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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1991

LATINOAMERICA Y LA UNIVERSIDAD

Author: José Ramón Benito[Nota 1]


*Ponencia presentada en el Seminario "Universidad e Integración Latinoamericana" organizado por la UDUAL y el Instituto de Integración Latinoamericana que tuvo lugar en la Ciudad de La Plata, Argentina, en agosto de 1990.

Los acontecimientos recientes en Europa han cambiado las condiciones del mundo en proporciones que todavía no podemos advertir. Las características por las que solíamos escuchar que se clasificaban diversas regiones y muchos países, discutibles buen número de veces ya de por sí, se han vuelto más problemáticas, si no es que insignificantes. Tenemos que replantearnos la irnagen del mundo, política, económica y socialmente, y habrán de redefinirse las fuerzas y los centro en torno a los cuales podrá configurarse la historia mundial. En cualquier caso, para ello hemos de esperar nuevos acontecimientos que ahora nos resultan imprevisibles: es el momento de "una expectación ante lo advenidero".

La categoría cultural concebida como Occidente, también sujeta ya a muy diversas interpretaciones, es ahora de nuevo sometida a intensos debates; resuenan nuevos ecos spenglerianos que reiteran su decadencia, así como voces contrarias que proclaman su nueva era. Si un mundo agonizaba en 1848, en la llamada "primavera de los pueblos", ¿no alboreará un Nuevo Mundo en el otoño de 1990?

¿Cuál es en todos estos cambios y cuestionamientos el lugar de América Latina? ¿Puede pensarse en una situación realmente nueva y propia de América Latina en el conjunto de las condiciones actuales del mundo y de la humanidad? Hablamos, claro está, desde el punto de vista histórico y cultural y no meramente en cuanto a la geopolítica y a la economía, sin por eso desdeñar la influencia de estos aspectos y las conexiones que con ellos pueda tener una consideración más integral y radical; por el contrario, queremos subrayar su importancia. Todo esto nos lleva ineludiblemente al problema de la unidad y diversidad de América, de su singularidad e identidad, de su integración y, por tanto, de su presencia. ¿Hay una realidad histórica de América, entendida ésta como algo más que el acontecer periférico o la historia local? ¿Es realmente América, y particularmente América Latina, algo específicamente constitutivo en lo humano, y no sólo una denominación geográfica, "prehistórica", al decir de Hegel?

Esta temática, que surgió casi simultáneamente con los acontecimientos que le dieran origen, ya casi hace medio milenio, ha estado presente más o menos desde entonces. Como bien advierte Leopoldo Zea, es finalmente la discusión sobre "el ser de los hombres que forman estos pueblos". Sólo que ahora -y eso sí es cuando más desde el siglo XIX, y sobre todo difundido y generalizado ya entrado el XX- la pregunta se hace en primera persona: "¿qué soy como hombre y cuál es mi puesto entre los hombres?"[Nota 1]

Si enverdad somos "esa raza intermedia", síntesis de pueblos y culturas, "un pequeño género humano" en el decir de Bolívar, ¿nuestro ser y nuestra historia son sólo del futuro, para pensarlo en términos nuevamente de Hegel?[Nota 2] ¿O nuestra tragedia histórica es no dar con nuestro presente, según dice Leopoldo Zea?: "En Iberoamérica se encuentran así, el futuro y el pasado. Lo que puede llegar a ser con lo que ha sido. pero falta la amalgama de un presente que ligue el uno con el otro ( ... ) Iberoamérica es como toda la América el futuro; pero un futuro que no cuenta con el estímulo del presente (...) El presente iberoamericano no es sino un permanente afianzarse a un mundo que ya ha sido, a una experiencia que no es menester seguir repitiendo"[Nota 3]¿Acaso seremos utopía hecha de nostalgia y pesadumbre, si no es que de resentimiento y presunción? ¿América es "un no-ser-siempre-todavía", en la expresión de Ernesto Mayz Vallenilla,[Nota 4] pasado y futuro que no logramos integrar y por lo cual nuestro ser se nos escapa siempre?

Aquí cabe un sentido radical histórico de integración de Iberoamérica, de¡ que no me voy a ocupar propiamente pero que quisiera dejar consignado, ya que además está en el horizonte de lo que consideraré más adelante. No es posible separar estructural mente identidad de integración. Aun psicológicamente una personalidad no integrada carece de identidad, al menos en el sentido subjetivo capaz de¡ reconocimiento de sí mismo, que sería el que nos interesa precisar. Una identificación puramente exterior, o que sólo registra y consigna la desintegración del "objeto", no es sino constatación de falta de identidad, constatación de nosujeto, de conciencia distorsionada o de no-conciencia. Es preciso llegar al ser parasí de la conciencia para hablar de identidad humana, cultural e histórica. Un no ser para-sí-mismo es no ser sí mismo, sino un ser-para-otro y de otro, un ser en dependencia, un ser enajenado. No es posible la identidad sin la identificación con un ser como propio; sin que el ser humano se reconcilie "omnilateralmente con la sociedad",[Nota 5] en y por medio del Verbo, del Logos, de la Palabra, algo que no ha de seguir siendo prestado[Nota 6] sino hecho nuestro, "capaz de expresar nuestra alma", en el decir de Samuel Ramos.[Nota 7] ¿Acaso si estamos divididos, fragmentados, perdidos, seremos capaces de tal propiedad y de tal comunicación? ¿Tenemos acaso qué comunciar si no es nuestro lo que nos es común con los hombres?

La perenne antinomia entre lo uno y lo múltiple, lo idéntico y lo diverso, tiene que ser resuelta en el caso de América, en y por su ser histórico; en el caso de América Latina, en particular, por la vía de la integración y del reconocimiento de su multiforme unidad y de su común gestarse histórico. América tiene que afirmarse en la universalidad desde su circunstancia: "La pequeña humanidad" de que hablaba Bolívar, pequeña como distinción respecto a la totalidad en la que tiene que saberse y actuar con lo que le es propio -su propiedadque es "lo que hace del hombre un hombre".

Y si es verdad que "la peculiaridad latinoamericana está, precisamente en esa su ineludible necesidad por dar expresión y sentido a lo que dentro de sí pareciera controvertido, opuesto, encontrado (...) en ese su permanente esfuerzo por dejar de ser eco y sombra de Europa", si la propiedad histórica y cultural de la América Hispano-lusitana tiene como problema el "trascender asimilando",[Nota 8] esto no sólo es frente a Europa, sino también frente a sí misma. "Yo creo que si volvemos a empezar a hablar de lo argentino, de lo mexicano -dice Leopoldo Zea en un diálogo celebrado en la sede de la revista 'América Latina' de la Academia de Ciencias de la URSS, en 1980- entonces hemos empezado al revés. Consideramos que el mexicano no está solo, que es parte de una gran comunidad: América Latina ( ... ) La división es obvia e importa ser más fuertes; tenemos que tener una gran unidad".[Nota 9] Y momentos antes hablaba de que se estaba llegando más lejos, hacia la comunidad de países en desarrollo, vislumbrándose además una comunidad más amplia.

Regresamos así al punto en que habíamos dejado la pregunta por el lugar de Iberoamérica en Iii encrucijada de la historia actual, y por ello de su ser mismo. En la medida que Ia Historia se amplía hasta ser verdaderamente Universal y en ella todos los pueblos pueden quedar incluidos, sin subordinaciones ni discriminaciones, Amér¡ca puede ejercer su originalidad, entendida como el hacer de lo propio algo universal.

"La Idea de América es, pues, desde la invención del hemisferio, la de un domicilio predilecto de las mejores esperanzas humanas", mas no en el sentido de Utopía, sino de una realidad actuante y natural, donde la libertad y la dignidad, como reconocimiento para todos los hombres habrá de ser patrimonio de esta tierra, "tierra no de liberación sino de libertad constitutiva, originaria y por derecho propio".[Nota 10]

Así fue vista la América Ibera por los hombres que tomaron clara conciencia de su ser y de su historia, los cuales "aspiraron a que nuestra América fuese también un mundo en el que la dignidad y el decoro humanos fuesen su centro ( ... ) Un mundo que sin renunciar a la universalidad que implica participar en una tarea que debe ser común a todos los pueblos, mantuviese su individualidad, la originalidad de sus expresiones".[Nota 11] Un mundo capaz de asimilar toda su herencia y proyectarse por ella y con ella, hacia la invención de una nueva humanidad.

La novedad de América como la novedad del mundo que en ella se ha creído ver, como la novedad de la humanidad a que ha de dar lugar, no han de ser entendidas desde la negación del pasado sino desde su asunción. Si para que una nueva vida surja, muchas cosas deben morir, si hay que morir a muchas cosas, en Ia historia, como en la naturaleza, no debe tomarse como la extinción de los gérmenes de la vida sino como su transmisión fecunda: es sin más el "trascender asimilando" que antes decíamos caracteriza a América. Podría pensarse que en esto aparece, de manera flagrante, una terrible ilusión, si no un vergonzoso enmascaramiento, una imperdonable evasión ideológica, o cuando menos lo que se quisiera que fuera o hubiera podido ser América, pero que no ha sido. ¿Cómo afirmar que América Latina, tiera de dominación, de conquista y de explotación, sea constitutivamente libre? ¿Cómo desconocer, hasta el presente el sometimiento y la indignidad en que se encuentra su gente? ¿Eso es lo que puede aportar al mundo, o cómo puede aportar otra cosa desde ésa su situación?

A menos de que partamos de una concepción que vea la historia totalmente determinada por su base material -y quizá ni en ella, si se reconoce una acción que trasciende esas mismas determinaciones- hemos de admitir la fuerza de las instituciones y de los planteamientos jurídicos y doctrinales como un impulso promotor de nuevas posibilidades. También las ideas hacen la historia, aunque quede por explicarse su fundamentación y sus vínculos con el resto de la realidad. Y sólo es humana cabalmente y por tanto histórica, aquella forma de existencia en que late la conciencia. Si las ideas pueden ser expresión e instrumento de opresión, también son gérmenes y fermento de libertad. Quién ha escrito que "no es crítica, sino Ia revolución la fuerza motriz de la historia, de la religión, de la filosofía y de cualquier otra teoría",[Nota 12] afirma que lo propio del hombre es que "antes de ejecutar la construcción, la proyecta en su cerebro" y que al final brota un resultado; que "antes de comenzar el proceso (de trabajo) existía ya en la mente del obrero un resultado que tenía ya existencia ideal".[Nota 13]¿Lo que vale para el trabajo y la relación con la naturaleza, no valdrá, en algún sentido siquiera, para la relación de los hombres entre sí y consigo mismos, para la sociedad y para la historia? América ha significado y ha sido libre desde que fue concebida, al menos en la voz y el pensamiento de los que han podido captar mejor su propiedad. Es lo que Antonio Gómez Robledo llama "la ingenuidad de América", contemplada como nativamente libre y en pie de igualdad jurídica con Europa, "desde la atalaya espiritual de la universidad española", en la obra de Francisco de Vitoria.[Nota 14]

Pero también es innegable que para que América sea capaz de vivir su presente, que es su posibilidad histórica y su contribución al mundo, deberá ser libre no sólo como Idea, sino como existencia concreta de todo el hombre y de todos los hombres. Si no puede haber dignidad ni libertad sin condiciones materiales apropíadas, éstas mismas deberán ser procuradas y alcanzadas sin menoscabo ni postergamiento de la búsqueda y realización de los valores más altos del espíritu. Pero de ningún modo estos valores pueden ser falseados ni burlados con la pretensión de su logro, al margen de su irradiación y condicionamiento material; no pueden servir de pretexto, para evadir y ocultar el urgente reclamo de lo que exige una vida humana digna.

La hazaña de la libertad es una hazaña de Humanidad: ése es el ser de América, no al margen ni en exclusiva, sino desde y con el resto de la humanidad. Si América ha sido desde su concepción, libre en una libertad más bien ideal y en constante conflicto con las condiciones de su desenvolvimiento, este proceso no puede ignorarse. Si en América Latina han tomado forma y fuerza tan diversos movimientos de liberación, durante todo ese desenvolmiento, es porque en ella se ha acunado la libertad. Ella ha nacido como libertad, en constante contradicción, pero como libertad. Así, la propiedad, la originalidad de América, es simplemente expresión de su humanidad, de su apropiación de lo universal. Ignorarlo, negarse a reconocerlo es lo que impide a América participar en la Historia, fugarse de su presente y perderse en un pasado deplorable o bendito, pero irrescatable, o en un futuro sin raíces o sin expectación.

Lo hasta aquí considerado ¿es contrastable siquiera en un punto con los hechos? Fuera del entusiasmo que estos conceptos puedan despertar en un grupo reducido de adictos, por ello ya enajenados ¿significa algo viable? ¿Es asunto digno de presentarse a hombres prácticos, inmersos en la apremiante búsqueda y planeación de soluciones razonables? En otras palabras ¿qué significa para la existencia concreta?, y esta redundancia procede sobre todo para expresar lo que aquí se quiere.

Si decir que América nació libre significa decir que nació como Idea, ha de entenderse este término con Antonio Gómez Robledo, "como entidad ejemplar y regulativa de la realidad empírica", entidad aprehendida además no sólo con la razón, -sino como lo dijo también Platón"con toda el alma"... "Después de todo, el panamericanismo no es, en el mejor de los casos, sino una concreción parcial, la concreción jurídicopolítica de lo que podríamos llamar la Idea de América."[Nota 15] ¿Será entonces totalmente irreal y estéril plantear el problema de América y el problema de su significado histórico como un problema académico, como un problema donde la Academia adquiere su pleno sentido de universalidad? En otras palabra: ¿qué significa la Universidad para América? ¿Qué significa la Universidad en América para el Mundo? Significa el camino por el cual América puede recuperar su presente, significa el lugar no lo agota pero lo recapitula-, en donde el pasado y el futuro de América han de reconciliarse, han de alcanzar su continuidad. Si América ha sido afirmada como 'Tierra de Libertad' desde una Universidad española, ha de ser la Universidad en América Latina y de América Latina el crisol de su realización, la mediación de su afirmación existencial, el paso de la Idea a la presencia viva y, es preciso recalcarlo, no de manera exhaustiva o exclusiva sino paradigmática; si se nos permite la expresión, como la Idea de la Idea. Y nuevamente aquí habrá que insistir en qué debe entenderse por Idea.

"La paradoja de nuestra generación -dice Toynbee- es que todo elmundo se ha beneficiado ahora con una educación dada por el Occidente, excepto el propio Occidente ( ... ) Sin embargo, tarde o temprano, Occidente, a su vez deberá recibir Ia reeducación que las otras civilizaciones ya han obtenido gracias a la unificación del mundo por la acción del propio Occidente".[Nota 16] Habrá que tener en cuenta que para Toynbee Iberoamérica, no pertenece a Occidente. El mismo autor subraya que la historia es tarea nuestra, no una fatalidad inexorable.

Por tanto, la reeducación de que habla es una posibilidad... Posibilidad que requiere ser asumida por esas civilizaciones y que ha de darle cada cual según su propio ser y su propia recepción, posibilidad que requiere la disposición y la apertura de quien ha de recibirla. ¿Tendrá entonces algo de presuntoso ver en el ser de América una misión en el presente, y en su Universidad el ministerio de la tal reeducación?

La sugestiva y profunda reflexión por la que Alberto Caturelli concluye en dos caras de América: "América originaria frente a América des-cubierta",[Nota 17] se asienta en la llamada del ser a sobrepasar Ia patencia originaria y la misma conceptualización, hacia la inasibilidad de la presencia viva, lo cual sólo puede alcanzarse en el diálogo que es acogida al misterio del tú en "una comunión por vía de la verdad".[Nota 18] ¿Pero América, ese "domicilio predilecto de las mejores esperanzas humanas", mantiene abiertas sus puertas para ofrecer y permitir ese encuentro? ¿No al clausurarse las universidades coloniales o de herencia colonial se ha condenado al pensamiento americano al aislamiento y al individualismo, a lo que Caturelli llama "la desolación", donde el que piensa "aparece como un dis-locado, como fuera de sí, como un demente situado más allá de toda comprehension''.[Nota 19] Es, dice el mismo autor, porque "la Universidad dejó de ser lo que era y comenzó a ser fábrica de profesionales sin teología ni metafísica".[Nota 20] Esta situación inhóspita del pensar en América es razón de su incuria y de su tragedia. "Sólo cuando por un ejercicio continuo de descubrimiento de América, es decir, sólo cuando por ese acto del espíritu, América comienza a ser objeto para el hombre",[Nota 21] comienza a ser posible la relación dialogal. Así podrán crearse las condiciones que permitan superar las formas bastardas de cultura y de política, las sociedades y las ciudades de aglutinación. Esa de-velación es la tarea del pensar y su sede es la Universidad.

Cuando Latinoamerica intentó buscar su ser fuera de sí misma cayó en una serie de intentos fallidos de originalidad y sólo consiguió una lamentable indefinición. ¿Hasta qué punto ese lugar social de la verdad, la forma socialmente organizada de la inteligencia que es la Universidad, debe ser por lo menos redescubierto, para una reconstrucción o al menos un reencuentro de América consigo misma y con el mundo? Si la Universidad es la sede del pensar, requiere a su vez ella misma ser pensada. En otras palabras, para poder ejercer su función en la vida de la comunidad, la universidad no puede perder la conciencia de sí misma, de su compromiso y de su papel transformador dentro de la sociedad. Para promover la conciencia crítica debe ser autoconciencia y autocrítica.

Pensar en la Universidad" es como intitula Pablo González Casanova su intervención en un foro sobre la Universidad Nacional Autónoma de México.[Nota 22] A este pensar lo llama "pascaliano", fincado en el amor, un pensar que como decíamos antes, siguiendo a Platón, ha de ser "con toda el alma"; pero podríamos agregar, con un alma encarnada, si no queremos seguirlo hasta su dualismo. Pensar en la Universidad significa pensar y amar al hombre y a la sociedad de la que la Universidad ha de ser el faro y la fortaleza; significa pensar desde el hombre y desde la sociedad, no para reproducir los patrones y las demandas ciegas que se les imponen y hacer de la universidad un dócil instrumento al servicio de fuerzas deshumanizantes y destructoras.

Sé que nuevamente podría parecer éste un discurso que olvida el conjunto de condicionantes en que viven nuestros paises y en que viven por ende nuestras universidades, pero creo que es precisamente porque esa realidad es tan lacerante, porque parece no haber salida, que debemos pensar en la universidad. Si Latinoamérica es capaz de pensarse, si Latinoamérica es capaz de ir tejiendo no islotes, sino verdaderos núcleos de pensamiento, Latinoamérica podrá ser fiel a sí misma y al mundo.

"La Universidad originó, en las sociedades en que surgió, las posibilidades que hicieron de Europa la promotora del progreso y de la modernidad. La utopía milenarista se transformó en topía, en lugar concreto de realización de lo que parecía un sueño imposible." Esta afirmación hecha por Leopoldo Zea en su participación intitulada "La Universidad como proyecto de la sociedad" , en el mismo coloquio mencionado sobre la Universidad de México,[Nota 23] podríamos traerla aquí a propósito del presente de Latinoamérica y de la Universidad en Latinoamérica. La crisis de la Universidad -dice el mismo autor- es consecuencia de haber perdido su universalidad, de haber perdido a la vez su libertad y de haberse convertido en "instrumento al servicio y en beneficio de un grupo cada vez más limitado de esa humanidad, marginando diversas experiencias de lo humano",[Nota 24] lo que acarreó la manipulación y la situación infrahumana de grandes sectores de la humanidad. "La Universidad, más que nunca, tendrá _que contribuir a pensar, y a hacer, el proyecto humanista emergente."[Nota 25]

La Universidad de América Latina debe ser capaz de recoger este proyecto que bulle en el mismo ser de América y reunir de un extremo al otro del Continente la experiencia de humanidad que es el ser americano como testimonio de universalidad. En términos de filosofía lo dice Leopoldo Zea: "La filosofía griega, el voluntarismo romano y la filosofía cristiana hicieron posible la filosofía europea considerada como universal. Todas ellas a su vez permitirán al hombre de esta América, a partir de su realidad, expresarse con un acento que ha de serle propio y original; y al mismo tiempo filosofar, buscando el sentido de la ineludible realidad de la cual se ha originado América; América como parte que es de lo humano que va concretándose. Nada más, pero también nada menos."[Nota 26]

Es preciso constituir la Universidad de América Latina. El currículum del universitario latinoamericano, sin descuidar las profesiones, no puede reducirse a la capacitación ni a la especialización de las mismas; debe estar situado, debe proceder desde y referirse hacia América Latina como un pensar qué es América para que, como lugar del presente de América, sea un pensar qué puede y qué quiere ser América. El lugar social del pensar en América, será 'nada más y nada menos', como lugar del presente de esa 'pequeña humanidad', un pensar la nueva humanidad.


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