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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Verano 1991

AMÉRICA: HISTORIA Y CONMEMORACIÓN. UN COMENTARIO HISTORIOGRÁFICO

Author: Mauricio Tenorio[Nota 1]


It is not the literal past that rules us, save, possibly, in a biological sense. It is images of the past... A society requires antecedents. [Nota 1]

I

Octubre 12, 1492, Cristóbal Colón llega a la pequeña isla Guanahani, a la cual renombra San Salvador. Imagina que "Allí está el paraíso terrenal, hacia el golfo de las perlas, entre la boca de la sierpe y el dragón..." paraíso terrenal del Imago mundi encontrado en la parte más alta del mundo en forma de pera, "teta de mujer allí puesta". Sean las anteriores afirmaciones hechos históricos. 1992 irremediablemente completa el medio milenio de estos acontecimientos. Quinientos años es la medida temporal y espacial que nos separa del hecho.

Parece, pues, ser tiempo de conmemorar, que no forzosamente de celebrar. Ante el hecho, ¿qué puede decir la historia no como escrito de lo que sucedió, sino como oficio de escribir el pasado?

En distintos países se han organizado comisiones encargadas de la celebración del quinto centenario del "descubrimiento" de América o del "encuentro de dos mundos". Ciertamente no es puramente semántica la distinción entre "encuentro" y "descubrimiento" o entre "celebración" y "conmemoración". Cada término connota un entendimiento del pasado desde un presente interpretativo; entendimiento no exento de cuestiones nacionales, políticas, raciales e imperiales. Hablar de celebrar el descubrimiento de América rima con coloniaje, con el argumento de la ausente América en el concierto de la historia universal. La del medio siglo del descubrimiento de América parecería ser la fiesta de "gachupines" trasnochados, de tenderos ignorantes.

Asistir a la celebración del quinto centenario del "encuentro de dos mundos" parecería ir, al menos, más acorde con el "presente" interpretativo de que partirnos; con el tiempo de los "post...ismos". Y sin embargo, lo de celebrar y de encuentro pone color de rosa, lo que nada nos hace pensar fue algo así como apretón de manos -léase destrucción ecológica, catástrofe demográfica, conquista de "cuerpos y almas". [Nota 2] La "leyenda negra" de España, heredada del indigenismo de De las Casas, y retomada y reformada por los historiadores norteamericanos de fines del siglo XIX -que siempre dejan sabor de un Nerón que acusa a Atila-, apoyó en América Latina el desarrollo de una conciencia antihispanista. Con algunas notables excepciones, la revolución de 1910, y su consecuente nacionalismo indigenista, reforzó este anti-hispanismo y lo hizo libro de texto [Nota 3] o mural. Y después de la tormenta del odio, cierto pensamiento latinoamericano optó por dar la impresión de calma y madurez hecha de olvido o de perdón: entonces: América y España a celebrar el fructífero encuentro de dos culturas. Sin embargo, sin caer en condenas estériles, históricamente podría conmemorarse, que no celebrarse, el hecho histórico de América discutiendo al máximo lo que se sabe del hecho y sus consecuencias, y el porqué para algunos es encuentro, para otros descubrimiento. Un autoexamen acerca del cómo de la historia.

En esencia, los verbos descubir, encontrar o, el clásico del maestro O'Gorman, inventar, son verbos de la historia. No son Colón (América), Vasco de Gama (India, África) o Pedro Alvarez Cabral (Brasil) quienes descubren, inventan, describen o encuentran un territorio. Ellos se crearon la imagen muy suya de sus empresas. Son los intérpretes de esas evidencias, es decir, los narradores del pasado quienes consolidan cada uno de los nombres (descubrimiento, encuentro, etc.). Pasado siempre sujeto a una interpretación ya iniciada con la distinción pasado-presente. Así, la discusión entre descubrir o encontrar (cuestión de interpretación del pasado; respuesta a las preguntas cómo y por qué del suceder) puede incluirse en la de celebrar, no celebrar o simplemente conmemorar, y cómo (cuestión de puro presente; referida a las preguntas sobre el significado que existe en armar las interpretaciones anteriores y los intereses detrás de cada interpretación).

En lo de conmemorar, la voz del profesional de la historia es fundamental, pero no definitiva: no es el amo y señor del presente en el que está contenido. El pasado es entendido por el historiador, distinguiéndolo del presente y suscribiendo una forma de conocimiento "verdadero" -lo cual está implícito en lo de descubrir, encontrar, inventar-. Forma que, en tanto que se asume como verdadera, debe servir también para explicar su presente. El pasado y el presente insospechadamente se unen en los actos de conmemoración. Ahí pueden enfrentarse y desenmascararse distintas visiones historiográficas y diferentes intereses político-sociales. Son momentos óptimos para confrontar nuestras interpretaciones históricas generales, como una manera de ponderar nuestra conciencia del pasado; de ver, como propuso Isaiah Berlin, si es momento de derrumbar viejas, o de construir nuevas, explicaciones generales, de aquellas que hacen "experimentar un sentido de realidad y de dependenciabilidad (dependability)". [Nota 4]

Toda la historia está sujeta a ser escrita y re-escrita por su tiempo. Para la mayoría de los que consideraríamos grandes momentos de la humanidad (por ejemplo, el uso del fuego, la elaboración de la rueda, etc.) no guardamos fecha ni nombres identificables. El así conocido "descubrimiento de América" quiere ser en la "conciencia histórica" de nuestros tiempos uno de los más emblemáticos de los "grandes momentos" de la historia, pero uno de los que no es anónimo. Toda historia se re-escribe, pero hace más ruido la reescritura de este gran momento no-anónimo. Y parece inevitable tener que conmemorar, que no forzosamente celebrar, el hecho de su "eventualidad" en un espacio-tiempo del que creemos estar ciertos. Porque esos grandes momentos no-anónimos además de forzar su conmemoración, poseen la característica de ser más que un área de la disciplina histórica: son conciencia histórica común de gentes y pueblos. La cuestión de "América", pues, trae a cuento contemporáneamente, y en alta voz, el problema de la historia y su quehacer.

II

Hay mitos sobre el quehacer de la historia que adquieren nueva vida en el debate sobre "América". Irineo Funes, el memorioso personaje del cuento de Jorge Luis Borges, [Nota 5] poseía "más recuerdos que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo". Sin embargo, nos dice Borges, era "incapaz de ideas generales". Este memorioso personaje cumpliría el ideal del omnisapiente cronólogo tan de la historiografía empiricista y positivista, partidaria de fechas y nombres a destajo. Funes es el "tipo-ideal" de la historia que se propone "verdadera" representación del pasado. Sin embargo, Funes, nos dice Borges, "no era capaz de pensar" pues "pensar es olvidar diferencias, es genealizar, abstraer". La historia es sin duda pensamiento, idea, comprensión, recreación y elaboración, pero la historia, dice Berlin, es "la proyección mental en el pasado de (la) actividad de selección y ajuste, de búsqueda de coherencia y unidad, junto con el intento de refinar esta actividad con toda la auto-conciencia de que somos capaces". [Nota 6] Nada nuevo hemos de agregar al añejo debate entre empiricismo e idealismo en historia, o entre asimilacionistas y autonomistas (la historia como disciplina científica a la manera de las ciencias naturales); [Nota 7] librémonos de los extremos de decir que la historia es un simple subgénero de la acción, o una ciencia. Sin negar lo "duro" que resulta la evidencia histórica en sus distintas formas, lo cierto es que el recurrir a lo factual no nos daría la "verdadera" solución que evitara los debates entre "descubrimiento" e "invención" y que nos diera los parámetros para justificar una celebración.

Funes el memorioso no es el único mito que recorre la interpretación histórica. Viajar al espacio-tiempo histórico de fines del siglo XV, es decir, vivir la historia parecería ser la única, contundente manera de decir cómo fue el pasado, y de, en concordancia, ordenar el rito de conmemoración. Dos peligrosos sueños rondan este ya de por sí onírico argumento: a) el de que la distancia que nos separa del hecho histórico "América" es nada más temporal y espacial; y b) que forzosamente para nosotros "viajeros" del futuro y conocedores de los capítulos siguientes de una trama sería más fácil entender y conocer el pasado, que es prólogo.

Y si el viaje al pasado fuera posible, también lo sería la transformación y ordenamiento del mismo. Sabríamos los porqués del ocurrir del pasado, y las vías alternativas que pudo haber tomado, conoceríamos lo que Trevor-Roper llama the unknown moments de la historia. Traigamos, empero, más cuento a la evidencia. Con una moderna cacería de dinosaurios, la imaginación de Ray Bradbury nos ilustra en sus límites esta visión del pasado como prólogo y de la historia como evolución. Así, un extraordinario safari al pasado "pre-histórico" (es decir, no narrado) se hace posible gracias a complicados mecanismos. El cazador experimenta la sensación de matar un terrible dinosaurio el cual, de cualquier forma -reza el cuento-, habría de morir milésimas de segundos después del disparo. La presa, se calcula, cae en la misma posición que en el pasado "verdadero" (el que pasó). Nada es alterado. Se camina sobre un pasillo electrónico, sin pisar ni tocar nada. Sin embargo, un descuidado cazador pisa el suelo pre-histórico y su hojarasca, sus insectos, y su composición química. El mal está hecho. Al regreso del safari, los cazadores encuentran todo cambiado, hasta la ortografía de las señalizaciones. El lector queda perplejo y exhausto de imaginar toda la hilación de cambios y transformaciones producidas por esa irresponsable pisada, pero queda también seguro de lo factible del juego de tiempos. Porque el pasado, se cree, es prólogo del presente. Empero, el pasado guarda una autonomía tan poderosa como nuestra incapacidad de entenderlo por la distancia temporal y conceptual que nos separa de él. Así, el pasado se vuelve, en efecto, prólogo, pero un prólogo: el del presente en que se cree o el que se defiende. La tarea es afirmar al máximo la base empírica de la historia. También es considerar la no-linealidad evolutiva de la historia, y desenmascarar los intereses del presente que construyen las ideas de pasado.

Aferrarse a los verbos descubrir, inventar, o encontrar en el entendimiento del fenómeno histórico llamado "América" es mantener una interpretación histórica particular. En esencia, cada interpretación no es hija legítima y pura de la verdad, sino, como afirma Louis Mink, de la "evidencia real, toda la cual por supuesto está en el presente". [Nota 8]

Colón, por ejemplo, como fuera captado por el acierto de Luis Weckmann, [Nota 9] constituye el último de los viajeros medievales, y no el primero de los modernos. Incluso es posible encontrar consenso en la historiografía contemporánea respecto del carácter "medieval" de la empresa española. Pero lo de medieval sólo es visible desde el punto de vista del tiempo, nuestro tiempo, post-iluminista.

Para la modernidad las divisiones entro lo "moderno" y lo medieval parecen muy claras. Bejamin Keen, [Nota 10] tomando a lo autóctono de América (el pueblo azteca) muestra como existe una historia cambiante de lo que es generalmente aceptado como historia última. Sin duda antropológica, etnográfica e históricamente tenemos más datos del pueblo azteca, pero las interpretaciones no siguen paso a paso a las evidencias, sino que también se guían por el ambiente intelectual, las formas de ver la vida y los intereses de cada tiempo. Para Europa ha habido, así, varias nociones de América y lo "americano" que se entremezclan y siguen: han pasado de la América absorbida en el proyecto español de la magnae hispaniae, a la América utópica franciscana, a la América sutirdora de materias primas, a la América exótica, a la América rebelde y a la América refugio. O del indio esclavo por naturaleza (Sepúlveda), al paternalismo católico lascasiano, al utopismo franciscano inherente en el proyecto de la Iglesia Andina del nuevo milenio. [Nota 11] Y dentro del "canon" medieval tuvieron espacio las siones más renacentistas; la prueba: Pedro Martir para quien los conceptos estéticos de los indios americanos ponían en evidencia lo relativo de las verdades absolutas europeas: "No me recuerdo de haber visto jamás cosa más fea, y a ellos les parece que no hay debajo de la luna nada más elegante: ejemplo que nos enseña de cuántas maneras el humano linaje se abisma en su vaguedad, y cuánto nos equivocamos todos..." [Nota 12]

La re-visión de la historia no topa con pared. Los Aztecas, por continuar con el ejemplo, son considerados contemporáreamente una civilización "orgullo" de la humanidad (Soustelle), [Nota 13] o una sociedad objetivamente (ya no moralmente) sanguinaria (Padden) [Nota 14] o como un problema de la "distinción del otro". Todorov (1982), [Nota 15] un lingüísta ubicó la cuestión de América dentro de una dimensión epistemológica. [Nota 16]Para este autor, la presencia europea en el "Nuevo Mundo" significó semejanzas, mutuas incomprensiones, sumisiones, sincretismos y resistencias continuas. Pero, Todorov arguye, lo que nunca hubo fue "una configuración cultural y social que pudiera permitir comprender las diferencias".. El prejuicio de la superioridad (someter al otro como esclavo) era tan explotador y subyugante como el de la igualdad (obligar al otro a ser yo). Lo de América es, pues, una cuestión de dominación de lo "otro". Ecos éstos, de una imparable tarea de revisión de la historia.

Es un problema historiográfico, por supuesto, que la "otredad", en tanto tal, siempre guarda poca evidencia histórica. La escritura de un pasado hegemónico se lleva a cabo unas veces encimando, otras borrando del todo "otros" posibles pasados. El pueblo azteca mismo re-escribió y destruyó historia: en 1428 Itzcoatl ordenó se quemaran los códices y evidencias, y se re-escribiera la historia mexica de acuerdo al tiempo imperial que se vivía. Según parece, mitólogos como Tlacaelel llevaron a cabo la re-escritura de la historia, y consolidaron así el mito del sacrificio humano, del origen divino del pueblo Mexica y de su destino de dominación imperial. Algo similar hará después de la conquista Fray Juan de Zumárraga con los códices aztecas restantes. Quedó escasa evidencia de la presencia azteca; [Nota 17]escasez que no niega su existencia, ni habla de su trascendencia, sólo dice de una cosa: su derrota.

Dudoso es que surjan nuevos importantes documentos sobre el tan debatido hecho "América". Como Funes el memorioso, sabemos, mejor aún, ignoramos lo que ignoramos. A las cartas y crónicas de Colón, a las epístolas de Cortés, a la historia de Fernández de Oviedo, F. de Gomara, Don Bernal Díaz del Castillo, etc... pocas fuentes primarias habrán de agregarse. No hay eslabón perdido cuyo descubrimiento nos permitiera afirmar la historia verdadera. Sin duda la labor de búsqueda es siempre bienvenida, pero en el terreno de los descubrimientos documentales y arqueológicos, el tema de Europa en Amérca guarda pocas sorpresas.

La tinta derramada en interpretar y reinterpretar el fenómeno de la América es irrescatable en una sola vida. Distintas épocas, distintos grupos, diferentes países han elaborado y dejado evidencia de sus visiones. [Nota 18] ¿Qué evidencia debiéramos dejar? Aquí, pasado, presente y futuro se unen: pasado que explicamos representando, representación que enarbolamos y conmemoramos en el presente; conmemoración que es evidencia futura del pasado, hoy presente nuestro. De ahí lo importante de una consciente conmemoración. No hay mejor excusa para acelerar (más allá de los academicismos) la revisión de la historia, para sustentar nuevas ideas, para destruir viejas conciencias. Sin embargo, conmemorar tiene bemoles.

III

Lejos de sugerir que sea estéril discutir lo "factual" de una interpretación u otra (vgr. descubrimiento, encuentro o Columbus jubilee), el énfasis en el hecho de la conmemoración subraya que tales discusiones son partes de un proceso continuo de re-escritura del pasado. El factor de lo factual, la "correspondencia" de las interpretaciones con la "real realidad", siempre será combustible del proceso, pero no su esencia. La imaginación, los intereses políticos, económicos y hasta estéticos del presente interpretativo juegan su parte.

No obstante las diferencias, el conmemorar nos vuelve a todos cómplices de un hecho, acaso sean las reminiscencias de una conciencia histórica que está siendo gradualmente cuestionada. No es que sepamos historia, luego conmemoramos; muy al contrario conmemoramos porque nos asumimos parte de una historia y nos urge hacer historia. La historiografía tradicional (europea o iberoamericana) "ejerció" como paradigma la noción de "descubrimiento". Aunque "descubrir" connotaba la degradación cultural y social de lo americano, las inteligencias americanas absorbieron el término como verdad. Juegos del conocimiento; no fue ni la primera ni la única vez: hoy, por ejemplo, hemos absorbido (cierto, también transformado) el originalmente imperial y napoléonico, término de "América Latina" como modo de autodefinirnos. Hubo y hay matices en la noción de el descubrimiento de América, pero difícil es negar los visos molestamente "colonialistas", de anacrónica fe y confianza en el progreso, la modernidad de Occidente y su "espíritu" civilizador. Así pues, el pasado guarda su autonomía, y en Europa y en América la historiografía da muestras de transformación: ¿Quién descubrió América? La pregunta de perogrullo va cayendo en desuso. Ni la evidencia disponible, ni el devenir de nuestros tiempos nos permitirían llevar a cabo una responsable reconstrucción del pasado con base en estos viejos cimientos.

Conmemorar el Columbus jubilee, como en EEUU, acarrearía problemas para la gran mayoría del continente americano (por supuesto problemas no puramente factuales). Los debates en los Estados Unidos parecen ser menos acalorados. En 1978 el prolijo Latin-Americanists norteamericano Lewis Hanke se preguntaba "How Should the Five Hundreth Anniversary or the Discovery of America be Commemorated?", [Nota 19] y sin entrar en detalles sobre lo apropiado del término ("discovery"), Hanke consideraba que para íberos e iberoamericanos resultaba imposible evitar los "encuentros ritualísticos", tan de la aproximación casuístico-tomista de los hispanos. Uniéndose o resignándose a la conmemoración Hanke, más allá de las propuestas holliwoodescas que agotan las localidades de todo lo que tocan, propone una manera "americana" (toda América) de conmemoración. Hace del pasado lo que el pasado es para una sociedad moderna, profesionalizada y tecnologizada; es decir, una cuestión de expertos. Por ello, desde su punto de vista, en la fiesta del medio milenio los anfitriones deben ser los historians. Sobre todo, los profesionales de la historia no-hispanos quienes, a su buen ver, son quienes más han aportado al conocimiento de América y España. Ellos, parecen sugerir Hanke, deben liderear una comisión internacional de expertos que llegara a la "completa comprensión de lo que pasó en América, Europa y otras partes del mundo como resultado de la apertura del Nuevo Mundo". [Nota 20]

En el Columbus jubilee ni ''Funes el memorioso", que no pensaba pero que sabía todo, podría sentirse a sus anchas. Lo complejo del proceso social, económico y cultural iniciado en el territorio conquistado por los países ibéricos, no es agotable en un happy anniversary. Empero, la propuesta de Hanke rebasa ese simplismo, constituye un llamado a la profundización de los estudios. Nadie desacuerda con la propuesta; sin embargo, ésta adolece de varias inocencias: ¿lo que realmente pasó en el pasado puede ser "entendido en su verdadera importancia"?; ¿la conmemoración debiera ser histórica y de historia, o de historiadores y para historiadores?; ¿lo importante de la historia es la suma de trabajos históricos y el intercambio de opiniones? Habría que tener en cuenta la autonomía de los hechos históricos.

Imposible el "real" conocimiento de lo "real", pero igualmente imposible no seguir elaborando reconstrucciones llenas de evidencia real y de veracidad en nuestro presente. Tampoco se considera, en las propuestas del estilo de la de Hanke, que "América" como hecho histórico no puede quedarse en el cajón del historiador: forma parte de la conciencia histórica de mucha gente, de su sentirse y explicarse pasado en el presente y de sus proyecciones a futuro. Además, se trata de una real expresión de dominio, de conquista, que día a día aún se repite. La cuestión de América, en su medio milenio, aunque al cuidado del historiador seguramente debiera ser más que un "bacanal" de scholars. Es, repetimos, una nueva excusa para re-escribir la historia, y para volver al tipo de historia que toca al público en general, la que produce momentos de identidad o desidentidad, la que, debe procurarse, sea liberadora.

IV

Conmemorar, pero ninguna victoria ni simples "cumpleaños". Las cronologías omniabarcantes no son la explicación del pasado. Ni el imaginario viaje al pasado nos daría la "verdad" que nos permitiera condenar o premiar. ¿Podríamos convencer a Colón de que el río Orinoco no era la entrada a la tierra prometida? ¿Podríamos hacer que Cortés o su soldado Don Bernal captaran "el sentido de la diferencia" en los aztecas ante el espectáculo de un ensangrentado templo mayor? En el supuesto de tener el conocimiento real del devenir evolutivo de la historia, ¿podríamos seleccionar (a la manera de la economía: a contra-facto) evitar una muerte, una infamia, una traición o una injusticia que diera dirección "correcta a la historia"? No se puede más que cultivar el necesario aspecto empírico de la historia con el constante monitoreo de la historia de la historia, ver la parte constructiva de la historia. Porque en efecto, el buen análisis historiográfico -del cómo se escribe la historia- es por fuerza denuncia.

Conmemorar no es celebrar nada. Conmemorar es este discutir actual de términos, esta incansable re-visión y aceleramiento de los estudios del pasado. Es, ante todo, su difusión. Es estimular la emergencia de nuevas e innovadoras interpretaciones: nuevas posibilidades de desmistificación y de conciencias históricas liberadoras, más allá del proyecto de la magnae hispaniae o del indigenismo oficiales. Contrariamente a las leyes físicas, la historia no se desgasta por las fricciones, repeticiones y re-creaciones. Conmemorar es subir el pasado a la tarima de la atención pública. En una época que dice estar agotando las fronteras, hacer esto es afirmar en la academia, en el arte y en la calle la fertilidad de, diría Mink, la última e inagotable frontera: la historia; ésta es, a la vez, objeto de mistificación, y brazo y mano de la desmistificación. Lo que queda es cumplir con la historia al decir del grito popular mexicano: "¡quémenle copal al santo manque I'húmen los bigotes!"


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