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ESTUDIOS. filosofía-historia-letras
Invierno 1991-1992

Fuego


Muchas culturas conocen, en efecto, rituales ígnicos. Como el agua, el fuego es símbolo de transformación y regeneración: de allí el sentido del ritual del fuego nuevo. Para muchas culturas primitivas, entre ellas las mesoamericanas, el fuego es una emanación del sol, es su representante sobre la tierra. Por eso se le relaciona con el rayo y el relámpago, y también con el oro. Frazer recoge muchos rituales en los que se atribuye a las antorchas, las lumbradas, las ascuas y aun a las cenizas, el poder de provocar el crecimiento de las siembras y el bienestar de humanos y de animales.

Las interpretaciones que se suelen dar a los festivales ígnicos son, por lo general, dos: para unos se trata de magia imitativa, cuyo objetivo es asegurar la provisión de luz y calor en el sol: que el sol no se apague; para otros, el fuego tiene una función purificatoria y apotropaica. De hecho, estas dos interpretaciones son complementarias. [Nota 20]

El fuego, pues, purifica, regenera y protege. Amén de la ceremonia del fuego nuevo mencionada, la tradición católica festeja la venida del espíritu sobre la naciente iglesia el día de Pentecostés, que desciende en forma de lenguas de fuego que se posan sobre los asustados discípulos del nazareno muerto en la cruz.

Por otra parte, la ambivalencia del fuego proviene de su carácter destructor. El fuego aparece como elemento de castigo en el infierno cristiano. Sin embargo, el fuego es el elemento principal de los ritos de purificación en las culturas agrarias. Los campos son incendiados para que se embellezcan luego con el manto verde de la naturaleza que revive. En el Popol-Vuh, por ejemplo, los héroes gemelos, dioses del maíz, perecen sin defenderse en la pira encendida por sus enemigos, para renacer luego, encarnados en el brote verde del maíz.

Los rituales del fuego nuevo, a veces, como en la quema antes de la siembra, perpetúan con otra, la imagen del grano que muere para renacer. Otras veces tienen un carácter apotropaico. La ceremonia del fuego nuevo en la cultura náhuatl tenía, en efecto, este carácter: era una ceremonia de conjura. Al cumplirse los 52 años del siglo mesoamericano, a la media noche del último día, se tenía que encender el fuego nuevo para conjurar el peligro que con el siglo viejo se acabara también el mundo. Corona Núñez [Nota 21] refiere la transferencia de este ceremonial a Tingambato, vocablo que significa, precisamente, lugar "donde se enciende el fuego nuevo". En todo caso, en la ceremonia del fuego nuevo lo importante es su función; proteger el nuevo siglo de los males que lo amenzaban. El fuego para los aztecas era, ante todo, motor de la regeneración periódica.


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