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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1991-1992

PARA PODER MIRAR AL MUNDO

Author: Emilio Zebadúa[Nota 1]


Dame un punto de apoyo y levantaré al mundo.

Arquímedes

La distancia que prevalece entre la concepción que se ha desarrollado del mundo aquí y las interpretaciones que se han elaborado afuera sobre precisamente ese mundo (del cual México es evidentemente parte), amenaza en estos tiempos con ser salvada con excesiva celeridad. Mucho antes, quizá, de que las dos visiones, fundamentadas en teorías profundamente distintas del Estado y de las relaciones internacionales, puedan ser reconciliadas lo suficiente como para poder mirar al mundo desde el mismo lugar. En estos momentos, cuando el mundo marcha hacia la integración más profunda de la historia subsisten, en consecuencia, perspectivas muy alejadas entre sí de cómo debemos entender los recientes acontecimientos que han estremecido a todos: las nuevas relaciones entre economías nacionales y la posición que ocupa México dentro del nuevo contexto global.

Hasta no hace mucho tiempo, en esta parte del mundo hemos vivido bajo un régimen internacional caracterizado por la hegemoníaamericana-enmarcado en un conflicto global entre Estados Unidos y la Unión Soviética, conocido como la guerra fría.[Nota 1]

Los orígenes se encuentran en los conflictos y acuerdos surgidos después de la Segunda Guerra Mundial entre las dos Superpotencias, el boom económico, y las crisis y recuperaciones subsiguientes que han tenido lugar hasta el presente. Este orden mundial determinó durante casi cinco décadas las relaciones entre Washington y Moscú, entre los países grandes del Occidente, y entre el Primer Mundo y los países medianos y pequeños del Sur: delimitó las fronteras en el Paralelo 38 y el Muro de Berlín y, asimismo, en el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Tanto la Casa Blanca como el Kremlin podían recurrir, también desde ese entonces, a la bomba atómica, a la vez que se beneficiaban con un desarrollo económico impresionante (pues de 1948 a 1971. la tasa anual promedio de crecimiento industrial en el Oeste alcanzó un 5.6 por ciento, mientras que en el Este la Unión Soviética mantuvo durante los años cincuenta tasas de crecimiento industrial que se acercaban al 10 por ciento anual).

Las nuevas realidades internacionales de la posguerra también influyeron en las políticas que los gobiernos en esta parte del mundo siguieron hacia adentro; en particular, hacia la clase trabajadora, los empresarios nacionales y el capital extranjero. Los gobiernos respondieron entonces con propuestas coyunturales y planes estratégicos que produjeron, de manera significativa, el llamado welfare state -un conjunto de medidas, instituciones y asignaciones de gasto dirigidas a elevar los niveles de vida de la clase trabajadora y de ciertos sectores de la clase media. El rápido crecimiento material, la escasez de mano de obra y, el espectro de la amenaza comunista se tradujeron de este modo en programas sociales y en economías mixtas.

En realidad, los orígenes más remotos del antiguo orden mundial -aunque restructurado varias veces- se encuentran en las fuerzas que produjeron, en un período de sólo cuatro décadas: dos guerras mundiales, una Gran Depresión, el ascenso y caída del fascismo, y el triunfo y expansión del comunismo. Fue sobre estas bases que se estableció la hegemonía americana. Y lo hizo firmemente gracias a la destrucción y reconstrucción de sus posibles competidores en Europa y el Pacífico, a los acuerdos de Yalta y, principalmente, a la sorprendente bonanza de tres décadas que siguió al fin de la más reciente guerra mundial. (En particular, Estados Unidos representaba, al finalizar el conflicto, el 60 por ciento de las manufacturas producidas en el Occidente. Su producto nacional bruto había aumentado un 35 por ciento desde Pearl Harbor, y contó con la capacidad para asignar 13,000,000,000 de dólares al Plan Marshall, para la reconstrucción de algunos de sus antiguos aliados, y otros enemigos.)

Las fuerzas que Estados Unidos pasó a liderear en base a su creciente presencia mundial, sin embargo, nunca se expandieron sin limitaciones: ni alrededor de la Tierra ni en el mismo Occidente, pues durante más de siete décadas la Unión Soviética representó un poder político alternativo. No sólo Krushchov tuvo momentáneamente la confianza para amenazar diciendo: "los enterraremos", sino que, más ciertamente, las revoluciones en Cuba y en Vietnam no hubieran sido posibles sin la existencia de la Unión Soviética. Asimismo, los países medianos y pequeños del resto del mundo contaron con un modelo alternativo del cual obtener valiosas lecciones. Clases y grupos en los países del Occidente, además, contaron con una fuente de ideología, recursos y apoyo con los cuales desarrollar sus propias luchas.

Pero los propios conflictos existentes entre los países grandes del Occidente que los estadounidenses y organizaciones internacionales pasaron a administrar después de Bretton Woods y San Francisco- nunca se resolvieron del todo, pues durante las últimas cuatro décadas Alemania y Japón emergieron como poderes económicos alternativos. Entre 1950 y 1960 la participación de Estados U nidos en el PNB mundial disminuyó de un 40 a un 26 por ciento, y para 1980 había caído hasta un 21.5 por ciento. Poco a poco se fue minando su hegemonía mundial, mas no su poder total.

Adicionalmente, durante las dos décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, las principales variables ligadas al bienestar material y a la autoridad de los gobiernos dentro de las fronteras nacionales fueron transformadas por el cambio tecnológico y flujos internacionales de capital. Con la declinación americana y los problemas estructurales de la Unión Soviética (finalmente evidentes), el viejo orden mundial irremediablemente se vino abajo. En su lugar, las fuerzas victoriosas, pero también parte significativa de las fuerzas derrotadas del antiguo régimen, se anticipan buscando un espacio en el cual reacomodarse a nuevas definiciones políticas y económicas.

En esta parte del mundo, como resultado, Estados Unidos es a la vez más débil y más poderoso; en la otra, el colapso del poder central en la Unión Soviética es definitivo. Y alrededor de todo el mundo las nuevas condiciones de competitividad desafían cualquier noción tradicional de las ventajas comparativas entre naciones.[Nota 2] Por eso, actualmente no es tanto una cuestión de Adam Smith y David Ricardo como de Hymer, Kindleberger y Dunning. Si bien la lectura de las consecuencias que provocará este profundo movimiento global deberá esperar cierto tiempo, las iniciativas para las Américas y las negociaciones para la creación de] bloque de Norteamérica ofrecen ya algunas claves sobre lo que en esta parte del mundo significa la trayectoria de uno a otro orden mundial.

Todos los participantes de la más reciente restructuración mundial pasaron por las crisis de las dos últimas décadas. Y en algún momento de este período el Occidente entró en el "siguiente siglo", al menos así lo entienden autores de bestsellers sobre estos tenlas, como Peter Drucker [Nota 3] y David Halberstam. [Nota 4] Una periodicidad aproximada de esta historia tendría que considerar los ciclos de expansión y recesión en Estados Unidos: el inicio de las crisis desde 1968 hasta 1975; la recuperación de 1976-1979; la recesión de 1980-1982; el crecimiento de 1983 hasta 1989; y la reciente recesión de los últimos meses. Aunque es más difícil establecer con precisión la periodicidad correspondiente para el caso de la Unión Soviética, bastaría por ahora recordar las fechas muy cercanas en que cayó el Muro de Berlín y se llevó a cabo la intentona de golpe de estado en contra de Gorbachov. E.J. Hobsbawm [Nota 5] señala a 1989 como la fecha del fin de siglo.

Durante un breve período de alrededor de dos décadas se sellaron los destinos de las dos Superpotencias, de los países grandes del Occidente y de los países medianos y pequeños del Sur. Los intentos por revertir o siquiera posponer las consecuencias fatales de aquellas crisis no tuvieron éxito, o por lo menos no lo han tenido hasta ahora: como lo demuestran los ejemplos muy distintos de reaganomics en un extremo y de la perestroika en el otro. En Washington los excesos financieros y presupuestarios de la década pasada son considerados responsables de los magros resultados económicos de la actual década. [Nota 6] y en Moscú, a cinco años del histórico Congreso del Partido Comunista en el que Gorbachov anuncia la completa restructuración de la economía soviética, las solicitudes de ayuda financiera externa son cada vez más urgentes, [Nota 7] El saldo global es muy claro: un mundo más interdependiente (en torno al eje Washington-Tokio-Bonn) y el fin de la guerra fría (a raíz del colapso de los estados comunistas, desde 1989 hasta el verano de este año). Éstos pues parecen ser los parámetros del período histórico actual.

Pero uno ni otro significan que hayan cesado los conflictos que forman el sustrato de la historia mundial desde hace cerca de un siglo. Ahora más bien hay una nueva formación de fuerzas, cuyas repercusiones se extienden a todos los rincones de la Tierra. El fracaso de la Unión Soviética como alternativa política, la declinación del poder económico de Estados Unidos, y el surgimiento de Alemania y Japón como centros de crecimiento y acumulación capitalista atestiguan, en su conjunto, al fin del antiguo orden mundial -pero no al triunfo de la estabilidad y el equilibrio.

Para el resto de los países, en el Sur, esto viene a confirmar viejas tendencias que, en su mayoría, los han alejado del Primer Mundo. Siendo las más significativas: la dispersión global del control político sobre los procesos de producción, la reconcentración del capital en el Norte, y el traslado de las guerras al Tercer Mundo. No se puede esperar, además, que éstas sean modificadas en el futuro cercano por los acuerdos ya alcanzados o pendientes entre las potencias desarrolladas. A lo sumo, se pueden anticipar soluciones parciales, que favorezcan sólo a ciertos países por sus ventajas comparativas, económicas o geo-políticas.

El momento actual, por lo tanto, dista mucho del establecimiento exitoso de un nuevo orden mundial. Este término no sólo confunde, sino que incluso esconde una perspectiva particular de los cambios recientes, que tiene su origen dentro de los paises capitalistas más desarrollados y que se pretende extender al resto del mundo. Da la impresión, errónea, de que ha habido (o se está dando) la sustitución de un consenso específico (léase hegemonía estadounidense, aunada a la existencia de la guerra fría), por otro igualmente aceptado (leáse interdependencia occidental, aunada al colapso del comunismo como alternativa política). Además, pretende presentar los cambios recientes como históricamente necesarios, y a las respuestas seleccionadas como producto de una negociación racional. Finalmente, permite excluir, o bien incluir del mismo modo arbitrario, a un régimen político cualquiera (Panamá, Irak, Cuba ... ) del concierto de naciones ahora supuestamente agrupado bajo un nuevo orden.

Por otro lado, el que aún no exista algo que, siendo verdaderamente viable, sustituya al antiguo orden mundial, no significa en lo absoluto que éste permanezca incólume. Losgolpes que ha recibido son fatales. Las nuevas condiciones de producción e intercambio mundiales representan un desafío permanente para la fórmula Estado nacional = economía nacional, que no puede ser resuelto con antiguos diseños de política económica. En la década pasada las políticas más conservadoras en Washington, por mencionar quizá el ejemplo más importante, sólo pospusieron el momento de ajustar cuentas (pues en los términos del editor de asuntos económicos del Wall Street Journal Alfred L. Malabre Jr.,[Nota 8] Estados Unidos estaba viviendo ya entonces más allá de sus posibilidades).

Que en el futuro cercano no se pueda prever el surgimiento de un nuevo orden mundial con los elementos necesarios de estabilidad y permanencia que requiere, no implica que la historia se haya detenido. Y, por lo mismo, el momento muy especial que atravesamos exige que se precise el significado real de los cambios que están ocurriendo alrededor del mundo. Propongo, en conclusión, varias áreas de investigación y reflexión sobre el mal llamado nuevo orden mundial que, sin la pretensión de ser modelos, se limitan a formular ciertas cuestiones pertinentes:

1. Partiendo de una teoría del cambio histórico explícita, realizar un examen cuidadoso de las causas que en realidad provocaron el colapso de la Unión Soviética y los países de la órbita socialista. Habría que considerar en este caso las ineficiencias del sistema de producción que impidieron sostener las altas tasas de crecimiento de las décadas pasadas, así como introducir innovaciones a un ritmo suficientemente rápido en áreas estratégicas de la economía.

2. Evaluando el impacto que durante las últimas cuatro o cinco décadas mantuvo la alternativa de una opción socialista en el resto del mundo, prever las consecuencias que su desaparición traerá en las políticas que seguirán en adelante los gobiernos. Especialmente observar la mayor separación existente entre las poblaciones ricas y las pobres en todos los confines del mundo.

3. Reconociendo la vigencia de un capitalismo en proceso de restructuración, redefinir el concepto de hegemonía americana tomando en cuenta el desafío europeo y japonés, pero también el hecho de que los intereses de los países grandes no se encuentran en conflicto inconciliable a la manera que en el período entre las dos guerras mundiales. (En este sentido habría que prestar una mayor atención a las resoluciones de las agencias y mecanismos multinacionales, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, o el Grupo de los Siete y el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo -viejas y nuevas instituciones del orden mundial.) No se puede olvidar sin embargo que, aunque el poderío mundial de Estados Unidos entró desde hace más de dos décadas en un proceso de declinación, es muy posible que se halla fortalecido en ciertas esferas y regiones del mundo.

4. Finalmente, partiendo del lugar en que nos encontramos, diseñar una perspectiva propia, que permita situar a una Norteamérica reconstituida dentro del proceso más amplio de cambio. Se debe revisar la historia de la integración económica en esta región del mundo durante las últimas cuatro o cinco décadas, más que la de las relaciones bilaterales entre Washington y Tlatelolco, para entonces situarla en el presente -dentro del marco de la estrategia mundial de Estados Unidos y dentro del programa de restructuración iniciado la década pasada en México.

Este esfuerzo es, por supuesto, extremadamente laborioso en todos los casos, pero garantiza, por lo menos, que las respuestas que se obtengan tendrán sentido para los habitantes de esta parte del mundo.


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