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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1991-1992

LA VIDA EXTRAMUROS*

Author: André Glucksmann[Nota 1]


* Prólogo a Le Graphics Commandement, recientemente editado por Flammarion, París, traducción de Silvia Pasternac.

La insoportable machaconería me llena las orejas de un qué dirán sabihondo: la historia toca a su fin. Hemos ganado. Ya no nos queda nada que perder. Todo acabó por arreglarse. ¡Descanso!

Nada extraordinario pasa, ni amenaza con suceder. No hay que dejarse trastornar, ni impresionar por las noticias de las ocho. Tampoco dejarse atrapar por los medios. ¡Manipulación! ¡Simulación! Una premonición agitaba, antaño, los cenáculos académicos y las camarillas hegelianas; convertida hoy en rumor dominante, corre de los bares universitarios a las antesalas de los ministros: el final de la historia, entiéndase el final de la violencia, del caos, de las guerras, somos nosotros. ¡Gobernemos! Los conflictos parecen errores administrativos. Si las calamidades empañan sus ojos, saquen la chequera. Si escenas de "otra época" los ofuscan, descuelguen sus teléfonos y llamen a las autoridades competentes, las políticas, las morales, las intelectuales. ¡Desconstruyamos! Esta historia que se está acabando, ya no crea, ya no grita, ni siquiera tartamudea. Está de vuelta de todo. Vaticina al azar notas rojas. ¡Descomprimamos! Nuestro destino, sin sorpresas a partir de ahora, se adormece en nuestras manos, en la punta de las papeletas de voto. Basta con seleccionar con buen juicio a nuestros dirigentes que de seguro conducirán al mundo hacia la paz, dentro del orden. ¡Si no, al hoyo! ¿Quién se opondría a su sabia y buena voluntad? El muro de Berlín estalló. El Gran Enemigo abandonó el sitio. Se firma el acta de defunción del comunismo, sobre el cual muchos, que no hicieron nada en contra de él, ya se preguntan si alguna vez existió. Quedan algunos contemporáneos, más de mil millones, chinos, por ejemplo, que no están enterados de la evaporación del fantasma que los tritura. ¿Otros miles de millones, en los suburbios llamados "tercer mundo" se van a embarcar para nuevas "largas marchas" hacia Citerea, bajo la bandera de la media luna verde sino es bajo la estrella roja o una esvástica negra? A condición de que ellos inventen alguna diferencia entre los mataderos pasados, los del presente y los del porvenir. Una charlatanería, que se considera bien informada, cubre sus pataleos inquietos; de garantía en garantía, susurra que esta última guerra -¿la recuerda?- es la última guerra y que sólo nos amenaza el insondable aburrimiento del séptimo día.

¿Qué es un victorioso? Aquel presuntuoso que cree lanzar la palabra del final, conocer la aventura a partir de su término, juzgar en última instancia. Clama que los verídicos, al igual que los ganadores, nunca son coronados en y por el momento, sólo después; se engalana con el prestigio de un postpensamiento que sólo reflexiona retrospectivamente, sin aceptar otra lucha que no sea la final, concibiendo nuestros complejos sólo bajo la promesa de su resolución y saboreando cada período entre dos guerras con la condición de alucinarlas como orden mundial definitivo. Así, el arte sólo se manifestaría como lo que es en el momento de su desaparición. Como Dios se iluminaría con el asesinato de Dios, y la historia, con el crepúsculo de la historia. La punta es la meta y la meta es la punta. Nuestros modernos visitantes de ruinas ya no razonan, hacen epílogos; determinar un problema es terminar con él lo más rápido posible, cerrarlo como una tumba y adornarse como enterrador.

Preocupado por esquivar semejante ceremonia de despedida, intento pensar aquí, mientras estoy todavía vivo, los acontecimientos vivos, corriendo el riesgo de equivocarme, con el peligro de que ellos me desmientan, con el placer de que me sorprendan y, llegado el caso, me desengañen.

1. En el hombre plátano, caricaturesco mono consumidor cuyo supuesto celo pasa y destruye el Muro, invito a reconocer al portador de las exigencias morales más fundamentales de Occidente. No trabajar inútilmente, no hablar para no decir nada, no vivir como un siervo, estas reivindicaciones definen negativamente una manera positiva de vivir en la Tierra, de existir individualmente, en familia, públicamente, libremente, e incluso licenciosamente o heréticamente en el seno de la ciudad, productivamente en las empresas no estatales. Veinticinco siglos después de haber sido expuestas en Los trabajos y los días, de Hesíodo, estas elecciones existenciales tan recurrentes modelan discretamente la economía política, la democracia evolutiva y la urbanidad privada de una Europa de las libertades.

2. La orden terminante de "no mentir" -plataforma común de las múltiples tendencias del pensamiento disidente: Solyenitzin, Sajaróv, Havel- carcome al Imperio del socialismo desde su interior. Igualmente, la voluntad de ser pagado por su trabajo, de comprobar que uno es operacional y productivo, desencanta popularmente, masivamente, de la teoría y práctica marxistas. Veracidad en las comunicaciones, eficiencia y racionalidad económicas, seguridad y autonomía de la vida privada, todos estos son imperativos inscritos en el patrimonio, no genético sino ético del europeo de base.

3. ¿Quiere decir esto que nuestro fin de siglo regresa cándidamente a las normas comúnmente aceptadas alrededor de 1900? Todo esfuerzo merece un salario, tolerancia es mejor que fanatismo. ¿Hacían falta dos guerras mundiales, los múltiples fracasos totalitarios y cien millones de muertos para recordar estas verdades primeras? Las triviales reglas de conducta no han cambiado, pero sí nuestra manera de aceptarlas.

No es nueva la máxima moral, más bien lo es el fundamento que le asignaremos en lo sucesivo. La Europa ilustrada entró en el siglo acorazada, optimista y narcisista. Creía estar decidiendo sobre la residencia del Bien, de lo Bello, de lo Verdadero. La fiebre del debate era tanto más elevada cuanto que cada uno se persuadía de la existencia, actual o futura, de los valores que estaban en juego.

Más escéptico, aparece un humanismo con los colores de la tragedia; ya no prejuzga sobre la bondad humana, nos toma tal como nos presentamos, mugrientos, mocosos. Hace un voto de pobreza en materia de ideales contantes, sonantes y deslumbrantes. Sabe que el mal más grande se comete en nombre del Bien, "por el bien de la Causa". Las intenciones demasiado radiantes coronan ingenuamente a las peores ignominias. En nombre de la civilización, la europa moderna colonizó, a sangre y fuego, a países que, a su vez, hoy emancipados, enloquecen por procedimientos sanguinarios y cruelmente acerados. Bajo la insignia de mundos mejores se perfeccionaron los campos de concentración, se inauguró la práctica racional y metódica del genocidio, por tan etéreos motivos crecen y se multiplican los trabajitos terroristas. Si la humanidad logra, en definitiva borrrarse del mapa, sólo podría lograrlo invocando al Hombre, un Hombre ideal, cuya esencia perfecta y pura no soporta la existencia mal educada.

La idea de humanidad, en la única acepción que sigue siendo, para mí, admisible sin caer en el ridículo, designa a un conjunto biodegradable compuesto por seres capaces de suicidarse, al mayoreo o al menudeo, recíprocamente o cada uno por su cuenta. La comunidad de los convencidos debe ceder el lugar, en el fundamento de la ética, frente a una más modesta solidaridad de los quebrantados.

4. ¿Por qué respetar las leyes? ¿Qué podemos saber, qué debemos hacer, qué se nos permite esperar? Ninguna respuesta categórica podría adoptarse antes de que asumamos la pregunta: ¿por qué cosas hay que desesperanzarse? A principios de siglo, se definía el mal en función del bien, de la misma manera que se criticaba el presente en nombre de un porvenir superior. Hoy las carreteras hacia el paraíso están embotelladas. Un francés no vive como un chino, la sociedad india no está lista -económica, cultural, tecnológicamente- para identificarse con la estadounidense. El caos soviético reserva sus sorpresas, de amplitud inevitablemente mundial. Si la unificación de las formas de vida y de comportamiento no es una verdadera cuestión de actualidad, la hornogeneización de las formas de muerte parece estar, por el contrario, silenciosamente asumida desde ahora. Se sufre, se destruye, se envilece de manera semejante en todos los rincones del género humano. Las justificaciones de los asesinos están emparentadas, y los gritos de las víctimas trascienden las diferencias de sintaxis y de vocabulario. La mentira gubernamental, la tortura policial, la masacre con palos o con cohetes, el espíritu de partido o de facción, la hambruna.

En el pasado, cada civilización cultivaba solitaria y amorosamente su barbarie singular, y las buenas almas pesaban los méritos comparados de las torturas chinas, del militarismo europeo y de los sacrificios aztecas. Hoy, la uniformación acelerada de los instrumentos y de los procedimientos de masacre se vuelve la única evidencia omniterrestre. Desilusionada, desencantada, herida irremediablemente en su narcisismo, la civilización occidental se extiende aún más universal; abierta por defecto y acogedora por incompletud; despellejada, flagelada por el siglo, se sumerge, perdiendo su suficiencia iluminada, en una profundidad oscura que la desborda: "Desde la guerra, demonio mayor, hasta los complejos, demonios menores, la parte demoníaca, presente más o menos sutilmente en todas las artes bárbaras, volvía al escenario. Su dominio es el de todo aquello que, en el hombre, aspira a destruirlo; los demonios de Babilonia, de la Iglesia, de Freud o de Bikini tienen el mismo semblante. Y cuanto más veía Europa surgir nuevos demonios, tanto más las civilizaciones que habían conocido alguno de los antiguos aportaban antepasados a su arte." (A. Malraux).

5. Malditos sean los grandiosos proyectos de reformas defintivas: a largo plazo, todos estaremos muertos; es el momento de las morales de extrema urgencia.

Ya sea por los temblores de tierra o los de sociedad, toda víctima está antes que nada "por salvar". Basta una súbita crisis telúrica, climática, nutricional, social, política, estratégica, para descubrir la posibilidad de unirse para socorrer a seres lastimados, políticamente dispersos o dispares. Las operaciones de salvamento desarrollaron en veinte años -gracias a los boat people y a las campañas contra el hambre- una fuerza de disuasión para todo terreno y telemundial. No debe extrañarnos que los iniciadores de esto sean médicos que, por una profesión bien entendida, ponen el acento en la enfermedad que se debe combatir y no en una buena salud intangible. Dejan para los charlatanes la receta de las felicidades infalibles. "La enfermedad se siente, la salud, poco o nada; ni las cosas que nos ungen nos tocan tanto como aquellas que nos punzan." (Montaigne) Los espíritus ávidos de regañar y de guiar desprecian esa compasión, negativa en cierto sentido. Resolver de un golpe, de un pensamiento y en un volumen los problemas del hombre ha sido una promesa estruendosa que no afea ni los programas electorales ni los comunicados a la prensa de las profesiones de fe seudofilosóficas. La ruta de la felicidad era soñada amplia y rectilínea; las vueltas y desvíos que evitan los escollos, por ensayo y error requieren de un arte de piloteo visible: no se rebasa Caribdis sin rozar Scylla.

6. Vivimos un gran estreno de la historia: la circulación de la información se revela capaz de irrigar, casi instantáneamente, espacios olvidados o aislados. En los días de los satélites de comunicación y de la microinformática, ninguna desgracia puede ser ocultada definitivamente. Cuando se muere de hambre en Etiopía, los esquimales se movilizan en el norte de Canadá. La mundialización rápida de la mala noticia provoca una capacidad de alerta universal. La opinión pública va más allá de los límites de las condiciones climáticas locales, desborda la mala voluntad de las autoridades nacionales y revela las parálisis de las burocracias mundiales. A la información pasamurallas le responde la intervención sin fronteras. Con la apertura multimedios de las sociedades cerradas se anuncia y se realiza la desestabilización de las dictaduras. La tiranía moderna se apoyó en el derecho que tienen los pueblos de disponer de sí mismos, para conferir a los gobiernos el derecho de disponer de sus pueblos, silenciosamente y sin control. Esta era se acaba, las naciones ya no pueden quedar aisladas por una simple disposición administrativa, las cortinas de hierro -que fueron esencialmente tabiques herméticos para la informática- se vuelven permeables. Recordémoslo: con las locomotoras y las radios, con los lavados de cerebro y las transferencias de poblaciones, al comienzo del siglo el desarrollo de las técnicas permitió a los totalitarios negros o rojos dar el último toque a sus fechorías de acuerdo con sus furores y sus mutismos.

A la inversa, las altas tecnologías de comunicación deshacen los monolitos caducos. El monopolio de la mentira se enfrenta a competencias. Ninguna potencia podrá disponer de un dominio absoluto sobre las informaciones, y los sujetos a los que gobierna serán cada vez menos dependientes de las fábulas que les sugiere. Para bien o para mal, nuestra responsabilidad crece, la lógica de la intervención humanitaria no tiene escapatoria. Puede, debe, por excepción, en alguna circunstancia monstruosa, acarrear la intervención militar. ¿Quién negará que el genocidio realizado por el gobierno revolucionario de Camboya merecía una expedición para parar en seco la masacre?

7. Desengañarse no es decaer: el búho de Minerva ve en la noche y escruta la oscuridad. La literatura, de Dostoievsky a Flaubert, los trágícos, Goya, Hölderlin, Chalamov, el durch Leiden Freude (la felicidad a través del sufrimiento") de Beethoven y la mántica antigua llevan en su seno ese saber negro. Las culturas de Occidente vuelven posible su ética cuando interrogan al espanto sin retroceder de horror. Hacen aparecer lo falso, lo feo, lo cruel. Cuando la Glasnost ("publicidad") no es una palabra vacía, designa la revelación de lo insoportable, sin disimulo, sin consuelo. una verdad despojada de las ilusiones de perestroika ("reestructuración"). ¿Para qué sirven los intelectuales y los periodistas? Por favor, no para predicar. Ya fue demasiado enceguecimiento voluntario que adula a suburbios como Billancourt, Auteuil, Neuilly, Passy. Nos cansan los funcionarios de los positivo que ocultan las torpezas y enmascaran las ignominias con el pretexto de no desesperar a la UNESCO, a la izquierda, a la derecha, al rock o a las diversas providencias celestiales o terrestres. El que calla otorga. La actualidad se manifiesta frecuentemente más desoladora que edificante. No hay porqué taparse la cara ni suavizar los reportes angustiantes.

Un nuevo humanismo presupone una cuidadosa cura de desideologización, una rigurosa dieta antihumanista. Sólo puede nacer de las ruinas reconocidas, comprobadas y festejadas de las ilusiones humanitaristas. Sugerir que los animales razonantes son, en su conjunto, buenos, no es todavía pensar; anunciar que los trenes saldrán puntuales no es todavía informar. El periodista es agente de circulación de las malas noticias, no de las publicidades, y el intelectual es profeta de la desgracia, no propagandista, pues su oficio y su virtud no culminan con querer ser bueno y bello, sino preciso y veraz. "Humanista" es un pesado epíteto para aquél que sopecha de las convicciones sublimes que empiedran los caminos de los infiernos, privados y públicos, exóticos y metropolitanos.

8. Sacar a la luz las torpezas, que las tradiciones y los poderes establecidos se dedican a disimular, suscita resistencias. La más categórica de las réplicas, el integrismo, no es un retorno al pasado, sus mitos y sus escrituras. Sólo procede hacer un llamamiento a los antiguos días para resistirse, aquí y ahora, contra la occidentalización, contra el movimiento crítico y desarraigador de la Iluminación. El integrismo es moderno, contemporáneo. Su odio contra Occidente sigue una dirección de origen europeo; propone un cortocircuito entre la pre y la posthistoria en nombre de una historia santa, epifanía de un sujeto absoluto, la raza pura, la clase universal y el pueblo de Dios. Su fórmula fue presentada por Tchaadaiev: ruckwärtsorientierte Utopie + Verehrfichung des russischen Volkes (utopía recuperadora del pasado + un pueblo ruso excesivamente idealizado). Esta ecuación vale para Stalin identificado con Boris Godunov, para Hitler y Siegfried, para Sadam Hussein, autoproclamándose sucesor de Nabucodonosor y Saladino.

Aparentemente, las tesis anteriores, que intento ilustrar en este libro, son ultraminoritarias. Apenas se había roto, con los medios necesarios, la agresión de un dictador ambicioso y peligroso, cuando el espíritu de Versalles y de Yalta soplaba nuevamente; superado el caos planetario, el "nuevo orden mundial" estaba establecido. Como si el dominio local de un conflicto dotara a los vencedores de un sésamo mágico, apto para disipar las dificultades y desenredar los odios y las rivalidades en cualquier lugar, en cualquier momento, por los siglos de los siglos. 1918: la 11 nueva diplomacia" de Wilson promete, en catorce artículos, la paz para dos generaciones y the world safe for democracy, sin preocuparse por la homologación, como quien no quiere la cosa, de puntos de fricción e injusticias, gérmenes de una nueva guerra mundial en los veinte años siguientes. 1945: el respetable Roosevelt, con los ojos puestos en su panacea de panaceas, la nueva organización planetaria de las Naciones Unidas, abandona, sin cuidarse de ello, la mitad de Europa al yugo estalinista. 1991: en el marco de su victoria fulgurante, atrapado por la ambición de apagar, hasta la última brasa, los fuegos de Jerusalem, Bush deja que su adversario derrotado tome una revancha sangrienta, intramuros, sobre los civiles kurdos y chiítas. Quien mucho abarca poco aprieta. Quien sueña con reconstruir la gran maquinaria cósmica y orquestrar la armonía de las esferas celestes, resbala con las cáscaras de plátano de la realidad.

Salvar a los kurdos, víctimas del napalm, es algo que se decide en un momento. Hace falta más tiempo, más tanteos y más mutaciones mentales para sinfonizar las tres religiones del Libro hasta el punto de que compartan un mismo espacio triplemente sacrosanto, que ha estado en juego durante dos mil años de disputas, rebeliones, conquistas y cruzadas. Por un lado, parar una agresión, detener una masacre por medio de intervenciones de extrema urgencia. Por el otro, un programa para la reconciliación definitiva de los que se agarran a patadas por el Eterno. Existen dos vías para reducir el desorden planetario: con detalle, a tientas, con el riesgo de desalentar, o bien a vuelo de pájaro, en masa, rozando sobre la utopía. Trastornado por sus idéales, el Presidente, como sus antecesores famosos, olvida en el camino la rabia de su vencido.

Signo reconfortante, hubo voces, de los dos lados del Atlántico, que exigieron la ingerencia y que los kurdos fueran socorridos finalmente, dejando a un lado todo lo demás. Estas reacciones puntuales implican, para mí, poco a poco, un método: limitar los desastres, ponerse de acuerdo para curar y, si es posible, prevenir un cataclismo natural, social o político. ¿No es ésta la forma de resolver los conflictos adaptada a la persistencia de nuestros desacuerdos doblemente infinitos en lo real y en lo imaginario? En este final del siglo XX, una idea relativamente nueva de un orden del mundo sería considerarlo como una limitación de los desórdenes y nada más. Más vale entenderse en un mínimo que no entenderse en absoluto.

Civil, extranjera o mundial, la guerra que devastó a este siglo fue europea, frecuentemente en los hechos, siempre en su espíritu. Revoluciones, imperialismos, sistemas racistas se han dispersado, han encontrado terrenos que los acogieron y echaron raíces por todas partes. Barbaries autóctonas les confieren un carácter pintoresco de basural perfectamente folklórico, pero su patente se produjo en el viejo continente. Por eso me parece extraordinario que la inteligentzia europea no saque ningua lección, y se retire otra vez al cuidado de sus huertas ideológicas, sin más. ¿Dejaremos con negligencia en el vestidor los abrigos ensangrentados con que vestimos nuestra suficiencia?

Los candores, altamente morales, de nuestros abuelos y abuelas ¿nos protegerán de su cándida ceguera? ¿Seríamos más cordiales, más honrados o más sutiles? ¿Por qué los mismos principios no crearían las mismas anteojeras? Si la experiencia histórica no hace mejor al europeo -¡qué presunción!- puede advertirlo. A condición de que saque algunas consecuencias de los errores acumulados, que agregue una regla, un mandamiento nuevo (o reencontrado) a los diez mandamientos de antaño, no para borrarlos, sino para permitir su aplicación en la medida de lo posible, tomando la medida de lo que es posible.

En el nacimiento de los Tiempos modernos, ya la exigencia de un preliminar que reajustara la práctica del Decálogo presidió los grandes cismas religosos. Al reivindicar el retorno a la simplicidad evangélica frente a la corrupción "romana" de las costumbres, la Reforma se da contra la paradoja de una voluntad humana, parte activa de la naturaleza corrompida; dedujo de ello la necesidad de una justificación por la fe -justificatio ab extra, certitudo salutis, predestinación, gracia inefable. Frente a esta misma paradoja, la Contrarreforma adopta la posición simétrica de la salvación por las obras -ex opere operato; los actos litúrgicos (comunión, bautizos) adquieren una calidad intrínseca y confieren los perdones por encima de las cualidades morales del destinatario pecador y del "destinador" (el cura que las administra). El "jesuitismo", tan criticado por Pascal en las Provintiales, recorta hasta la caricatura a este rasgo distintivo: "En defintiva los signos litúrgicos actúan de manera automática; en la administración de las gracias divinas, cierto tipo de mecanismo mágico actúa, y es eficaz siempre, a partir del momento en que funciona conforme a las prescripciones." (KoIakowski)

Entre reglas de justicia y un mundo injusto, un intermediario -Iglesia, conciencia- debe igualar las disímetrías o hacer simétricas las desigualdades, en pocas palabras, desembrollar los casos de conciencia y someter el desorden existente a la exigencia absoluta enunciada en el Decálogo. Yo matarás." ¡Ciertamente! Pero ¿qué hacer frente a aquél que mata cuando descuartiza a un inocente? La dificultad para aplicar los mandamientos obliga al sujeto moral a confiarse a autoridades más interiores (predestinación) o más exteriores (dictadores de conciencia) que él. Convertidos en laicos y en preceptos de moral escolar o en costumbres de la vida cotidiana, los valores del Decálogo necesitan igualmente muletas, profanas en este caso, y se apoyan sobre un juez subjetivo (personalidad, carácter, intuición genial, "karma") o sabio (la autoridad de múltiples terapias reemplaza a la de la dirección de conciencia).

La cara enigmática y equívoca del mandamiento que permite la aplicabilidad de los otros diez no dejó de preocupar. Entre el mundo de la gracia, que se suscribe de manera natural al Decálogo, y el mundo del pecado, que lo desobedece espontáneamente, el acuerdo sólo puede apostarse (Pascal) o ser postulado (Kant), por cuenta y riesgo de aquél que apuesta o que postula. La armonización de las esferas se apoya en los milagros de la interioridad (protestante), en la institución eclesiástica (católica) o de la santidad mística del starets ortodoxo. Inquietante competencia entre los fundamentos de la salvación: lo que vuelve posible los diez mandamientos, por definición, escapa a su control y, en consecuencia, amenaza todo el tiempo con transgredirlos.

Erigir el milagro como condición de posibilidad de la actividad moral reduce esta actividad a la improbabilidad del milagro. Si la diferencia entre los fines del Decálogo y los medios seculares sólo puede llenarse por la intercesión de Arriba, la posiblidad de una perversión persevera.

Muy pronto, Tartufo unifica los defectos del casaste jesuita, del director de conciencia devoto, del puritano rigorista y casi incluso del doctor psi de las familias encopetadas. Quien invoca una inspiración estelar para legitimar una conducta terrestre corre el triple peligro de la buena fe con sus cruzadas, de la mala fe con su maquiavelismo sórdido y de la indistinción entre las dos, destino común de los mortales con "dos cabezas" que se tambalean hacia un lado y hacia el otro.

O bien nos entendemos "al máximo", o "al mínimo". La primera vía es aquélla, gloriosa, de los coloquios académicos, de las sonrisas tipo cheese que se intercambian en las entrevistas presidenciales, de los festivales de la juventud comunista y de los jamborees de los Boy Scouts. Entre los laicos y los espirituales, así como entre las tres religiones del Libro, los encuentros nunca son tan exaltantes e idílicos como en las bibliotecas y en las pantallas de televisión; cuando ocurren en el terreno, se revelan muy trágicas y desconsoladoras. Querer llegar a un entendimiento sobre los fines últimos distrae al público en general, infecta al ingenuo y propaga en secreto una infalible y planetaria libanización de la inteligencia.

Las religiones de Occidente no están condenadas a buscar el entendimiento máximo y a pretender restaurar la perfección sobre la Tierra, haciendo chocar los dos Reinos. Ninguna fatalidad obliga a las sabidurías profanas a precipitarse en el callejón sin salida de una simbiosis a cualquier precio. El amable Leibnitz, del que Voltaire se burló insolentemente por epígonos intermediarios, no se adhiere a las ingenuidades de Panglos a pesar de su optimismo y de sus armonías preestablecidas. No duda en apoyar a la moral cristiana con una inteligencia estratégica más secular; se niega a hacer de la segunda una esclava de la primera: "Y el precepto de Jesucristo de ponerse en el lugar del semejante no sirve solamente para el fin del que habla nuestro señor, es decir para lo moral, para conocer nuestro lugar frente a nuestro prójimo, sino también para la política, para conocer las miras que nuestro vecino puede tener contra nosotros..." Una exégesis tan sutil invierte las perspectivas; si el otro es otro-yo-mismo, no tengo porqué creer que es mejor que yo, pobre pecador.

De ahí se deduce la necesidad de una vigilancia: "Verdaderamente, puede ocurrir que el vecino no tenga tan malas intenciones como yo creo, pero, en política, es decir, cuando se trata de precaverse y de la defensiva, lo más seguro es tomar las cosas pensando en lo peor". La "política" mencionada aquí no se limita a los asuntos de Estado, designa toda relación de hostilidad o de peligro que ponga en juego la salvación privada y pública, personal o colectiva. Entonces es necesario regirse por el principio de lo peor y tratar de evitar el mal mayor en lugar de perseguir algún soberano bien (principio "rnoral" de lo mejor). "La moral misma permite esta política cuando el mal que se teme es grande, es decir que la pretensión de la seguridad o de la garantía no cause mayores males que el mal..." Existe así una política de la moral y una moral de la política tanto individual como común- desdeñada constantemente por los curanderos del alma que pintan la vida color de rosa.

La planta baja de toda moral -sobre la cual se pueden proyectar, con toda tranquilidad, construcciones magníficas, pero sin la cual todo flota oníricamente- me instala en el lugar del otro, y al otro en la mía, antes de que nuestros reflejos, buenos y admirables, deban sonreirse. La condición inicial de la ética sigue siendo amar al prójimo como a uno mismo, a condición de concluir de ello, evitando las trampas del amor propio, que conviene sospechar del prójimo tanto como hay que desconfiar de uno mismo. "Así se puede decir que el lugar del otro tanto en moral como en política es un lugar propio para hacernos descubrir consideraciones que sin esto no se nos habrían ocurrido, y que todo lo que encontraríamos injusto si estuviéramos en el lugar del otro debe parecernos sospechoso de injusticia." Para ponerse en el lugar del otro, sin dejarse atrapar por la imagen aduladora en que nos reflejamos, tomemos en cuenta la injusticia que somos capaces de infligirnos el uno al otro, y de sufrir el uno del otro, pues somos para cada uno y para nosotros mismos, a la vez un semejante, un prójimo, un vecino, un enemigo y un sospechoso. Esta regla de desconfianza, y el principio de lo peor que la gobierna, supone que podamos comparar nuestros males antes de que nos pongamos de acuerdo sobre los bienes.

La posibilidad de un conocimiento tocante al mal aflora en las consideraciones de Leibnitz, a pesar de que él mismo y los otros filósofos clásicos se preocuparon muy poco por explotar esa intuición. Después, las filosofías, las ideologías y los pensamientos piadosos enturbiaron, durante doscientos años, la evidencia negra, que permitía una solidaridad frente a lo peor. El onceavo mandamiento despierta un saber oscuro: "que nada de lo que es inhumano te sea ajeno." No es: vuélvete inhumano. Más bien: es lo inhumano en tanto que inhumano lo que hay que considerar, haciendo frente a su horrible fealdad, incluso hasta el punto cruel en el que nos descubramos portadores de ella. Al asumir la historia interior de un siglo donde nada inhumano fue verdaderamente exótico, intentemos acceder por una vía negativa, como moralistas más que como moralizadores, a la experiencia de nuestra muy extraña humanidad.

Hitler apreciaba poco los diez mandamientos: "¡La extinción de una moral servil debe seguir lógicamente a la destrucción del judaísmo... El látigo del cabo de vara! el diabólico "Debes ... Debes..." y el estúpido "No debes..." ¡Es necesario vaciar nuestras venas del anatema del Monte Sinai! Es el veneno con la ayuda del cual los judíos y los cristianos falsearon, corrompieron, mancharon el admirable instinto vital del hombre, que lo han rebajado a un enloquecimiento bestial..." La discusión se prolonga y muestra que esos estúpidos "No debes..." tienen una crítica particularmente mala en el seno del cenáculo nazi: `No robarás...' ¡Locura! Aquí abajo todo es sólo robo. La fuerte voz de Hitler resonaba en el pequeño cuarto. 'No desearás la casa de tu prójimo' ni 'la mujer de tu prójimo', ni esto, ni lo otro...'No cometerás adulterio'...No harás ... No tomarás... ¿Y qué más? dijo Goebbels con sarcasmo y desprecio."

Detrás de cada "Debes" se perfila un "No debes". Antigua o sobrecivilizada, una sociedad que se crea costumbres comienza por hacer la lista de las cosas que no se deben hacer. El cuartel general nazi no se emancipa de una moral, sino de todas, aniquilándolas en su principio común, que es el de prohibir. Hitler da testimonio de esto: "En el fondo, hay bastante más que una simple cuestión de cristianismo y de judaísmo. Conjuramos la más antigua maldición que la humanidad se haya echado a cuestas. Resistimos a la perversión de los instintos más normales... Lo que combatimos es un masoquismo espiritual, el gusto por la automortificación, las supuestas reglas morales, divinizadas para asegurar la protección de los débiles contra los fuertes, sin tomar en cuenta las leyes inmutables de la guerra, los decretos sagrados de la naturaleza... Contra los supuestos mandamientos, abrimos las hostilidades."

¿De qué se libera este singular liberador? No solamente de las tablas de Moisés, que su nietzscheismo de baja estofa le lleva a execrar; rompe un sentimiento más general, que ninguna colectividad ignora: el aidos griego, ese pudor que hace enrojecer e indica los actos que no se deben cometer. El tenor de los gestos de mala fama varía según las latitudes, pero no ocurre lo mismo con la intuición que existe de lo indigno y de que a veces tenemos razones para indignarnos. Detrás de cada "Debes...", un "No debes..." Y detrás de cada "No debe", no un cura castigador, sino la visión y la obsesión de cosas inhumanas. Lo que Hitler quiso cortar y tirar no fue a Dios, a quien desplaza, emplaza, reemplaza, sino a nuestros ojos, abiertos sobre lo inhumano. Así, en eso mismo se convirtió.


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