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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1991-1992

JUSTIFICACIÓN ÉTICA DE LA CONQUISTA

Author: Ernesto Garzón Valdés[Nota 1]


La polémica acerca de la justificación ética de la conquista española en América lleva ya más de cuatro siglos. Ante una discusión tan prolongada, se podría pensar, a primera vista, que, o bien en ella se hacen valer cada vez nuevos argumentos, es decir, que se trataría de discusiones diferentes sobre un mismo tema, o bien que la polémica se mueve en diferentes planos y, por lo tanto, los argumentos que en un determinado nivel pueden ser válidos y convincentes dejan de serlo cuando se pasa -muchas veces imperceptiblemente- a otro, es decir, que la discusión sería, en muchos casos, el resultado de malos entendidos. La primera alternativa es poco plausible: los argumentos esgrimidos suelen ser una fatigosa reiteración de los utilizados ya en el siglo XVI. No se percibe en ellos el aporte de nuevas posiciones metaéticas ni la presentación de nuevos hechos que pudieran justificar la adopción de nuevos puntos de vista.

La segunda alternativa sugiere la necesidad de precisar el campo en el que han de examinarse los respectivos argumentos. No hay duda de que la aclaración de esta cuestión es una tarea previa para saber qué es lo que se está discutiendo, y no es aventurado afirmar que una buena parte de la polémica actual es provocada por una desafortunada confusión de los niveles descriptivos y normativos. Tengo, sin embargo, la impresión de que, aun cuando se mantuviera una nítida delimitación de los niveles argumentativos, la discusión habrá de continuar; es decir, nos volveremos a enfrentar con el problema de tener que dar una respuesta al fenómeno de la persistencia de la polémica y correremos el peligro de creer que ella se debe a la exposición de insospechados argumentos, con lo que aceptaríamos como válida la ya rechazada primera alternativa.

Para salir de este dilema, en lo que sigue pretendo sugerir un enfoque diferente que, sobre la base de la distinción de niveles de discusión y un somero recuerdo de los argumentos en ellos aducidos (I), permita contribuir a una explicación de la actualidad de esta polémica (II).

I

Pienso que hay tres niveles de discusión:

a. el de la explicación,

b. el de la justificación y

c. el de la excusa. A su vez, estos tres niveles son diferentes según se trate de la explicación, justificación o excusa de los actos de la Corona española o del comportamiento de los españoles en América.

a. Cuando se trata de explicar un comportamiento, los argumentos que se aducen hacen referencia primordialmente a la motivación de aquél y a las circunstancias en las que se realizó. Éste es un nivel propio de la investigación histórica, psicológica o psicológico-social, entre otras. Sus enunciados son o pueden ser empíricamente verificables y cabe, por lo tanto, predicar de ellos su verdad o falsedad. Cuando se dice, por ejemplo, que los conquistadores estuvieron animados primordialmente por un espíritu de lucro o, al revés, por una firme voluntad misionera, lo que se formulan son enunciados sobre motivaciones de las acciones y no necesariamente sobre las razones de las mismas. A nivel de explicación, lo que se pregunta es ¿por qué X hizo A? y no ¿qué razones tuvo X para hacer A? La respuesta a la primera pregunta puede ofrecer elementos para contestar la segunda, pero ello no autoriza a establecer una identificación entre ambas.

b. Justificar una acción es sostener que la acción realizada fue buena y ofrecer razones que fundamentan esta afirmación. La invocación de principios y normas éticas es el recurso último de la justificación de las acciones.

c. Excusar una acción significa sostener que la acción realizada fue éticamente reprochable pero no fue intencional, es decir, se realizó dentro de un marco de circunstancias inevitables.

A diferencia de la explicación, la justificación y la excusa se mueven en el campo de lo normativo. Sus enunciados no son ni verdaderos ni falsos sino fundamentables racionalmente o no.

Con respecto a a.: He de dejar de lado aquí el nivel de la explicación. Pienso que la excelente monografía de Antonio Tovar (1970), con su insistencia en la raíz medieval de esta empresa, debe ser incluida en este nivel. Lo mismo cabría decir de aquellos trabajos que procuran hacer comprensible el desconcierto europeo ante el Nuevo Mundo, ante su gente, su fauna y su flora, como los de Pedro Martir o los de Gonzalo Fernández de Ovíedo.

Con respecto a b.:En el nivel de la justificación, los argumentos esgrimidos son básicamente de dos tipos:

i) teológicos

ii) racionales

i) Las argumentaciones teológicas están caracterizadas por su carácter absoluto, es decir, inviolable, más allá de toda objeción racional. Según ellas, la conversión a la verdad del Evangelio implicaba no sólo la aceptación de verdades absolutas sino también un cambio radical de vida pues, como decía San Juan (3,3), "si uno no nace de nuevo no podrá gozar del reinado de Dio?. Por lo tanto, el punto de vista teológico apuntaba a un fin trascendente de salvación eterna que, a la vez, significaba el paso a una verdadera humanidad. Esta carencia de una "verdadera humanidad" por parte de los paganos permitía considerarlos directamente como seres humanos imperfectos y abría también la puerta para un tratamiento especial de estos seres, tal como se había practicado, por otra parte, en Europa, a fines del siglo XIV, cuando los esfuerzos de cristianización alternaban con el "deporte" de la caza de seres humanos (basta pensar en las "cacerías" de lituanos organizadas por los Caballeros de la Orden Teutónica). La idea de la "caza" de paganos parece haber estado tan arraigada en la mentalidad europea de aquellos tiempos que hasta un personaje tan preocupado por el destino de los indios como el oidor Vasco de Quiroga, decía (cfr. Isacio Pérez, 1984, 127):

Yo creo cierto que aquesta gente de toda esta tierra y Nuevo Mundo... naturalmente más convendría que se atrayesen y cazasen con cebo de buena y cristiana conversación... a mi ver (el medio, E.G.V.) había de ser, no guerra sino caza... y después de cazados, convertirlos, retenerlos y conservarlos.

No hay duda de que la aplicación de las habilidades cinegéticas en el caso de Vasco de Quiroga apuntaba a resultados diferentes que en el caso de los barones del Báltico: para estos últimos, la caza concluía con la muerte; para aquél con la retención de la presa. No obstante ello, es interesante subrayar la analogía de pensamiento.

A su vez, la calificación de una guerra como justa por parte de la autoridad religiosa suprema, es decir, el Papa [como vicario de Cristo, habría recibido el dominio del mundo (Matías de Paz, José López de Palacios Rubio), la donación de Constantino de las tierras del antiguo Imperio Romano de Occidente justificaba también jurídicamente este dominio (Matías de Paz, Palacios Rubio)], legitimaba instituciones tales como la de la encomienda y por cierto también la empresa de la conquista. Es el argumento de fray Alonso de Loaysa formulado el 23 de mayo de 1512 en su carta a los dominicanos de la Española: " ... pues que estas islas las ha adquirido Su Alteza iure belli, y Su Santidad ha hecho al Rey donación de ello, por lo cual ha lugar y razón alguna de servidumbre..." Es también el argumento de Martín Fernández de Enciso en su memorial de 1519 en donde se dice que:

todos los maestros teólogos que allí se hayaron, e el confesor del Rey Católico con ellos, declararon que el Papa podía haber dado aquella tierra al Rey Católico, e que el Rey les podía enviar a requerir que se la diesen, e que sino se la quisieran dar, les podía hacer la guerra e tomársela por la fuerza e matarlos...

El argumento de la justificación de la conquista para la difusión de la fe fue sostenido, como se sabe, también en los dictámenes de 1531 relacionados con las guerras en la Nueva España, por Cristóbal de Barrios, Martín de Valencia, Francisco de Soto y Francisco Jiménez.

Una variante del argumento teológico es la consideración de la conquista como la apropiación de un continente hasta entonces dominado por Lucifer. Los escritos de fray Bernardino de Sahagún o la carta del obispo Julián de Garcés al Papa (principios de 1535): "Ganémosles más tierras en las Indias al demonio, que las que él nos hurta con sus turcos en Europa", son una buena prueba de esta demonización del Nuevo Mundo y de la llamada "tesis de la compensación" (cfr. Isacio Pérez, 1984, 125).

Este argumento parecería valer, desde luego, sólo mientras no se hubiera logrado la cristianización: una vez alcanzada, la conquista quedaría por cierto justificada pero la permanencia del conquisador en América perdería su razón de ser. El alcance temporalmente limitado de esta justificación sugirió la conveniencia de buscar un argumento más fuerte. Es el argumento del castigo: la conquista es una operacióncastigo, dirigida contra los indios a causa de su infidelidad y sus violaciones del derecho natural. Es la tesis de los dominicos Reginaldo de morales y Vicente de Santa María, y de Palacios Rubio, entre otros.

Por cierto que el argumento de la cristianización podía ser invertido por lo que respecta a sus efectos de dominio y sostenerse que mientras la cristianización no hubiera sido lograda, la soberanía imperial sobre las Indias era tan sólo una expectativa jurídica, un ius ad rem. Así lo pensó Bartolomé de Las Casas (cft. Vidal Abril, 1984, 251).

La argumentación teológica, en sus versiones de "humanidad incompleta", "compensación de las conquistas del demonio en Europa" y la consiguiente satanización del Nuevo Mundo, "conversión" y "castigo", tiene desde luego la ventaja de que, por su carácter absoluto, alivia de toda duda, pero también el no pequeño inconveniente de que presupone la aceptación de una fuente religiosa única de justificación y, al reducir la ética a un capítulo de la teología, cierra la posibilidad de una justificación racionalmente sostenible. Veamos pues, las fundamentaciones racionales.

ii) Las fundamentaciones racionales recurren básicamente a cuatro argumentos:

1. la conquista tiene un carácter paternalista éticamente justificado;

2. la intervención en los asuntos internos que implica la conquista está éticamente justificada porque aspiraba a la eliminación de la tiranía que padecía la población indígena;

3. aun cuando la conquista hubiera sido un hecho reprochable, era lo único que cabía hacer para asegurar a un continente las ventajas de la civilización;

4. la conquista es justificable como una forma adecuada de promover el comercio entre los países.

1. Tal como lo he expuesto en otro trabajo (Garzón Valdés, 1987), es posible justificar éticamente el paternalismo si se satisfacen dos condiciones necesarias y suficientes: la existencia de datos empíricos ciertos que permiten afirmar que el destinatario de la medida paternalista padece una incompetencia básica y, además, la presencia de una actitud benevolente por parte de quien impone la medida paternalista: esta última no debe apuntar a la manipulación o explotación del destinatario de aquélla, sino que debe procurar evitarle un mal. La primera condición es de carácter empírico, la segunda es claramente normativa.

Quienes adujeron que la condición empírica estaba satisfecha recurrieron, como es sabido, a datos antropológicos. No he de insistir en ellos. Basta recordar algunas descripciones que, a la vez que permitían respetar el principio de la igualdad racional de los hombres, autorizaban excepciones en el caso de los indios ya que éstos no eran verdaderos hombres: "los indios, según dicen todos, son como animales que hablan..." (Licenciado Gregorio, predicador del rey). En su Democrates Alter, Juan Ginés de Sepúlveda (1941, 101) había señalado que la diferencia entre los indios y los españoles era similar a la que existía entre monos y hombres. La versión de estos dos autores no deja con todo de ser positiva si se piensa que pensadores como Andrea de Cesalpino, Paracelso, Girolano Cardano y hasta Giordano Bruno o Isaac de la Peyrére, al suponer que los indios podrían haber sido creados no biológica sino espontáneamente por la tierra, los incluían, siguiendo a Aristóteles, en la categoría de los reptiles y los insectos (cfr. sobre este punto Anthony Pagden, 1982, 45). La duda acerca del carácter humano de los indios fue disipada, laus Deus!, por la bula Sublimis Deus de Paulo 111, en 1535.

Pero una cosa era reconocer el carácter humano de los indios y otra aceptar su equiparación racional con el europeo. En las ordenanzas de 1526 (Ordenanza 1 l), se hace clara referencia al carácter casi infantil de los indios, sugiriendo que pueden ser engañados con chucherías:

Para contratar y rescatar con los indios y gentes de las partes donde llegaren que se lleven en cada navío mercaderías de poco valor como tijeras, peines, cuchillos... y otras cosas desta calidad.

La condición normativa para la justificación ética del paternalismo parecía también satisfecha, ya que las medidas adoptadas tenían en mira el propio bien de los indios. Dado su atraso cultural y social (Palacios Rubio, Miguel de Ulcurrun), lo más conveniente, para evitar que se dañasen a sí mismos, era aplicarles un sistema de tutela jurídico-política. En su escrito La incorporación de las Indias a la corona de Castilla, Juan Manzano y Manzano se refería, en 1542, a "el prudente y tranquilizador consejo de algunos teólogos orientado en el sentido de que (Carlos V, E.G.V.) no podía ni debía abandonar a los indios a su suerte hasta tanto no estuvieran éstos en condiciones de regirse 'justa y cristianamente' por sí solos" (Cfr. Manuel Lucena, 1984, 165). Tres siglos más tarde, John Stuart Mill formularía argumentos similares para justificar la implantación del despotismo entre los bárbaros.

Las características antropológicas atribuidas al indio son ciertamente falsas y no vale la pena insistir en ello. Esto implica que la condición empírica de justificación del paternalismo no estaba satisfecha. Sin embargo, podría insistirse en que, a pesar de que los datos antropológicos eran falsos, es también innegable que los indios, después del impacto provocado por la confrontación con la cultura europea, habían pasado ala categoría de 9ncompetentes básicos" (puede pensarse, por ejemplo, en la dificultad que tuvieron los indios para entender el significado y función del dinero, recurso económico desconocido en las culturas precolombinas) y que, por lo tanto, esta reformulación de la premisa empírica la convierte en verdadera.

Pero, aun admitiendo que tal puede haber sido el caso, lo que resulta imposible de sostener es el respeto, salvo contadas excepciones, de la condición normativa. Y como el paternalismo es justificable si y sólo si se da la conjunción de la verdad de la premisa empírica y del respeto de la norma ética, el intento de justificación de la conquista con el argumento paternalista fracasa. Así lo comprendía también Francisco de Vitoria (1974,71) cuando decía:

Esto digo que puede ser legítimo, porque si todos fueran amentes (los indios, E.G.V.) no hay duda que ello sería lícito (el paternalismo, E.G.V.) y convenientísimo y hasta estarían a ello obligados los príncipes, lo mismo que si se tratara simplemente de niños. Mas parece que hay la misma razón para esos bárbaros que para los amentes, porque nada o poco más valen para gobernarse que los simples idiotas... Y a la verdad que puede fundarse esta conducta en el precepto de la caridad, puesto que ellos son nuestros prójimos y estamos obligados a procurarles el bien. Pero esto propuesto (como antes advertí) sin afirmación firme y también con aquella salvedad de que se haga por el bien y utilidad de ellos y no solamente por el provecho de los españoles.

2. Un segundo argumento de tipo racional apunta a la justificación de la conquista desde el punto de vista de una intervención éticamente aceptable en los asuntos internos de otros países.

En este caso, podría argumentarse que la intervención se realiza para remediar una situación de notoria injusticia. El propio Bartolomé de las Casas parece propiciar esta intervención cuando (1974,156) dice:

Por universal solidaridad humana, toda persona, pública o privada, tiene el deber de acudir en ayuda de los oprimidos y está obligada a colaborar, dentro de sus posibilidades, a su liberación.

Esta línea argumentativa es respetable: no reduce las obligaciones éticas de ayudar al prójimo a las fronteras racionales y es un argumento que puede ser utilizado en nuestros días para condenar aquellos sistemas políticos que violan sistemáticamente los derechos humanos y para adoptar medidas intervencionistas. La política de Carter en América Latina y las propuestas de bloqueo contra Sud Africa son ejemplos al respecto. Lo que sucede es que para que el argumento de justificación sea aplicable, tienen que efectivamente superarse las situaciones de injusticia en cuyo nombre se produjo la intervención. El oidor Vasco de Quiroga en su Información en Derecho del 24 de julio de 1535, recogía esta posición a la vez que señalaba que, en el caso de la Nueva España, no se habían producido las consecuencias que podían justificar la intervención:

... se puede decir con verdad que, aunque los libraron del tirano y del bárbaro, pero no de la tiranía y barbarie en que estaban, pues parece que todo se les queda y se les deja estar en casa; e ya plugiese a Dios que no fuese doblado y más acrescentado; y esto porque no tenemos intento a lo que manda Dios, ni el Rey, ni sus instrucciones, ni a la bula de la concesión de esta tierra.

Pero, en lugar de eliminar la tiranía de Moctezuma, los conquistadores la habían sustituido por la tiranía multiplicada de los Moctezumas españoles y asi ocurría que:

...cada español de los que algo gastan, tengan tanto gasto casi como Motezuma y haya menester casi todo lo que a él se daba... habiendo como hoy hay tantos Motezumas que mantener en esta tierra, yo no siento como se puede sufrir, ni veo que las guerras que se han hecho hayan sido justas. (Cfr. Isacio Pérez, 1984, 129s.)

Ante esta situación, fracasa también el recurso a la estrategia justificatoria de la intervención por motivos éticos.

3. Podría afirmarse que, no obstante la negativa incial de los indios a someterse a la dominación española, a la larga sus resultados han sido beneficiosos, como lo son los de toda conquista de un pueblo por otro de cultura superior. Como es sabido, John Stuart Mill utilizó este argumento para justificar la conquista de pueblos bárbaros y adujo el ejemplo de las ventajas civilizatorias de la ocupación romana de las Galias.

El argumento es interesante y podrían formularse razones a su favor. El problema es que aquí habría que razonar contrafácticamente y pensar qué, hubiese ocurrido si no se hubiera producido la conquista española. Sobre esta cuestión habré de volver en II. Por otra parte, a menos que se acepten razones teológicas, como por ejemplo, la salvación eterna (con lo que se abandona el campo de los argumentos racionales), para el indio mismo las consecuencias, en general, no han sido beneficiosas. Por ello, no deja de parecerme convincente la frase de Lichtenberg: "El día que el indio descubrió a Colón, fue un mal Día para el indio."

4. Una forma más suave dejustificar la conquista es pretender limitarla a relaciones de tipo comercial, de libre tránsito y de hospitalidad. Esta fue la vía intentada por Vitoria. El único inconveniente de esta posición es que los actos de la conquista difícilmente pueden ser encuadrados dentro del esquema vitoriano.

Del análisis de estos diferentes argumentos, puede inferirse, sin mayor inconveniente, la injustificabilidad ética de la conquista.

Por lo que respecta a c). es decir, al nivel de las excusas, podría sostenerse que, si bien es cierto que el acto de la conquista fue en sí mismo cruel y por lo tanto moralmente reprochable, dada la mentalidad y las creencias filosófico-religiosas del europeo del siglo XVI, éste carecía de la posibilidad de actuar de otra manera. La vigencia de teorías tales como las de la esclavitud natural genéticamente reproducible habrían impulsado a los conquistadores a actuar como actuaron. Su intención no habría sido violar la dignidad humana sino tan sólo dar expresión al "espíritu de su tiempo". Este tipo de excusa -vinculada con la doctrina tomista del "doble efecto"- podría tener algún grado de plausibilidad si ya en los primeros años de la conquista no se hubiera puesto seriamente en duda la solidez de su fundamentación.

Tampoco pues el recurso de la excusa sirve de mucho en el caso de la conquista. Por ello, sólo cabe llegar a la conclusión de que, desde el punto de vista ético, la conquista no es ni justificable ni excusable. El único nivel de discusión aceptable es el de la explicación.

Podría, por cierto, aducirse que lo dicho aquí sobre esta empresa vale también para la inmensa mayoría de los acontecimientos históricos y que la aplicación de criterios éticos muy severos transforma a la historiografía en la narración de hazañas y hechos injustificables; es imposible, se argumentará, encontrar acciones individuales o colectivas que satisfagan las pautas que pretendo aplicar a la conquista. Esta imposibilidad restaría relevancia a los juicios éticos e insistir en ellos equivaldría a adoptar una posición de utópica ingenuidad frente a la valoración de hechos del pasado. Pienso que conviene andar aquí con cuidado: el hecho de que las normas éticas sean reiteradamente violadas no significa que deban ser rechazadas como pautas para evaluar y guiar la conducta individual o colectiva. Kelsenianamente podría aducirse que su violación es justamente una prueba de su existencia, que no permite inferir sin más la imposibilidad de su cumplimiento. Sólo si se supone que los hombres siempre y en todas las latitudes se comportan al margen de la moral, impulsados por una especie de irresistible fuerza natural, podría pretenderse avanzar hacia la tesis de la imposibilidad, es decir, de la inutilidad de la ética. Las acciones colectivas o individuales serían éticamente neutrales y estaríamos entonces obligados a colocar en un mismo nivel moral a movimientos tales como el nacionalsocialismo o la lucha contra el apartheid. Dudo que esta conclusión pueda satisfacer a quienes objetan la severidad de los juicios éticos. Por lo demás, el argumento según el cual la aceptación de criterios éticos subraya el carácter poco edificante de la historiografía no me parece muy convincente: se trata en este caso tan sólo de la comprobación penosa, desde luego- de que el mundo hasta ahora dista mucho de ser una "morada humana" o un "hogar" (para usar conocidas expresiones de Francisco Miró Quesada o de Ernst Bloch, según se prefiera).

Antes de concluir esta primera parte, conviene detenerse brevemente en la consideración del problema de saber quiénes son los destinatarios de los esfuerzos de justificación o excusa por los actos de la conquista.

Con respecto a quién era el destinatario de los esfuerzos de justificación, algunos como Juan Pérez de Tudela (1970,49-60) consideran que los¡ existía un problema de conciencia planteado por el Nuevo Mundo lo era en primer término y verdaderamente para la conciencia del monarca". Carlos V posiblemente compartía esta opinión y, como no estaba dispuesto a aceptar tan enorme carga, optó sabiamente por transmitir la responsabilidad a otros y así en una carta del 9 de noviembre de 1526 dirigida a fray Pedro Mejía de Trillo, provincial de los franciscanos en Cuba, escribía: "vos justamente con el nuestro gobernador, haréis lo que pareciera que convenga, que con vosotros descargamos nuestra conciencia y encargándoos la vuestra..." (Demetrio Ramos, 1984, 57). Sobre los escrúpulos de conciencia de Carlos V, la llamada "duda indiana" y su repercusión en los escritos de Vitoria, existe una amplia bibliografía que no he de analizar aquí (cfr., por ejemplo, Manuel Lucena, 1984, 163s.)

Quienes sostienen que el destinatario de los esfuerzos de justificación era la corona española suelen demostrar (con éxito) que la legislación metropolitana estaba efectivamente animada por un sentido misional o, al menos, de respeto al indio. El libro de J.M. Ots Capdequí, El Estado español en las Indias, es un buen ejemplo al respecto.

También en la actualidad, entre quienes critican la conquista se cuentan partidarios de la atribución de responsabilidad total a a corona española, responsabilidad que, a través de una especie de transmisión hereditaria, suelen imputar a la España actual.

Pero cabe pensar también que los intentos de explicación, justificación o excusa no se refieren primordialmente a la corona española sino a los protagonistas de la conquista. Como afirma con razón Antonio Tovar (1970, 23), se trata aquí de acciones de "los españoles del quinientos, no nuestros antepasados (pues que los nuestros se quedaron en casa, al brasero de su camilla), sino los antepasados de América, los padres de las viejas estirpes de América..."

Esta distinción me parece importante, no sólo por lo que respecta a la fuerza de los argumentos de justificación o excusa sino también por lo que atañe a la vigencia actual de esta discusión. A esto quiero referirme brevemente ahora.

II

Imputar a los españoles actuales responsabilidad por los hechos cometidos hace cuatro siglos es tan disparatado como el sentimiento de ofensa que algunos españoles suelen expresar cuando se critican las brutalidades de los conquistadores. No obstante ello, es probable que, con motivo del quinto centenario, cobre mayor actualidad esta absurda imputación.

La calificación de esta imputación como "absurda" requiere una breve explicación. No hay duda de que la discusión sobre la justificación de la conquista gira alrededor de un problema de innegable interés ético: la relación entre reponsabilidad moral actual por hechos del pasado. Podría aducirse que, así como en el caso de la relación entre distancia geográfica y obligación moral hay buenos argumentos para sostener la existencia de obligaciones morales más allá de los límites nacionales y continentales (cfr., por ejemplo, Robert E. Goodin 1985), en el caso de la distancia temporal, una vez comprobada la injusticia originaria, la responsabilidad moral por la misma se extiende a lo largo de las generaciones.

El argumento de la responsabilidad especial por actos cometidos por los antepasados en un tiempo más o menos remoto suele basarse en dos consideraciones fundamentales; la primera de ellas sostiene que no está moralmente permitido beneficarse de las consecuencias de un acto originario injusto; la segunda, que es un deber moral rectificar un estado de cosas injusto restableciéndolo en la situación en que se encontraba antes de cometerse la injusticia. Aquí quiero detenerme tan sólo en este segundo argumento ya que sobre él suele insistirse. Un ejemplo ilustrativo es la siguiente afirmación de¡ "Manifiesto del movimiento Indio Peruano" (cfr. Documentos de la Segunda Reunión de Barbados, 1979, 121 s.):

Pero llegó España y con su brutal conquista, quebró esta armonía (del hombre con la naturaleza, E.G.V.), suplantándola por la irracional depredación de las tierras...Por cierto que nada de esto será resuelto ni por el gobierno actual, ni por los partidos nacidos de las fuentes occidentales, sino única y exclusivamente con el retorno total a los viejos caminos que siguieron nuestros Inkas.

George Sher (1981) ha analizado, en mi opinión convincentemente, el problema de lo que él llama "mundos corregidos" es decir, la configuración de un mundo que tenga las características que debería tener si no se hubiera producido una remota injusticia originaria. Aquí no se discute pues la injusticia del hecho originario sino que, por razones éticas, se exige la reimplantación de la situación ex ante a través de compensaciones a cargo de los descendientes de quienes provocaron la injusticia originaria y en favor de los descendientes de quienes la sufrieron: "...es justo restaurar la distribución (de bienes, E.G.V.) que hubiera prevalecido en ausencia de todos los daños históricos." (Sher, 1981, 5)

Esta posición resulta plausible cuando la distancia temporal es reducida. Los sistemas jurídicos positivos suelen aceptar sin mayor inconveniente la responsabilidad civil de los hijos por los actos de sus padres. Pero el problema se vuelve insoluble cuando se trata de determinar las características que debería tener un "mundo corregido" cuando la distancia temporal con el daño originario es muy grande. En efecto, hay que tener en cuenta que en una secuencia de estados de cosas cada uno de ellos no es la mera repetición M anterior: no sólo está constituido por lo que hereda de la situación precedente sino también por el aporte de las acciones y las omisiones de los agentes respectivos en cada estado de cosas. A medida que aumenta la distancia temporal con el punto inicial de la cadena de acontecimientos, aumenta la responsabilidad de los agentes inmediatos o actuales a la vez que disminuye la del causante del daño orignario. Por ello, no sólo resulta intuitivamente extraño sino que contradice la noción misma de estados de cosas causados por acciones u omisiones de sucesivas generaciones atribuir todos mis infortunios del presente a una remota situación de injusticia sufrida por algún antepasado. La reconstrucción contrafáctica de destinos individuales en una larga sucesión de generaciones no es que sea trabajosa por la cantidad de elementos que habría que tener en cuenta: es sencillamente imposible ya que habría que incluir todas las posibles acciones que los diferentes agentes podrían haber realizado si no hubieran actuado como actuaron. No hay duda que la posibilidad de control de este ejercicio de imaginación es nula. El intento de centrar la discusión de la conquista en el nivel de la responsabilidad moral actual de los descendientes de conquistadores o de quienes habitaron el territorio español en el siglo XVI, es por ello una empresa disparatada.

Otra es, desde luego, la cuestión cuando la exigencia de reparación o la atribución de responsabilidades especiales resulta del hecho de que la injusticia originaria es periódica o continuamente actualizada. En este caso no nos encontramos ya frente a las consecuencias de una injusticia remota sino ante manifestaciones de una injusticia presente (cfr. David Lyons, 1977) que posee características similares a las de la situación originaria. Lo éticamente exigido no es en este caso la implantación de un "mundo corregido" con relación a una situación ex ante, sino la eliminación de una injusticia actual, cuyos responsables no son agentes temporalmente distantes sino actores del presente. Pienso que justamente esto es lo que sucede en no pocos países de América Latina.

Por ello, más fecundo es considerar la polémica de la justificación de la conquista como una discusión entre latinoamericanos. Tovar tiene razón cuando afirma que esta empresa fue realizada por los antepasados de quienes pueblan actualmente el continente y no por quienes se quedaron en la Península. Pero habría que agregar que, en muchos aspectos relevantes, no pocas élites socio-políticas de América Latina practican un comportamiento que más se aproxima al de los conquistadores del siglo XVI que a la conducta democrática y de defensa de los derechos humanos que proclaman casi todas las Constituciones vigentes en el subcontinente. Se repite, una vez más, la discrepancia entre lo legalmente establecido y la realidad vivida. Porque ello es así, no puede sorprender que también en la actualidad, los latinoamericanos sigan recurriendo a argumentos muy similares a los invocados en el quinientos, sea para justificar, explicar o excusar relaciones de dominación, sea para protestar contra esta situación. Y si Carlos V podía descargar su conciencia en los españoles en América, tampoco hoy faltan quienes desean aliviar su responsabilidad atribuyendo los males del presente a quienes habrían desencadenado un proceso que juzgan inmodificable porque "todo comenzó mal".

Si Sepúlveda o el licenciado Gregorio tenían dudas acerca de las dotes intelectuales de los indios, no muy diferente es la posición de algunas élites latinoamericanas, sobre todo en los países con gran densidad de población india. Con respecto al caso de Guatemala, Mario Monteforte Toledo ha resumido su actitud secular frente al indio con los siguientes epítetos:

esos desgraciados, partida de huevones, recua de haraganes, patojo baboso, son mañosos estos desgraciados, esta gente es peor que los animales, esta gente no tiene sentimientos, indio cabrón, indio miedoso; traen enfermedades y empeoran con la pereza y la suciedad...

a los que Jean-Loup Herbert (1974,131) añade los siguientes:

perversos sexuales, son como perros, hay que castrarlos, para componer este salvajismo hay que instruir y limpiar al indio, no sirven a Guatemala ni de abono, son falsos, mentirosos, siempre dicen que sí, Guatemala no puede desarrollarse con esta maldita raza...

Ginés de Sepúlveda no habría podido soñar mejores continuadores de su antropología del indio y Vasco de Quiroga vería posiblemente con horror la persistente multiplicación de los Moctezumas a lo largo de los siglos.

También, como es sabido, corrientes político-religiosas, como la teología de la liberación, entroncan conscientemente con la argumentación de Las Casas y reiteran gran parte de sus alegatos en favor del indio o de las clases desposeídas.

El hecho de que hoy se puedan seguir utilizando argumentos formulados hace cuatro siglos no es una prueba de testarudez o falta de imaginación, sino más bien un testimonio de la actualidad de los mismos. No de trata pues de una discusión sobre el pasado sino sobre el presente. Y en la medida en que ello es así, esta polémica revela también el carácter estático de muchas sociedades latinoamericanas, para las que valen tanto las descripciones del siglo XVI como las del XX, hasta tal punto que, a veces, sólo el estilo o la sintaxis permite distinguirlas:

y tan desnudos, solos y derramados, y hombres tan de poca pajuela y ajuar y de no más industria de cuanto a gente tan simple y tan sencilla y de tan poca costa y gasto y mantenimiento, y que con tan poco se contentan y mantienen...

o

Así, pues, se acostumbraron a no sentir el frío... y por otra parte su pobreza no les permitía usar mucha ropa... También hablaban poco porque ya se sabían sus faenas y su desgracia... Y así año tras año. De generación en generación, la miseria...

Dos descripciones de la situación del indio: la primera cita corresponde a la Información en Derecho del licenciado Quiroga (1535) (1973,154); la segunda, a El mundo es ancho y ejeno (1945) de Ciro Alegría (1978, 85 s.). La primera se refiere a la situación de injusticia originaria; la segunda a su reactualización "de generación en generación".

Vistas así las cosas, la persistencia de la discusión adquiere una dimensión de trágica reiteración motivada por la casi nula transformación de la condición del indio y puede servir para la interpretación de parte de la actual realidad latinoamericana. En esto reside, en mi opinión, la relevencia de la polémica de la conquista.


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