, de qué hablan.

Sea lo que fuere, la primera lección de esta crisis es que las poblaciones residentes en Francia han reaccionado, en su inmensa mayoría, serenamente, cualquiera que haya sido su sentimiento profundo. Muy sencillamente porque saben dónde está su interés y quieren preservar ese espacio democrático cuyos méritos y beneficios conocen, aun cuando sea de manera confusa. Esta sana reacción dice mucho sobre la madurez de tales poblaciones y su grado de integración a esta sociedad y revela la adhesión que prestan a sus valores y a sus normas. Porque conocen por experiencia el estado de deterioro de su sociedad de origen y su déficit democrático permanente los magrebíes residentes en Francia aprecian en su justo valor el beneficio de la paz y de la libertad que asegura una sociedad democrática.

Por ello, el verdadero peligro que nos acecha no es el de esta confusa "guerra de las comunidades", sino la zanja que puede abrirse entre los pueblos del Norte y los de allende el Mediterráneo. Conocemos muy bien los problemas que horadan al mundo árabe, y sabemos que esta guerra no los resolverá

La invasión de Kuwait por el régimen iraquí no es admisible, y cuando exigimos una solución al problema palestino que hemos denunciado, lo hacemos en nombre de los principios, y en nombre de los principios muchos de nosotros hemos aprobado las medidas de embargo.

Teníamos demasiado presente en la mente esas espantosas imágenes de los kurdos de Halabja y el recuerdo de los relatos de nuestros amigos iraquíes torturados para creer un solo instante en Sadam Hussein y todavía menos para alistarnos en sus filas. Pero a la vez no podíamos olvidar a los niños de la Intifada y las indignaciones selectivas de la administración americana para creer en el advenimiento milagroso de una nueva era para la humanidad donde el derecho se impondría en todo el planeta a las lógicas del interés.

No podíamos olvidar a los jóvenes de Argel o de Fez segados en la flor de la edad, o a las mujeres emparedadas vivas de Arabia Saudita. No podíamos reconocernos en esa imagen caricaturesca del "camino árabe" que nos era remitida por las televisiones demasiado presionadas y que anulaban la complejidad de las aspiraciones y de los problemas de estos pueblos.

Sabíamos, por haber estado muy cerca de ellos, que, de Rabat a Kuwait justamente, las secciones de Amnistía Internacional trataban de abrirse camino, las organizaciones de defensa de los derechos humanos eran cotidianamente blanco de la represión, los grupos de mujeres eran cada vez más numerosos, y que movimientos culturales vivaces daban testimonio del pluralismo del mundo árabe. Desde el corazón mismo del pensamiento islámico, intelectuales valientes sometían la historia y al patrimonio musulmán a una relectura crítica y fecunda. Los elementos de un nuevo pensamiento democrático árabe se asentaban penosamente, y asistíamos a una lenta pero real impregación de esas sociedades por los ideales de democracia, de laicismo y de igualdad de sexos. Frente al polo constituido por los islamistas, un polo laico estaba en vías de cristalizar, a pesar de la represión de todos los regímenes árabes. "Moderados" o "radicales", los poderes establecidos rechazaban esta disidencia, coqueteaban con los integrismos y no veían en sus pueblos que exigían la ciudadanía más que eternos menores de edad cuya fidelidad era preciso ganar aun cuando vivieran en el extranjero.

La guerra y sus consecuencias deben abordarse con toda esta memoria y teniendo en cuenta esta complejidad. Si es justo exigir la restauración de la soberanía kuwaití y el derecho de los israelíes a fronteras seguras y reconocidas, una verdadera política árabe de Francia y de Europa exige desde ahora otras ambiciones que deben ser enunciadas e ilustradas a pesar del fracaso de las bombas.

Es ahora cuando debemos reafirmar el derecho de los palestinos a una patria y es con el único representante elegido, la OLP, con quien debemos discutir. Es ahora cuando hay que hablar con Arafat y no ceder a las presiones en torno a su representatividad pues, al hablarle, se lanza la verdadera señal de esperanza a los palestinos y a los árabes y se ilustra lo que puede ser una innovadora concepción del derecho internacional.

Es ahora cuando tenemos que decir que la democracia es para los países árabes el único horizonte posible y cuando debemos asegurar a sus pueblos nuestra solidaridad en ese combate. Es hoy cuando nos toca proclamar que, de la misma manera que no aceptamos que una dictadura controle una parte significativa de las riquezas petroleras, juzgamos también inadmisible que algunas familias se arroguen, sin ninguna legitimidad, ese derecho.

El lenguaje de las armas no puede ser el único que tengamos con los pueblos de estos países; la presencia en la coalición de regímenes árabes ilegítimos y deshonrados no puede dispensarnos de buscar otro. La política y la democracia deben, aquí y ahora, retomar sus derechos y enunciar claramente sus fines. De no hacerlo, se está expuesto al debilitamiento y tal vez a la desaparición de todos los polos democráticos, que son los únicos interlocutores del futuro.


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