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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1991

1. Acercamiento a una huella antigua


La opinión que unos hombres expresan sobre otros, es uno de los datos más delicados y profundos con los que el historiador cuenta para su trabajo de desentrañar y reconstruir el pasado. Es dato delicado, frágil, porque el riesgo de equivocaciones, de paso del egoísmo, de falta de consideración de conjunto, puede viciarlo. Pero es también profundo, porque se suele dejar impresa una huella que en el futuro ayudará más para la comprensión de las realidades humanas, de la interioridad vertida sobre la vida, de la conciencia y la decisión de los antepasados en la fisonomía de los pueblos.

En las páginas que siguen, trataré de reconocer una realidad social de¡ siglo XVII novohispano. Dentro de ella, buscaré los condicionamientos que de alguna manera influyeron en la evangelización de entonces. Ella no era ya el anuncio primero, incitador de la fe, creativo y novedoso, sino un quehacer que suponía el asentamiento prolongado de una estructura cultural. Descubriremos, más en concreto, la opinión que de los indígenas mexicanos de entonces se formó un destacado representante de la cultura, de la política y de la pastoral en ese siglo, Don Juan de Palafox y Mendoza, acotándolo brevemente con otro opinante, apasionado y culto, Don Carlos de Sigüenza y Góngora.

La opinión global, diversificada y madura que se reconoce en ellos, contribuye no sólo a obtener una imagen de las maneras de juzgar entonces a los indios, sino que ayuda a percibir huellas que han superado las barreras de ese siglo y han penetrado en el ser, de México.

Voy a utilizar como material de trabajo principalmente un escrito publicado por su autor en el propio siglo XVII. Se trata de un texto titulado De la naturaleza del indio, redactado por el obispo de Puebla de los Ángeles como informe al Rey después de la visita a él encomendada a la Nueva España. Haré referencia también en una parte de este escrito, al Alboroto, y motín de los indios de México, título con que se publicó una carta de Sigüenza al Almirante Andrés del Pez en 1692.[Nota 1]

La riqueza de estos testimonios es indudable y su orientación interior penetra con profundidad y ofrece un retrato bastante bueno de la realidad del indio en la sociedad barroca de la Nueva España.[Nota 2]

Al ir leyendo la larga carta palafoxiana e incluso al compararla con la misiva de Sigüenza y Góngora, van apareciendo delante de los ojos cuadros diversos, pero que reflejan con tonalidades complementarias el ser de una raza enmarcada en un ambiente en el que sus decisiones se encontraban subordinadas a las decisiones de los "mayores" (los españoles) y en el que la religiosidad no siempre era congruente con la conducta moral.

Contemplar estos cuadros escritos, no pintados, es contemplar un mundo que desfila ante nosotros como una galería viva y que toca nuestro ser nacional y cristiano. Las grandes gestas de la historia, la evocación de las obras monumentales y de las hazañas de la evangelización, se matizan y comprenden con mayor hondura a través de estos pequeños asomos al asombroso ser interior del hombre de otros tiempos. Así como la vida nuestra tiene infinitamente más momentos de cotidianidad y de mediana relevancia, la vida de los pueblos se integra con el gozo y el sufrimiento cotidiano, con la expresión de la bondad amable, de la hospitalidad sincera, de la justicia y la humilde industria, pero también con las carencias y negligencias, el rencor guardado y rumiado y el odio que en un momento se desborda. Sobre esta realidad, que totaliza la materia humana, se viene a anunciar el evangelio, se derrama el agua del bautismo y se celebra la eucaristía, vivo memorial de la muerte y resurrección de Cristo.


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