©ITAM Derechos Reservados.
La reproducción total o parcial de este artículo se podrá hacer si el ITAM otorga la autorización previamente por escrito.

ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1991-1992

La luz


El simbolismo de la luz alimenta las tradiciones más remotas de las culturas más antiguas. Los conceptos de luz y tinieblas asumieron desde el antiguo Egipto un importante sentido espiritual: la luz es vida, liberación, prosperidad, salvación, felicidad, éxito.

Por los ya sabidos vínculos entre el cristianismo y la comunidad esenia de Qum-Ram y los no menos conocidos entre ciertos círculos gnósticos y el cristianismo, la luz es importante para la simbología cristiana y, por tanto, para la mentalidad occidental. El cuarto evangelio, por ejemplo, llama a Jesús "la luz verdadera, que alumbra a todo hombre" (Juan, 1,9) y lo hace decir, antes de curar a un ciego de nacimiento, "yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina a oscuras" (Juan, 9,5). Jesús es el sol de la verdad, el sol invicto, o, como dice Hesiquio de Batos, "sol que irradia la justicia": ello hace que el simbolismo de la luz enfatice sus 59 vínculos con el fuego. Cristo, como el sol y como la candela, es a la vez fuego que purifica y luz que alumbra. En el ritual del bautismo cristiano se le entrega al bautizando una vela encendida simbolizando a Cristo. El arraigo de este simbolismo en el ceremonial cristiano puede verse, por ejemplo, en el hermoso texto denominado "pregón pascual" y que es, simplemente, un himno a la luz.

En la literatura de Qumram,[Nota 14] para el libro conocido como Regla de la guerra (IQM) la historia es una guerra permanente entre dos bandos: los hijos de la luz contra los hijos de las tinieblas.

La idea de que el conocimiento es luz y la ignorancia tinieblas se encuentra en el núcleo del gnosticismo cuyos vínculos con algunas de las tradiciones cristianas primitivas ya han sido señalados. La gnosis plantea que el conocimiento de Dios está en el conocimiento de sí mismo, pues el ser humano no es otra cosa que una centella de luz divina prisionera en el cuerpo humano; además, según la antropología gnóstica, el hombre está dotado de la psiqué, potencia injertada en el yo que pugna por mantenerlo en tinieblas.[Nota 15]

Que esta espiritualidad arraiga en Occidente lo muestra Tomás de Kempis quien, a principios del siglo XV, en su célebre libro -La imitación de Cristo -describe la vida cristiana precisamente como una "imitación de Cristo", cuyo objetivo consiste en "ser de veras iluminados y vernos libres de toda ceguera del corazón".

Para San Juan de la Cruz, uno de los más genuinos representantes de la mística española del siglo XVI, la vida es para el hombre como una noche oscura; empero, por la fe el humano puede "llegar a la divina unión de amor" [Nota 16] que es la luz, por encima de toda ciencia. En el mismo sentido se expresa Santa Teresa en su poesía titulada "Monjas del Carmelo". [Nota 17]

Según don Marcelino Menéndez y Pelayo, los mismos terrenos fértiles que vieron crecer y alimentaron la mística del siglo XVI darán origen a una serie de sectas místicas -entre las que hay que mencionar, en primer lugar, el iluminismo y el pietismo- de las que da ampliamente cuenta don Marcelino en su erudita Historia de los heterodoxos españoles. [Nota 18] Del arraigo que este tipo de simbolismo de la luz mostró en los niveles más profundos de la religiosidad popular cristiana dan fe las numerosas huellas que estas sectas dejaron en los archivos novohispanos de la Inquisición.

El simbolismo de la luz, por lo demás, es prácticamente uno de los universales de la cultura. Tanto para la Qabbalah, el Corán, el Rig-Veda o el mazdeísmo, por no mencionar sino un par de ejemplos, aparece la luz como la forma suprema en la transformación de la realidad, el paradigma de la vida, de la felicidad, del triunfo. La contraposición luz-tinieblas es analogada, en muchas culturas, a la oposición vida-muerte, cielo-tierra. La luz es vida; las tinieblas, muerte. En las imágenes de la China antigua una época sombría va siempre seguida de una época luminosa, pura, regenerada. [Nota 19]

En concreto, del simbolismo del sol, la magna luminaria, la liturgia romana retomó, valiéndose de una cotidiana y práctica candela, dos elementos: la luz que ilumina y el fuego que purifica. La luz, como el sol mismo, era desde la Biblia un símbolo cristológico: la luz impregna todos los rincones de la comprensión que el hombre -sobre todo el heredero del judeocristianismo tiene de su realidad, como caminante por un sendero que se transita al paso del tiempo en el trayecto de la vida humana; luz es acertar la pisada, no salirse del camino, esperar una meta al final; y, por eso, la luz es gozo, esperanza, felicidad: es vida.

En la ceremonia del fuego y en la procesión con el cirio encendido en el fuego nuevo recién bendito, la liturgia pascual cristiana ofrece el sentido que originalmente se daba a la procesión con las candelas en la epifanía de la Candelaria; el resucitado es la luz del mundo, la otra fiesta empalmada en la Candelaria es la de la purificación de María, idea asociada por las más antiguas culturas al fuego.


Inicio del artículoAnteriorRegresosiguiente