©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1991-1992

LA HUELLA DEL CONEJO: UN PURO ACTO DEL LENGUAJE

Author: Armando Pereira[Nota 1]


Me han impresionado mucho los textos de Claudia Albarrán y de Luz Elena Gutiérrez de Velasco, no sólo por su capacidad de penetración y análisis de la novela que aquí comentamos, sino porque al mismo tiempo aportan una imagen de su autor que no encaja muy bien con la que yo me hice de él al leer La huella del conejo. Mientras escuchaba a Claudia y a Luz Elena, me imaginaba a Julián encerrado 24 horas al día en una inmensa biblioteca, rodeado de enormes y polvorientos tomos, estudiando y sacando notas de uno y otro libro, desde el período merovingio hasta la posmodernidad para lograr dar cauce al fin a su novela. Antes de leerla de un tirón, recién publicada por la editorial Vuelta, la había ido conociendo fragmentariamente en mesas de cafés, en restaurantes, en el departamento de Julián, al calor de varios whiskies, y siempre mezclando la lectura de las cuartillas escritas con lo que se le iba ocurriendo mientras leía o conversábamos. La capcidad conversacional de Julián Meza me impresionó siempre, tanto como me impresiona hoy la capacidad de su prosa. Me parece que una no puede desligarse de la otra: leí la novela de Julián como si la conversáramos, como si a través de la lectura de esas páginas continuáramos una conversación interrumpida.

La huella del conejo está escrita desde una cierta concepción de la literatura que, si incluye al saber, no es para permanecer anclada a él, siguiéndolo, sirviéndolo, realzándolo, sino más bien para subvertirlo, para obligarlo a decir mentiras, para obligarlo a internarse en ese espacio imaginario en donde los límites entre lo verdadero y lo falso se pierden, en donde todo -lo más descabellado aun- resulta posible. Y es ahí, en ese juego con el saber, en esa especie de burla del saber que se lleva a cabo en la novela, donde me parece encontrar una línea de lectura que, por lo menos a mí, me sirvió como hilo conductor para internarme en sus páginas: la idea de que la escritura es ante todo un profundo acto de gozo, un profundo acto de placer, que sin lugar a dudas se sustenta en el lenguaje, en esa fiesta de los significantes que recorre de principio a fin a la novela.

Y es que en La huella del conejo lo que menos improta es la anécdota. Si algún trasnochado lector buscara en ella las claves del descubrimiento de América, lo único que encontraría seria una cachonda parodia del descubrimiento de América; es decir, un texto que -desde el humor, desde la ironía, desde la sátira- nos habla de otros textos. Julián Meza lo sabe: los hechos no existen ya en ninguna parte: ni en Cortés, ni en Bernal Díaz, ni en los primeros misioneros. Esos primeros textos fueron tal vez más un maravilloso acto de imaginación que una "crónica verdadera de la conquista". Buscar esos hechos, tratar de ser fiel a ellos, sería extraviarse inúltimente en un trabajo de Sísifo que no tendría principio ni fin. Hoy sólo disponemos de textos que nos hablan de otros textos que nos hablan de otros textos... Es decir: una "realidad" que sólo se sustenta en el lenguaje, que no existe fuera de él, y en la que la imaginación ha jugado la mejor parte. Lo que Julián leyó en esos textos, que tal vez le sirvieron de punto de partida, fue la novela que ya estaba inscrita en ellos. Y se entusiasmó tanto que decidió escribir una novela a partir de esas novelas: lenguaje que traduce otros lenguajes, escritura que traduce otras escrituras. Pero lo hace jugando, sin tomarse demasiado en serio a él ni a los que le precedieron, sin tomar demasiado en serio a esa historia escolar que nos enseñaron y que ha terminado por convertirse en un cuento de fantasmas y aparecidos.

Hace un momento, Luz Elena emparentaba la escritura de Julián Meza con la de Carpentier y Lezama Lima. Yo aunaría a esa comparación a un escritor mexicano bastante más joven, no más joven que Julián, por supuesto, sino más joven que Carpentier o Lezama. Me refiero a Fernando del Paso. Lo que hay de común en esos escritores, y lo que Meza comaprte con ellos, no es sólo la preocupación por la historia, sino la certeza de que la historia al devenir novela debe saber internarse por los meandros de la imaginación y del lenguaje, incluso a riesgo de que su punto de partida desaparezca hasta quedar convertido en un puro acto de lenguaje. De ahí el componente barroco que yo también encontré en La huella del conejo, componente barroco que se manifiesta explícitamente en el decidido abandono de la anécdota para privilegiar los juegos del lenguaje, el hallazgo de ciertas imágenes que en sí mismas contienen el sentido global de la novela.

Había pensado comenzar esta plática aludiendo a un comentario de Stevenson en el que criticaba a la novela inglesa de fines del siglo XVIII y mediados del XIX por haber abandonado la anécdota, el trazo exacto y acabado de personajes y situaciones narrativas. Entre esas novelas, Stevenson se refería, velada o abiertamente, al Tistram Shandy de Laurence Sterne, a Clarisa Harlowe de Richardson o a Vanity Fair de Thackeray. Me parece que de alguna manera, y salvando las distancias, la prosa de Julián Meza comparte también la novela de esa escritura: confrontar al lector con esa otra realidad de la que nace y se alimenta la literatura: la fuerza, el gozo de la palabra.

ARMANDO PEREIRA

Departamento Académico de Estudios Generales, ITAM.


Inicio del artículoRegreso