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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1991

EL INFORME DE CENSURA (CON NOTAS EXPLICATIVAS DEL AUTOR CENSURADO)*

Author: Norman Manea[Nota 1]


*Traducción de Silvia Pasternac.

"La libertad es algo más complejo y más sutil que la violencia", escribió Thomas Mann.[Nota 1]

Más sutil, ciertamente. Pero, con todas sus implicaciones patológicas, ¿es la Violencia un mecanismo tan simple y tan directo? ¿Debemos tomar el brusco derrumbe del poder comunista en Europa del Este, en 1989, como la prueba decisiva de que el coloso era simplista y precario, construido con arcilla y fácil de destruir?

Eso significaría olvidar demasiado rápidamente la coloración turbia y subterránea del sistema totalitario -y no hay que perder de vista que, incluso en el mundo sutil y complejo de. la libertad, existen rincones oscuros donde se pueden descubrir Violencia y Poder.

Los túneles secretos de la Securitate, revelados al mundo entero durante los combates de Bucarest, ofrecen una "visualización" espectacular del sistema de terror, de duplicidad y de corrupción por medio del cual la tiranía extendía sus ramificaciones a los círculos más amplios de la población; este aparato de intimidación era. incomparablemente más complejo y siniestro que aquel representado por los grupos de fanáticos que hemos visto, durante el levantamiento, listos a pelear hasta la muerte, y por todos los medios necesarios, para salvar su pellejo. En un país que cuenta aproximadamente con cuatro millones de mienbros (oportunistas) del partido en el Poder, y que posee una vasta red de informadores dentro de todas las instituciones (incluso en los edificios de habitación), es difícil creer que el combate que tuvo lugar en Rumania a fines de 1989 sólo opusiera como la prensa lo proclamaba- a la Securitate por un lado, al Ejército y el Pueblo por el otro. Basta con recordar que el número de miembros de la Securitate tanto en el ejército como en el pueblo era enorme... Las armas del Poder, en ese terrible enfrentamiento por la libertad, no fueron solamente esas que se vieron y se oyeron, sino también muchas otras: eran más numerosas, más sutiles e incluso más crueles, si se considera que las armas menos visibles tienen los efectos más duraderos, más profundamente clavados en la mentalidad de la sociedad. Será mucho más duro reponerse del largo y complejo proceso de degradación impuesto por aquellos que estuvieron recientemente en el poder, que resolver los múltiples problemas administrativos, económicos y materiales, en el sendero frágil y complejo hacia la democracia y la libertad.

La censura --la policía secreta del Lenguaje- fue, durante cuarenta años, una de las armas más temibles del Poder.

Los censores comunistas (oportunistas en los decenios recientes) son percibidos frecuentemente en el Oeste como simples burócratas obtusos, fanáticos e incultos. Frecuentemente lo eran y así permanecían a veces. Pero el socialismo "desarrollado multilateralmente"[Nota 2]refinó la Institución del Poder, y utilizó a personas instruidas, inteligentes y cínicas en esos puestos. Los métodos utilizados por la Institución evolucionaron igualmente durante los últimos decenios, volviéndose más "complejos" y más "sutiles". En pocas palabras, más pérfidos.

A finales de los años 70, la censura fue "abolida" en Rumania. El dictador mismo tuvo la idea de que la ambigüedad que había obtenido semejante "éxito" en la política extranjera rumana debía ser "desarrollada multilateralmente" en la política interior igualmente, a fin de evitar las objeciones (todavía tímidas) desarrolladas en la prensa extranjera contra el estalinismo represivo de Rumania.

La posición antisoviética de Rumania era utilizada como una prueba de supuesta "independencia", pero era también un pretexto para consolidar un Estado nacional-socialista bizantino que tomaba lecciones de tiranía de todas las fuentes, sin preocuparse por la geografía, la historia o la ideología. Este Estado mantuvo unas relaciones amistosas con Israel, y otras, muy estrechas, con los terroristas árabes. La política de "libre emigración" servía al viejo sueño nacionalista de "purificación" de la población haciendo entrar, al mismo tiempo, divisas fuertes en las arcas, ya que Israel y la República Federal Alemana pagaban por cada ciudadano liberado; al mismo tiempo, esta política le ganaba a Rumania el favor del Congreso estadounidense. Esta ambigüedad en su política extranjera atrajo hacia la dictadura rumana una sorprendente simpatía por parte del Oeste, como pudo verse por los gestos de cortesía de Charles de Gaulle, los panegíricos de Gerald Ford y Richard Nixon sobre la "libertad" reinante en Rumania, la marcada hospitalidad con la que el tirano fue recibido en las Cortes de Inglaterra y de Suecia, o también, entre otros numerosos ejemplos, las visitas y los estímulos frecuentes de los dignatarios alemanes occidentales. Ya fuera por ingenuidad o por cinismo, esto contribuyó imperdonablemente a intimidar todo intento de oposición en el interior del país.

Había llegado el momento, para la opinión pública rumana, débil, fácilmente manipulabley sin apoyo del extranjero, de ser definitivamente humillada y sofocada por el "genio" del Conducator. Iba a crear, en su República, una síntesis original del nazismo y del estalinismo -Con algunos ingredientes artificiales de moda, a manera de condimento- bajo el nombre de "Nueva Democracia".

Una serie de medidas contradictorias fueron tomadas al mismo tiempo: por un lado, el aparato de vigilancia y de represión fue reforzado, mientras que por el otro, se instauraron algunas formas de gobierno aparentemente más "democráticas", cuyo fin principal era alejar el descontento público del partido comunista y de la Securitate, y llevarlo sobre las administraciones locales (estrechamente dirigidas desde arriba), los colegas de trabajo, los vecinos, los conductores de autobuses repletos, los empleados de las tiendas vacías, etc. Esta especie de "sustitución" de la causa por los efectos produjo, a corto plazo, resultados aceptables para el Poder.[Nota 3]

El concepto de "sustitución" se generalizó. No solamente como táctica falaz de gobierno, sino también en ámbitos concretos, como los alimentos o la ropa: los productos auténticos fueron reemplazados progresivamente por sustitutos que no solamente tenían una calidad incomparablemente inferior, sino que muy frecuentemente eran simplemente falsos. Lo mismo ocurrió en materia de cultura, e incluso en las "acusaciones", un muy pequeño número de críticos del "hablar claro", pertenecientes a los más altos peldaños de la élite, estaba autorizado a decir lo que otros no se hubieran atrevido siquiera a soñar. Al mismo tiempo que comprometía a intelectuales y artistas honestos, ya aislados y marginados, esto brindaba al Poder una distracción calculada al dar al público una bocanada de aire que sólo era un simulacro más: la "crítica" cualquiera fuera su tosquedad (y era frecuentemente muy primaria, perfectamente parecida al tema criticado), era automáticamente "dialéctica" y concluía invariablemente reafirmando una completa lealtad al Conducator, a su Estado y a su Ideología.

Los funcionarios pagaban impuestos "especiales" sobre todo tipo de servicios que habrían tenido que formar parte del deber de la administración, y un porcentaje mensual era retenido entonces de su hoja de pago para volverlos "copropietarios" de diferentes negocios en quiebra. Bajo la dictadura del proletariado, los trabajadores son los productores, los beneficiarios y los propietarios de todos los bienes, decía el Conducator con su "infalible sensatez".

La "Nueva Democracia" se extendió a estrategias de sustitución siempre nuevas. Enormes concentraciones de trabajadores (industriales,agrícolas, educativos y culturales) aclamaban periódicamente las "preciosas directiva" del Conducator concernientes a la fase siguiente del desastroso desarrollo del país, sobre el caminos sin fin hacia el comunismo. Existía una intención deliberada de extender el perímetro de la complicidad, hasta que la culpa estuviera por fuerza distribuida entre todos. Cada acto oficial tenía por lo menos dos aspectos, cuando no estaba, de hecho, "estratificado multilateralmente": uno era la representación cínica y grotesca de una farsa de "democracia popular", y el otro, el refinamiento sádico de los medios para engañar y aplastar a los ciudadanos.

Se volvió necesario, para dirigirse a la Milicia y pedirle permiso de ir al extranjero, obtener primero "la aprobación" de los trabajadores: es decir, obtener una recomendación de un comité de empleados que, a su vez, era informado por un oficial de la Securitate (uno de ellos estaba apostado oficialmente en cada institución) de la respuesta que el candidato debía recibir de sus colaboradores.

En los medios, una extraña retórica combinaba viejos es oganes estalinistas con un lenguaje más elástico, comercializable en el Oeste, y particularmente con las viejas obsesiones nacionalistas de la extrema derecha rumana, por buscar el nuevo régimen nacional-socialista, confusamente, una legitimidad.

Una nueva generación de apparatchiks había aparecido entonces: jóvenes egresados de las universidades que habían hecho doctorados, e incluso estudiado en el extranjero, en algunos casos; su cínica duplicidad dio resultados. El partido esperaba (a veces con éxito) reemplazar la actividad intelectual real (que estaba cada vez más aislada, laminada y aterrorizada) con ese sucedáneo de la élite privilegiada. Se publicaban todo tipo de novelas y de poemas, en gran número de ejemplares, que "desenmascaraban" el abuso de los tiempos pasados o de épocas más recientes; esos textos eran firmados por autores oficiales, bien pagados e hipócritas, cuyas "denuncias" eran propiedad de Estado incluso antes de ser escritas; los riesgos de estas "acusaciones", al estar cooptadas por el sistema, constituían una premisa de base para el vigoroso "debate dialéctico" en el cual participaban patéticamente. (Semejante "cooptación" era asunto de rutina, como cuando un abogado de la defensa reitera los argumentos de¡ fiscal en aparente complicidad con él, pero en realidad con el fin de pervertir su sentido en favor de la defensa.) El éxito de estos "sustitutos" estaba asegurado por el hambre devoradora del público por cualquier tipo de pan, de carne, de libro, de ropa, de diversión o de información, por más falsificados que pudieran estar: no había nada más, e incluso estos ersatz eran propuestos con muy poca frecuencia, según los caprichos de la Familia reinante y de aquellos que estaban a su servicio.

A finales de los años 70, un decreto presidencial abolió la prensa directa (la censura), una de las pocas instituciones eficaces del sistema.

El trabajo de este organismo debía ser retomado, naturalmente, por... los trabajadores. En la práctica, como antes, no se podía, evidentemente, imprimir siquiera un aviso necrológico o un anuncio comercial sin la aprobación de los sustitutos convenidos de los trabajadores. Los periódicos, los editores, las revistas, los impresores, debían organizar la censura por el sesgo de los consejos internos "especializados".

Ahora bien, la autocensura que se había ejercido durante decenios ya no satisfacía las expectativas de la burocracia del partido. La sed de verdad era tan grande, tan vastas y tan variadas las intrigas (que no sólo apuntaban al mal, sino también algunas veces al bien), que el número de textos perturbadores para las autoridades aumentaba constantemente.

Las medidas correctivas llegaron pronto. La censura fue "reforzada" con granvariedad de filtros intermedios, bajo los auspicios de un Consejo para la Educación y la Cultura socialistas y de su nuevo Servicio de Lectura. Las operaciones de esta oficina se duplicaron, se triplicaron, se multiplicaron y se diversificaron a medida que la "purificación" de los textos se revestía con nuevas justificaciones cada vez más absurdas. Los más escépticos pensaban incluso que la verdadera meta de la "la abolición" de la censura había sido el deseo el Poder de suscitar un descontento creciente y caótico, de manera que un número cada vez más grande de autores insatisfechos por el nuevo sistema "democrático" acabara por suplicar (por acusaciones, peticiones y otros medios democráticos) que se regresara a la vieja Institución central con sus métodos claros, lógicos y objetivos. En efecto, las tensiones crecientes de la vida cotidiana, en condiciones económicas catastróficas, estaban inevitablemente reflejadas con insistencia en textos cada vez más exasperados.

Esta era, entonces, la situación en Rumania en los años durante los cuales yo escribía mi novela El sobre negro. Tenía una cita de Thomas Mann colgada en la pared frente a mi escritorio: "La novela, a causa de su espíritu analítico, de su conciencia, de su actitud crítica innata, está obligada a huir de las condiciones políticas y sociales en las cuales la poesía puede seguir floreciendo tranquilamente en los límites sin ser molestada, dulcemente olvidada del mundo."[Nota 4]Thomas Mann escribió estas palabras durante un período de frenesí nazi, cuando los políticos del Führer insinuaban que sólo los prosistas alemanes, y no los poetas (esos detentores del "genio del alma alemana") habían escogido emigrar; mi elección de esta cita no era pura casualidad.

Al mismo tiempo que escribía, yo debía luchar contra lo imposible, alrededor y dentro de mí. Cada día decidía detenerme. "Mi conciencia crítica moral está en un estado de constante exacerbación y cada vez más se me vuelve imposible continuar con el juego, quizás sublime, de la escritura de una novela mientras no haya 'hecho un informe' y descargado mi corazón de su ansiedad, de sus percepciones, de su pena, así como de su cargamento de odio y de desprecio", escribía Thomas Mann durante los sombríos años de horror.[Nota 5] Mi "juego" jugado en un tiempo y un lugar de horror era desgraciadamente inseparable de esa torturante necesidad de aligerar mi carga malsana, insoportable y sin embargo -de manera bastante extrañaestimulante por la resistencia que engendraba. ¡Y sin embargo yo escribía! Una sola obsesión concentraba mis inquietudes: ¡que mi libro fuera "cooptado"! No debía ser bajo ningún caso cooptado por el sistema.

No fue una casualidad que yo colocara en el centro de mi novela la Asociación de sordomudos, organizada según "los principios del centralismo democrático" y dentro del espíritu del partido. ¿Era esa una versión "socialista" de la organización clandestina de los ciegos en la novela de Ernesto Sábato Sobre héroes y tumbas? Eso y más.

Era un intento de encontrar una metáfora (relativa, como debe ser toda metáfora) para el mundo de engaño y de mutilación, para la opresión oscura e infernal, la comunicación fragmentada, sibilina, mutilada, la frustración lúgubre, insoportable. Y para escapar a una realidad inmediata, claro está: los hospitales y los investigadores, las colas sin fin (para conseguir pan, guantes, jabón, gasolina, papel de baño), la enorme charada enfática, el frío, los miedos y las bromas, la indiferencia, el agotamiento y el terror, e incluso las propias angustias del novelista. El hombre y el pueblo. La desesperación, el amor, el miedo, la culpabilidad, la debilidad, los sueños y las pesadillas.

En la primavera de 1985 reuní afiebradamente El sobre negro a partir de cientos de páginas angustiadas. El libro formaba parte del plan de edición de ese año: yo pensaba que era mejor intentarlo antes de que fuera demasiado tarde.

A finales de noviembre, los editores todavía no habían recibido ninguna noticia del Servicio de Lectura del Consejo para la Educación y la Cultura socialista. La respuesta llegó en diciembre. Adiviné por la turbación de los editores que no era favorable. No se podía tener acceso al Informe del censor. Durante todo el tiempo que la censura había funcionado oficialmente (durante un cuarto de siglo a partir del final de la Segunda Guerra Mundial) estos informes habían sido considerados como secretos de Estado. Ahora que la censura había sido "abolida" estos informes se habían vuelto un secreto aún más secreto. ¿Informe del Censor? Los informes de la nueva Oficina de Censura ni siquiera estaban firmados, me enteré: estaban marcados simplemente con el número de identidad del lector (para uso de sus superiores, claro está). Los informes eran cuidadosamente conservados en los Archivos de la Verdad. La información podía transmitirse (oralmente, supongo) al director de la editorial o a algún otro funcionario digno de confianza; jamás al autor, quien era así incapaz de sostener un diálogo con la institución (inexistente) o el censor (invisible).

Recibí finalmente las pruebas del libro, con discretos símbolos escritos con lápiz sobre los pasajes y las páginas ofensivos. Alrededor del 80% del texto. Intenté descifrar las objeciones del censor. Eran manifiestamente demasiado numerosas; no parecía haber ninguna posibilidad de que yo las evitara todas. Lo inadmisible concernía tanto a palabras aisladas (por ejemplo colas, informador, comida, frío, café, senos, Dios, antisemitismo, dictador, sombrío, homosexual), como frases, capítulos enteros. No veía cómo se podía combatir a un censor tan concienzudo y hostil. Renuncié. El libro se quedó mucho tiempo sin tener ya un autor o un editor que se ocupara de él.

Comencé a sentir entonces los "efectos colaterales" de lo que se llama un "libro proscrito". Extractos de la novela, cuya publicación ya había sido aceptada por diversas revistas literarias, fueron retirados de ellas a último momento, cuando partían para la impresión. Artículos sobre el autor fueron igualmente suprimidos. La prensa comenzó a evitar su nombre, cada vez más sospechoso.

Releí nuevamente las pruebas. ''Corregí" palabras y frases. Aquí y allá reemplacé algún pasaje. ¡Inútil! Presentado por segunda vez, el manuscrito fue devuelto intacto al editor y al autor. Se me dio a entender que el censor consideraba mis "mejoras" como insignificantes e hipócritas. Frente a un callejón sin salida como éste, un autor debe tomar una decisión difícil. ¿Continuar, con terquedad, luchando palmo a palmo para que el libro sea publicado, haciendo tan pocas concesiones como sea posible, pero aceptando hacer compromisos con el censor? ¿O bien renunciar a la publicación?

Renunciar a la publicación supone otro tipo de esperanza: una esperanza de cambio político, la posibilidad de una aparición en el extranjero, o que la solución pueda ser dejada al cuidado de la posteridad. En 1985-1986, la única esperanza de un deshielo político era una "solución biológica": la muerte, por mucho tiempo esperada y por mucho tiempo retrasada del Conducator. ¿Qué posibilidad había de enviar un manuscrito al exterior, siendo que los contactos con el extranjero eran ¡legales y la vigilancia absoluta? ¿Y quién iba, en ese caso, a publicar una larga novela cifrada de una literatura casi desconocida? En cuanto a la posteridad, no solamente es una cantidad incalculable, sino que es también, paradójicamente, una "propiedad de Estado". Uno nunca puede tener la seguridad de haber encontrado un escondite seguro para un manuscrito a propósito del cual la Oficina de Censura (y sus asistentes de la Securitate) ya sabía demasiado. Muchos intelectuales creen seriamente que toda la "verdadera literatura" de un período sombrío como éste, está depositada en las cajas fuertes de la Securitate. Será seguramente obligatorio, para los historiadores de esta época de horror (en la prensa oficial, "los años ilustrados") consultar la inmensa biblioteca de manuscritos confiscados, almacenados en reductos, cajas fuertes y sótanos del Consejo Superior de la Seguridad.

Al comienzo de 1986, el editor dio el primer paso hacia el descubrimiento de una solución posible. Era el mismo método adoptado por el poder con respecto a sus sujetos y a sus propias instituciones: la de la sustitución.

El editor formaba parte de esas raras personas de su profesión que, en circunstancias de terror absoluto, todavía intentaban publicar buenos libros, incomodando al Poder, a pesar de las presiones ejercidas por la censura. Los editores, bien conocidos por los escritores, perseveraban en una especie de resistencia intelectual cada vez más desesperada y agotadora.

No me será fácil olvidar la mañana de enero de 1986 en que acompañé al director de la editorial a una florería. Llevó la maceta de flores en sus brazos hasta el edificio donde vivía alguien cuya ayuda había decidido pedir, después de larga vacilación. Era una persona con experiencia, que constituía una autoridad en el "campo" de la censura, y que todavía podía jugar el papel de lector "exterior" (consultante). Así, el editor buscaba entonces un "sustituto". Un re-lector "civil", pero que se especializara en las zonas oscuras de la censura. Un antiguo censor -eran bastante numerosos- con suficiente inteligencia y prestigio para firmar un informe en regla, con modificaciones aceptables por la Oficina de Censura, pero sin que la Oficina de Censura (inexistente) esté implicada oficialmente. El sucedáneo de informe, firmado por un individuo, podía ser mostrado al autor; esto parecía una posibilidad real de salir del callejón sin salida.

En marzo de 1986 recibí una "copia de trabajo" del informe de sustitución. Lo leí con mucha excitación. Nunca me había sido dado leer informes de censura. Frases y capítulos enteros habían sido cortados de muchos de mis libros y de artículos críticos relacionados con ellos. Había ocurrido incluso con un libro ya impreso: la distribución había sido retrasada, y el volumen fue "reestructurado" con la supresión de algunas de sus historias. Pero era la primera vez que tenía un documento de ese tipo en mis manos.

Claro, era un secreto de Estado desfigurado, pero eso me dio una idea de lo que debía ser el informe "original" en los Archivos de la Verdad. La forma "literaria" me sorprendió tan poco como me tranquilizó. Estaba seguro de que el censor verdadero podía haber escrito de manera aun más "sutil".

Estaba asustado. Si, ¡pura y simplemente asustado! Esas líneas donde las similitudes entre el nazismo y la dictadura rumana actual, que yo había puesto en mi novela, estaban "descifradas"; sí, asustado. Tenía la sensación de que en cualquier momento la puerta podía abrirse y que me podían arrestar con base en esta "desfiguración". ¡Y podía imaginarme seguro en los Archivos de la Verdad!

Pero, ¿y la duplicidad? ¿La duplicidad del autor, la duplicidad del lector? ¿La duplicidad del editor, la del mismo censor y de su sustituto? La duplicidad como un relevo de la comunicación (de la vida cotidiana y de la creatividad). El autor -aunque honesto- que escribe bajo un régimen totalitario quisiera que las artimañas, las alusiones, los códigos y las imágenes crudas, directas y brutales que pone en sus escritos alcancesn al lector (al que se dirigen, en una especie de triste solidaridad implícita) y sean ignorados por el censor. En este punto la duplicidad pesa particularmente sobre el escritor cautivo.

Días y noches duros, llenos de dudas, de miedo, de asco. La lucha para encontrar soluciones ambiguas que satisfacieran y socavaran, sin embargo, sutilmente, las exigencias del censor.

El Informe del Censor

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