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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1991

7. Paréntesis negativo. La opinión de Sigüenza y Góngora


Como contraste a la favorable -alguno diría favorabilísima- opinión palafoxiana sobre el indio de México, podríamos presentar la de Don Carlos de Sigüenza y Góngora en su Alboroto y motín de los indios de México, fechado en 1692.[Nota 39]

Impactado por el alboroto que se escenificó en la ciudad de México el 8 de junio del año citado, no solamente lo describió con vivos colores, sino que, haciendo uso de todos los recursos dramáticos de su barroco lenguaje, expresó su opinión bastante desfavorable acerca de la intrincada y explosiva composición de la sociedad novohispana y su juicio sobre el "odio a los españoles" y la afición de los indios a las bebidas "espirituosas" entre las que destacaba el pulque.

Retrata el tumulto del cual fue testigo al menos en parte: "Abrí las ventanas a toda prisa y, viendo que corría hacia la plaza infinita gente, a medio vestir y casi corriendo, entre los que iban gritando: "¡Muera el virrey y el corregidor, que tienen atravesado el maíz y nos matan de hambre!", mefuía ella. Llegué en un instante ala esquina de Providencia y, sin atreverme a pasar adelante, me quedé atónito, Era tan extremo tanta gente, no sólo de indios, sino de todas castas, tan desentonados los gritos y el alarido, tan espesa la tempestad de piedras ... unos tremolaban sus mantas como banderas y otros arrojaban al aire sus sombreros y burlaban otros; a todos les administraban piedras las indias con diligencia extraña."[Nota 40]

Le parece que, durante la noche anterior se había celebrado una conjura de indios para causar el gran tumulto y, con él, un inmenso daño a la república. Afirma: "¿Quién podrá decir con toda verdad los discursos en que gastarían los indios toda la noche? Creo que, instigándolos las indias y calentándoles el pulque, sería el primero quitarle la vida, luego al día siguiente, al señor virrey; quemarle el palacio sería el segundo; hacerse señores de la ciudad y robarlo todo, y quizá otras peores iniquidades, los consiguientes. Y esto sin tener otras armas que las del desprecio de su propia vida, que les da el pulque, y la advertencia del culpabilísimo descuido con que vivimos entre tanta plebe, al mismo tiempo que presumimos de formidables. ¡Ojalá no se hubiera verificado, y muy a nuestra costa en el caso presente, esta verdad, Y ojalá quiera Dios abrirnos los ojos o cerrarle los suyos de aquí adelante!"[Nota 41]

"Vivir entre tanta plebe", le parece a Don Carlos un terrible mal, que de alguna forma habría que evitar. Pasa revista, mediante ese curioso desfile de palabras que durante la época colonial se acuñaron para describir las razas del mosaico mexicano, a toda la ralea de miembros de esa pintoresca y explosiva sociedad, participantes en el "alboroto y motín" de la octava de Corpus Christi de 1692: "...siendo plebe tan en extremo plebe, que sólo ella lo puede ser de la que se reputare la más infame, y lo es de todas las plebes, por componerse de indios, de negros criollos y bozales de diferentes naciones, de chinos, de mulatos, de moriscos, de mestizos, de zambaigos, de lobos y también de españoles que, en declarándose zaramullos (que es lo mismo que pícaros, chulos y arrebatacapas) y degenerando de sus obligaciones, son los peores entro esta ruin canalla."[Nota 42]

No se le ocurre a nuestro escritor preguntarse el porqué de esas situaciones, las cuales, sin duda, origen tenían en un desorden de estructuras agravado por la presencia de la autoridad y las estructuras sociales españolas. La causa le parece encontrarla en la ingratitud, el abuso y la presunción de los indios frente a la magnanimidad de un virrey que, por medio de esfuerzos extraordinarios había logrado superar una crisis agrícola distribuyendo maíz en abundancia. El juicio que expresa acerca de los indígenas es tajante: " ... gente la más ingrata, desconocida, quejumbrosa e inquieta que Dios creó, la más favorecida con privilegios y a cuyo abrigo se arroja a iniquidades y sinrazones y las consigue."[Nota 43] "A medida del dinero que les sobraba, se gastaba en pulque, y sabiendo de sus mujeres el que en la compra del maíz las anteponían aun a los españoles, comenzaron a presumir en las pulquerías ser efecto del miedo que les teníamos, semejante ocasión."45[Nota 44]

La superstición y sus instrumentos, estaban también como señales del odio que se incubaba hacia los españoles: "...Mucho tiempo antes de ir abriendo la acequia nueva... se sacó debajo de la puente de Alvarado, infinidad de cosillas supersticiosas. Halláronse muchísimos cantarillos y ollitas que olían a pulque y mayor número de muñecos o figurillas de barro, y de españoles todas y atravesadas con cuchillos y lanzas que formaron del mismo barro, o con señales de sangre en los cuellos, como degollados... prueba real de lo que en extremo nos aborrecen los indios y muestra de lo que desean con ansia a los españoles."[Nota 45]

La manera de opinar de Sigüenza y Góngora, hombre "moderno" para su tiempo, puede tener como base la experiencia, muy distinta a la de Palafox, del indio citadino, obligado a convivir en un ambiente hostil con toda una gama diferenciada y distante de castas, razas y condiciones de vida. El indio rural, el de los extensos campos mexicanos visitados por el obispo de la Angelópolis, podía desplegar con mucha mayor amplitud su bondad natural y moderar más, llevando una vida con menores presiones, la inclinación a la pereza, a la bebida y al alboroto.

Aunque el choque psicológico del motín de junio de 1692 puede explicar el tono excesivamente riguroso del sabio mexicano, sus opiniones ayudan mucho para descubrir un perfil más matizado del indio sometido durante el siglo XVII novohispano, tan fascinante como complejo.


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