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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Otoño 1991

... TU QUE AUMENTAS LOS PECADOS DEL MUNDO*

Author: Ignacio Díaz de la Serna[Nota 1]


*Fragmento del libro de ensayos inédito Los bufones celestiales.

Ton affaire en ce monde n'est ni d'assurer le salut d´une âme assoiffée de paix, ni de procurer à ton corps les avantages de I'argent. Ton affaire est la quête d'un inconnaissable destin. C'est pour cela que tu dois lutter dans la haine des limites --qu'oppose à la liberté le système de convenances. C'est pour cela que tu devras tármer d'un secret orgeuil et d'une insormontable volonté. Les avantages que t'a donnés la chance-ta beauté, ton éclat et I'emportemen de ta vie- sont nécessaires à ta déchirure.

BATAILLE

L' Alleluiah

Una de las caracteristicas que llama la atención de quien penetra en la obra de Bataille es la sencillez del vocabulario que emplea. Loa tempos rítmicos a los que ocurre permiten que su pensamiento fluya con extrema soltura narrativa. Simple, sí, pero sólo en apariencia. El empleo de un lenguaje convencional esconde a la vista del lector un paciente y herético trabajo de distorsión realizado sin concesiones sobre ese mismo lenguaje. Para emprender con éxito ese trabajo era indispensable, digamos, una falta completa de respeto hacia la filosofía. Bataille aprovecha cualquier ocasión para repetir hasta el cansancio que él no es filósofo. "Ya no leo nada", confiesa en 1943. La actividad filosófica no le interesa por estar imbuída de una delicadeza equívoca, de un evidente temor, de una coquetería insulsa. La considera insostenible a causa de la cobardía que la anima. Aquello que tiempo atrás le había atraído de autores como Hegel o Heidegger, se ha desplomado en su interior, hecho añicos. Cuanto más respetables son los filósofos, piensa, más se asemejan a viejos escleróticos de luengas barbas, cornudos imbéciles de una historia que transcurre a espalda de ellos.

Mas no debe engañarnos su repulsa; tampoco debe confundirnos la supuesta facilidad de su discurso. Bataille apenas tuvo reparo en adueñarse de varias nociones propias de la filosofía y aún de la teología. El propósito de este sarcasmo consiste en asegurar la comunicación de sus textos. Allí, cada concepto utilizado se desvía perversamente de su uso establecido. Quien afirme que la obra de Bataille es asistemática, no yerra del todo, pero yerra en algo. Si bien él se preocupa por otorgar a su pensamiento una apariencia de desorden, lo curioso es que el lector pronto cae en la cuenta de que dicho desorden está apuntalado con demasiada solidez. ¿Cómo explicar esto? Es innegable que Bataille quiso instalar su pensamiento en el vértigo del desorden, del exceso. Sin embargo, no pequemos de ingenuidad. Jamás lo habría conseguido si a la vez no hubiese buscado construir el más firme de los sistemas. Tan necesario es el sistema como imprescididible su parodia.

El título de Summa ateológica ¿no es ya una sonora carcajada frente a la voluntad de sistema? En efecto, el pensamiento a-teológico descansa por entero en la noción clásica de sistema, aunque la sobrepasa con creces. Madame Edwarda y Le Mort lo atestiguan. De una manera u otra, Le Coupable y L'experience intérieure representan también el exceso que acabo de mencionar. Ocurre distinto con Sur Nietzsche, el último de los grandes textos que integran la Summa. En él se edifica concienzudamente el sistema a partir del cual se exceden las obras restantes, con una salvedad. Antes de la primera edición, Bataille ya había decidido aligerarlo, por lo que suprimió múltiples fragmentos. Su estado final, tal como hoy lo leemos, oculta la genealogía misma del sistema. Para reconstruirla paso a paso, hay que hurgar en el cuerpo de las notas.[Nota 1]Pero sobre todo, no pueden omitirse dos textos fundamentales: La discussion sur le péché y Le rire de Nietzsche.[Nota 2] En ambos aparece un léxico místico y teológico. El discurso, por su parte, forma el corazón de la a-teología.

Situar la vida a la altura de lo imposible es a lo que aspira la experiencia espiritual ateológica. Lo posible es Iii vida orgánica y su desarrollo; lo imposible, la muerte, la insensata necesidad de destruir. Mientras imaginemos que Dios existe, no hay imposible, pues la salvación lo elude. Un mundo sin imposible sería un mundo enteramente bueno. Como no podemos cerrar los ojos al mal, menos aún fingir que no tiene su imperio en el mundo, el cristianismo hubo de admitirlo, culpando al hombre de su existencia. Erradicar el mal equivaldría a expulsar del orbe a quien lo origina. De entrada, esta tentativa está condenada al fracaso. Actuando así, el hombre enfrenta paradójicamente lo imposible. Algunos resuelven apostar al futuro; otros regresan a Dios; otros más, a sabiendas de lo que son (de lo que es el hombre), presa fácil para lo imposible, se compromenten a vivirlo.

No rehuir lo imposible implica aceptar, en primer término, que si Dios está ausente, el hombre es un animal abandonado. Dios ausente, los animales se devoran entre sí. De poco sirven los bienes que el hombre acumule, el fuego, la paz, la ciencia, o demás somníferos en boga, hay en él un imposible que nada podrá reducir, ni para el más feliz ni para el más desdichado de los individuos. La diferencia radica, por cierto, en la evasión. La felicidad es sin duda una evasión atractiva, suculenta, pero tan sólo retrasa el cumplimiento inexorable de un plazo, no lo anula. A la postre, hagamos lo que hagamos, tendremos que encarar lo imposible.

Vivir hasta las últimas consecuencias lo imposible, ya puntualicé, tal es la experiencia espiritual a-teológica. Ahondemos en el significado que Bataille atribuye a estas dos palabras. A-teológica porque en el sitio que antes ocupara Dios, todavía permanece algo. ¿Qué? Justamente lo que queda es un lugar vacío. Esta vacuidad es el asunto del que habla el pensamiento a-teológico. En cuanto a "espiritual", pocos vocablos han sido enarbolados tan a menudo para defender causas de distinta índole. Viejo, demasiado viejo, apesta a rancio. "Lo empleo -señala Bataille-- un sentido cercano a la tradición pero precisando: espiritual es lo que compete al éxtasis, al sacrificio religioso (a lo sagrado), a la tragedia, a la poesía, a la risa, o a la angustia. El espíritu no es del todo espiritual. La inteligencia no lo es. En el fondo, la esfera espiritual es la esfera de lo imposible. "[Nota 3] Por consiguiente, lo espiritual alude a una experiencia del límite, la experiencia de lo imposible mismo. El anhelo de salvación traiciona lo espiritual; es su negación rotunda. "Cada imposible es por lo cual un imposible deja de serlo."

El que prentenda alcanzar la cima de la experiencia a-teológica debe sacrificar previamente aquello que suele consolarlo, desembarazarse de lo que santifica y alivia, desprenderse de toda esperanza, de toda fe en una armonía secreta. En suma, debe sacrificar a Dios, cuya miseria estriba en la voluntad humana de apropiárselo mediante la salvación. Lo espiritual exige dirigirse a lo más difícil de lo posible, a su verdad más desnuda y árida. Exige por igual exponerse sin reserva al aniquilamiento de lo que justifica lo posible, para querer decir sí a lo imposible, decir sí a la muerte, al mal, a la angustia y a la soledad. Un sí bienaventurado, trágico. Un sí divino que conlleva la renuncia a la garantía que proporciona lo posible para abandonarse a la pérdida de sí. "La salvación es miserable porque pone lo posible después, porque lo hace el fin de lo imposible. ¿Pero si coloco primero lo posible, de veras primero? no hago sino abrir la vía de lo imposible", responde en Le rire de Nietzsche.

Lo imposible es entonces la cima. Bataille condensa la aspiración ateológica en una paradoja que ayuda a incrementar su desgarramiento: esa cima es moral. Sólo es moral nuestro consentimiento al mal y a lo imposible. Para la teología, Dios es la cima porque es el posible perfecto. De aquí dedujo que el bien es moral. Bataille sostiene lo opuesto. La cima es la sensualidad, el mal, el crimen, debido a que la verdad del ser no está en su salvación -suerte de subasta en la que el mañana se vende al mejor postor- sino en su intensidad. Cada ser se vuelve intenso al buscar su imposible, el instante desmesuradamente sensual del arrebato erótico en que asentimos a la muerte. Si algo distingue a la sensualidad es su violenta oposición a la moral. Esta última tiene su origen en una trémula inquietud por el futuro; se relaciona con la avaricia, los proyectos a largo plazo, el cálculo, la capitalización. La primera, en cambio, es indiferente a toda expectativa más allá del ahora. A ella se vinculan el gasto, el potlatch y la comunicación.

Querer durar, preservándose, es la peor de las bajezas. Lo contrario, arder sin esperanza, es el infierno. Zonas contiguas a lo imposible como el vicio y el crimen, aunque no son la cima moral, indican al menos su presencia cercana, su accesibilidad. únicamente contiguas, pues la cima es comunicación, el máximo desgarramiento sin llegar a parecer. Aclaro. Para Bataille, el ser tropieza con la nada (lo que no es el ser) y con el otro. En este sentido, el otro es también la nada, es lo deseado por el ser que se reconoce incompleto, creyendo que Iii otredad lo completará. La nada y el otro ponen en tela de juicio al ser. Esto explica que percibamos la otredad como una mise en jeu de nosotros mismos.

Ya que el desgarramiento es la ley de la comunicación, alcanzar la cima pide que ese desgarramiento sea el mayor. Bataille se refiere, por supuesto, al pecado, la comunicación más profunda. "Es decir, lo sagrado. Hay, de hecho, lo sagrado maléfico, otro benéfico. Mas lo sagrado siempre es peligroso. Lo sagrado es la fusión de los seres que sustituye su separación. El acto sexual. El sacrificio, la muerte, son la pérdida de los límites, pero uniendo la nada que descubre con una especie de más allá del ser (más allá de la nada), revelándose como deseable y más deseable que el ser."[Nota 4]

¿Pecado? ¿No es este término teológico una segunda carcajada en boca de Bataille? Lo es, al punto de utilizarlo para consolidar una interpretación sorpresiva que ofrece de las Sagradas Escrituras. Veamos. En opinión del cristianismo, ningún otro mal se equipara con la crucifixión. Mal de males, todo creyente asume su deuda ante ese sacrificio redentor llevado a cabo para rescatar al hombre del pecado original. "Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dice: 'Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo'. Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: 'Padre mio, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú'", describe San Mateo. Luego Jesús exhalará el espíritu, blanco de las mofas de cuantos lo rodean al pie de la cruz. La muerte que atenta contra el ser de Dios, apunta Bataille, establece la comunicación entre sus creaturas. Dios experimenta el desgarramiento a través del homicidio perpetrado por los hombres contra su Hijo, lo cual genera en ellos una culpabilidad imborrable que los amalgama entre sí. De no haber acontecido dicho sacrificio, cada uno, Creador y creaturas, habría conservado su integridad respectiva, eliminando cualquier posibilidad de comunicación. Por tanto, la crucifixión no es redentora, sino el pecado mismo. El bien está lejos de ser el resorte que mueve al hombre a relacionarse con Dios o, en última instancia, con sus congéneres. Es el crimen, el decidio, lo que favorece la comunicación. Dios muerto, los hombres pueden comunicarse a través del recuerdo del asesinato que cometieron. La muerte de Dios, hemos de convenir, hizo factible la alianza entre los hombres, obligándolos a mirarse como seres absolutamente desgarrados que se comunican en la complicidad del homicidio.

Surgida del mal, la comunicación es el mal. Conviene señalar que su sentido es el de la angustia, y no moral, porque Dios está muerto. Gracias a la ausencia de Dios, la comunicación es posible. No cabe suponer a un ser pleno, intacto, comunicándose con otro,. La otredad le sería forzosamente desconocida. Sólo hay comunicación entre seres incompletos, frágiles, desesperados. Partícipes del crimen que es iglesia, desahuciados de la gloria, intentan remontar con todo su empeño la nada que los escinde. De esta manera, el mal ha sido, y será siempre, la fuente primordial de la vida comunitaria. Cada cual, arruinando en sí mismo y en el otro el deseo de integridad, se dispone a la comunión para llegar a la cima. En la cúspide de la experiencia espiritual a-teológica, el mal no se sufre; se quiere.

Una vez allá arriba, se ora con la desazón de los condenados a cadena perpetua: Padre mío que no estás en los cielos, santificado sea tu nombre porque aumentas los pecados del mundo...

La concepción del mal asociada al pecado, tal como está expuesta en La Somme Athéologique, descansa a ojos vistas en una voluntad perversa de desfiguración. El cristianismo mirado en trompe-I'oeil para volcarlo de una vez por todas contra sí mismo, para devolverle íntegramente su abyecta monstruosidad, es lo que Bataille se había propuesto. Y lo consiguió. En los tres libros que componen la Suma -L'experiencie intérieure , Le Coupable y Sur Nietzsche- lo conduce hasta un límite del cual no hay regreso, pues queda restituido el sentido originario del mal. Con anterioridad, Nietzsche había desandado el trayecto de la moral cristiana, sacando a la luz la tergiversación de los valores que marcó su inicio y su apogeo. La rebelión de los esclavos anhelaba hacer del hombre un esclavo, forzándolo a compartir su suerte. Bataille recorre la misma ruta genealógica inaugurada por Nietzsche, pero con una diferencia. La transita en dirección contraria. Empuja así al cristianismo a reconocerse en su propia negación, propiciando él mismo su aniquilamiento. No lo niega, no lo combate con tal o cual razonamiento, lo que está probado desemboca sin remedio en una polémica estéril. Bataille optó combatirlo desde la entraña de su cuerpo dogmático. Al final, se precipita a su muerte definitiva, orillado por la voluntad que fue siempre suya, una voluntad de ocaso. Dios autodestruido, y la redención esfumándose con Él, ¿qué resta al hombre?

A esta pregunta responderá la otra Summa redactada durante los años posteriores a la Segunda Guerra. Consta anualmente de tres libros: La Partmaudite,L'Erotisme y Lasouveraineté.[Nota 5] Este último, ami parecer, es una de las obras más turbadoras de Bataille, y por cierto, casi desconocida. Desde el título indica el objetivo que persigue. Queda al hombre la tarea de recuperar su libre e ¡limitada soberanía. Ya en La Part maudite, Bataille elabora el análisis histórico del hombre soberano en épocas pasadas hasta llegar al tiempo presente de las sociedades industriales. Soberano será el hombre contemporáneo cuando vislumbre que sólo él es el valor de símismo, cuando rescate la práctica de los arcaísmos que antiguamente sirvieron para conjurar la ilusión de toda esperanza. No había en Dios, ni en los reyes, nada que no estuviera primero en el hombre, pero sé que el hombre actual es también el hombre alienado, y que sin la alienación que lo reduce, volvería a hallar en él lo que maravillaba en Dios o en la magnificencia de los reyes".[Nota 6]Soberano será cuando determine apropiarse de aquello que le usurpó una soberanía falsa, como soberano fue el hombre antes de la invención de Dios, dueño de sí, único responsable de sus actos.

No basta denunciar la muerte de Dios. Es menester, además, liberarse de lo que justificó crearlo. Al inventar el trabajo -sostiene Bataille en La Part maudite- el hombre inventó el tiempo; inventando el tiempo, se fabricó las promesas más descabelladas. La souveraineté poco difiere en torno a este tema. Entre la enorme retahíla de promesas que el hombre sehizo, sobresale la promesa de Dios, pues el resto tuvo que subordinarse a ella. De Él provenía la contestación a todo. Pero el hombre fue aún más lejos. Al inventar la espera angustiante y consoladora del tiempo, inventó la espera de la muerte. Dedujo entonces que Ia muerte es lo que pone fin al tiempo, rompiendo cori la espera de los beneficios que supuestamente acarrea el futuro. A guisa de bálsamo contra la desesperación, convino en inventar diferentes artimañas para reconfortarse de la muerte. La mejor: hacer que la muerte tuviese el mismo sentido que la espera, convirtiéndola en su apoteosis. De ese modo, Dios representó el sentido trascendente en que toda espera posible hallaba una ganancia provechosa. La muerte llegó así a validar la espera a condición de que se transformara en Dios.

Renunciar al consuelo que la idea de Dios ofrece implica desencantarse del tiempo, acabar con el hechizo que ejerce tiránicamente sobre nosotros. Para Bataille, los pensadores de antaño que se comprometieron de buena fe a liberar al hombre de su enajenación religiosa, no dieron el paso definitivo. Timoratos, su proyecto fracasó, ya que trocaron una deidad por otra. La desfascinación del tiempo exige meditar sobre el instante en que se reducen a nada las expectativas de la espera, meditar sobre el instante de la muerte. A ello se abocó Bataille precisamente en La souveraineté. Ese instante nos devela lo análogo negativo de un milagro. Verdad demente y verdad desgarrada. Porque milagroso es el instante en que la espera se resuelve en nada, en que somos arrojados fuera de la esclavitud a la que nos somete el aguardar. "Más lejos que la necesidad, el objeto del deseo es, humanamente, el milagro, es la vida soberana más allá de lo necesario que el sufrimiento define. Este elemento milagroso que nos arroba puede ser simplemente el resplandor del sol que transfigura una calle miserable en una mañana de primavera."[Nota 7] El derroche, la pródiga dilapidación de las riquezas, el sacrificio, eran los gestos habituales, anteriores al invento de Dios, cuyo carácter ritual y social conjuraba la tentación envilecedora de la trascendencia. La muerte individual posee el mismo carácter aun en un grado mayor. Tan humillantes son las promesas del futuro, que el instante es preferible, y no sólo el instante, sino el instante trágico en que accedemos a pronunciar un sí lleno de espanto, un sí milagroso. ¿Qué otra cosa es el arte, la música, la poesía, la arquitectura o Ia pintura? Momento fugaz que sustenta el milagro.

La muerte destruye; la muerte reduce a nada. Por haber perdido el sentido sagrado del instante -fuese feliz o trágico, no importa- el hombre alimentó la vana ilusión del ser permanente. Lo que no es, sin embargo, es, adoptando formas diversas: sombra, alma, sustancia. El ser que somos, afirmamos todos los días para nuestro coleto, perseverará. Convencidos por entero, apostamos a que el futuro, tarde o temprano, hará realidad los fines de la espera. Bajo esta perspectiva, es natural que vivamos aterrorizados por la muerte. Ella nos escandaliza. No dudamos ni un segundo en condenarla, en negarla de mil maneras. Para calmarnos, llegamos al extremo de considerarla un pasaje doloroso, inevitable, hacia... ¡hacia la plenitud! Claro, ¿cómo podríamos sufrir sin recibir a cambio ninguna recompensa? Hemos querido creer que, muriendo, ascendemos a un ser cualitativamente mejor.

El hombre soberano no se representa la muerte. Existe en el instante, sin separarse de sí, prometiéndose una finalidad reconciliadora. Al menos no se representa la muerte como la interrupción angustiante de su espera, puesto que nada espera. Sólo el hombre sometido al tiempo muere verdaderamente; sólo se angustia quien ha caído en el tiempo, quien habita en un mundo donde prevalece la razón instrumental, la operación previsora, ahorrativa, que dispone de los momentos futuros. Baudelaire ya lo había anticipado en este admirable acertijo para teólogos:

Qu'est-ce que la chûte?

Si c'est l'unité devenue dualité,

c'est Dieu qui a chûté.

En d'autres termes, la création

ne serait-elle pas la chûte de Dieu?[Nota 8]

Propios del mundo construido sobre el furor infatigable del trabajo son las leyes y el dominio de la prohibición. Mundo siempre amenazado por los efectos reales e imaginarios de la muerte, el sentido sagrado que corresponde al hombre moderno es la transgresión de las leyes y de las prohibiciones mediante el homicidio. La soberanía es el rechazo de los límites que el miedo a la muerte obliga a respetar, asegurando así, en el ámbito de la paz laboriosa, la vida de los individuos. Por supuesto, el homicidio no es lo único que devuelve al hombre su soberanía. Pero con él contrarresta el temor de la muerte que gobierna los meandros de lo prohibido, deja de incubar en su interior los sentimientos que la muerte despierta.

Bataille lo dice sin ambages: tal soberanía es selectiva. Como la gracia, es dada. No hay modo posible de adquirirla. Quien carece de ella, jamás podrá alcanzarla. Al que la recibe, tampoco es posible quitársela. Sicon algo puede compararse es con el destino de Sísifo. Inmerso en la instantaneidad, el hombre soberano provoca el milagro que se manifiesta a veces en forma de belleza o de violencia; asimismo en forma de tristeza fúnebre o de una exaltación sagrada. Ajeno a la usura, consumiéndose en una conciencia desprovista de objeto, conciencia de nada, ingresa en el reino divino de la ruina y de la gloria.


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