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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1991-1992

LA HUELLA DEL CONEJO: CRÓNICA DE UN DELIRIO

Author: Claudia Albarrán[Nota 1]


Si Ortega y Gasset viviera encontraría en La huella del conejo el modelo perfecto para enunciar una vez más las diferencias inconciliables entre la novela tradicional y la novela contemporánea. Para él, el libro de Julián Meza vendría a ser -de acuerdo con la lógica del lenguaje de Batman- la antinovela del antidescubrimiento de un antialmirante, cuya antinave encuentra un anticontinente habitado por anticipayos. Pero más que hablarnos de una ausencia, todas estas negaciones que La huella del conejo hace posible responden a un proyecto narrativo importante que consiste en recuperar -al margen de esquemas o fórmulas discursivas- el sentido primigenio del arte de narrar: "ser -como dice un personaje de La huella...- el espacio inagotable de la imaginación". Julián Meza hace suyo este sentido primigenio del arte narrativo y lo expresa mediante una metáfora: el viaje del Almirante y los protonautas a Behemont, Jascoyne, el cetáceo, la ballena o como queramos llamarlo es, como la literatura, una extravagante fantasía, cuyo único propósito es el placer de la aventura. El proceso creador, la novela misma es, pues, una infatigable y siempre reconfortante travesía hacia rumbos inventados, desconocidos y, por supuesto, ilimitados.

De esta idea del viaje sin retorno, sin fronteras ni propósitos definidos, nace también otra consigna que el autor de La huella del conejo ejecuta implacablemente en sus personajes. De los cientos de expedicionarios que van a la ballena sólo uno sobrevive para narrar la aventura: Ahasverus, eljudío errante; los demás mueren en Jascoyne o en las Áfricas Occidentales o bien, desaparecen caprichosamente bajo la pluma de su creador sin dejar huella. Y es que, a excepción de Ahasverus, en todos los protonautas el viaje es una vía de acceso a otras posibilidades, responde a objetivos específicos que justifican y determinan la llegada y, consecuentemente, ponen punto final a la aventura. Para ellos, encallar, pisar tierra firme es arraigar. Por el contrario, para Ahasverus el motivo del viaje no es más que el viaje mismo; su caminata sin rumbo, su vida en el exilio, su desarraigo perenne le impiden concebir el mundo en términos de un comienzo y un final, de una llegada y un retorno; posee el don de la ubicuidad y encarna la figura que da título a la novela: es el conejo, pero no el de Alicia en el país de las maravillas que carga a cuestas el tiempo como verdugo del ocio, sino el conejo del prestidigitador, aquél que seductoramente aparece y desaparece como un relámpago para abrir frente a nosotros su abanico de colores, de países y figuras de papel. Entonces, más que invocar al animal que representa o remitirnos a la apropiación de un territorio, la huella de Ahasverus es la crónica de un delirio, pero de un delirio que es la propia novela: tejido de memorias y nostalgias, de mentiras y desencuentros, cuyo único móvil es "la invención y la melancolía".

Aunque menos conejo y más liebre, Julián Meza es descendiente directo de Ahasverus: salta donde menos se le imagina y produce impensadamente lo que menos se esperaba. Su viaje narrativo es La huella del conejo; una aventura descabellada, propia de un individuo solitario y enfebrecido que vive cómodamente sentado en el chorro de agua de la ballena vigilando que las puntas de sus pies no toquen tierra firme. Su condición es, más bien, líquida. Por eso, como Ahasverus rechaza todo lo que huela a madriguera. Julián Meza es el desertor de la historia española y de la americana, de esa historia institucional que pretende dar cuenta de los orígenes. Su viaje por La huella del conejo tiene como única voluntad cambiar los acontecimientos por las palabras, desmembrar los hechos para hacer del lenguaje la única y absoluta realidad.

CLAUDIA ALBARRÁN

Depto. Académico de Estudios Generales, ITAM.


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