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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1991

HROTSVITHA DE GANDERSHEIM, LOS SEIS DRAMAS

Author: Elsa Cecilia Frost


HROTSVITHA DE GANDERSHEIM, Los seis dramas, traducción, introducción y notas de Luis Astey, 1990 México, Fondo de Cultura Económica - ITAM, 304 p. ISBN 968-16-3374-1.

No recuerdo ya cuándo oí o leí por primera vez el nombre de Hrotsvitha. Lo que sí sé es que el nombre (cuyo significado desconocía) me pareció tan poco usual y a la vez tan atrayente que puse lo que estaba de m¡ parte por saber algo acerca de su portadora. Busqué, pues, en enciclopedias y diccionarios biográficos quién era esa monja y fue bien poco lo que hallé. Nacida en 935 ingresó a la abadía de Gandersheim a los quince años y allí murió en el año 1000 o 1001. En un santoral alemán del siglo XVII la encontré registrada como santa, si bien el doctor Astey me ha dicho que no es cierto y parecería ser éste un ejemplo más de esos brotes de agudo nacionalismo a que tan propensos son los alemanes. En una enciclopedia se la llama "el primer poeta de lengua alemana" y en otra se asegura que sus dramas iniciaron el teatro cristiano, ya que la autora "concibió la primera idea de estos trabajos leyendo a Terencio y su intención fue la de proporcionar a modo de un contraveneno contra las inmorales obras del escritor romano" (Espasa-Calpe, art.: Hrosvitha). Si el teatro había servido para presentar los actos vergonzosos de las mujeres impúdicas, bien podía celebrar también la virtud de las vírgenes cristianas. Y esto fue todo, aunque debo decir que por casualidad aparecieron en lecturas posteriores otras monjas alemanas como Santa Hildegarda (1090-1179), la llamada "Sibila del Rin", o Santa Gertrudis (1256c. 1301), a cuyo nombre se agrega el apelativo de "Magna". La primera tuvo correspondencia con papas, emperadores, reyes y santos y su influencia sobre ellos fue notable. En cuanto a sus conocimientos, baste mencionar que se dice que Dante tomó de ella su visión de la Trinidad. La segunda, menos interesada en la vida fuera del Claustro, llegó a ser una de las grandes figuras de la mística. Pues bien, la vida y obra de estas mujeres me confirmó algo que venía sospechando de tiempo atrás en relación con nuestra Sor Juana, a saber, que durante siglos el claustro fue el camino de libertad para las mujeres con inquietudes intelectuales. O, lo que es lo mismo, que Sor Juana, si bien única por su genio, es un caso más en cuanto a la elección de la vida religiosa para satisfacer sus propios intereses.

Pero volvamos a Hrotsvitha. Dado el interés que ya tenía por ella, el trabajo de Luis Astey fue no sólo una sorpresa, sino un magnífico regalo. Por fin me es posible conocer los famosos seis dramas y trambién ¿por qué no? esperar que más adelante se añada a este libro el resto de la obra de la canonesa de Gandersheim.

La lectura de los dramas, cuyo análisis literario soy incapaz de hacer, fue la última pieza que faltaba a mi hipótesis. Son prueba más que suficiente del ambiente de libertad intelectual que reinaba en las abadías. Si las monjas -o cuando menos aquéllas a las que les interesaba- podían leer a Terencio, autor lascivo si los hay, bien puede concluirse que también tenían acceso al resto de la cultura escrita. Es más, Hrotsvitha imita sin cortapisas el estilo de Terencio y quizá copia también situaciones, ya que su corta edad al ingresar al monasterio no permite pensar en experiencias previas. En efecto, lo que más llama la atención es el desparpajo con el que esta mujer pinta situaciones atrevidas. A diferencia de los hagiógrafos que presentan hombres y mujeres tan buenos (¡y tan aburridos!) que nos hacen dudar de su existencia y pensar que las biografías de quienes se distinguieron por su virtud siguen al pie de la letra un machote intitulado: "Lineamientos para una vida santa", Hrotsvitha se esfuerza por describir no sólo la virtud sino los mil artificios de la maldad. Lo que de inmediato nos plantea la pregunta acerca de qué pudo leer, aparte del tantas veces mencionado Terencio, que le permitiera este conocimiento de las pasiones humanas. Hay en la página 21 de la "Introducción" del doctor Astey una nota (33) que me parece, importantísima. Se resume en ella lo que un siglo antes del nacimiento de Hrotsvitha se reguló sobre la condición de las canonesas tanto en el concilio de Chalons como en el de Aquisgrán. Nos enteramos así de que las canonesas no sólo podían recibir visitas masculinas en el locutorio, sino también de que previo permiso podían salir y entrar en el claustro- A lo que se añade que dentro de la vida monástica podían escoger entre el trabajo manual o la lectura. Así, como señala Astey, otra de sus obras, Pelagio, bien pudo originarse en el relato de algún viajero que visitara Gandersheim. Por lo demás, que duda puede caber de que Hrotsvitha eligió una vida dedicada a los libros. Porque si en sus escritos las huellas de la Biblia son evidentes, lo son también las de la Patrística, no sólo de San Agustín y Boecio, sino de otros Padres anteriores a ellos, como también las de los poetas latinos y cristianos, entre ellos Prudencio y Sedulio.

La obra de esta mujer tiene un profundo sentido de edificación cristiana, pero considero que también debe señarlarse su maestría teológica. No se trata de obrillas fáciles cuyo trasfondo no vaya más allá de los conocimientos religiosos comunes, sino de un manejo cabal de la teología. Ya se trate de la inconmensurable gracia divina, del Dios increado y creador, del Hijo, dualidad de naturalezas y unidad de persona, o de la "cooperación" del Espíritu Santo, Hrotsvitha sabe bien de lo que habla e incluso alcanza una cristología muy refinada.

Para terminar, habría que mencionar la labor de Astey. Sin embargo, como ya dije al principio, no puedo juzgar desde el punto de vista lingüístico y literario ni a Hrotsvitha ni a su prologuista y traductor. De lo que sí puedo hablar es tanto de los sorprendentes conocimientos de esta monja como de los no menos sorprendentes de Astey. De hecho, en cuanto a este último, no se sabe qué admirar más, si la erudición desplegada en la "Introducción" y las notas o la tersura de la traducción.

Sería de desear, por lo tanto, que los intereses e inquietudes del doctor Astey reflejados en este libro produzcan otros muchos más.

ELSA CECILIA FROST

CCYDEL-UNAM


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