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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1991-1992

REFLEXIONES ACERCA DEL SUBDESARROLLO

Author: Manuel Cazadero[Nota 1]


I

Entre los numerosos temas que analizan las ciencias sociales en general y la Economía en particular, no hay uno más importante que el del desarrollo. En la actualidad adquiere una relevancia especial a medida que disminuyen las tensiones derivadas del enfrentamiento entre los dos grandes bloques de países, uno con economías centralmente planificadas y otro donde éstas están reguladas por el mercado, para dejar un escenario mundial en el que los principales conflictos, tanto internos como externos, provienen de la brecha, siempre creciente, entre ricos y pobres, sean éstos sectores sociales o naciones.

México, que pese a más de doscientos años de esfuerzos para lograr su modernización, no ha logrado incorporarse al exclusivo grupo de países desarrollados, enfrenta hoy este antiguo reto con una urgencia todavía mayor al plantearse su incorporación a un bloque económico que abarque toda Norteamérica. Por lo que, todo intento por enriquecer el conocimiento acerca de la dinámica del desarrollo y su contrario, debe ser bienvenido.

La noción de progreso, esto es, la idea de que una sociedad puede evolucionar positivamente incrementando sus niveles de riqueza y cultura, perfeccionando su organización política o en otros muchos aspectos, es muy antigua. Los pueblos que construyeron las grandes civilizaciones de la Antigüedad tenían conciencia de las diferencias que existían entre ellos y los extranjeros menos evolucionados a los que consideraban bárbaros, y por supuesto inferiores. Esta mentalidad en su variante europea es la mejor conocida gracias a trabajos como la obra clásica de Bury,[Nota 1] pero también se manifestó en otras regiones tan distantes como China o Mesoamérica y con diversas variantes ha seguido apareciendo hasta el siglo XX.

Las reacciones de los pueblos catalogados como inferiores por las sociedades evolucionadas, nos son menos conocidas, pero parecen haber oscilado entre dos categorías: la primera consiste en negar que exista inferioridad, afirmando que se trata de sociedades diferentes que no se pueden comparar; la segunda implica acusar a la sociedad que ha emitido el juicio desfavorable de diversos vicios que contrarrestan con creces su supuesta superioridad. Estas actitudes defensivas también se prolongan hasta nuestros días.

Cuando se trataba de explicar la diferencia entre los pueblos civilizados y los bárbaros, las respuestas oscilaban entre la intervención de la voluntad divina que había concedido una ayuda excepcional al pueblo escogido, y la posesión de dotes extraordinarias de diversa índole -materiales, intelectuales, morales- que eran el origen de su progreso.

Como el progreso y la civilización casi invariablemente se han concebido vinculados a la riqueza material, la ciencia económica, una vez que alcanzó el grado suficiente de madurez con el surgimiento de la Economía Clásica en el siglo XVIII, ha tenido mucho que decir sobre el punto en cuestión. Este pensamiento gira en torno a una cosmovisión que aparece sistematizada en la obra de Adam Smith, quien plantea que la estructura económica se desarrolla a través de una sucesión de experimentos efectuados por los elementos que la integran y cuyos resultados van siendo calificados por el mercado, de manera que tienen éxito los que producen beneficios no sólo a quienes los implementan directamente sino a la sociedad en su conjunto, que de este modo maximiza la producción de riqueza. [Nota 2] Para los propósitos de este análisis, el elemento más importante de la tesis de Smith radica en la idea subyacente de que el progreso es intrínseco a la estructura económica y que se genera en forma natural si a los factores que la integran se les permite funcionar libres de obstáculos, esto es, de acuerdo con los dictados de su propia racionalidad.

La gran importancia de esta noción radica en que bajo diversas formas se presenta como base de prácticamente todas las escuelas de pensamiento económico posteriores. La diferencia entre las distintas teorías surge de la naturaleza de los factores que cada una de ellas considera necesarios para obtener el progreso o de los obstáculos que es preciso eliminar para obtener el mismo fin. Diversos autores han resaltado la importancia de factores como el crecimiento demográfico desmedido y, vinculado a éste, una oferta excesiva de mano de obra descalificada; la existencia de una economía no diversificada caracterizada por su dependencia de un solo producto; factores psicológicos como el tradicionalismo y la resistencia al cambio; carencia de espíritu empresarial y consiguiente baja capacidad de organización y efectividad; relaciones sociales que frenan el crecimiento de la producción... La lista puede prolongarse mucho.

Después de la Segunda Guerra Mundial se consiguió un avance importante en el estudio del tema. El término desarrollo y su antónimo -subdesarrollo- se impusieron desplazando a otros como los de progreso, evolución, crecimiento, atraso, decadencia, etcétera, que carecían de una precisión necesaria para el análisis. De mayor trascendencia fue el surgimiento de la teoría llamada estructuralista, que concibe tanto al desarrollo como a su opuesto, no como el resultado de la acción de un solo factor sino de la influencia simultánea de una compleja matriz de elementos que interaccionan entre sí, no siendo ninguno inteligible aislado del conjunto. [Nota 3]

Este enfoque encuentra su forma más acabada en un modelo de la economía mundial concebido como un sistema estructurado compuesto por dos partes asimétricas -centro y periferia- que se complementan, permitiendo un continuo desarrollo del conjunto, pero cuyos frutos benefician principalmente a las naciones desarrolladas que integran el centro, dando como resultado que la brecha que las separa de las periféricas se amplíe con el paso del tiempo. [Nota 4]

Inspirados en las tesis estructuralistas, en los años siguientes, surgió un gran número de estudios tanto teóricos como empíricos, a medida que se analizaba cada vez más detalladamente el comportamiento de las economías subdesarrolladas y sus relaciones con el polo industrializado del sistema económico mundial. [Nota 5] Otra derivación del estructuralismo fue la teoría de la dependencia, que se apartó de éste hasta constituirse de hecho en una postura alternativa.

En la actualidad todo esto pertenece al pasado. Estas tesis han perdido importancia, tanto como fuente de inspiración de las políticas económicas de los gobiernos, como dinamizadores de la vida académica. Pueden contarse entre las víctimas de la crisis que ha agobiado a los países subdesarrollados durante la última década.

II

En vista de lo anterior, hoy parece más importante que nunca que se avance en el análisis del doble fenómeno del desarrollo y el subdesarrollo y, como ya se ha afirmado, cualquier intento en esta dirección debe ser bienvenido. En este breve ensayo se pretende, precisamente, presentar el resultado del esfuerzo por encontrar nuevos enfoques sobre esta problemática. No se trata de ofrecer una teoría acabada, objetivo que desborda el grado de progreso que se ha logrado, por lo que únicamente se intenta someter al análisis de los lectores una reflexiones que al nivel de hipótesis pueden servir de base para un intercambio de ideas que permita posteriores avances.

De estas reflexiones, la más importante y que servirá de núcleo aglutinador a otras ideas cuando se alcance una teoría sobre esta temática, es la que establece una clara diferencia cualitativa entre capital y capitalismo.

Existe consenso acerca M capital como un tipo especial de riqueza de carácter dinámico, que crece al moverse o, dicho en otra forma, que al funcionar se reproduce a sí misma en forma ampliada. El capital puede existir, y en esto tampoco existe polémica, en tres formas: como capital mercantil, esto es, como un cúmulo de mercancías y dinero dedicado a actividades comerciales: como capital bancario, formado especialmente por dinero destinado a ser prestado mediante el pago de intereses y, por último, como capital productivo constituido por una masa de bienes, terrenos, edificios, maquinaria, etcétera y dinero, destinados a la producción.

En contraste, el término capitalismo no ha sido utilizado con el mismo grado de claridad. Para muchos es sinónimo de capital: donde hay capital automáticamente existe capitalismo. Para algunos, por el contrario, el capitalismo es un tipo de mecanismo económico muy restringido que implica operaciones en gran escala y a grandes distancias, lo que genera situaciones privilegiadas que permiten obtener ganancias desmesuradas. [Nota 6]

Entre muchas, la mejor descripción del capitalismo es como forma específica de organización social caracterizada por el hecho de que el capital controla la estructura productiva de esa sociedad. En estas condiciones capital y capitalismo son dos cosas distintas. Es posible que haya capital sin que haya capitalismo. En realidad ésta es la forma en que han funcionado todas las grandes civilizaciones, con muy escasas excepciones en algunas sociedades de los últimos siglos.

En efecto, las grandes civilizaciones se han caracterizado por desarrollar importantes flujos comerciales, que se han constituido en pieza fundamental de su prosperidad y poderío. Este hecho se presenta tanto en las civilizaciones clásicas de Europa -griega, romana- como en otras partes del mundo, vgr. la América precolombina. Esto significa que en todas esas sociedades existió capital. Sin embargo, en ninguna de ellas existió capitalismo, ya que la producción se llevaba a cabo con diversos tipos de organización social, pero fuera del control del capital. En esas sociedades el capital era un elemento exógeno a la estructura productiva, que se mantenía en la superficie de la sociedad sin penetrar en la vida cotidiana de la mayor parte de los individuos, que realizaban sus tareas regulados por instituciones esclavistas, feudales, etcétera. En síntesis, en esas sociedades existía capital, pero no capitalismo.

Una segunda hipótesis de trabajo es que la causa por la que el capital se mantenía en la superficie de la estructura productiva de esas sociedades, sin penetrarla, no era por que así conviniera a los intereses de éste, sino porque una serie de barreras institucionales le impedía hacerlo. En cada caso la naturaleza de dichas barreras varía, pero en todos, esos elementos que pueden ser de muy diversa índole -ideológicos, políticos, sociales, etcétera~ forman una estructura que constituye una coraza que impide la entrada del capital al ámbito de la producción, dando como consecuencia que las sociedades no se conviertan en capitalistas.

La Civilización Occidental surgida en el occidente europeo se formó, al igual que las otras, en el marco de una estructura no capitalista, el feudalismo, pero llegó a transformarse en la primera civilización capitalista de la historia. Esta sería la tercera hipótesis, el capital atravesó la coraza que aislaba el sistema productivo y lentamente lo fue dominando, transformándolo de acuerdo a los dictados de su propia racionalidad.

Como resultado de esta metamorfosis, la sociedad europea occidental adquirió un poder que la condujo a ocupar una posición hegemónica, origen de la división del mundo en dos porciones profundamente desiguales conocidas bajo las etiquetas de desarrollo y subdesarrollo.

Finalmente, y ésta es la última de las hipótesis, observamos que la formación de una sociedad capitalista lejos de ser resultado natural de la evolución económicosocial, es un proceso complejo que únicamente se ha desarrollado en circunstancias excepcionales que convierten al capitalismo en un producto histórico de carácter "exótico".

Si proseguimos estas reflexiones asumiendo la validez de las hipótesis anteriores, encontramos que ciertos fenómenos históricos hasta ahora inexplicables, se tornan inteligibles. Dicho en otra forma, obtenemos respuestas a varias de las grandes preguntas planteadas por el mundo contemporáneo, que abren nuevas interrogantes que será necesario responder.

III

Al revisar la historia de los últimos cinco siglos, encontramos que el hecho más sobresaliente es el establecimiento de la hegemonía europea sobre el resto del mundo, la cual tuvo su manifestación más espectacular en la formación de inmensos imperios coloniales que llegaron a tener extensiones territoriales y poblaciones muy superiores a las de los países metropolitanos. En estos dilatados imperios los europeos impusieron su cultura, incluyendo idioma, instituciones, leyes, etcétera. Pero la penetración europea rebasó con mucho el ámbito de esos territorios imperiales, afectando a pueblos que conservaron su independencia política, de manera que hacia fines del siglo XIX, la influencia de Europa terminó abarcando el planeta entero. Desde luego, el grado de penetración varió mucho de un lugar a otro: en algunos casos las poblaciones nativas fueron prácticamente exterminadas y sus territorios ocupados con inmigrantes europeos, generando naciones como Canadá o Argentina, que son verdaderas prolongaciones de Europa; en otros los habitantes originales no sólo consiguieron sobrevivir, sino que conservaron su cultura más o menos intacta, como China o Japón. Pero en todas partes se estableció la hegemonía europea, especialmente en el terreno económico y tecnológico. Por cierto, el resto del mundo también influyó en Europa, en cuya cultura se introdujeron muchos elementos procedentes de las colonias, desde cultivos, como la papa o el maíz hasta invenciones como la pólvora o la brújula, incluyendo infinidad de términos que enriquecieron los lenguajes europeos. Pero estas aportaciones en manera alguna, pueden oscurecer el hecho fundamental de que las relaciones de Europa con las otras partes fueron profundamente asimétricas y condujeron al fenómeno que sin exageración puede llamarse europeización del mundo.

En el siglo XV Europa era simplemente una de varias regiones civilizadas en el escenario mundial. Ni por su riqueza, ni por su poderío militar, tenía una influencia mayor que otras regiones o países. [Nota 7] Pero al finalizar el siglo XIX, Europa era en ambos rubros avasalladoramente más fuerte que cualquier otro país o región, con excepción de Estados Unidos, prolongación europea.

Mas, utilizar genéricamente el término Europa induce a una visión deformada de este proceso, dando lugar a suponer que numerosos pueblos tuvieron participaciones similares en el mismo, cosa que no fue así. Las naciones balcánicas, por ejemplo, lejos de desbordarse hacia otros continentes, fueron, por el contrario, dominadas por una potencia asiática, el Imperio Otomano.

Tres naciones situadas en los dos extremos de Europa -España, Portugal y Rusia- tuvieron un papel destacadísimo en la dominación política y militar de otros continentes, pero modesto en el establecimiento de la hegemonía económica que resultó la más extensa, pues alcanzo a todos los territorios del mundo, así como la más duradera, sobreviviendo incluso a la destrucción de los imperios coloniales.

Es pues evidente que la participación de las diversas naciones europeas en el proceso de europeización del mundo fue muy desigual. La hegemonía económica, la más importante para los propósitos de este análisis, fue resultado de la labor histórica de los habitantes de una estrecha franja de territorio que se extiende de Inglaterra al norte de Italia. Son las naciones ubicadas total o parcialmente en esta franja las que se convertirían en desarrolladas.

Ahora bien, fue precisamente en esta franja, donde surgió el capitalismo. Fue en estos países donde el capital logró romper la coraza defensiva de la estructura productiva y penetrar en su interior. La importancia de este proceso radica en que dotó a esas sociedades de un dinamismo y poderío que les permitió dominar paulatinamente a otras, tanto dentro como fuera de Europa. En efecto, la condición del progreso del capital adentrado en la esfera de la producción e incluso de su supervivencia fue la de comunicar a los nuevos factores que iba controlando un elemento esencial: la productividad. El capital se preocupó no únicamente de la eficiencia de los elementos productivos individuales, sino de lograrla para los conjuntos más o menos amplios que iban quedando bajo su control. El empresario debe poder organizar tanto a los trabajadores que contrata, como a las cosas -materiales, herramíentas, maquinaria- utilizadas por éstos, para procurar las mejores condiciones de calidad y costo, lo cual involucra operaciones de muy diversa índole. El manejo de los recursos humanos implica evaluar correctamente las capacidades y deficiencias de los individuos, dotarlos, en caso necesario, de los conocimientos y habilidades requeridos, ubicarlos en los puestos necesarios para obtener su mejor desempeño y, por último, lograr que el conjunto de ellos constituya también una unidad eficiente, pues no basta que lo sean en lo individual.[Nota 8] El resultado de la eficiencia impuesta por el capital a la estructura productiva, al reordenarla de acuerdo a sus necesidades, ha provocado la incapacidad de otras economías no capitalistas para competir con dicho sistema. La experiencia histórica ofrece numerosos ejemplos, como la derrota del Sur esclavista frente al Norte capitalista en los Estados Unidos y el derrumbe de la República Democrática Alemana ante el embate de su homóloga occidental, para mencionar sólo dos casos en los que por haberse dado la confrontación en el interior de naciones temporalmente divididas, es posible arribar a conclusiones más precisas.

Otro aspecto de la europeización del mundo, que refuerza las pruebas del enorme poderío que genera el capitalismo en las sociedades que se organizan de acuerdo con dicho modelo, es la enorme desproporción entre el territorio que corresponde a los países de Occidente europeo donde se originó este proceso y la totalidad de las tierras del planeta sobre las que impuso su dominio. No es posible dar cifras precisas acerca de la relación que guardan ambas áreas, pues existen países que han sido el escenario del desarrollo del capitalismo, otros que no han participado en ese proceso y otros cuya situación es ambigua dado que están ubicados en una zona crepuscular entre ambas posiciones. Pese a estas diferencias se puede afirmar que el territorio de los países capitalistas que europeizaron el sistema económico mundial no es mayor al dos por ciento del total que llegaron a someter bajo su influencia.

IV

Puede afirmarse que desde el punto de vista del desarrollo del capitalismo, una sociedad atraviesa por tres fases que implican diferencias esenciales. En la primera no existe excedente económico y, por tanto, tampoco existe comercio ni capital. Se trata una sociedad de autoconsumo. En la segunda ya se genera un excedente y cierta porción de éste es mercantilizada, apareciendo con ello el capital. Sin embago, éste aún es un elemento externo a la producción, cuya organización se realiza según un modelo precapitalista, autoprotegido por una serie de elementos contra la irrupción de aquél. El capital se mueve en la superficie del conjunto de la sociedad, y en estas condiciones existe capital pero no capitalismo. En la última fase, el capital consigue de algún modo romper la barrera defensiva y penetrar en la estructrua productiva transformándola de acuerdo a sus necesidades: esto es lo que constituye al capitalismo.

El potencial que cada uno de estos tipos de sociedades desarrolla es extraordinariamente desigual, mientras que las primitivas, incapaces de generar excedentes económicos han sido eliminadas por millares del escenario histórico, muchas veces sin dejar huella, la sociedad capitalista alcanzó un dinamismo fundamental en el proceso de europeización mundial en diversos ámbitos, pero básicamente en el económico.

Pero el capital por sí mismo no puede generar tal poderío mientras opera dentro de los límites del comercio, sin penetrar los mecanismos productivos de manera de dotarlos de la eficiencia que demanda su propia esencia. Esto es lo que explica que hoy día, cuando tantos gobiernos tratan de modernizar las sociedades que rigen, fracasen al intentar lograr esa meta simplemente estableciendo un mercado mediante la liberalización del comercio. El mercado únicamente puede enviar señales acerca de las necesidades y deseos de los consumidores, pero no puede garantizar que esas señales sean respondidas si el sistema productivo carece de la capacidad necesaria para hacerlo. Esa capacidad, que depende de innumerables factores, es lo que el capital paulatinamente generó al introducirse en el interior de ciertas sociedades transformándolas en capitalistas. Es preciso insistir, la existencia del capital no implica la del capitalismo, siendo éste el factor que proporcionó la hegemonía a unas cuantas naciones desarrolladas sobre el resto de las sociedades cuyo subdesarrollo es el reverso del desarrollo de aquéllas.

Parece conveniente detener aquí estas reflexiones, planteadas como punto de partida para la discusión que se pretende. Tal vez muchas de estas ideas no resulten muy atractivas, dado que presentan una realidad que implica que el desarrollo de una sociedad no puede lograrse simplemente por medio de la liberalización de la economía y menor presencia del Estado en la producción, sino que es preciso encontrar los mecanismos que doten a la estructura productiva en conjunto de la eficiencia que el capitalismo logró en el mundo desarrollado, sea siguiendo la misma ruta o bien una alternativa, en la inteligencia de que esto no es fácil, por lo que es necesario abandonar posturas voluntaristas que prometen mucho y entregan poco -si se exceptúa el torrente de retórica que producen.


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