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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1991-1992

2. Origen y función de la noción de respeto


Lo esencial de toda determinación de la voluntad, como voluntad libre, es que sea determinada sólo por la ley. Esto significa que como voiuntad libre excluye toda inclinación o impulso sensible, y en tanto éstos se fundamentan en algún sentimiento, excluye todo sentimiento (libertad negativa) que ni de forma antecedente o coadyuvante podría determinar nuestra elección. Contra el empirismo de Hume, Kant sostiene que los sentimientos no son el origen de la moralidad sino que ésta se determina, únicamente, por la ley moral.

La ley moral excluye totalmente el influjo de cualquier inclinación o de todas las inclinaciones juntas (egoísmo), pero al hacerlo inflige un daño humillante, pues la ley moral humilla inevitablemente a todo hombre cuando éste compara la tendencia sensible de su naturaleza con aquella ley. Ésta despierta el sentimiento positivo de respeto que aparece no como un sentimiento antecedente o coadyuvante, sino como un sentimiento consecuente. La ley moral se nos presenta, entonces, no sólo como fundamento objetivo de determinación de nuestra acción, en tanto es válida para todo agente racional independientemente de sus inclinaciones o deseos, sino también como fundamento subjetivo, en tanto la ley moral es, también, fundamento del sentimiento de respeto. De aquí se sigue que este sentimiento que es producido sólo por la razón no sirve para juzgar las acciones ni para fundamentar la ley moral objetivamente.

Al comentar estos pasajes de la Crítica, Beck señala la inconsistencia del pensamiento kantiano cuando en un mismo capítulo afirma tres cosas distintas:

a. La ley moral es el incentivo de la voluntad (V. 72)

b. El respeto no es el incentivo para la moralidad sino la misma moralidad (V, 76).

c. El respeto por la ley es el incentivo para la moralidad (V. 78).

Pese a lo que sostiene Kant al inicio del capítulo, continúa Beck, la ley en sí misma no puede ser un incentivo. A lo sumo, la conciencia de una ley podría serlo. Porque si la ley fuera una determinante de la conducta, sin la intervención de la conciencia, no sería una ley práctica, y los hombres no serían agentes libres. Piensa Beck que la posición de Kant es más consistente en la Metafísica de la Virtud (VI, 464), donde afirma que el respeto por la ley, que es llamado subjetivamente el sentimiento moral, es idéntico con la conciencia de nuestro deber. Por lo tanto, no hay oposición entre respeto y ley cuando comprendemos que la conciencia de la ley es el único modo en el que una ley práctica puede ser efectiva y, por lo tanto, distinta de una ley natural. [Nota 2]

En la misma línea de reflexión, Ross afirma que Kant parece estar consciente del principio aristotélico que dice el pensamiento, como tal, no mueve nada, por lo que el respeto viene a ser una especie de intermediario entre la aprehensión y la acción. Por ello la necesidad de este sentimiento tan peculiar que, si bien guarda cierta analogía con la inclinación y el temor, no se confunde con ellos.[Nota 3]

Pienso que tanto en Beck como en Ross es clara la idea de que el respeto, para Kant, no puede ser un sentimiento antecedente a la ley moral. Pero, mientras Beck se inclina por una interpretación que identifica la conciencia del deber con el respeto que funge como incentivo de la acción, Ross entiende el respeto como una mediación entre la conciencia del deber y la acción. Lo que no resulta claro en ambas interpretaciones es de qué forma la conciencia y el respeto identificados (Beck) mueven a la acción; o bien, en qué sentido se habla del respeto como mediador (Ross) entre la aprehensión y la acción.

Con el fin de allanar un poco el terreno, se puede aprovechar la distinción que propone Atwell entre lo que este autor llama respeto pasivo por la ley moral, que es el sentimiento de estar obligado a realizar una acción o estar consciente de ser sujeto de las demandas de moralidad, y respeto activo, que es el sentimiento que impulsa a la realización de una acción sólo por que es reconocida como obligatoria en virtud de la ley moral. Kant, piensa Atwell, está muy consciente de que el común de los hombres siente las demandas de moralidad pero pocos son los que actúan sólo por motivo del deber. [Nota 4] Sólo este último se ajusta a los dictámenes de la ley moral.

Creo que tanto en Beck como en Ross se halla implícita la idea de que el respeto al que hace alusión Kant es, con términos de Atwell, el respeto activo. El mismo Beck piensa que Kant rechaza la idea de que el respeto se entienda como un sentimiento sensible pasivamente experimentado cuando evita llamarlo placer o sentimiento. Más aún, Kant asimila el término de respeto en moral, al término de lo sublime en estética (Crítica del Juicio, 23). Los orígenes de ambos términos, continúa Beck, son análogos pues en los dos órdenes tiene lugar la humillación. Con todo, aun tratándose del respeto activo quedan en pie las preguntas formuladas con anterioridad.

Las posibles oscuridades en las explicaciones de Beck y de Ross, se disipan con la interpretación de Paton. [Nota 5] Este autor comienza preguntándose ¿qué significa, para Kant, actuar por motivo del deber? Por lo pronto, no es la actividad del hombre preocupado por el deber. Este sujeto no es espontáneo en sus acciones. Tampoco es el hombre rígido, con reglas de hierro, al que Kant califica de místico (fanático) moral. Actuar por motivo del deber es actuar por reverencia a la ley moral.[Nota 6]

Para Kant, piensa Paton, la emoción de la reverencia es única. No está dirigida a ningún objeto dado al sentido, ni está conectada con la satisfacción de nuestras inclinaciones naturales. La emoción de la reverencia aparece porque el hombre está consciente de que su voluntad está subordinada a una ley sin la intervención de ningún objeto del sentido. A la pregunta, entonces, por el origen de la noción de reverencia y su relación con la moral, Paton la desglosa en un proceso con cuatro etapas:

1. Reconocemos la ley moral como un principio objetivo, esto es, un principio que cualquier agente racional seguiría si la razón controla todas las inclinaciones o a pesar de sus inclinaciones.

2. Este reconocimiento despierta nuestro sentimiento de reverencia.

3. La reverencia nos induce a adoptar la ley como nuestro principio subjetivo o máxima.

4. La reverencia se constituye como el intermediario entre nuestro reconocimiento de la ley, corno un principio objetivo, y nuestra adopción de ella como principio subjetivo o máxima.

Desde el punto de vista externo o psicológico, concluye Paton, nuestro motor es el sentimiento de reverencia, pero desde un punto de vista interno o práctico, nuestro motor es simplemente la ley moral. La reverencia, en síntesis, podría entenderse como la causa de nuestra acción, y la ley moral corno su fundamento.


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