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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1991-1992

JULIÁN MEZA, LA HUELLA DEL CONEJO: LA HISTORIA REINVENTADA

Author: Luz Elena Gutiérrez de Velasco[Nota 1]

La historia reinventada


Un tópico literario recurrente en muchos escritores, entre otros en el mexicano Salvador Elizondo,[Nota 1] es el del "regreso a casa". Ir para volver al punto desde donde se ha partido, cumplir el periplo, hacer la circunnavegación, representan términos que nos describen con precisión el esfuerzo narrativo de Julián Meza en su reciente novela, La huella del conejo.

Algunas veces debemos salir, tomar distancia, para que aquello que nos resulta más familiar y cotidiano cobre nuevos relieves; se nos presente desde ángulos diversos. Entonces, nos vemos en el espejo de los otros, para regresar y ser de nuevo nosotros mismos. Ir a lo español, para entender lo mexicano, y así finalizar el periplo con la convicción de que "somos la materia de la que están hechos los sueños". Esa es la bandera enarbolada en la nao-novela que nos ocupa: la imaginación. Bandera de piratas, sin duda.

Si nos preocupamos por el género que reviste este texto, estaremos de acuerdo en que la anterior afirmación (nao-novela) no puede, con todo, ser tajante. Novela, sí, pero novela permeada por otros elementos que proceden de la crónica, el relato y el poema en prosa. En el texto se advierte una estructura fragmentaria, de modo que con la superposición de las pequeñas piezas textuales -como las de un rompecabezas-, se va construyendo un dibujo, un mapa, pero estas piezas se repiten y contraponen, de tal suerte que las figuras que surgen son cambiantes, y de esa diferencia brota el encanto de un texto caleidoscópico. Los micro-relatos se convierten en pequeños abismos, que atraen al lector, como vórtices. Ese mapa nos pierde en el trayecto.

La empresa a la que el texto nos invita consiste en reandar el camino del descubrimiento de América y su conquista; labor que pondríamos en las manos de un historiador avezado y acucioso, pero el texto nos propone una aventura singular: reformular la Historia desde la imaginación o desde las historias, esto es, a partir de la literatura, los rumores, las crónicas fallidas, las profecías, los augurios.

Así, el viaje de Cristóbal Colón da comienzo en ese convento cercano a Palos de la Frontera, la mítica Rábida, donde el genovés se encontró con Fray Juan Pérez y Fray Antonio de Marchena. El periplo del personaje, llamado el Almirante, que por cierto era un lusitano, se inicia el 12 de octubre de 1492 al topar con "tierra" o la pequeña Jascoyne o el pequeño Behemot. Y en esta superposición de viajes, conviene recordar que la circunnavegación de Julián Meza comienza en El libro del desamor, [Nota 2] publicado en 1967, pero iniciado desde 1964. Novela fraguada a base de breves capítulos: lo fragmentario como destello de una realidad que se desvanece y donde un grupo de jóvenes de los años sesenta, antes de 1968: Julio, Girongilio, Febea, Casimiro, viven el paso de la soledad a una pretendida solidaridad, aureoleada por los brillos de la época de la Caballería, para culminar en la locura, la soledad y la sensación del fracaso. De aquella novela de los años sesenta todavía nos soprende la capacidad de pronosticatio terrible que poseía: "la protesta en columna de gritos ebrios marcados de rebeldía". 3[Nota 3]

Ese primer encuentro con la Jascoyn-escritura quedó signado por una ironía amarga, donde sólo se buscaba el calor de un café con leche y pan, y por una capacidad de observación de los detalles que nos reintegran a una época. Si El libro del desamor fue una pronosticatio, esta novela de 1991, La huella del conejo, representa una lección de Historia al revés, ya que nos obliga, a nosotros lectores, a rememorar lo que en realidad sucedió (y me pregunto: ¿en realidad?) luego a cotejarlo con los datos y nombres que nos ofrece el relato, en la mejor tradición del Génesis bíblico; para llegar a descrubrir que el texto constituye un himno irónico a la confusión y al erratismo, que gobiernan nuestro pensamiento occidental. Se borra la frontera entre la mentira y la verdad; se igualan los héroes y los villanos. La historia comienza de nueva cuenta en un espacio animalizado, donde el continente no es más que un conjunto de ballenas, de cetáceos tirados al sol. Toma forma el mito de Melville. Los aborígenes no son otros que los cipayos disfrazados, indios en el verdadero sentido del término. El descubrimiento se conforma a partir de un embuste arteramente forjado por el Almirante y continuado por sus seguidores.

El narrador nos parece un nuevo Hernando Colón, ese hijo natural de don Cristóbal que se dedicó a escribir la Historia del Almirante, donde, por cierto, se incluye en el capítulo 62 la Relación de Fray Ramón Pané,[Nota 4] que rescata algunos de los presagios indígenas sobre el descubrimiento y la conquista.

En La huella del conejo el relato se estructura en torno a tres figuras protagónicas; el Almirante, Carlos el Etíope y César D'Oms Piccolomini. El Almirante domina la acción narrativa en los dos primeros capítulos; luego Carlos, el bifronte, ya que es el espejo del rey Carlos primero, que en realidad era el quinto, rige los siguientes fragmentos textuales, para desembocar el relato en las aventuras de Piccolomini. En lo temporal, la historia cubre desde el 12 de octubre de 1492 hasta el 19 de junio de 1532, fecha de la conquista del reino de Ofir.

Importa poner de manifiesto el cómo han sido fraguados estos personajes protagonistas. No son el fiel retrato de sus contrapartes históricas, sino que constituyen, como la novela misma, la suma de fragmentos y sueños, de muchos hombres que en épocas diversas creyeron e imaginaron mapas y tesoros. Así, el Almirante resulta de superponer a muchos geógrafos y navegantes como Toscanelli, Cristóbal Colón y, sin duda, ese amigo alemán de Colón, oscuro y olvidado, Martín Behaim, cuyo apellido contiene las tres primeras letras del tesoro: Behemot, ese enorme hipopótamo.

Sobre la construcción de Carlos el Etíope ya hemos mencionado la presencia de los rasgos de Carlos V, que se aúnan a los de Hernán Cortés, Pizarro y muchos otros conquistadores guerreros y empresarios. En un risueño guiño intertextual, ese personaje nos remite a otro Carlos, pero del México contemporáneo: Carlos Fuentes y su personaje Cristóbal Nonato, ya que Carlos el Etíope es el "naonato", permutación lingüística que ata futuro y pasado inventados.

En lo que toca a César D'Oms Piccolomini, destacan los rasgos de erudición y poder: César el emperador romano, César el Papa Borgia; D'Oms que rememora a un virrey del Perú en el siglo XVIII, Manuel Oms de Santa Pau, que se hizo famoso por sus tertulias literarias y por haber comerciado con mercancías francesas en un Perú, donde sólo lo español tenía cabida; y por último el apellido Piccolomini, que no puede menos que traernos a la memoria a Eneas Silvio Piccolomini, quien, además de erudito, fue el Papa Pío II en el siglo XV.

Los tres protagonistas (número con fuertes resonancias cabalísticas) se refractan en tres figuras secundarias, pero, con todo, portadoras de claves para la interpretación del texto. Haleví, Abentofail y Ahasverus, que representan el costado no castellano de la empresa descubridora, pero sí de lo español, es decir, lo judío y lo árabe. Haleví se compone de rasgos pertenecientes a Jehuda Haleví, toledano del siglo X (cuando se dio la época del esplendor del Califato de Córdoba) que fue gran poeta, médico, filósofo y teólogo judío, autor del Himno a la creación, dato importante para entender la empresa del relato. Otro Haleví fue Samuel Halevi, del grupo de traductores de Toledo, a quien debemos la traducción de diversos tratados de astronomía, astrología y magia, que se relacionan con la serie de las pronosticatio en la novela. Del autodidacta Abentofail debemos señalar que fue un filósofo musulmán, que en el siglo XII destacó junto con los grandes cronistas árabes, Abenjaldún, y Abenhayán, y que influyó varios siglos más tarde en Baltasar Gracián, autor de El criticón que, de alguna manera, se vincula con el espíritu del autor de La huella del conejo.

Ahasverus, el legendario judío errante, que da origen al título de la novela, ya que: "Desapareció como un conejo, sin dejar huella" (p. 96), se convierte en el objeto de la búsqueda y el deseo de los otros. El viaje se justifica como un interrogarse por el destino de Ahasverus. Pero Ahasverus no está en ninguna parte y está en todas. Mito e imaginación unidos y que reaparecen cada quinientos años.

Todo lector de La huella del conejo se preguntará por el significado del tesoro de Behemot, ¿en qué consiste este hallazgo? Y muchos coincidirán en que no fueron ni el oro ni las tierras, sino la cultura gestada y el lenguaje, los mejores bienes que nos dejó esta empresa. "Regresar a casa", en esta novela, significa volver a la palabra y a la imaginación, que trenzadas fundan la avalancha intertextual que circula por el texto; Cristóbal Colón, Hernando Colón, Hernán Cortés y los monjes e indígenas cronistas; las novelas de caballería y los tratados de magia y astrología; los tratados sobre geografía y los presagios y profecías en los tratados sobre ciencias ocultas; la Biblia, y las novelas de Carlos Fuentes; el lenguaje de Lezama Lima y el tono de Alejo Carpentier; la visión de los vencidos y la recopilación de Ideas y presagios del descubrimiento deAmérica de Leopoldo Zea; la poesía renacentista y la de Margarito Ledezma; Cortázar y Kundera; el mito de las amazonas y el rescate de las mujeres como eminentes narradoras orales: la fea Leonor de Solís y Furatema; Tintin y el Finnegans Wake. En fin, todas las muestras de la grafomanía y la glosolalia que surgieron en torno del llamado "descubrimiento".

El discutido homenaje por el quinto centenario del evento descubridor nos va dejando frutos y huellas para construir, reconstruir y destruir nuestras historias, como esta jocosa e inventiva novela de Julián Meza, que nos resarce de la visión de los vencidos en el plano de la escritura.

LUZ ELENA GUTIÉRREZ DE VELASCO

Centro de Lenguas, ITAM.


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