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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1991

TERESA AVELEYRA-SADOWSKA, HASTA LA TERCERA Y CUARTA GENERACIÓN

Author: Luz María Silva


TERESA AVELEYRA-SADOWSKA, Hasta la tercera y cuarta generación, 1990, México, Joaquín Mortiz, 255 p. ISBN 968-27-0395-6.

Clara Da Silveira se enfrenta en su cama a la muerte y a la vida. Nació en la Colonia Roma, y ni siquiera mereció el calificativo de sietemesina. Mientras duró la gravedad de su madre parturienta fue alimentada a cuentagotas con leche maternizada y caldo de legumbres.

Palabras más, palabras menos, así empieza Aveleyra-Sadowska su novela Hasta la tercera y cuarta generación. En ella entreteje retratos de personajes y familias y ocupa un lugar la evolución de la Ciudad de México, de los gustos y costumbres de sus habitantes.

Clara, la niña y Clarita, la mamá son los personajes. Con mucho humor, la narradora describe a su bebé, Clara, una vez que se ha afianzado a la vida: "las facciones graciosas -nada más- se perdían entre protuberancias carnosas en mejillas y barba; la papada era de vieja glotona; los pechos, de nodriza; el vientre, de Buda; los muslos, de pavo de Navidad..."

Alegre por vocación, Clara era tan sensible a los ruidos, a los malos olores, a las pesadillas infantiles, como aficionada a la naturaleza, al sol, a las flores, al arroz con leche, a la música, a recitar, a las travesuras, a jugar. Antes de entrar en parvulitos prácticamente sabía leer. Por parlanchina y juguetona su padre solía repetirle: "¡Clara, hijita, no hables tanto que nos aturdes!"

México, diciembre de 1924: "Clara tomó plena conciencia de la singularidad de la temporada. Ésta se inició con expediciones familiares a la 'Casa Boker' -donde había la mejor pirotecnia alemana- y a la plaza de La Merced. El aprovisionamiento era mayúsculo y repetido, pues se trataba de celebrar, con cien o más invitados, las nueve noches de las Posadas y -en familia, sólo en familia y en torno al Nacimientola fiesta de Navidad."

La imagen del padre: un ser amable e insociable, médico de ricos para poder serio de pobres, generalmente serio y siempre bondadoso.

Almidón en las sábanas, colonia Jean Marie Farina, baños de tina, boiler de leña, director espiritual, nana, Congregación Mariana, Caballeros de Colón, Madres Católicas, Liga Mexicana de la Decencia, Catecismo del padre Ripalda,recortes de caramelo comprados por kilo en Larín, el Buick de siete asientos, teléfonos Ericcson y Mexicana, las tiendas elegantes: Maria Pavignani, La femme chic, Kamchatka y La Pompadour, los baños turcos del Hotel Régis sirven de marco nostálgico, divertido y equilibrado, a reflexiones como esta: "...ella siguió sintiendo que el primero y quizá el único mandato divino era 'Honrarás a tu padre y madre' ...sólo muchos años más tarde llegaría a pensar que ...faltó la justa contrapartida: 'Respetarás a tu hijo'."

Clara describe su casa como "una verdadera casbah: una casa grande y fortificada, cómoda e higiénica, pero fea, complicada y extravagante como esas colchas formadas de parches cosidos entre sí. Además, su sobrepoblación de antiguos cristos, santas y santos mártires, le daba aire de iglesia de novenario de penitencia; y la multiplicación de cerrojos, pasadores, pestillos, candados y trancas producía el escalofrío que debe de sentirse en las prisiones..."

En el cine Balmori, entonces en Avenida Jalisco, había matinés dominicales a los que no podían faltar Clara y sus hermanos. Los besos en las caricaturas, la literatura médica del padre, los fragmentos de las conversaciones de los mayores fueron para la niña -como para muchas de sus semejantes, antes y después, ayer y hoy a pesar de la televisión- fuente primaria de "educación" sexual, la forma de "perder la inocencia". Los padres, alarmados por los conocimientos de su hija la mandaron con el confesor, que se encargó de aterrarla con el sexto mandamiento, "ese misterioso 'No fornicarás'" y, como consecuencia, "conoció, por primera vez, el terror que produce bascas, que aprieta las quijadas y hace doler, uno por uno, todos los dientes".

Primera Comunión. Vuelta a sentirse limpia. La persecución religiosa libera a Clara del terrible confesor y la conduce por corto tiempo al confesionario de un sacerdote comprensivo.

El tiempo pasa. Clara es inscrita en el Colegio Francés de la lejanísima Colonia del Valle. Nuevo hermano, muchas aventuras, inicio del oficio de escritora y primer enfrentamiento con su madre. Llegan los once años y descubre su condición de mujer.

La residencia de la familia paterna "tenía dos patios, varias cocheras, pesebres para el tronco de caballos, habitaciones suficientes para la servidumbre, y seis accesorias hacia la calle... El afrancesamiento reinante apenas si entró en aquella casa, que siguió la tradición de las antiguas mansiones mexicanas: patio principal de grandes losas de piedra; pozo con noria de malacate; arriates florecidos en torno;... escalera monumental de ida y vuelta hacia el alto corredor y las habitaciones de su familia..."

El abuelo, "de cepa liberal y adherido al positivismo de la época, miraba con indulgencia la beatería de sus hijas -'sustituto del matrimonio', decía... Permitió que a su casa entrara el periódico avanzado El Imparcial, pero no El diario del hogar, publicación dada a la mojigatería".

La familia materna, de origen "noble" y tapatío, tiene también su lugar en la historia. El amargado y cruel abuelo, que, sin embargo, fue capaz de entregarse a su familia y "dar a la esposa, aún joven y linda, ese poquito de ternura que no se le pudrió en la juventud", se ensañó particularmente con Clarita, su hija menor y madre de Clara. Clarita aprendió pronto a usar su privilegiada inteligencia natural para manipular al padre y, llegado el momento, "asumió con claridad su papel de seductora."

La fuerte y solitaria Clarita fue capaz de dejar a su anciano y rico padre cuando se enamoró de una joven de su edad. Clarita la seductora era temible al rechazar las pretensiones matrimoniales, hasta que Rafael, el doctor solterón, por los hechos más que por la edad, olvidó eso de que "al matrimonio sólo se entra como a una regadera de agua fría y le hizo la corte enviándole "ramos de violetas y primorosas cajas de fresas con crema".

"Rafael Da Silveira y Clarita Antuñano de los Ríos se casaron en la iglesia de Buen Tono, que entonces era iglesia de las bodas 'diferentes'."

Clara, la hija, vuelve a su casa cuando el cardiólogo la ha dado de alta y sigue con sus recuerdos: el colegio de monjas inglesas en donde estudiaría la secundaria hecha una mangani, las juveniles fantasías eróticas, los regalos y halagos paternos, las zarzuelas, las comedias blancas de las hermanas Blanch en el Ideal, los viajes en el vagón especialde Ferronales a Estados Unidos, la primera aventura en avión, el cinturón de culebra en el que el padre lleva sus centenarios de oro. Clara revive las manipulaciones de una madre castrante, ¿envidiosa de su hija adolescente? En su ser retumban las terribles y frecuentes palabras maternas que reprueban la costumbre de leer: "No te basta con ser un marimacho que no sirve para nada en la casa, no te basta con no ser una mujer en tu hogar: ahora haces la víctima, para ponerme en mal con tu papá..."

Adolescente, es asaltada por toda clase de sentimientos contradictorios y despierta a la vida sin alguien que la guíe. Es conducida por libros sagrados y jesuitones, recomendados o no. Clara y su padre, cómplices. Clara obsesionada por la muerte, Clara adelgaza a pesar de los vasitos de Quina Laroche y las dosis diarias de Yodalactina Manuell, de Emulsión de Scott y de Fosselite B.

Tras ciento nueve páginas leídas de una sentada, Teresa da un respiro al lector. Luego llega al "Barrio de Metepec", a la fiesta de San Lorencito. Vida del sacerdote Cantera, en realidad nieto de su padre legal, hijo de su hermano, confesor-inquisidor de Clara, de ese desdichado "sacerdote a medias" cuya personalidad tenía tres facetas: "Ia belicosidad jesuítica, la solitareidad cartujana, y la propia insana inclinación hacia el sufrimiento propio y ajeno."

Clara, la quinceañera humillada que no da su brazo a torcer, oye la opinión que tiene de ella su madre: "lo que pasa es que eres una cuerona, sí cuerona, de esas gentes que ni sienten agravios ni agradecen beneficios." Clara, obligada a permanecer en casa un año para descansar de la secundaria. Residente de "la línea Olinalá" -por aquello del nombre de su calle y de la línea Maginot-permanece oculta al mundo en una casa cuya puerta de fierro ha sido construida por Gabelich.

Las esperanzas familiares: que Clara estudiara medicina, pero ella se inscribió en Letras y en Filosofía en el local de Mascarones. Estudiaba y disfrutaba de su libertad en los camiones Roma Mérida y San Rafael. Un viejo y querido profesor y tres jóvenes eran sus cuatro enamorados. Último día en el siglo: enmedio de una tormenta capitalina que provoca un apagón la nueva postulante es dejada por su familia en su convento-cárcel de la calle Murillo en Mixcoac.

Otro paréntesis nos lleva a Italia y nos regresa a México con el padre Ambrosio y la historia de su madre, fundadora de una orden religiosa, hija de un diplomático italiano y embajador frustado en tiempos de Don Porfirio, viuda de un aguerrido capitán, cuyo décimo hijo es el sacerdote.

Clara en el convento es la número 49, la vestal de primera clase, pero tiene que disfrutar la soledad en Dios en compañía de cinco desconocidas, azotarse nalgas y muslos en vez de la espalda porque en las congregaciones modernas no se usa una disciplina que puede dañar los pulmones.

En este ambiente de sufrimientos y alegrías, resurgió, más poderosa que nunca, la primera vocación de Clara: la alegría.

"La ceremonia de toma de hábito de Clara Da Silveira fue espectacular, gracias a que Doña Clarita... puso el mayor y más logrado empeño en mostrar, dentro y fuera del convento: ante las Oblatas, los numerosos parientes y amigos y, sobre todo, ante sí misma, cuán preciosa era la prenda de la cual se había desprendido por amor a Dios."

Después Clara se vuelve una coqueta novicia a la que pronto le caen responsabilidades y autoridad. Clara es la hermana escritora que hace sus primeros votos, temporales en voz alta y perpetuos en su fuero interno. Clara, madre maestra, sigue la regla paterna: "suavidad en la forma; firmeza en el fondo".

Clara y el padre Ambrosio: intercambio de ideas, desayunos, dudas, penas, gratitudes, traducción privada. Clara enferma gravemente. Su médico-papá prescribe paseos al aire libre, salidas del convento. Clara descubre las manipulaciones del padre Ambrosio. Clara y el sacerdote, enamorados. Clara separada de su convento por el clérigo enfurecido. Clara enviada a una casa de provincia. Clara en el campo. Clara huérfana.

Escuela, maestra, chofer, aventurera. La madre Clara enviada de vuelta a casa descubre que la ciudad también ha cambiado en el transcurso de seis años: los supermercados y Sears, la tienda gringa que hace furor.

Primer día mundano. Euforia y exaltación. Dudas e incertidumbres. Libertad que era a veces un camino "ancho y despejado, pero, la mayor parte del tiempo la asustaba como un vacío, como un abismo." ¿Traductora en la UNESCO o vendedora en Sears? El padre Bordas, que confiesa haberle visto "cara de fémina inquieta y andariega", le pide que tenga cuidado, no vaya a ser que le suceda lo que a las doncellas del Quijote, "que llegaban a los ochenta años con toda su virginidad a cuestas", y le ofrece ayuda para una beca en Francia, en donde lo primero que aprende es la delicia de los zapatos bajos y cómodos, Clara muchos años después escribe cerca del final...

LUZ MARÍA SILVA

Departamento Académico

de Estudios Generales, ITAM.


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